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martes, 10 de marzo de 2026

Raúl del Pozo sale a hombros de su cuadrilla de la plaza de la Villa

Raúl del Pozo retratado por Jesús Hellín/Europa Press.

(En voz alta). Adiós al periodista y escritor (o escritor y periodista), extraordinario reportero y corredor de fondo, Raúl del Pozo, al que leí poco pero siempre con alegría, seducido por el viejo aroma de lo que será de por vida, en mi escala de valores, el verdadero nuevo periodismo; es decir: un género literario que no dimite, antes al contrario, de sus exigencias literarias. Y que, junto o incluso antes que la claridad, busca en la escritura la gracia y la capacidad de sorprender, y la posible belleza. Y en esto Raúl del Pozo era un verdadero maestro. Un hombre que comía en la mesa del periodismo de calidad, con Umbral, con Martín Prieto, con Manuel Martín Ferrand, con Joaquín Vidal, con Javier Reverte, con José Luis Alvite, con Manuel Alcántara, con Juan Cueto, con…. *** (ahora algunos nombres se resisten a comparecer, pero están aquí convocados). El periodismo que estos y otra decena de nombres enuncian está ya a punto de ser historia, aunque hay todavía seguidores y nuevas gentes empeñadas en prolongar el arte de contar con estilo la realidad. Pero son ya, y definitivamente, otros tiempos para todos. Incluso podría decirse que con esta muerte —y alguna otra que anda por ahí agazapada— los ejemplos señeros de Larra, de Blanco-White, de Luis Bonafoux, de Chaves Nogales, de Ramón, de Álvaro Cunqueiro… tienen un colofón que hace entrar en el panteón ilustre de la historia a toda una forma de entender el uso diario de la pluma, el plomo, el corondel y la columna. Descanse en paz.



lunes, 30 de diciembre de 2024

Caja De Citas: las buenas noticias

(CajaDeCitas, 33). Sostiene un viejo tópico periodístico, convertido por algunos en axioma, que una buena noticia no es noticia. Y no haría falta buscar muy lejos para encontrar unos cuantos ejemplos palmarios de que algunos proveedores de información lo creen a pie juntillas: sin ir más lejos ahí está el responsable de que, desde hace algunas semanas, los momentos previos al Telediario de RTVE de las 15 h los cope una crónica sangrienta con sucesos que dejan muy chicos el tremendismo y el morbo que caracterizaban al viejo El Caso, histórica cabecera semanal que, entre los múltiples méritos y funciones que reunía, no fue la última ni la menos importante la de reemplazar a los ciegos (o simuladores de tales) que iban por las plazas de los pueblos y ciudades de España refiriendo horrendas tragedia en romances no exentos de sus buenos ripios ni de una gran capacidad de estremecimiento. Tengo en mi memoria sobre todo uno visto y oído varias veces, y de muy guaje, en la Plaza del Fontán de Oviedo, cuyo pormenor aún no se me ha ido de la punta de los nervios y del que aún sería capaz de recitar algunas escenas chorreantes…

Pero hoy se trata no tanto de no apostar por el periodismo crudo como de dar un voto de confianza a las buenas nuevas. Así que, aprovechando que el año se acaba y hay que encarar el que se nos viene encima con el mejor ánimo posible, quiero subrayar la importancia de una información de Kiko Llaneras en El país en la que hace el recuento de 45 buenas noticias “para terminar el año con optimismo”. La lista, muy completa y a mi juicio bien trabada, sirve además como un repaso de las muchas y esperanzadoras realidades que hay en nuestro mundo y nuestro tiempo, sin duda mucho mayores y más determinantes que los pozos de maldad y desolación que tan presentes tenemos y tanto nos duelen y nos angustian, y cuya insensatez, a la vista de las muy reales posibilidades de otra humanidad, se nos vuelven aún más trágicas, terribles e incomprensibles.



lunes, 14 de diciembre de 2020

En la muerte del profesor Ángel Benito

Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense.

(Al filo de los días).
Leo la noticia de la muerte del profesor Ángel Benito, que fue mi profesor, de forma efímera, en el primer curso de periodismo y en la asignatura más especializada de todas, Teoría General de la Información. Era esta la pieza central en un currículo que parecía elaborado con retales de aquí y allá, y en parte así se había hecho y a ello respondía el claustro de profesores. El caso es que en las notas necrológicas del viejo profesor aparecen nombres —Dovifat, Fatorello, Lazarsfeld...— de los que poco o nada he oído hablar después —tal vez me crucé con alguno laborando en la actualización de alguna enciclopedia—, mientas que en cambio otros, McLuhan, Eco, Barthes, descubiertos también por entonces, siempre han estado de uno u otro modo presentes en lo que podría denominar mi incierto horizonte de intereses ciertos.

