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domingo, 24 de noviembre de 2024

Caja De Citas: Zona Paz

(CajaDeCitas, 4). Si , como dicen en México, está “prohibido aparcar en lo absoluto”, quizás una alternativa transitable sea visitar despacio y detenerse en la Zona Paz. A discreción. Y con libertad. Bajo palabra. 

Y este documental: El labernto de Octavio Paz



viernes, 9 de abril de 2021

Idas y venidas (con Paz al fondo)

Los recuerdos en bandada, he ahí una de las bazas hipnóticas que FaceBook juega con hábil automatismo. En el jueves santo del primer confinamiento surgía este inquietante asunto que, además, en una anterior aparición del cuadro mencionado, había sido causa probable de un desencuentro con un amigo y paisano gallego, del que desde entonces —y pese a intentarlo varias veces— no he vuelto a tener noticias. Entre las vicisitudes de las nuevas formas de relación/comunicación, una de las más exasperantes es la escasa posibilidad de aclarar las cosas una vez que se ha producido el “malentendido”. Porque de lo que no tengo dudas es de que ese, una ‘mala’ interpretación de las palabras, es el origen de muchos conflictos. Y luego el tiempo, la deriva propia o el olvido hacen lo demás. Tampoco es que sea nada nuevo en las siempre complicadas relaciones humanas, pero tengo la pegajosa impresión de que ahora ocurre con mayor frecuencia y, más aún, el intento comprensible de evitarlo nos lleva a cierta desecación y ‘afantasmamiento’ de nuestros tratos interpersonales, la mayoría ya cristal (dark crystal) de por medio. Cosas.


(En son de Paz, 13). »Prisionero en la fortaleza que inventan los reflejos lunares de la uña del dedo meñique de una niña, un rey agoniza desde hace un millón de segundos. El microscopio de la fantasía descubre criaturas distintas a las de la ciencia pero no menos reales; aunque esas visiones son nuestras, también son de un tercero: alguien las mira (¿se mira?) a través de nuestra mirada», escribe Octavio Paz en el fragmento 20 de «El mono gramático», en el que describe, o más bien glosa, un misterioso cuadro de Richard Dadd, «The fairy-feller’s masterstroke», obra que alguna vez ya ha comparecido en este muro. En el confinamiento, estas minuciosidades cobran un valor inusitado: nos muestran que hay una realidad dentro de la realidad de la que apenas somos conscientes más que cuando miramos como si nos miraran. Y, una vez advertido, salimos pronto de ahí («¡escapa, escapa!», nos grita alguien, ¿quién?) para evitar el despeñadero de la locura y otros vértigos de pura destrucción. No está nada mal para una tarde de jueves santo.

lunes, 21 de septiembre de 2020

Desmemorias y rebotes


(Al filo de los días).
 A veces los invisibles se vuelven, además, irreconocibles. Tres años después de su escritura paso por esta NUL (ver abajo), y aunque recordaba bien el “asunto al fondo” (el inexplicable “cabreo” y desaparición de un “amigo” —en este caso no sólo de FaceBook—, después de un intercambio diría que pacífico de opiniones sobre el pintor Richard Dadd), se me había borrado la referencia del libro cuya página se reproduce en la foto, pese a que ha sido una obra que he tenido con cierta frecuencia a mano y que he leído, a menudo de forma fragmentaria, varias veces. Anotaré ahora, por si en el futuro el Dr. de Cuyo Nombre No Logro Acordarme sigue haciendo de las suyas, que se trata de El mono gramático, de Octavio Paz, en la edición de Seix Barral (septiembre de 1974), y que el libro está abierto por las páginas 102-105, al borde del capítulo o fragmento 20, dedicado a comentar, precisamente, la muy insólita y terrible historia del pintor Richard Dadd, y en concreto del extraordinario e inquietante cuadro The fairy-feller’s masterstroke, que pintó durante nueve años mientras estaba encerrado en el manicomio de Broadmoor. La historia de este cuadro, cuya pista me refrescó entonces mi fugitivo amigo, es por sí misma tan intensa que no diré sobre ella nada más que lo ya anotado: rastros suficientes para que el curioso lector concernido pueda hacer su propia pesquisa y, en todo caso, también suficiente para que en una hipotética ocasión futura yo mismo como lector pueda sobreponerme al desconcierto. Google y sus herramientas de búsqueda han cambiado de tal manera nuestro modo de estar en el mundo que ya nada es lo mismo. Aunque nos cueste mucho trabajo darnos cuenta. Y no siempre, ja, eso sea sinónimo de felicidad.



El invisible (d)
Tal vez algún día llegue a saber por qué se esfumó al pasar la página.

(Novelas de una línea, 22)

jueves, 2 de julio de 2020

En son de Paz (y 11)

