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viernes, 2 de febrero de 2024

CON LA "D" DE DON PÍO


Seamos serios: nadie en su sano juicio podría tener como personaje favorito de los tebeos de entonces, no digamos ya como héroe —“heroíno”, como se le llamó a veces— a alguien tan normalito y hasta francamente bostezante como Don Pío. Seguro, no obstante, que al conjuro de su nombre en la mente de algún coetáneo aún se ilumina su aspecto de hombrecillo de altura más bien menguada, volumen redondeado y hasta algo fofo o enclenque (cada adjetivo es una proyección), cráneo despoblado, bigotito de época y testa manifiestamente común cubierta con un bombín. Puede que, en efecto, como alguien sostiene, tuviera cierto aire chaplinesco, quizás más bien a mitad de camino entre el Gordo y el Flaco, y sin duda poseía un carácter más o menos apacible, aunque en su vida de oficinista no parecía haber más emociones que las tiranteces surgidas en la estabulada convivencia con su mujer, la muy mandona y algo estirada Doña Benita, de la que bien puede decirse, en general, que vivía de cara a la galería, siempre preocupada por el famoso qué dirán y sus secuelas. La verdad es que de las por así decir, eufemísticamente, “aventuras” de Don Pío no creo que haya nadie que recuerde nada. Ni falta que hace, no nos engañemos. Como mucho, alguien puede que haya archivado en una ranura estrecha los nombres de doña Culebrina o doña Vinagreta, vecinas más que insidiosas, siempre dispuestas a evidenciar con sus actos el porqué de sus nombres. Y puede también que, en la caprichosa cucaña de los recuerdos, el tal don Pío se nos aparezca bajo la efigie de algunos de los personajes que el gran José Luis López Vázquez llevó con su habitual solvencia a la gran pantalla. Quizás sea por eso —caigo ahora— por lo que este personaje se libre de precipitarse definitiva e irreparablemente, y sin decir ni pío, en la simas más hondas de la postergación.

(LUN, 121 ~ «Te veo tebeo, serie Z/A»)

miércoles, 25 de octubre de 2023

CON LA K DE KINITO

Si Iberia entera, y especialmente por el septentrión y la extensa franja centromeridional sin olvidar el levante, ha corrido a menudo el peligro de convertirse en tierra de alcohólicos, no cabe descartar que algo tenga que ver con la costumbre mostrenca de dar quina a los niños desde bien pequeños. Y en ese quilombo no se nos escapa, caros carpetoveatónitos, que una gran responsabilidad ha de recaer en este monigote que, a veces disfrazado de tuno el muy tuno, otras de trovador que era un primor, poníase a dar serenatas bajo un balcón y cantaba y cantaba… Lo dicho: vivos de milagro. No sabemos aún por cuánto tiempo.

(LUN, 222 ~ «Te veo tebeo, serie Z/A»)