Ángel Benito, si no recuerdo mal, era ya hacia 1974 —en octubre de ese año llegué a la Facultad de CC II de la Complutense, tras superar un examen de acceso en tiempos en los que aún no estaba implantada la selectividad— una figura universitaria emergente y el más claro representante —tal vez con Pedro Orive— de lo verdaderamente especializado de unos estudios que acababan de adquirir su rango universitario y de una Facultad que trataba de aglutinar y dignificar la herencia de las diversas escuelas profesionales precedentes (la de Periodismo, la mítica de Cine, tal vez alguna de Relaciones Públicas) y establecer un plan de estudios digno de respeto y con contenido valorable, abriéndose un hueco propio en el contexto de las ciencias humanísticas que se iban disgregando del tronco común de lo que se llamó Filosofía y Letras, y sin perder de vista los avances de las tecnologías informáticas que empezaban a ser algo más que un rumor de fondo.
Recuerdo bien que en los primeros años de Facultad, dentro de la convulsión del final del franquismo y las muy reiteradas huelgas tanto de tipo general como, sobre todo, las propiciadas por el gremio de profesores no numerarios (los famosos “penenes”), una ardua discusión fue la exigencia de convalidación de estudios por parte de los titulados de la antigua Escuela de Periodismo; una polémica absurda por cuanto pretendía medir con raseros diferentes el supuesto acceso a una profesión para la que nunca se exigió, en la práctica, título alguno más que la prueba demostrable de los hechos. Qué estéril me pareció entonces aquella diatriba y qué estéril de hecho acabó siendo: ningún título universitario ha garantizado nunca el ejercicio pleno de una profesión “intitulable”, ni nadie se ha visto nunca privado de poder escribir en los periódicos por carecer del título de periodista.
Probablemente hablo un poco a la ligera, pero me parece que el efecto mayor y más visible que las Facultades de Ciencias de la Información han tenido ha sido el de autoabastecerse como centros de estudios teóricos de la información y la comunicación, proporcionando, en el mejor de los casos, un marco gnoseológico de referencia para analizar y comprender la amplia casuística implicada en el proceso de comunicación a través de los medios de masas. Nada, en principio, muy distinto a lo que desde perspectivas más conspicuas abordan la lingüística, la filosofía o las ciencias sociales. Con matices, claro. Y con especializaciones crecientes, por supuesto.
Si no me falla la memoria, sólo tuve a Ángel Benito como profesor durante un trimestre. Lo sustituyó Federico Ysart, cuyas clases recuerdo como una mezcla de crónicas políticas ad hoc y charlas de café, al tiempo que, por medio de apuntes ciclostilados, o tal vez ya con el “manual de Benito”, teníamos que empollar los muy diversos esquemas del proceso comunicativo según diferentes escuelas cuya coincidencia común (ECCMMR) solía ser el concepto de feedback (retroalimentación) y unos dibujillos esquemáticos donde la comunicación se representaba a menudo con una especie de muelle en espiral, como si de un calambrazo se tratase.

domingo, 7 de abril de 2019

Recuerdo de Martín Ferrand



(Visto y oído en voz alta). Manuel Martín Ferrand era, sin ninguna duda, el periodista español que yo más admiraba cuando me matriculé en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense, en septiembre de 1974. Seguidor desde su programa inaugural de Hora 25, el vespertino radiofónico que él creó en la cadena Ser, mantuve desde entonces una gran atención a su peripecia profesional y su trabajo, sin excluir las discrepancias. Esta entrevista de 2012 está llena de datos y relatos del máximo interés, incluida alguna sabrosa confidencia sobre el 23F, y contiene muchos nombres que yacían olvidados en el túnel de la memoria, pero que al ser evocados cobran vida e imagen. Poco acorde con los actuales usos velocísimos (y líquidos) del “consumo de información”, estoy seguro de que estos casi 40 minutos de distendida y bien planteada entrevista serán apreciados, y puede que también matizados y contrastados, por los interesados en la historia del periodismo español. Un documento valioso.

domingo, 29 de agosto de 2010

Líos de radio


La radio siempre ha sido mi medio de comunicación favorito. Y lo sigue siendo. Yo soy aquel chiquito que, aún muy pequeño, temblaba con las maldades tramadas por el sibilino Hombrecillo Mis, en las aventuras del Inspector X. El que reía con las travesuras de Periquín, siempre culminadas con el lloroso “nene, pupaa, noooo”. Y el que sufría solidariamente con las desgracias ajenas para las que con tanto énfasis como éxito solía pedir ayuda Alberto Oliveras al frente del equipo de Ustedes son formidables. E incluso el que a continuación escuchaba, aunque ya algo aburrido, El consejo del doctor, programa que seguía con gran interés mi hermano Manolo.

