Mostrando entradas con la etiqueta Antonín Dvorak. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antonín Dvorak. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de noviembre de 2021

Laude

 

Hay palabras que llegan ¿desde dónde? para poner las cosas en su sitio.
Nos asedian con cercos luminosos y no es raro confundirlas, en medio de la noche, con sutiles estrellas de buen agüero o con destellos de ciudades naufragadas.
Hay palabras sensatas que no saben qué es la contradicción ni el contrabando.
Otras tienen el peso de la lluvia: por donde pasan dejan un rastro de tristeza.
Hay palabras de afán aventurero que gustan demorarse al pie del precipicio, acróbatas de un aire cada vez más espeso, quizás porque no quieren saber nada de redes, aunque no ignoren que con frecuencia no hay nadie debajo de las máscaras.
Hay palabras, palabras y palabras.
Muchas son sólo exceso. La mayoría se abstrae para no congelarse. Unas pocas tienen la fortuna de encarnar en cuerpos que respiran: sientes sus dientes blancos cuando tu sangre fluye.
Pero solo son de verdad imprescindibles las palabras que no pueden decirse.

lunes, 1 de junio de 2020

Adagia andante (11)

En el principio fue el ego. Y de ahí nació el dios.
Dios o la Belleza. Dios o la Verdad. Dios o la Bondad. Uno y trino. ¿Tres en uno?

La poesía es el camino que la inteligencia recorre para no enloquecer. Tal vez sea esa su única forma de vencer a la muerte.
La muerte y su valor romántico. No es difícil suponer que de ahí arranca la leyenda dolorosa.
No es lo mismo decir que hacer. La poesía trabaja conociendo ese filo. El poema es un acto en potencia. La palabra en acción.
El instrumento principal de la escritura es el estilo. Por eso, precisamente, «un cambio de estilo es un cambio de asunto» (WS, 187).
La poesía es el resultado de una acción mental y sensible.
A menudo las palabras crean el mundo. Pero hay un mundo que está más acá de las palabras.
La tensión del decir es siempre una evidencia. Aunque no alcancemos a saber qué significa.
La ignorancia es siempre un erudito (y lo inaudito).
Y todo arte es siempre imitación. A veces nueva.
Por muchas piruetas mentales que nos permitan las palabras, sabemos bien que no somos saltimbanquis y que vivimos en un mundo sin salida.
Hay algo en la locura que nos cura. Incluso sin los juegos de palabras.
Entre lo real y lo ideal no hay término medio, solo una fantástica y acaso inexpresable colisión.
Si algo no te conmueve, pasa de largo.
El mundo eres tú mismo. La vida eres tú mismo. No te equivoques.
Nadie nunca en ningún sitio va a deletrear por ti el poema.
Tú eres tu dios. Y el infierno está dentro.

lunes, 24 de febrero de 2020

Adagia andante (3)


El mundo está lleno de poemas. Pero, al igual que no todos los objetos son iguales, también los poemas difieren entre sí. Hay que hallar pasadizos entre ellos.
Escribir es viajar. Un poema es un itinerario. La poesía incluye también la ciencia cartográfica.

Todo poema es un poema experimental: brilla, borbotea, arde, se evapora.
Todo poema verdadero tiene la verdad dentro. Pero no conviene confundir la luz con lo que brilla.
Todo poema es un poema social. No existe al margen.
El poema ilumina lo que hay y al mismo tiempo engendra su propia sombra.
No se debe caer en la trampa de los juegos de palabras. Pero todo está vivo en el poema: incluidos los cruces de caminos.
La poesía siempre es cosa de dos.
La fe es lo que cuenta. Aunque al Dios, en verdad, le dé lo mismo.
El espacio y el tiempo —ya Kant lo supo— son sólo categorías de la sensibilidad. Puede que nuestro cerebro también esté configurado de ese modo. Un poema es el espacio donde se expresa el tiempo.
Vemos lo que hay. Hay lo que vemos. Ay. El pensamiento también tiene ojos.
El poema —incluso si se entiende— es siempre irracional.
No se contenta el poema con nada que no sea la vida entera.
El poema es real.
El poema —conviene volver a subrayarlo— es el ojo de la mente. El mundo es un estado mental. Y la vida es noble. Y es buena. Y es sagrada.
En el poema cabe cualquier cosa. Pero no hay nada que por sí solo sea poético.