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viernes, 23 de julio de 2021

Cuitas olímpicas


 
(Al filo de los días). La singular ceremonia inaugural de los juegos de Tokio ha tenido algunos momentos de gran emotividad, en especial ese espectáculo de drones luminosos que han ido componiendo una especie de brillante holograma del planeta y cuya danza ha sido muy bien rematado por la vibrante interpretación del Imagine de John Lennon por artistas de los diferentes continentes, entre ellos un juvenilmente maduro y solvente Alejandro Sanz en representación de Europa. Luego la ceremonia se ha ido por sensibles, bienintencionados y algo prolijos caminos humanitarios, siempre con una estética como de cómic futurista (entre ‘manga’ y ‘anime’) y con viñetas muy logradas tanto en el dibujo de los logos de los diferentes deportes como en el engarce con la tradición teatral del Kabuki, todo un signo de alta cultura tradicional e incluso de majestuosa distinción. Por fin el fuego olímpico prendió vivazmente en la singular pagoda-pebetero y el rito culminó casi al filo de la medianoche japonesa, casi las cinco de la tarde hora peninsular.

Mientras veía la ceremonia, me ha asaltado una vieja cuita. En mis tiempos espasiles, cuando me encargaba de coordinar y en parte redactar los suplementos bianuales de la magna Enciclopedia Universal Espasa, los años olímpicos suponían un plus de trabajo considerable por cuanto había que recoger todos los resultados de todas las especialidades deportivas y una pequeña crónica de cada una de ellas. Recuerdo que la primera vez me ocupé personalmente del asunto y tuve que familiarizarme (al menos mínimamente) con deportes de los que no conocía casi ni el nombre. En años siguientes, encargaba a algún colaborador esta tarea, y si bien topé con gente minuciosa y competente, siempre había que estar muy vigilante porque los errores —en las grafías de los deportistas, en la terminología de cada especialidad, en las cifras de las marcas, etc— tendían a multiplicarse como ratas en celo. Al fin, unidas al resto de las no menos minuciosas crónicas deportivas del bienio, eran unas 80 o más páginas a doble columna de texto apretado y numerosas tablas que suponían un pequeño martirio, y unas cuantas horas extras de trabajo no mal remunerado, aunque tampoco era para tirar cohetes. Por fortuna, no hubo constancia nunca de ningún error grave (seguro que alguno habrá: ahí están todavía los volúmenes imresos para quien tenga el capricho de comprobarlo), si bien siempre dudé de que aquellas páginas —sobre todo en tiempos preWikipedia, con la que al final, hacia 2012, llegamos a convivir— pudieran ser consultadas por alguien. Aunque me consta que lo eran y, a menudo, copiadas y hasta ‘fusiladas’ por anuarios diversos. Finalmente, como es sabido, «el Vídeo acabó con la estrella de la Radio». De eso hace ya más de un lustro. A estas alturas mi reto olímpico —o uno de ellos— estriba en qué hacer con los 170 volúmenes del Espasa, que ocupan toda una pared de mi estudio, bien flanqueados por una patulea de materiales enciclopédicos, diccionarios, anuarios, libros de consulta, coleccionables y otras muy diversas publicaciones a cuyo escrutinio y definición de fin de ciclo deberé enfrentarme algún día de estos… Todo un reto olímpico, ya digo.

martes, 8 de diciembre de 2020

Aquella aventura del Espasa...



(Al filo de los días). Tal día como hoy hace 18 años (¡mayoría de edad de la memoria!) se publicó en el Magazine del El Mundo este breve reportaje de Quico Alsedo referido a la última (y presumiblemente definitiva) actualización del Espasa, la enciclopedia más parecida a la wikipedia que hubo entre nosotros en los tiempos del papel.