La imagen puede contener: José Luis Melero Rivas

(En son de Paz, y 25). Octavio Paz mantuvo una gran lucidez y creatividad hasta poco antes de su muerte, y algunas de sus mayores contribuciones como pensador se produjeron en el último decenio de su vida, incluso después de la obtención del premio Nobel con que culminó su reconocimiento internacional como escritor. Entre sus ensayos ocupa un lugar muy destacado La llama doble (1993), un breve y esencial estudio sobre el amor, el sexo y el erotismo donde puso en orden y resumió con inusitada profundidad sus reflexiones en torno a un tema esencial de la vida, y verdadero eje sobre el que giró su obra como hombre, poeta y pensador.
Recuerdo que la lectura del libro, poco después de su publicación, me supuso completar y, en parte, conjurar el impacto que, en mis años jóvenes, me habían causado, además de dispersas lecturas escolares de Kant, Nietzsche, Freud o Reich, obras como El amor y Occidente, de Denis de Rougemont; El cuerpo del amor, de Norman O. Brown, y sobre todo, El erotismo, de Georges Bataille, autor cuyo descubrimiento fue toda una revelación en mis años mozos. Al volver ahora, veinticinco años después, a La llama doble, además de confirmar y refrescar la gran sabiduría de Paz y su extraordinario dominio de las claves interculturales referidas a los asuntos más diversos, me ha sorprendido sobremanera la pertinencia y actualidad de sus reflexiones en torno a la investigación científica en dominios como la biología, la neurología o la física. Y me ha alegrado comprobar su reclamo de la necesidad de un reencuentro de esa perspectiva con la visión propia de la filosofía y más aún de la poesía, y todo ello girando alrededor y teniendo como centro el fenómeno o nudo esencial de la conciencia: el hecho del “darse cuenta” como suceso exclusivo e insoslayable de la condición humana. Un asunto que desde la escritura de este ensayo —y en particular de lo enunciado en el penúltimo apartado del libro («Repaso: la llama doble»)— no ha hecho sino crecer y volverse más complejo, hasta convertirse en lo que probablemente sea la cuestión candente de este nuestro tiempo pandémico e inevitablemente apocalíptico.
Recomiendo vivamente la lectura de todo el libro y, de forma muy especial, del apartado mencionado, que concluye con este resumen: «... los males que aquejan a la sociedades modernas —escribe Paz— son políticos y económicos pero asimismo son morales y espirituales. Unos y otros amenazan el fundamento de nuestras sociedades: la idea de “persona humana”. Esta idea ha sido la fuente de las libertades políticas e intelectuales; asimismo, la creadora de una de las grandes invenciones humanas: el amor. La reforma política y social de las democracias liberales capitalistas debe ir acompañada de una reforma no menos urgente del pensamiento contemporáneo. Kant hizo la crítica de la razón pura y de la razón práctica; necesitamos hoy otro Kant que haga la crítica de la razón científica. El momento es propicio porque en la mayoría de las ciencias es visible, hasta donde los legos podemos advertirlo, un movimiento de autorreflexión y autocrítica, como lo muestran admirablemente los cosmólogos modernos. El diálogo entre la ciencia, la filosofía y la poesía podría ser el preludio de la reconstitución de la unidad de la cultura. El preludio también de la resurrección de la persona humana, que ha sido la piedra de fundación y el manantial de nuestra civilización».
Al final de su ensayo vuelve Paz al tema central del libro —amor y erotismo: esa llama doble— y lleva a cabo una recapitulación en la que, con extraordinaria sabiduría y osada viveza, escribe anotaciones como la siguiente: «El encuentro erótico comienza con la visión del cuerpo deseado. Vestido o desnudo, el cuerpo es una presencia: una forma que, por un instante, es todas las formas del mundo. Apenas abrazamos esa forma, dejamos de percibirla como presencia y la asimos como una materia concreta, palpable, que cabe en nuestros brazos y que, no obstante, es ilimitada. Al abrazar a la presencia, dejamos de verla y ella misma deja de ser presencia. Dispersión del cuerpo deseado: vemos sólo unos ojos que nos miran, una garganta iluminada por la luz de una lámpara y pronto vuelta a la noche, el brillo de un muslo, la sombra que desciende del ombligo al sexo. Cada uno de esos fragmentos vive por sí solo pero alude a la totalidad del cuerpo. Ese cuerpo que de pronto se ha vuelto infinito. El cuerpo de mi pareja deja de ser una forma y se convierte en una substancia informe e inmensa en la que, al mismo tiempo, me pierdo y me recobro. Nos perdemos como personas y nos recobramos como sensaciones. A medida que la sensación se hace más intensa, el cuerpo que abrazamos se hace más y más inmenso. Sensación de infinitud: perdemos cuerpo en ese cuerpo. El abrazo carnal es el apogeo del cuerpo y la pérdida del cuerpo. También es la experiencia de la pérdida de la identidad: dispersión de las formas en mil sensaciones y visiones, caída en una substancia oceánica, evaporación de la esencia. No hay forma ni presencia: hay la ola que nos mece, la cabalgata por las llanuras de la noche. Experiencia circular: se inicia por la abolición del cuerpo de la pareja, convertida en una substancia infinita que palpita, se expande, se contrae y nos encierra en las aguas primordiales; un instante después la substancia se desvanece, el cuerpo vuelve a ser cuerpo y reaparece la presencia. Solo podemos percibir a la mujer amada como forma que esconde una alteridad irreductible o como substancia que se anula y nos anula».
Sirva este texto, incluido el curioso y acaso involuntario palíndromo de sus cinco últimas palabras —tan apropiado, por vías diversas, para la noche de julio sobre la que pivota el año— como punto y aparte de un recorrido gozosamente interminable a través de una de las escrituras más luminosas, vivas y perspicaces de cuantas se han volcado en nuestra lengua.

