
Aunque su cine sea carne de filmoteca (o precisamente por ello) y sus historias apenas resulten memorables (¿quién recuerda en detalle, salvo alguna excepción, sus argumentos?), las películas de Eric Rohmer, organizadas muchas de ellas en ciclos (cuentos morales, comedias y proverbios, cuentos estacionales), constituyen un ejemplo de que el arte cinematográfico es (o era: los tiempos han cambiado mucho) una suerte de género literario en el que la cámara escribe al dictado de los mismos impulsos que mueven al poeta o al novelista, al imprescindible fabulador.
En el cine de Rohmer las imágenes se nos muestran como hallazgos de una mirada capaz de hacernos ver lo que tantas veces tenemos delante de los ojos sin que lo advirtamos. Y los diálogos (los maravillosos e interminables diálogos de Rohmer, tan sesudos a veces, a veces de tan banal apariencia) nos revelan la quintaesencia de la comunicación posible a través de las palabras que compartimos con los otros.
La muerte de Rohmer, al tiempo que levanta con su aldabonazo de ciclo cumplido una marejada de melancolía alimentada a los pechos de su propio arte, nos propone también unos deberes que no será fácil cumplir, entre tantos avatares y seducciones como nos reclaman por todos lados: revisar su cine, completar la memoria, volver a recorrer de nuevo los lugares donde la vida se nos mostró una vez como un relato íntimo, bello, inteligente. Y donde, de algún modo que ahora nos parece remoto, fuimos felices, quizás porque, ingenuos y atrevidos, creíamos que aquella forma de estar en el mundo y de mostrarlo era un puerto seguro de nuestra propia existencia.
Arriba, cartel de Cuento de invierno, tomado de Tinypic.