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miércoles, 27 de noviembre de 2024

GLORIA FUERTES: Dos instantáneas


Una de las presencias de mi juventud que más crece en tiempos de niebla tiene que ver con aquel ser peculiar, extraordinario, inconfundible que fue Gloria Fuertes. Hoy 27 de noviembre de 2024 hace 26 años que transitó a otro estado, sin duda cercano a las sombras y el inexorable olvido, pero también a un creciente y duradero brillo de su estela a través de las numerosas obras suyas, o en torno a ella, que en estos últimos años han llegado a las librerías, así como merced a la amplia conjura por la que muchos nos sentimos concernidos para mantener de uno u otro modo su presencia, incluidas las polémicas más o menos adustas o engoladas y algunas valoraciones peregrinas o cicateras, siempre discutibles. Aconsejo al respecto, junto con de la muy saludable terapia de beber hilo, no dejar de estar en guardia en las buhardillas de la alta noche.
Además del recuerdo de hace un año que dejé aquí y en el que recreé —sin apenas fantasías— la ocasión en que estuve más cercano a Gloria Fuertes, me llegan hoy también los ecos de otras dos escenas que la tienen como protagonista. Una es la primera vez que la vi "en carne mortal", sería a finales de 1973 o hacia la primavera de 1974, en la mítica Eburia de mi estrenada juventud. Por entonces yo laboraba modesta pero infatigablemente —hay que ver lo laborioso que es el indexado vía ISBN de varios miles de libros, con la creación de sus fichas y tejuelos correspondientes— en la organización y puesta en marcha de la entonces llamada Casa Municipal de la Cultura (hoy Biblioteca José Hierro), al tiempo que seguía en el turno de noche los estudios del Curso de Orientación Universitaria (COU) en el casi contiguo Instituto Padre Juan de Mariana, donde ella, la Gloria Fuertes ya camino de su gran celebridad televisiva, y quizás invitada por José Luis Narrillos, director del Insti, o tal vez por el profe de literatura, Manuel Pardavila, o acaso por entrambos, hizo una lectura de sus poemas que sorprendió a todos y nos encandiló a algunos. Publiqué una pequeña crónica del acto en la prensa local bajo el título «De una poeta que dice que está como una cabra». Y probablemente la extrañeza y el impacto de aquella poderosa personalidad fueran motivo de tertulia con mi más cercano colega de entonces, Ángel Luis Fernández, con el que compartí tantas infinitas charlas nocturnas, a veces hasta bien entrada la madrugada, en el paseo de las sillas de los jardines del Prado. Puede que hasta entonces solo conociera de la poeta poco más que los poemas descubiertos en alguna antología, como aquella de la colección RTV de la que ya he hablado aquí alguna vez y en la que figuraba el poema que más me había impactado («Cuando un árbol gigante se suicida», creo que era su primer verso).
La segundo estampa aún viva en mi memoria tiene por escenario la urbanización Ciudad Santo Domingo, cerca de La Moraleja, en las cercanías septentrionales de Madrid. Allí, a través de una asociación sostenida por la adinerada vecindad y cuyo presidente, Ángel de la Jara, era hombre con inquietudes culturales, se había convocado un premio de poesía de modesta dotación pero con publicación incluida, y en su primera convocatoria lo ganó el poeta talabricense y sin embargo amigo Antonio del Camino, con el que por entonces, como él ha contado tantas veces, y en compañía de otros tres colegas de Eburia, formábamos el Colectivo La Troje, de tan bienintencionada como corta vida, aunque algunos de sus efectos y casi todos sus afectos aún perduran. Pues bien, el que Antonio fuera premiado nos hizo entrar en contacto con la sociedad cultural que organizaba el premio, de tal modo que en la siguiente convocatoria, en 1981, el propio Antonio del Camino y el que suscribe, junto con el entonces editor de Cátedra Gustavo Domínguez y la propia Gloria Fuertes formamos el jurado del II Premio «Ciudad Santo Domingo» que por unanimidad fue concedido a Antonio Rubio Herrero, otro miembro de La Troje (y el responsable de su nombre).
Con ocasión del fallo y entrega del premio se celebró una cena en la citada urbanización, tras la cual tuvo lugar, a modo de fin de fiesta, una velada de estilo discotequero y en ella tuve, oh designio feliz de los astros, la ocasión de bailar una pieza —la quiero recordar como tango, pero alguien cercano me dice que sería pasodoble— con la que ya por entonces era mi muy admirada Gloria Fuertes, y con la que, tras el episodio del San Juan Evangelista, había seguido manteniendo algún contacto.
No fantaseo nada si digo que aquella tarde y noche, con el buen ambiente general, las atenciones de los organizadores, la buena conversación de Gustavo Domínguez, la complicidad de Sagrario Pinto, Agustín Yanel y Antonio Rubio —el otro Antonio no pudo asistir por un imponderable— y las ocurrencias y el genial buen humor, no exento de socarronería, de la poeta, pasamos una gran velada. Ahora regresan esas imágenes y sus halos a mi cabeza mezcladas con las de la magnífica exposición que se le dedicó a Gloria Fuertes en 2017, en las salas del Fernán Gómez-Centro Cultural de la Villa, con ocasión del primer centenario de su nacimiento. Seguro que vendrán más. Hay glorias que no se acaban nunca.

lunes, 27 de noviembre de 2023

UNA TARDE CON GLORIA


Cuando fui a buscarla a su casa de Alberto Alcocer para una lectura en el Aula de poesía del Johnny (CM San Juan Evangelista), Gloria Fuertes me hizo pasar a una salita con una mesa camilla «mientras termino de arreglarme para el sarao». Entró en otra habitación de la casa y yo curioseaba los cuadros y fotografías colgados en las paredes del salón. En una foto me pareció reconocer a Carlos Edmundo de Ory, del que entonces yo apenas había leído nada, aunque sí había visto algunas fotos, quizás en La Estafeta Literaria o en las páginas de huecograbado de ABC.

