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viernes, 10 de febrero de 2023

Sostiene Angel Mosterín

 Del muro de Angel Mosterín: un cronista de lujo. Qué bueno hace el cuento:

^^Ya sé que hay muchas verdades, con lo que comenzar cualquier intervención apuntando que “la verdad es que…”, de inicio empobrece mucho la opinión que se pudiera tener de quien haya empezado reduciendo la realidad, hasta tal punto que se atreve a referirse a la verdad como si no hubiese más que una, y todas las demás en el mejor de los casos podrían tenerse por falsedades que al ser de buen corte podrían pasar por lo que no son, en determinadas ocasiones.
A mi entender es más práctico en cualquier circunstancia presentar las verdades y lo que no lo son, en una mezcla equilibrada dentro de lo posible, y ofrecer a la audiencia la opción de que combine unas y otras; o que si no le importa limitarse extremadamente, sólo admita verdades, o mentiras, eso lo dejo naturalmente a la elección de quien se vea en el caso, y construya el relato como mejor le plazca, o se deje llevar sin ir más allá de lo que parezca prudente.
- Dígame una cosa. Estas advertencias que está haciendo nada más empezar tienen alguna intención, ¿verdad?
- ¿Qué quiere que le diga? Realmente da igual que la tenga o no. Lo más probable es que no se tengan en cuenta, ¿no cree?
Ahora mismo me parece improbable que hubiera prestado atención a Laurence Sterne de no ser por un aviso indirecto de Enrique Vila Matas, que fue de quien recibí la llamada de atención. Pero también podría haber sido cosa de Alfredo J. Ramos con quien, como tengo más contacto que con Vila Matas, no hubiera sido nada extraordinario que en Talavera de la Reina, o en la escalinata de la Real Academia, viendo pasar turistas japonesas que cualquiera diría que han viajado desde Kioto o Nagoya con el propósito exclusivo de ver la exposición de Fernando Zóbel en El Prado, en algún momento, cuando ya hubiéramos hablado de todo lo demás, que es muchísimo, me hubiera dicho algo, lo que fuera, acerca Laurence Sterne, y a partir de ahí y ya llevado de una curiosidad que se apoderaría de mí, buscaría lo que fuese de Sterne con tal de no continuar en ese limbo literario donde flotan las almas ingenuas y sin malicia, como lo son en general las de las personas nacidas en Bilbao, a pesar de que por circunstancias que en este momento de la narración no vengan a cuento, hayan pasado por un buen número de lugares que ni siquiera debe darse por descontado que todos esos sitios se correspondan de manera comprobable con rincones de este mundo.
Para mí, sin que sepa dar detalle de por qué he llegado a esa conclusión, Vila Matas, Ramos, y Laurence Sterne son, los tres, personajes del siglo XVIII. Aunque hay otros, es posible que el rasgo que en ocasiones más me hace distinguir entre ellos, es la peculiaridad de que Sterne es el único que como complemento a su profesión principal, eligiera la de clérigo anglicano.
Tengo la impresión de que si a Enrique Vila Matas se le hubiese presentado la oportunidad de ser Julio Cortázar la hubiera aprovechado, y para que quienes sintiéramos interés por ver hasta dónde llegaba ese (su) caso de transustanciación, desaparecería con la Maga, a la que habría tomado de la mano, y tiraría de ella suavemente hasta salir del cuarto de un hotel de Montevideo a través de la puerta que encontrarían detrás de una armario del cuarto, y que no daría a ningún sitio, porque según se supo después, durante una reforma general del establecimiento, se cerró el punto por el que alguna vez el cuarto de Enrique y la Maga se comunicaba con el de al lado.
Al contrario de lo que me sucede con Vila Matas, de quien es fácil deducir que no me atrevo a tener certezas, porque ni él ni yo somos de ésos, y enseguida los demás se dan cuenta de que cualquier día nos van a comer nuestras inseguridades, Alfredo J. Ramos apuesto que no se cambiaría por nadie. Y hace bien, me parece.
- Es que me he acostumbrado a mí, ¿sabes?-, me dice Alfredo. – Eso no quita para que de tanto en tanto me apetezca manejar bólidos, como Max Verstappen, o hacer en el teatro un espectáculo como el de Antonio Banderas. Pero sería yo. Lo haría como ellos, pero sería yo, oye.
- Eso es lo que imaginaba: que tú quieres ser tú. Y no como me pasa a mí que ni pienso en lo de Verstappen, pero que ahora que he leído “Tus ojos sostienen el vuelo del pájaro”, me cambiaría, sin mirar, por Mónica Velasco. Y en Salamanca, cuando me vieran pasar, todo el mundo se volvería, y las gentes se dirían “… ahí va Mónica Velasco”, y me sentiría la reina del mambo.
Que Alfredo y yo, aunque sólo ocurra de pascuas a ramos, intercambiemos confidencias tampoco es algo que vaya muy allá. Pero con otras personas debiera portarme más comedidamente, y ajustarme a mi idea de que el pudor no sería tanto lo que sintiera si me vieran desnudo -igual que si fuese alemán, siendo ellos tan dados a mostrarse como son-, sino que el pudor se hiciera conmigo ante la posibilidad de que alguien leyera y entrara en ese cuarto oscuro de mi cerebro.
Tan del XVIII como en algunos aspectos vea yo a Vila Matas y a Alfredo Ramos, lo es, y más porque el vivió en parte de esos años, Laurence Sterne de quien por lo que sea, que algo habrá, no termino de decir lo que tenía pensado. Recomendaría, porque en cierto modo, era mi intención del principio, “The Life and Opinions of Tristram Shandy, Gentleman”, y que si se ponen a ello, lo hagan intentando situarse en las fechas convenientes. Lean en inglés preferentemente, pero sin agobiarse pensando si estarán entendiendo o no. Si eso, que le entendieran, le hubiera importado de verdad a Sterne, debiera haber sido él quien se aplicara con un castellano cuidado:
“I know there are readers in the world, as well as many other good people… lectores y otras muchas buenas gentes que no se encuentran cómodos hasta que les cuentas todos los secretos, del primero al último, sobre cada asunto de los que te preocupan…”.