Por aquella época, las tardes de los domingos siempre tenían en mi casa como sonido de fondo la melodía chillona de Carrusel deportivo, al que mi padre era muy aficionado. Las voces de Vicente Marco, elegante y llena de matices, y la de Juan de Toro, con un estilo entre castizo y desfasado, aún suenan en mi memoria en medio de una catarata de alineaciones, resultados del «marcador simultáneo dardo», signos de la quiniela, gritos de ¡goool! (me parece que no tan exagerados como ahora) e invitaciones reiteradas a tomar una copita del anís cuya «presencia siempre agrada» (raro eslogan, ahora que lo pienso).

También por influencia paterna era (lo sigo siendo aunque a cierta distancia) forofo del Athletic, entonces llamado Atlético de Bilbao, de modo que esas voces se unía especialmente la de Antonio de Rojo, el periodista que informaba desde el estadio de San Mamés y al que tantas emociones, de uno y otro signo (más bien del otro), le debíamos en casa. Cabe imaginar mi alegría no exenta de sorpresa, cuando años más tarde, hacia 1974 y ya en Madrid, fui compañero de curso en la facultad de ciencias de la información de uno de sus hijos, el también periodista Juan Carlos de Rojo, con el que en aquellos años me unió una gran amistad y con el que compartí, además, unas cuantas peripecias durante el año en que ambos residimos en el mismo colegio mayor.

Juan Carlos medió por su cuenta y riesgo para que su padre, en una de sus retransmisiones dominicales, enviara un saludo muy especial por las ondas a la «afición talaverana del Athletic, encabezada por Antonio Ramos», un gesto que puso muy contento a mi padre y que yo le agradecí al admirado periodista en una emotiva conversación telefónica. Tanto Antonio de Rojo como mi padre hace ya tiempo que fallecieron. Esta pequeña anécdota los sigue uniendo en mi memoria.



Guerra en las ondas

Pero basta de evocaciones. De lo que fundamentalmente quería ocuparme en este articulillo es del apasionante duelo radiofónico con el que se ha abierto la nueva temporada futbolística, después de que buena parte del equipo de Carrusel deportivo, líder indiscutible durante muchos años de la radio comercial en España, haya abandonado en grupo la Cadena Ser y haya fichado por la Cope para ocuparse, con el mismo espíritu juguetón y la consabida fórmula carruselera, del programa Tiempo de juego. El asunto está en todos los medios, así que me ahorraré detalles.

Pero sí creo oportuno destacar, porque me parece que desde el punto de vista informativo es relevante, el hecho de que la operación, al margen de los motivos personales de los profesionales que hayan podido desencadenarla, supone un cambio drástico en la política informativa de la cadena perteneciente a la Conferencia Episcopal o al menos en su estrategia. Tras deshacerse de Jiménez Losantos y César Vidal, que con sus excesos oratorios destinados a cultivar todo tipo de bajas pulsiones patrióticas habían sostenido la clientela de la emisora, parece claro que la llamada «radio de los obispos» apuesta ahora por el fútbol como argumento único (o casi) de salvación.

El envite encierra sus riegos y habrá que estar muy atentos a su desarrollo porque puede introducir cambios importantes en el panorama mediático del país, sometido como está, además, a la revolución internáutica, un verdadero tsunami cuyas consecuencias aún nadie se atreve a pronosticar. De hecho, los nervios con que la Cadena Ser ha respondido a los últimos movimientos y maniobras de la Cope indican cierta percepción de que su liderazgo en este campo, el de los programas deportivos del fin de semana (que son, no lo olvidemos, el segmento más importante desde el punto de vista publicitario), puede estar en peligro. Y los modos cercanos a la competencia desleal y la bravuconería con que algunos profesionales se han enzarzado en la pelea evidencian que se ha declarado una guerra sin cuartel. ¿En qué quedará todo? Habrá que permanecer atentos a las ondas.

Imagen superior © GonchoA (Gonzalo Andrés), tomada de su galería en flickr.