—Este parece el fundador del postismo —dije para hacerme el interesante, cuando Gloria ya había vuelto al salón y encendía un cigarrillo.
—Sí, el mismo. Carlitos. Menuda pieza. Y qué poeta más loco. ¿Sabes que fue novio mío?
—¡No me digas! ¡Menuda pareja harías!
—Pues sí. Delirios de juventud. Aunque tuve otro novio antes. Manolo mío: mi madrileño marchoso, maduro melocotón maleable…
—¡Qué bueno!
—Siempre me ha gustado mucho la fruta, jaja… Y no necesariamente los plátanos.
Advertí claramente el doble sentido pero no me sentía cómodo y decidí pasarlo por alto.
—Y eso del postismo, ¿exactamente en qué consiste?
La poeta —poco antes me había dicho que si se me ocurría llamarla “poetisa” me arreaba— dio una calada al cigarrillo y me miró con gesto no sé si de conmiseración o de fastidio.
—¿Pero tú no estás en la Universidad?
—Solo estoy en primero y estas cosas en Periodismo no se enseñan.
—Ya, estaba de coña. Lo del postismo en realidad no pasó de una aventurilla. Al menos para mí. Poco más que un pecado de juventud. A otros, en cambio, parece que les ha cundido más.
—¿Pero en qué consistía, cuál era su credo estético?—solté de un tirón y cayendo de nuevo en el afán de hacerme el interesante.
Gloria me miró entonces con aquella sonrisa suya de payasa buena, rematada con un arqueo de cejas algo burlón.
—Mira, niño, esas son cosas no fáciles de explicar, están en los libros y si quieres te las estudias.
—Pero una idea básica, un eslogan, algo definitorio…
—A ver: ¿tú en qué crees que pueden estar pensando un grupo de muchachos y muchachas decididos, de pura hambre atrasada, a comerse el mundo?
—¡En la Revolución!
—Sí, claro, en la revolución, en la revelación... y en el revolcón, eso seguro. Mira, el postismo como su nombre indica es lo que viene detrás del último ismo. ¿Sabes eso, no?
—Las distintas escuelas y tendencias vanguardistas —dije recordando lo que le había oido explicar a Marta Portal en las clases de literatura.
—¡Ahí, ahí…! Pues después de todo ese barullo, el postismo quería ser una recuperación de las voz propia no sometida a dictados externos. Vamos, que después de los ismos…
Hizo una pausa y sonrió al ver mi cara de expectación.
—Después de los ismos… ¡pos tú mismo, pasmao! ¡Postismo por ti mismo!

Aunque me mosquée no poco, enseguida me sumé a su carcajada franca y rotunda, como eran por entonces todas las suyas. Volvió después a bromear con las ínfulas de los poetas y a interesarse por mis cosas y mis amistades. Durante el trayecto hasta la Avenida de la Moncloa conversó muy divertida con el taxista, que la había reconocido porque para entonces, a mediados de 1976, Gloria ya llevaba años saliendo en la tele y era muy popular.

El recital fue todo un éxito. Se presentaba además la edición de Cátedra de sus «Obras incompletas» y pasamos una tarde y una noche intensa y divertida, aunque no exenta de algún incidente…
(LUN, 187 ~ Tiempo contado, Homenaje a GF en el 25º aniversario de su muerte)

martes, 27 de noviembre de 2018

Gloria Fuertes, 20 años



(Visiones en voz alta). Parece mentira, pero ya se cumplen, hoy, 20 años de la muerte de Gloria Fuertes. Puede que en esa sensación de atropellamiento del tiempo (aunque por sí sólo ya se basta) influya el hecho de su otro reciente aniversario, las reediciones y nuevas ediciones de sus obras, la estupenda exposición del centro Fernán-Gómez, la tontería que dijo Javier Marías, las simplezas que dijeron muchos de sus sobrevenidos defensores y, muy por encima de todo lo demás, su condición de poeta-cometa verdadero con ciclos de retorno que sólo ella y si acaso algún cosmólogo atento y erudito conocen. El caso es que ayer me alegró la tarde el homenaje que le hizo en la radio Elvira Lindo, y volví a pensar en la inmensa suerte de haberla conocido de forma natural, sin posturas ni imposturas, con la misma condición de esas flores a las que, con plena gracia y su muy inteligente retranca, dijo aspirar en el segundo de sus poemas que recuerdo haber conocido. El primero fue el de “la Cabra”, que le oí recitar en el Instituto Padre Juan de Mariana, en Talavera, un día de tal vez el mes de octubre o noviembre de 1973. Ayer, como quien dice. Esta “mitad invisible” del Ortega es un buen acercamiento a la gran Gloria. Sirva de recuerdo y homenaje.


 Y este documento (creo que de 1996) de una tertulia en San Sebastián de los Reyes, con José Hierro y la presentación de López Azorín. Gloria para adultos, sin ningún reparo



sábado, 25 de febrero de 2017

Gloria

La imagen puede contener: una o varias personas

Gloria Fuertes, la gran Gloria, comienza a estar donde siempre estuvo: poeta de guardia, en la vanguardia, en la valentía, en el compromiso de verdad con la vida. He leído por ahí que su poesía ha envejecido bien. Lo suscribo: muestra lo alerta que siempre se mantuvo, incluso en la vorágine del éxito, y el daimon creativo que la habitaba. Fue un honor conocerla (... y un placer bailar con ella algún danzón).