Lo voy a considerar. Debiera dar un paso (más) y sincerarme/sincerrarme.  ^^



sábado, 27 de agosto de 2022

Vila-Matas en Montevideo

(Al filo de los días). Con de la etapa de La Vuelta de fondo, leo la entrevista que en Babelia le hacen a Vila-Matas en relación con el inminente lanzamiento de su nueva obra, Montevideo. Del máximo interés, todo. Siempre suenan a revelaciones recién conquistadas las palabras de don Enrique y, como suele, desliza tantas pistas potables entre ellas que a uno se le pone el olfato canino a tope y empieza a fantasear, sin salir de la realidad, que ya es por sí sola el gran misterio. He dejado la entrevista plagada de subrayados mentales —en palabras como trasplante, desaparición, puerta condenada, Borges contra Sancho, Bioy y Cortázar, los fantasmas verbales que no cesan de perseguir al escritor, la inconveniencia de las explicaciones …—, también bajo alguna curiosa construcción sintáctica claramente errónea —“como si no le hacía gracia”— y seguramente los acabaré resaltando de facto y hasta copiando en mi cuaderno. Tengo comprobado que las lecciones de uno de los escritores más estimulantes del presente continuamente en fuga son siempre —y aquí utilizaré una expresión que aparece en otro contexto bien distinto pero solo dos pliegos más atrás— “de largo recorrido”. Otrosí obvio: Montevideo es la patria chica de los montevideanos. Y no digo más, que luego todo se sabe. Si el enlaza no funciona por lo de las restricciones de la prensa digital, un simple aviso y fotografiaré lo mejor que pueda los papeles y los colgaré aquí debajo. Me vuelvo a La Vuelta. La etapa de hoy promete mucho.



miércoles, 12 de mayo de 2021

Índices

(Al filo de los días). Leer a Vila-Matas suele ser lo más parecido a participar en el festín de Esopo, aunque tiene el inconveniente de que te obliga a levantarte mucho del sillón porque menciona, con una gran capacidad movilizante, a muchos autores —la mayoría de sus libros tienen una no disimulada naturaleza de casa de citas— y refiere detalles de fácil comprobación en ejemplares que han pasado también por nuestras manos pero que desde hace tiempo duermen el sueño de los justos —cómo será ese sueño— en anaqueles cada vez más caóticos. Mucha tela que cortar. Y esta anécdota. En Impón tu suerte (Círculo de Tiza, marzo 2018), donde se reúnen artículos y otros piezas cortas, en la página 130 aparece una breve mención de un libro de Flann O’Brien, La saga del sagú de Slattery, sobre la que E. V.-M. anota que es —abro comillas— «una novela sobre las patatas y el petróleo, en muy buena versión de Antonio Rivero Taravillo». Como el libro incluye al final un amplio índice onomástico (pp. 438-459) me entretengo en repasarlo y comprobar su inclusión en él de esta mención de ART, y en efecto allí figura el nombre aunque remitido a una página errónea. No sólo eso, a una página 13 que no está foliada porque corresponde, oh coincidencia, con la doble página en blanco insertada entre el prefacio y el primer apartado el libro. Dado que la página que debería figura es la 130, no es difícil deducir lo que ha podido pasar en la confección de ese índice: se ha perdido un 0, o sea nada. Lo que ya resulta más difícil calibrar es la significación profunda de un despiste/errata/error como ese en el interior de un artefacto en el que, como suele ocurrir en el universo del autor barcelonés, nada ni el azar mismo responde sólo a la puta casualidad, ni las erratas son insignificantes. Por lo demás, el libro se lee como agua que corre, es un continúa festival de entusiasmos y revelaciones, de pistas utilísimas y también de páginas muy valiosas, como por ejemplo las dedicadas a Roberto Bolaño, tan inspiradas y convincentes que me han llevado a volcarme de nuevo en el mundo del autor de Los detectives salvajes, y a... procurar no perecer en el intenso vórtice de un tiempo que no volverá.