La efemérides, que me sale al paso por alguna de esos ecos del calendario del iPhone y ciertos resortes del blog, ni que decir tiene que ha levantado en mi cabeza —también en mi corazón o en el lugar donde encarne eso que antes llamábamos el alma— una marea fantasmal de recuerdos, brillos, pérdidas, risas, frustraciones... Me pilla, además, en pleno proceso de escritura y recreación de algunos episodios de mi vida profesional que acaso lleguen algún día a formar parte de ese Tiempo contado en el que laboreo desde hace décadas, y que en lo referido a este concreto episodio (dos intensos años de trabajo editorial de sol a sol y desde el mediodía hasta mucho más allá de la medianoche) se cifran bajo el provisional título de «Cómo transformar un Centón en la última criatura enciclopédica digna de tal nombre».

Recuerdo bien la larga conversación con el redactor en mi despacho de Martín Martínez, aún envuelto en el desbarajuste del trabajo editorial recién concluido (tal vez aún faltaban algunos flecos), y su agradecimiento de colega al despedirnos: «Me has dado material para tres o cuatro reportajes. A ver cómo lo resumo». Quico fue muy hábil y eficaz ordenando la información, de modo telegráfico y a grandes pinceladas, muy a tono con el cariz “ligero” de la lectura dominical y los usos ya leves, sin llegar a ser insustanciales, de cierto ‘nuevo neoperiodismo’; aunque hay algún error de bulto en los nombres, también en la narración de anécdotas y en la atribución de afirmaciones. Pero, en lo esencial, la pieza transmite bien el ambiente y el espíritu, entre lo lúcido tirando hacia lo lúdico, de aquella empresa, tal vez la última ocasión editorial en que se organizó, entre nosotros y en nuestro ámbito cultural, un equipo a la antigua usanza para hacer un tipo de trabajo enciclopédico bajo todavía el señuelo de Gutenberg y con la letra impresa como destino.

Unos meses antes (tal vez algo más de un año) había concluido la aventura de lo que se llamó (horriblemente) Gran Referencia Anaya, la última enciclopedia en papel y redactada ex novo que se hizo en España (también participé en ella como redactor jefe del área de humanidades) y para la que en la editorial de Juan Ignacio Luca de Tena, entonces todavía en poder de Germán Sánchez Rupérez, se organizó y puso en funcionamiento la primera gran redacción online de una gran editorial española con destino a publicaciones impresas. Muy “granado” todo. Corría, me parece, el año 1996. Batallitas.

Hay todavía en ellas aspectos profesionales, con trasfondo cultural, y sobre la deriva de los usos editoriales hispanos, así como algunas curiosidades, dignos de ser contados. A su tiempo.


sábado, 11 de julio de 2020

Juan González Álvaro, un temprano adiós

(Al filo de los días). 
Me acabo de enterar de la muerte del editor Juan González Álvaro. Trabajé a menudo con él, especialmente durante la época en que remozó por completo la editorial Espasa, dentro del grupo Planeta. Y aunque no puedo decir que fuéramos amigos, sí tuvimos una muy buena y fluida relación, y compartimos algunas charlas y ocasiones muy divertidas (en las fiestas de Santillana, por ejemplo, tambièn alguna cena con mi íntimo amigo y colega Manuel Martínez), además de trabajar duro en algunos de los proyectos de reinvención del fondo de Espasa para adaptarlo a los nuevos tiempos y mercados. Probablemente haya sido el editor más “brillante” de mi generación (desde luego, uno de los que concitaba mayor disputa por sus servicios) y era un gran conversador. Alguna anécdota que lo tiene como interlocutor he contado a veces. Ha sido una sorpresa muy triste toparme con esta necrológica. Buen viaje, colega.

jueves, 9 de enero de 2020

Hablarle a Borges (Colofón)

La imagen puede contener: una persona, de traje
Borges fotografiado con la Enciclopedia Universal Ilustrada, conocida como “el Espasa”, a su espalda. 

Él, lector confeso y admirado de la Británica, al imaginar el paraíso en forma de biblioteca, seguro que a alguna estancia celestial la supuso con orden y espesor enciclopédico. En cierto modo, toda su obra está pergeñada (signifique lo que signifique esta palabra) en clave enciclopédica, no ciclópea pero sí hermosamente cíclica. Y con un sonido de lluvia, clic, clic, al fondo.