(Acompaño esta última entrega de la sección con una foto —creo que inédita— de OctavioPaz en la intimidad de su casa de Coyoacán, en México, y con su dedicatoria en una edición de Piedra de Sol, su gran poema. Ambas llegaron a mis manos, en el año de la fecha, a través de un amigo).

jueves, 25 de junio de 2020

En son de Paz (10)

                       La imagen puede contener: una persona, primer planoLa imagen puede contener: una persona, primer plano

(En son de Paz, 24). La intensidad de la escritura de Octavio Paz es a veces apabullante. Hay en su conciencia de artista un manejo tan ágil de claves, tradiciones, nombres, obras y culturas que no es fácil, en ocasiones, seguirle en sus periplos sin recurrir al menudeo de la consulta, a la inevitable —hoy, por fortuna asequible, al menos si se aborda con urgencia wikipédica— nota a pie de página. Menos mal que Paz nunca pierde la cortesía con el lector y, por lo común, sus erudiciones están envueltas en un prosa flexible, de gran elegancia, pero también chispeante y casi siempre cargada de poética precisión. En algunos momentos fragmentarios, o entre líneas, aunque en esto Paz fue un escritor fiel al talante de Ducasse —«no dejaré memorias»—, asoma el memorialista y la evocación de una escena o un suceso se imponen con plena conciencia y transparente brillantez. Lo mejor que puede hacer entonces el lector-mediador es retirarse y dejar que se escuche la voz del autor. 

Y dice Paz: »»Entre todas estas imágenes de Alberti retengo la de una tarde de 1937, en Madrid. Me veo paseando con él por la Castellana: al llegar a la Fuente de Neptuno, torcemos hacia la izquierda, subimos por unas calles empinadas y nos internamos lentamente por los senderos de El Retiro. Me asombra el cielo pálido, plateado; el sol ilumina con una luz final, casi fría, los troncos, los follajes y las fachadas; apenas si hay gente en el parque; sopla ya el viento insidioso de la sierra. Oigo el rumor de nuestros pasos pisando los hojarasca amarilla y rojeante del otoño precoz. Rafael habla de la transparencia del aire y del humo de los incendios, de los árboles ofendidos y de las casas caídas, de la guerra y sus desgarraduras, de Cádiz y sus espectros. A su lado salta Niebla, su perro. Alberti se detiene y, mirando al perro, me dice unos versos que ha escrito hace poco:
               Niebla, tú no comprendes, lo cantan tus orejas, 
               el tabaco inocente, tonto, de tu mirada,
               los largos resplandores que por el monte dejas
               al saltar, rayo tierno de brizna descendida...

»»Mientras recita, Niebla corre de un lado para otro, desaparece en una arboleda amarilla, reaparece entre dos troncos negros, fantasma centelleante. Las palabras se disipan, Rafael Alberti y su perro se alejan entre los árboles, yo escribo estas líneas».

[Fragmento final de «Rafael Alberti, visto y entrevisto», texto incluido en Fundación y disidencia. Dominio hispánico, vol. 3 de Obras Completas (Círculo de Lectores, 1991), pp. 377-378. Con el título de «Recordación» se publicó por primera vez en la revista «Vuelta», núm. 92, julio de 1974.]

jueves, 18 de junio de 2020

En son de Paz (9)

La imagen puede contener: una persona
Paz o el pensamiento creativo. Foto: Archivo Elizabeth Ruiz/Cuartoscuro.
(En son de Paz, 23). En La otra voz, el ensayo fechado a finales de 1989 con el que Octavio Paz cerró sus reflexiones y estudios sobre la poesía a través de la historia, todos ellos agrupados en sus Obras Completas bajo el título de «La casa de la presencia», el autor mexicano lleva a cabo una reflexión que, pese a estar escrita hace tres décadas, parece haber nacido casi del confinamiento.


Escribe Paz : «... puede decirse sin exagerar que el tema central de este fin de siglo no es el de la organización política de nuestras sociedades ni el de su orientación histórica. Lo urgente, hoy, es saber cómo vamos a asegurar la supervivencia de la especie humana. Ante esa realidad, ¿cuál puede ser la función de la poesía? ¿Qué puede decir la ‘otra voz’? Ya he indicado que si naciese un nuevo pensamiento político, la influencia de la poesía sería indirecta: recordar ciertas realidades enterradas, resucitarlas y presentarlas. Ante la cuestión de la supervivencia del género humano en una tierra envenenada y asolada, la respuesta no puede ser distinta. Su influencia sería indirecta: sugerir, inspirar e insinuar. No demostrar sino mostrar».
A continuación, después de recordar el modus operandi del pensamiento poético y sus operaciones básicas, y tras reivindicar el papel del poesía como cifra de la “fraternidad cósmica” (el poema refleja la solidaridad de las “diez mil cosas que componen el universo”), Paz concluye con una lúcida reivindicación y con un aviso: «La relación entre el hombre y la poesía es tan antigua como nuestra historia: comenzó cuando el hombre comenzó a ser hombre. Los primeros cazadores y recolectores de frutos un día se contemplaron, atónitos, durante un instante inacabable en el agua fija de un poema. Desde entonces, los hombres no han cesado de verse en ese espejo de imágenes. Y se han visto, simultáneamente, como creadores de imágenes y como imágenes de sus creaciones. Por esto, puedo decir con un poco de seguridad que, mientras haya hombres, habrá poesía. Pero la relación puede romperse. Nació de la facultad humana por excelencia, la imaginación; puede quebrarse si la imaginación muere o se corrompe. Si el hombre olvidase a la poesía, se olvidaría de sí mismo. Regresaría al caos original».