domingo, 6 de diciembre de 2020

Satam Alive

František Kupka: La gama amarilla, hacia 1907.
Museum of Fine Arts, Houston (Estados Unidos).


Al volver sobre sus pasos y volverlo a ver, cayó definitivamente en la cueva y supo reconocer que aquel hombre del retrato tenía —en su gesto, en su rictus, tal vez en el indisimulado principio de indolencia— un más que notable parecido con el escritor tan admirado al que corresponde el nick inverso o apodo tan sugerente de «Satam Alive». (NUL 792 bis).


martes, 15 de septiembre de 2020

Arte ciclista

GPS Doodle

(
Al filo de los días). Por cosas así también es el ciclismo el deporte más hermoso. (Ante la imposibilidad de enlazarlo, copio el artículo de Enrique Vila-Matas).

El dibujo de la vida
por Enrique Vila-Matas
(El País, 15.09.2020)
Estaba siguiendo en televisión el Tour, el ascenso al Pas de Peyrol, cuando me pregunté qué había sido de Stephen Lund, que también era ciclista, pero de otro estilo. Cinco años antes había escrito sobre Lund al enterarme de que en su ciudad natal, Victoria, Canadá, salía a pasear en bicicleta y, valiéndose de la aplicación Strava, se divertía registrando sus itinerarios y creando curiosas “figuras”, que publicaba en su web GPS Doodles.
¿Qué habría sido de aquel “atleta creativo” que animaba sus entrenamientos con aplicaciones de seguimiento que muchas veces trazaban figuras extravagantes en mapas para GPS? Al principio, Lund sólo pretendía rastrear y analizar su desempeño como corredor, pero se topó con la magia cuando vio que su pedaleo podía crear en Strava tanto perfiles humanos como mensajes escritos. Entonces, un glorioso primer día de 2015, salió temprano de casa y conmovió a sus paisanos cuando con su recorrido en bicicleta trazó en su GPS una felicitación de Año Nuevo en las calles de Victoria.
Investigue en la Red qué había sido de Land y de su extraña forma de vida y descubrí que en el siniestro 2020 se volatilizaban a mediados de abril las huellas de sus aventuras ciclistas. Y me aterró la posibilidad de que se hubiera cruzado en su vida cualquier contratiempo tan propio de nuestros días, aunque al final decidí no obsesionarme y pensar en otra cosa y fui a caer en algo que no estaba lejos del mundo de Lund, fui a pensar en un deliberado retrato del escritor Raymond Queneau trazado con GPS sobre un mapa de París. Era un retrato que me había regalado un dibujante francés, un miembro de OuLiPo que había participado en una reunión de hacía ya tres años de este grupo, reunión a la que había asistido invitado por Eduardo Berti y por Pablo Martín Sánchez, el único español miembro de OuLiPo.
Al regresar a Barcelona, había enmarcado aquel dibujo y lo había colgado en una pared de casa, y de hecho tenía la vaga pero a veces consistente sospecha de que el retrato había estado ejerciendo un influjo especial sobre mí, hasta el punto de intervenir en la elaboración de la novela que publiqué el año pasado y que, tras superar variadas brumas y ascender a diversas cumbres, incluida la que llamo en secreto Pas de Queneau, había acabado titulando con unas palabras precisamente del tal Queneau.
No recordaba cómo se llamaba el dibujante y lo pregunté por correo a Martín Sánchez, que tuvo la amabilidad de decirme: “Sin duda se trata de Étienne Lécroart (miembro del OuLiPo y del Oubapo), que en aquella reunión presentó dos retratos, uno en creux de Emmanuel Carrère y el de Queneau que, por lo que me cuentas, te regaló a ti y cuyas líneas suman un total de 110 kilómetros por las calles de París”.
Y fue curioso. Al leer esos datos, creí entrever de pronto un mundo en el que no resultaría del todo imposible que, en su pedaleo interrumpido de abril, Lund hubiera sido relevado por Lécroart, que así de algún modo habría ido reforzando la continuidad del dibujo de la vida, cada día, por cierto, más amenazado. ¿O no