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sábado, 20 de abril de 2019
Sincronías o barcarolas
(Lecturas, Visiones y Audiciones en voz alta). En el libro que leo durante toda la tarde de este sábado santo es el 🗽Domingo 16 de agosto. Mientras avanzo por un escena de ternura entre amantes (a cierta edad, tal vez la forma más consciente y consistente de amor) y trato de evocar una música de Beethoven convocada en la letra impresa, desde otra habitación de la casa me llegan las inconfundibles notas de la barcarola de Los cuentos de Hoffmann, en la banda sonora de La vita é bella (la proyectan en un canal de televisión) y le digo a Siri, que dormita a mi lado, que me busque la pieza. Me ofrece esta versión: estamos, claro, en sábado de gloria. A veces las cosas encajan de forma muy ajustada en la banda sonora de la vida. Y uno puede compartir momentos de sensaciones cruzadas como dos voces prodigiosas. Y casi sin esfuerzo.
jueves, 5 de julio de 2018
Rovelli
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| El físico italiano Carlo Rovelli. Foto tomada de aquí. |
martes, 21 de marzo de 2017
Ávidas pretensiones
Por mera coincidencia circunstancial, el llamado «Día de la Poesía» me pilla enfrascado en la lectura de Ávidas pretensiones, la novela-broma con la que Fernando Aramburu ganó en 2014 el Premio Biblioteca Breve y que dejé aparcada en su día para mejor ocasión. Que por fin ha llegado y, como diría el clásico, ¡la pintan calva! Ni tras un minucioso cálculo de posibilidades hubiera encontrado material más a propósito para festejar como se merece —repito: como se merece— una más de estas estúpidas festividades laicas de «los días de...», contra las que a menudo muchos despotricamos, por su carácter espúrio cuando no torticero o directamente mercachifle. Aunque luego, acomodaticios y contradictorios, nos sumemos, si no al sarao de lleno, sí a que prosiga la patulea. Y aquí paz y después gloria (Fuertes, por supuesto: ¡sombrerazo!).
Ávidas pretensiones es el ágil y burlón retrato de unas Jornadas Poéticas (con versal inicial) que algunos de los miembros más destacados del parnaso patrio celebran en un convento, y durante las cuales se ponen de relieve algunos tics y usos fácilmente reconocibles o sospechables de la mucha tontería en que a menudo aparece envuelta la facción poética de la tribu literaria.
No deja de ser curioso —pero sólo eso— que esta incisiva caricatura de la estulticia nacional en su vertiente literaria haya sido el preámbulo del mayor éxito de su autor, gracias a la excepcional Patria («Matria», más bien), sin duda una obra señera de nuestra narrativa reciente. Y es significativo que, con ser el tema y la intención tan diferentes, en Ávidas pretensiones y en su despliegue satírico comparezca el «estilo Aramburu» de cuerpo entero, con casi todas y las mismas armas retóricas: su peculiar asedio a la sintaxis, sus calificaciones alternativas, su prodigioso oído para captar rasgos coloquiales, la consideración del texto como un personaje más, el dominio de la intriga, la agilidad de los diálogos, etcétera.
Si alguna pega se le puede poner a la divertida y lograda sátira, al margen de su premeditado «tono menor», es que tal vez se quede algo corta en el retrato. Basta asomarse al patio poético nacional en este mentado Día de la Poesía, o recabar informaciones de sucesos recientes acaecidos en este o aquel simposio, encuentro, carrusel, descarga, maratón, mitin o batucada —que con todos esos o parecidos nombres se convocan actos tildados de "poéticos"—, para entender que, una vez más, la realidad es la ficción suprema. Y que resulta muy difícil ponerle puertas al campo. O al gato el cascabel.
Ávidas pretensiones, por cierto, parece un buen eslogan para calificar ciertas operaciones poético-comerciales en curso, legítimas sin duda, aunque más bien obscenas por la doble o triple moral con que son planteadas. Maniobras postpoéticas nacidas en un campo sembrado, a golpe de tuits y likes, acaso con las mismas semillas sintéticas y trucadas de la posverdad. Aunque, como siempre, habría que pararse a distinguir voces y ecos, gritos y susurros, trigos y pajas.
Imagen: Fotografía de la cubierta de la primera edición de la obra.
© Super Stock – Age fotostock
© Super Stock – Age fotostock
miércoles, 15 de marzo de 2017
La soledad de las vocales
Además de tener uno de esos títulos que a uno no le hubiera importado ganar en una timba, La soledad de las vocales (Ediciones B-Bruguera, 2008), del escritor gallego José María Pérez Álvarez, es una novela original y valiente, dura, ejemplar por varias razones. Y, finalmente, como la mayoría de las novelas, también olvidable. Está construida de forma casi versicular, pero en estricta prosa, alrededor de unos pocos motivos recurrentes, todos lo cuales giran en torno a una imagen central, obsesiva: la tristeza de las letras que se quedan solas, «huérfanas de sentido», en el letrero incompleto de una pensión llamada Lausana.
Con el telón de fondo de las pruebas de natación de unos juegos olímpicos y la mención expresa de modelos literarios bien precisos —Joyce, Kafka—, junto a otros que comparecen, por así decirlo, por desaparición —Queneau, Perec, incluso Filloy—, este relato poemático avanza a base de fragmentos escritos con lo que podríamos llamar una sintaxis líquida, por medio de frases construidas de forma similar a como pueden moverse las aguas de un estanque cuando sopla el viento. De ahí que sea una obra para leer en voz alta, dejándonos llevar por sus palabras tan rítmicamente acordadas: la belleza de la composición hace digerible el desfondamiento y negrura de lo descrito, que no son sino las peripecias monótonas de unas pocas vidas humanas azarosamente reunidas en un espacio común.
Curiosamente, la mejor respuesta a la desazón que la negrura del relato me deja la encuentro en estos versos de Karmelo C. Iribarren que me salieron al paso mientras guardaba «La soledad de las vocales» en la estantería: «El amor, / ese viejo neón / al que aún / se le encienden / las letras».
| El escritor José María Pérez Álvarez, retratado por Mani Moretón. Foto tomada de wikipedia |
martes, 26 de abril de 2016
Patria: banda sonora
En la posible banda sonora de Patria, la aclamada novela de Aramburu, la canción «Txoria txori» ocupa algo más que un papel relevante. No sólo da título a uno de los capítulos clave en el desarrollo de la trama (el 101) sino que, en una especie de uso cinematográfico o multimedia de recursos, proporciona el clima emocional preciso para captar el trasfondo sensorial de lo que se está contando: pone el color dominante del paisaje de la narración.
Supongo que no habré sido el único lector que, al ver mencionada la canción en la novela, haya echado mano del móvil u otro soporte para escucharla. Me da la impresión, además, de que en cierto modo el autor/narrador cuenta con eso, con su escucha por parte del lector, de forma que a partir de la irrupción de esta dulce, envolvente, melancólica y, cuando se descubre el significado de la letra, también profunda melodía, la obra se abre hacia un significado más intenso, hacia al corazón de la contradicción profunda, y la irremediable tristeza, en que vive una sociedad que un día se dejó convencer, o admitió en silencio, que un pájaro podría volar con las alas cortadas.
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