Fin de la cita. Estamos avisados.


jueves, 11 de junio de 2020

En son de Paz (8)

La imagen puede contener: una persona, de traje
Octavio Paz retratado por Jonn Leffmann.
(En son de Paz, 22). En «Apariencia desnuda», un amplio ensayo sobre la obra de Marcel Duchamp considerado como una de las más perspicaces aproximaciones a la obra del gran “dinamitador” del arte moderno (publicado en 1973), Octavio Paz escribe: «El antecedente directo de Duchamp no está en la pintura sino en la poesía: Mallarmé. La obra gemela del Gran Vidrio es ‘Un coup de dés’. No es extraño: a pesar de lo que piensan los engreídos críticos de la pintura, casi siempre la poesía se adelanta y prefigura las formas que adoptarán más tarde las otras artes. La moderna beatería que rodea a la pintura y que a veces nos impide ‘verla’, no es sino idolatría por el objeto, adoración por una cosa mágica que podemos palpar y que, como las otras cosas, puede venderse y comprarse. Es la sublimación de la cosa en una civilización dedicada a producir y consumir cosas. Duchamp no padece esta ceguera supersticiosa y ha subrayado con frecuencia el origen ‘verbal’, esto es: poético, de su obra. Frente a Mallarmé no puede ser más explícito: “Una gran figura. El arte moderno debería volver a la dirección trazada por Mallarmé: ser una expresión intelectual y no meramente animal...” El parecido entre ambos artistas no proviene de que los dos muestren preocupaciones intelectuales en sus obras sino en su radicalismo: uno es el poeta y el otro el pintor de la Idea. Los dos se enfrentan a la misma dificultad: en el mundo moderno no hay ideas sino crítica. Pero ninguno de los dos se refugia en el escepticismo o en la negación. Para el poeta, el azar absorbe al absurdo; es un disparo hacia el absoluto y que, en sus cambios y combinaciones, manifiesta o proyecta al absoluto mismo. Es ese número en perpetuo movimiento que rueda desde el principio hasta el fin del poema y que se resuelve en quizá-una-constelación, inacabable ‘cuenta total en formación’. El papel que desempeña el azar en el universo de Mallarmé, lo asume el humor, la meta-ironía, en el de Duchamp. El tema del cuadro y el del poema es la crítica, la Idea que sin cesar se destruye a sí misma y sin cesar se renueva».. (fin de la cita).


Son, ya digo, palabras de 1973. ¿Qué vigencia tienen hoy, cuando la obra de Duchamp tal vez haya perdido buena parte del carácter rompedor, “tocapelotas”, que un día tuvo —aunque haya dejado una estela de imitaciones a cuál más osada hasta llegar al literal empaquetado de “mierda de artista”— y cuando la “tirada” de Mallarmé acaso ya ha sido dilapidada en los casinos de la poesía sin más riesgo que el de la comprensión o el baile frenético? No es fácil responder a ninguna pregunta sobre la actualidad de una obra que, con toda su no agotada fuerza, parece de otro tiempo. De una era en la que aún parecía posible unir mundos y recomponer fragmentos, y la capacidad de atención permitía mantener un criterio sostenido por un impulso duradero de lucidez. No es simple nostalgia de otro mundo. Es tal vez la constatación de que es este otro mundo el que, cada vez de modo más palmario, se nos vuelve intransitable.
Por lo demás, sirva el texto de Paz para subrayar otro aspecto de su poliédrica personalidad creativa: es uno de los autores no especializados que con mayor profundidad y amplitud de miras intelectuales ha contemplado y reflexionados sobre la pintura y las artes del cada vez más remoto sigo XX.

jueves, 4 de junio de 2020

En son de Paz (7)

La imagen puede contener: una persona
Octavio Paz revisando un ensayo. La escritura interminable.
(En son de Paz, 21). En una de las cartas dirigidas a Pere Gimferrer (y que este recopiló y editó en el volumen «Memorias y palabras», 1999), Octavio Paz escribe: «Querido Pedro: Lo que me dices de “Pasado en claro” me conmueve. Gracias —¿qué más puedo y debo decirte? Te contaré algo que quizá te interese. Empecé a escribir ese poema sin saber exactamente lo que hacía. El tema fue apareciendo lentamente, brotando, por decirlo así, del texto ya escrito y de una manera independiente de mi conciencia y de mi voluntad. No al “dictado” del inconsciente o de la inspiración; yo —mi mano, mi cabeza, mis sentidos, mi mente y, claro, el diccionario a mi lado— era el que escribía, pero escribía lo que, sin decirlo, me decía lo ya escrito. No sé si me explico: el texto producía el nuevo texto —o para decirlo de una manera menos brusca: lo ya escrito me señalaba el camino que debería seguir. Algo semejante ocurrió con “Piedra de sol”. [Añadido en nota: Algo muy distinto a la “escritura automática”—que no fue ni es sino una quimera una “idea” (y yo hablo de una “práctica”)]. Y algo más, que sólo a ti te cuento por ahora y que te ruego no divulgues sino hasta que aparezca una nueva edición del poema. Lo terminé aquí, el año pasado. Después, en México, cuando ya estaba el original en la imprenta, durante una temporada que pasé en Cuernavaca, escribí 44 líneas más —verso 15 de la página 18 a verso 7 de la página 21. Pero unos pocos días después, al releer el nuevo pasaje, descubrí ciertas falsedades. Llamé a Vicente Rojo —que se encargó de la edición— para preguntarle si podía retirar unos 20 versos, los mismos que había añadido hacía unas semanas. Me dijo que ocasionaría un trastorno considerable, que ya había hecho varios cambios, etc. Tenía razón y me resigné. Pero no del todo. Aquí otra vez al releer el poema, hice unas cuantas correcciones y escribí de nuevo parte del pasaje: 18 versos, justamente los que desde un principio me parecieron gratuitos, no necesarios. Te los envío con esta carta para que corrijas tu ejemplar».

La carta está fechada el 21 de octubre de 1975 en la Universidad de Harvard, en Cambridge, Massachussets, en cuyo Departamento de Literatura Comparada fue Paz profesor. Resultan admirables tanto la precisión de los datos sobre la escritura del poema, y lo que revelan sobre el proceso de creación, como la impresión de seguridad y “sentido de trascendencia” desde el que se escribe (pese a lo titubeante de la sintaxis: “no divulgues sino”) y, por último, el gesto del amigo que le encomienda y facilita al corresponsal la corrección de su ejemplar de la obra para ponerlo en orden. Instantáneas de intimidad que acaso sirvan, además de para precisar algún rasgo del carácter del autor, para comprender la seriedad y exigencia con que afrontaba su trabajo.

jueves, 21 de mayo de 2020

En son de Paz (5)

Octavio Paz retratado en 1938 por Enrique Díaz.
(En son de Paz, 17).
»» Para revelar el sueño de los hombres es preciso no renunciar a la conciencia. No un abandono, sino una mayor exigencia consigo mismo, se le pide al poeta. Queremos una forma superior de la sinceridad: la autenticidad. En el siglo pasado [el XIX] un grupo de poetas, que representan la parte hermética del romanticismo —Novalis, Nerval, Baudelaire, Lautréamont— nos muestra el camino. Todos ellos son los desterrados de la poesía, los que padecen la nostalg
ia de un estado perdido en el que el hombre es uno con el mundo y con sus creaciones. Y a veces de esa nostalgia surge el presentimiento de un estado futuro, de una edad inocente. Poetas originales no tanto —como dice Chesterton— por su novedad sino porque descienden a los orígenes. Ellos no buscaron la novedad, esa sirena que se disfraza de originalidad; en la autenticidad rigurosa encontraron verdadera originalidad. En su empresa no renunciaron a tener conciencia de su delirio, osadía que les ha traído un castigo que no vacilo en llamar envidioso: en todos ellos se ha cebado la desdicha, ya en la locura, ya en la muerte temprana o en la fuga de la civilización. Son los poetas malditos, sí, pero son algo más también: son los seres vivientes y místicos de nuestro tiempo, porque encarnan —en sus vidas misteriosas y sórdidas y en su obra precisa e insondable— toda la claridad de la conciencia y toda la desesperación del apetito. La seducción que sobre nosotros ejercen estos maestros, nuestros únicos maestros posibles, se debe a la veracidad con que encarnaron ese propósito que intenta unir dos tendencias paralelas del espíritu humano: la conciencia y la inocencia, la experiencia y la expresión, el acto y la palabra que lo revela. O para decirlo con las palabras de uno de ellos: el matrimonio del Cielo y del Infierno», escribió Octavio Paz al final del artículo «Poesía de soledad y poesía de comunión», fechado en México en 1944 y recogido en la segunda parte de Las peras del olmo, volumen recopilatorio de breves textos sobre temas literarios y artísticos editado por primera vez en 1957. Por una nota incorporada al propio texto, sabemos que el artículo fue escrito para un ciclo de conferencias organizadas con ocasión del cuarto centenario del nacimiento de san Juan de la Cruz. Tirando del hilo de este detalle, tal vez cabría preguntarse qué lugar concedería el poeta mexicano al gran místico abulense en ese concierto de “voces de la autenticidad”. Quede la incógnita pendiente para otro día. Aunque se admiten sugerencias.



(En son de Paz, 18). »» A todos, en algún momento, se nos ha revelado nuestra existencia como algo particular, intransferible y precioso. Casi siempre esta revelación se sitúa en la adolescencia. El descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un sabernos solos; entre el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente muralla: la de nuestra conciencia. Es cierto que apenas nacemos no sentimos solos; pero niños y adultos pueden trascender su soledad y olvidarse d
e sí mismos a través de juego o trabajo. En cambio, el adolescente, vacilante entre la infancia y la juventud, queda suspenso un instante ante la infinita riqueza del mundo. El adolescente se asombra de ser. Y al pasmo sucede la reflexión: inclinado sobre el río de su conciencia se pregunta si ese rostro que aflora lentamente del fondo, deformado por el agua, es el suyo. La singularidad de ser —pura sensación en el niño— se transforma en problema y pregunta, en conciencia interrogante», escribió Octavio Paz en el inicio de El laberinto de la soledad, el enjundioso ensayo sobre la identidad mexicana que fue su primera obra importante (su primera edición está fechada en 1950). A menudo se habla sobre la importancia de los “arranques” de las obras literarias, esa primera frase cuya especial rotundidad o capacidad de sugerencia actúa a modo de señuelo o aldaba que, casi sin darnos cuenta, nos introduce en el umbral de lo maravilloso. No menor ni otro valor tiene a mi juicio este párrafo de Paz que, además de abordar de 
forma muy original un tema de pesquisa y reflexión antropológicas, posee una significación autónoma y útil como intuición acerca de la condición humana. Una vez más, la tensión de la escritura pone de relieve la mano inspirada de un gran creador.


Recepción del Nobel en 1992
(En son de Paz, 19). »» En mi peregrinación en busca de la modernidad me perdí y me encontré muchas veces. Volví a mi origen y descubrí que la modernidad no está fuera sino adentro de nosotros. Es hoy y es la antigüedad más antigua, es mañana y es el comienzo del mundo, tiene mil años y acaba de nacer. Habla en náhuatl, traza ideogramas chinos del siglo IX y aparece en la pantalla de televisión. Presente intacto, recién desenterrado, que se sacude el polvo del siglo, sonríe y, de pronto, echa a volar y desaparece por la ventana. Simultaneidad de tiempos y de presencias: la modernidad rompe con el pasado inmediato para destacar el pasado milenario y convertir a una figurilla de fertilidad del neolítico en nuestra contemporánea. Perseguimos a la modernidad y nunca logramos asirla. Se escapa siempre: cada encuentro es una fuga. La abrazamos y al punto se disipa: solo era un poco de aire. Es el instante, ese pájaro que está en todas partes y en ninguna. Queremos asirlo vivo pero abre las alas y se desvanece, vuelto un puñado de sílabas. Nos quedamos con las manos vacías. Entonces las puertas de la percepción se entreabren y aparece el “otro tiempo”, el verdadero, el que buscábamos sin saberlo: el presente, la presencia», escribió Octavio Paz en su discurso de recepción del Nobel, en diciembre de 1990. Casi treinta años después, y cuando algunas urgencias tal vez han alterado muchas de nuestras percepciones, ese estado de permanente fugacidad, de tiempo que se nos escurre entre los dedos como un puñado de arena —o tal vez ya más bien como una sustancia algodonosa que apenas excita el tacto—, esas palabras, tan intuitivas, son más pertinentes que nunca. Y más acuciante aún resulta la necesidad de reconocer el peso del instante como la manifestación más poderosa de la ley de la gravedad sobre nuestra conciencia: una presencia, continua y consciente, convertida en la mejor, tal vez la única, tabla de salvación frente a la creciente marea evanescente que nos arrastra con todas sus secuelas virtuales. Y aún más: la modernidad hoy tal vez estribe en asumir nuestra condición de seres póstumos de una historia finalmente equivocada y, desde la radical comprensión de los errores fatales cometidos, impulsar la búsqueda de una nueva oportunidad para que “otro tiempo verdadero” pudiera abrirse paso en la aventura humana sobre la Tierra.

jueves, 30 de abril de 2020

En son de Paz (4)

(En son de Paz, 14). »Hablamos porque somos / mortales: las palabras / no son signos: son años. / Al decir lo que dicen / los nombres que decimos / dicen tiempo: nos dicen, / somos nombres del tiempo. / Conversar es humano», escribió Octavio Paz en la última estrofa de un poema (“Conversar”) incluido en su libro “Árbol adentro” y concebido —tal vez improvisada: su ágil vuelo así lo indica— como respuesta a un verso leído: “Conversar es divino”, que según el propio Paz señala en nota «figura en un poema del poeta portugués Alberto Lacerda dedicado a Jorge Guillén». Y hecha la precisión y puestas las barras, para que el fraseo del poeta no se pierda en las arenas movedizas de las pantallas, inevitablemente pienso en el luminoso verso de Quevedo que describe la lectura como una vida de «conversación con los difuntos» y asiento al completo carácter humano del instinto de compartir palabras, hasta el punto de que tal vez sea difícil encontrar otra fuerza que nos haga sentir más esa condición. «Por eso se explica —me digo, ya en otra fase del diálogo— tu heredada tendencia a hablar hasta en sueños». Y vuelvo al confín de cada día, inmerso en estas y otras sugerencias, acariciando con mis ojos los libros, las pantallas, los reflejos en la calle, siempre con el deseo vivo —humano, tal vez demasiado humano— de que no tarde en dar señales de vida el interlocutor... o ella.


Paz el autor, el lector, el corrector: un hombre de palabra.
(En son de Paz, 15). »[...] la lengua que hablamos es una realidad no menos decisiva que las ideas que profesamos o que el oficio que ejercemos. Decir lengua es decir civilización: comunidad de valores, símbolos, usos, creencias, visiones, preguntas sobre el pasado, el presente, el porvenir. Al hablar no hablamos únicamente con los que tenemos cerca: hablamos también con los muertos y con los que aún no nacen, con los árboles y las ciudades, los ríos y las ruinas, los animales y las cosas. Hablamos con el mundo animado y con el inanimado, con lo visible y con lo invisible. Hablamos con nosotros mismos. Hablar es convivir, vivir en un mundo que es este mundo y sus trasmundos, este tiempo y los otros: una civilización», escribió y leyó Octavio Paz en su discurso de recepción del Premio Cervantes, tal día como hoy del año 1982. En sus palabras de agradecimiento Paz bosquejó un breve recorrido por su biografía como lector, dio un paseo por el lado americano de la lengua, hizo un elogio y defensa de la libertad y, muy significativamente, cerró sus palabras con una reivindicación de la alegría y la humanidad de Cervantes: «Cada hombre —dijo al final de su discurso— es un ser singular y cada hombre se parece a todos los otros. Cada hombre es único y cada hombre es muchos hombres que él no conoce: el yo plural. Cervantes sonríe: aprender a ser libre es aprender a sonreír». Quién supiera.

La imagen puede contener: una persona, primer plano y exterior
 Octavio Paz: una sonrisa iluminada desde dentro.
Foto tomada del archivo de la Nobel Foundation.

(En son de Paz, 16). »El tiempo del poema no está fuera de la historia sino dentro de ella: es un texto y es una lectura. Texto y lectura son inseparables y en ellos la historia y la ahistoria, el cambio y la identidad, se unen sin desaparecer. No es una trascendencia, sino una convergencia. Es un tiempo que se repite y que es irrepetible, que transcurre sin transcurrir, un tiempo que vuelve sobre sí mismo. El tiempo de la lectura es un hoy y un aquí: un hoy que sucede en cualquier momento y un aquí que está en cualquier parte. El poema es historia y es aquello que niega la historia en el instante en que la afirma. Leer un texto no-poético es comprenderlo, apropiarse de su sentido; leer un texto poético es resucitarlo, re-producirlo. Esa re-producción se despliega en la historia, pero se abre hacia un presente que es la abolición de la historia. La poesía que comienza en este fin de siglo que comienza [1972], no comienza realmente. Tampoco vuelve al punto de partida. La poesía que comienza ahora, sin comenzar, busca la intersección de los tiempos, el punto de convergencia. Afirma que entre el pasado abigarrado y el futuro deshabitado, la poesía es el presente. La re-producción es una presentación. Tiempo puro: aleteo de la presencia en el momento de su presentación/desaparición», escribió Octavio Paz al final de su ensayo Los hijos del limo, un luminoso estudio de la evolución de la poesía desde el Romanticismo hasta el último tercio del siglo XX (el texto está fechado en Cambridge, Massachussets, en junio de 1972). Complementario de El arco y la lira (1956), al igual que en otros ensayos, pero de forma muy destacada, Paz pone aquí de relieve un punto de vista, no sólo privilegiado, sino imprescindible: es el de quien habla “desde dentro” de la experiencia que describe. Y lo hace además con una precisión que logra unir, como en un verdadero poema, reflexión y emoción, razón y corazón, verdad y gracia. Uno de los grandes valores de la obra de Octavio Paz es que la mayoría de las veces, si no siempre, pone de manifiesto que ante todo es la obra de un poeta.

jueves, 9 de abril de 2020

En son de Paz (3)

La imagen puede contener: una persona, primer plano
La mirada de Octavio Paz hacia la realidad, tan irreal, del mundo.
Foto del Archivo del autor.
(En son de Paz, 11) »La carne no es triste: es irreal», escribió Paz en un lúcido ensayo sobre Cernuda, en el que, de paso, contesta a Mallarmé, al famoso verso en que el exigente poeta francés se lamentaba de sufrir un invencible tedio corporal y de haber leído todos los libros. Y tiene, me parece, razón Paz: hay algo en el fondo sensible y hasta sensual de nuestra experiencia que no parece de este mundo. Especialmente, en días como estos. Tiempo extraño, cuyo transcurso confinado vuelve irreal la luz que se refleja en el corredor sin fondo de nuestras conciencias, libres como pájaros que sueñan el vuelo y tal vez el mundo.


La imagen puede contener: Mariano Antolín Rato, sentada e interior
 Paz con el espacio y el tiempo a sus espaldas. Foto de autor no identificado,
publicada en la galería recogida por El Heraldo al dar cuenta de
una exposición sobre Paz y la censura de sus obras en España,
celebrada en Alcalá de Henares a finales de 2015.

(En son de Paz, 12). »El artista verdadero es el que dice “no” incluso cuando dice “sí”», escribió Octavio Paz casi al final del «Aviso» puesto como introducción de «Los privilegios de la vista, II», el tomo 7 de sus «Obras completas. Edición del autor», publicadas por Círculo de Lectores entre 1993 y 1997. Dándole vueltas a la frase, como a una margarita ante la que no fuéramos capaces de arrancar ni una hoja, doy en pensar que ese sea acaso el sino y el destino, no sólo del artista verdadero, sino del ser humano con conciencia que se sabe mortal. Hace dos días (31 de marzo 2020) Paz hubiera cumplido 106 años (la misma edad que mi padre, que era algunos meses más joven). El próximo día 19 de abril se cumplirán 22 años de su muerte. El tiempo es un calendario o una rayuela o una rejilla por cuyas avariciosas rendijas sólo alcanzamos a ver —y si acaso— un poco de luz.
La imagen puede contener: una o varias personas
Octavio Paz con sonriente mirada ensimismada.
Foto de autor no localizado, virada al negro.
(En son de Paz, 13). »Prisionero en la fortaleza que inventan los reflejos lunares de la uña del dedo meñique de una niña, un rey agoniza desde hace un millón de segundos. El microscopio de la fantasía descubre criaturas distintas a las de la ciencia pero no menos reales; aunque esas visiones son nuestras, también son de un tercero: alguien las mira (¿se mira?) a través de nuestra mirada», escribe Octavio Paz en el fragmento 20 de «El mono gramático», en el que describe, o más bien glosa, un misterioso cuadro de Richard Dadd, «The fairy-feller’s masterstroke», obra que alguna vez ya ha comparecido en este muro. En el confinamiento, estas minuciosidades cobran un valor inusitado: nos muestran que hay una realidad dentro de la realidad de la que apenas somos conscientes más que cuando miramos como si nos miraran. Y, una vez advertido, salimos pronto de ahí («¡escapa, escapa!», nos grita alguien, ¿quién?) para evitar el despeñadero de la locura y otros vértigos de pura destrucción. No está nada mal para una tarde de jueves santo.

jueves, 19 de marzo de 2020

En son de Paz (2)

La imagen puede contener: una persona, de pie, árbol y exterior
Octavio Paz en 1992. Foto de Paulina Lavista.



(En son de Paz, 6). »El amor es escándalo, desorden, transgresión: el de dos astros que rompen la fatalidad de sus órbitas y se encuentran en la mitad del espacio», escribió Paz. Y nada más leerlo, mientras pienso en algunas —demasiadas— parejas conocidas, oigo a mi espalda una voz que susurra: «Aunque a menudo viene el tiempo... y sopla».


La imagen puede contener: una persona
 La ensoñación consciente de Paz.
(En son de Paz, 7). »En todo encuentro erótico hay un personaje invisible y siempre activo: la imaginación», escribió Octavio Paz en ese hermoso tratado sobre el amor y el erotismo que es «La llama doble». Tras asentir, cabe imaginar al menos tres preguntas o matices (im)pertinentes: ¿sólo un personaje?, ¿realmente invisible?, ¿siempre activo? Las respuestas requieren valentía, memoria y lealtad al cuerpo.


La imagen puede contener: una persona, sentada y exterior
Paz, siempre esperando la compañía... del lector. Foto: Conaculta (?)
(En son de Paz, 8). »La vía aérea es hoy la más usada, tanto por los viajeros como por el correo. Sin embargo, también ha sido y es la vía tradicional de la poesía [...] Desde su origen la poesía ha sido el arte de enlazar los ecos de las palabras: cadenas de aire, impalpables pero irrompibles. Añadiré que la poesía es también, y sobre todo, un arte respiratorio: inspiración y espiración», escribió Octavio Paz en la presentación, para sus Obras completas-Edición del autor, de «Hijos del aire», poema-correspondencia escrito en sonetos con Charles Tomlinson y publicado en 1985. Una experiencia fascinante.


La imagen puede contener: una persona, de pie
Paz o la serena contemplación. Imagen del documental
El laberinto de Octavio Paz (2016), de José María Martínez.
(En son de Paz, 9)
» voy entre galerías de sonidos,

fluyo entre las presencias resonantes,

voy por las transparencias como un ciego,
un reflejo me borra, nazco en otro...»,

escribe Paz al iniciar la cuarta estrofa de su fundacional Piedra de sol. Y hoy, al volver a leer estas líneas por causalidad, siento que han sido escritas expresamente para momentos como estos; aun más: para este instante. Y que describen, con precisión científica y justa exactitud, lo que ahora mismo está pasando. ¿No lo notan?


La imagen puede contener: una persona, sentada
Octavio Paz hablando sobre la Parca, entre otros temas,
en una foto de su archivo personal.
(En son de Paz, 10). «El arte de morir es el arte de jugar a las escondidillas», declaró en noviembre de 1997 un Octavio Paz ya muy enfermo cuando se publicó la falsa noticia de su muerte. En esa misma circunstancia —que no tiene nada que ver con esta nuestra, ¡qué bah!—, el poeta mexicano dejó otras muestras de su talante y de su fino humor (más que ironía). «Me da mucha pena —dijo— que los que se empeñan en matarme lo hagan con tanta prisa. Yo creo que no hay que morirse, pero si uno se muere hay que hacerlo a tiempo y sonriendo». Y, como si estuviera hablando para días del futuro e interlocutores recluidos (todo, claro es, de forma puramente hipotética), añadió: «La sonrisa es indispensable. Los portadores de augurios fúnebres jamás saben sonreír. Yo les diría que aprendan, no el arte de morir, sino el arte de sonreír». Nada que ver con nuestro caso, por supuesto, por supuesto, pero las palabras de un sabio, y más si además es poeta, siempre son dignas de atención. ¡Pinche Pelona!





jueves, 13 de febrero de 2020

En son de Paz (1)

La imagen puede contener: una persona, sonriendo, bicicleta y exterior
Octavio Paz fotografiado por Ricardo Salazar.
(En son de Paz, 1). »La poesía es como el amor, mientras que la prosa es como el trabajo», dijo en una entrevista televisiva Octavio Paz. 
Bien visto, maestro. Pero hay que ver cuánto trabajo da a veces la primera, y el heroico y esforzado amor con hay que sobrellevar a menudo los trabajos —más bien alimentarios— de la segunda.


La imagen puede contener: una persona, sentada y exterior
Paz y un libro abierto.
(En son de Paz, 2). »... Los poemas que amamos son mecanismos de significaciones sucesivas —una arquitectura que sin cesar se deshace y se rehace, un organismo en perpetua rotación», escribió Octavio Paz, quien no en vano tituló Los signos en rotación una de sus obras, precisamente un ensayo sobre la poesía que añadió como capítulo final a su imprescindible El arco y la lira. Es lo que se llama una «idea fuerte», o quizás más propiamente una «idea fuerza».


La imagen puede contener: Jose Rivero Serrano
Paz entre los círculos concéntricos del tiempo y el espacio.
Foto tomada de Zenda. Desconozco su autor.
(En son de Paz, 3). Octavio Paz afirmó que algunos grandes poetas viven entre nosotros «gracias a un puñado de sílabas». Y «en este instante —pudo haber añadido él mismo— alguien las deletrea».
La imagen puede contener: una persona
Paz retratado con aire surrealista, incluso con cierto vago parecido a André Bretón.
Foto: AGN, Enrique Díaz.
(En son de Paz, 4). 
«Cantan los pájaros, cantan
sin saber lo que cantan: 
todo su entendimiento es su garganta», 
cantó Octavio Paz en uno de sus poemas inmediatos. Y al repetirlo uno siente, con una alegría claroscura, acorde con este tiempo resbaladizo, que también tiene licencia para cantar.
La imagen puede contener: una persona, primer plano
Retrato de Octavio Paz.
Cortesía del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), México.
(En son de Paz, 5). »Vivir bien exige morir bien. Tenemos que aprender a mirar de frente a la muerte», escribió Octavio Paz en su discurso de aceptación del Nobel. Un propósito lúcido que, como se ve y a veces de forma muy agresiva e incluso obscena, se confunde con la crueldad e inhumanidad extremas de ciertos fanatismos.




sábado, 25 de mayo de 2019

Recapitulaciones, Paz

3

(Lecturas en voz alta). «Oírse o irse». Estas Recapitulaciones de Octavio Paz, en cuya meditación me empeño desde hace décadas, son una fuente inagotable de sabiduría práctica. Una de las poéticas más extensas, intensas e inspiradoras que conozco. Su vigencia no deja de sorprenderme. Y plantean, cada día, un desafío. La mejor síntesis, además, de ese inmenso tratado poético que es El arco y la lira.