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lunes, 22 de diciembre de 2025

Ventanas



(Al paso)

La asimetría rítmica de las ventanas puede llegar a ser una sinfonía en la memoria. También es el telón de fondo sobre el que se proyectan los recuerdos inexistentes, ese sarpullido.


domingo, 12 de marzo de 2023

De los días del Johnny


 Rosa Montero, Juan Margallo, Petra Martínez y Jorge Pardo,
habituales de los actos del colegio mayor, posan en las ruinas del Johnny.
Foto: Ximena y Sergio /El País Semaal.   

(En voz alta). Por Juan Cuesta, colega y viejo compañero colegial, llega a mi móvil (aún no había abierto el papel) el amplio reportaje que El País Semanal dedica al Johnny, el Colegio Mayor San Juan Evangelista, convertido desde hace años en un referente mítico de la vida universitaria madrileña y hoy sumido en un penoso estado de abandono, pese a los esfuerzos que la asociación de antiguos alumnos viene haciendo por sacarlo de la desidia institucional en medio de la cual se van arruinando sus instalaciones. El reportaje recoge, muy resumidos, algunos hitos de una historia llena de ocasiones memorables y de una estela de activismo cultural, artístico, político y lúdico digno en verdad de un relato pormenorizado (algo que en parte ya se ha hecho) y que ha dejado una huella inolvidable en quienes tuvimos la suerte de vivir entre sus muros.
Como ya he recordado aquí mismo otras veces, entre octubre de 1974 y julio de 1976 residí en el Johnny durante los dos primeros cursos de mis estudios de periodismo en la Complutense y conocí “en vivo y en directo” algunos de los episodios que se narran en el artículo, incluida la brutal intervención policial del 4 de junio de 1975, tramada y ejecutada como un escarmiento contra las crecientes protestas universitarias y las diversas “jornadas de lucha” organizadas en el campus durante la larga agonía de Franco. De aquel día no se me va de la cabeza la escena de dos grises aporreando con saña a un colegial parapléjico que trataba de zafarse de los zurriagazos sobre un sofá de la planta baja, mientras los cientos de colegiales y visitantes éramos desalojados a golpe de porra a través de un cordón policial que iba desde la última planta del edificio hasta la salida. La desbandada duró días.
Añadiría a los hitos culturales y eventos recordados la presencia de grupos internacionales de teatro como el Living Theater, Roy Hart , Bread and Puppet..., que eran entonces referentes mundiales del teatro contracultural y que elegían el Johnny como escenario para sus estrenos en España.
También, en la letra pequeña de la historia del colegio, me atreveré a mencionar la circunstancia insólita de que dos de los premiados, en 1975, con el entonces muy prestigioso premio Adonáis de poesía fueran colegiales del Johnny: Ángel Sánchez Pascual, que obtuvo el premio con Ceremonia de la inocencia, un libro muy en la honda de Claudio Rodríguez, mientras que el primer accésit fue para Esquinas del destierro, mi primer libro de poemas. A raíz de la feliz coincidencia, creo que insólita en la historia del certamen, Ángel y yo organizamos en el colegio un Aula de Poesía que tuvo muy buena acogida. Se inició con una multitudinaria lectura de Gloria Fuertes coincidente con la presentación de su libro recopilatorio Obras incompletas, con el que la editorial Cátedra inició su prestigiosa colección Letras Hispánicas. Batallitas.
Del Johnny debe de haber todavía muchas historias que podrían pormenorizarse, aunque ya es muy extenso el rastro que ha dejado en películas, libros, documentales... Su espíritu innovador y universalista, en especial en lo que concierne a todo tipo de músicas, y con el almeriense Alejandro Reyes como verdadero alma mater, aún se mantiene vivo y su estela inspira e impregna no pocas iniciativas vigentes. Ese es un patrimonio que nunca se va a perder. Lo que urge ahora es salvar de la total ruina el espacio físico y darle la función que merece. Algo, por cierto, que podría extenderse a la cercana Casa de Vicente Aleixandre, en la antigua calle Velintonia, naufragada en un vergonzoso y ruinoso abandono ante la total indiferencia de los poderes públicos.

sábado, 5 de diciembre de 2020

Camarón cumple 70 años


(Al filo de los días).
A mí se me hace cuento que hoy, 5 de diciembre de 2020, hubiera cumplido 70 años Camarón de la Isla (San Fernando, 1950-Badalona, 1992), casi con toda seguridad el cantaor flamenco que “partió las aguas” en la historia del género, y sin duda, junto con Paco de Lucía y Enrique Morente, el que a más público ajeno al cante ha atraído hacia este singular arte, una de las grandes patrimonios mundiales de la música.

Camarón, que dio su último concierto en el Colegio Mayor San Juan Evangelista (nuestro querido “Johnny”) en la noche del sábado 25 de enero de 1992, ya con un estado muy avanzado del cáncer que le costó la vida unos meses después, murió tan joven y en tal plenitud artística que, si por un lado, parece imposible imaginarlo con 70 años, por otro viene a resultar casi irrisorio que cumpla “sólo” esa edad, tal vez porque los jóvenes de entonces ya la tenemos al alcance de la mano.
Rarezas del tiempo aparte, hay que recordar a Camarón. Y para hacerlo me ha parecido oportuno volver a una de las piezas que más me gustan y más veces he oído: esta lorquiana «Nana del caballo grande», una verdadera genialidad interpretativa del cantaor. Pertenece al ya legendario disco La leyenda del tiempo (1979) y es una elocuente muestra de su poderoso instinto innovador: ejemplifica su intuición para encontrar cruces de caminos y mestizajes (en este caso con los modulados acordes del sitar indio, pulsado por Gualberto G.), tan lejos de purismos fosilizantes como de volatineras ocurrencias efímeras. Sólo alguien con un dominio tan “desde dentro” de la esencia y el color del cante podía ser capaz de llevarlo, sin traicionarlo, hacia nuevas fronteras, en un viaje revolucionario y que quizás aún tenga etapas pendientes. También por eso, Camarón vive en una edad sin tiempo que lo fija en su leyenda como una figura insoslayable, un referente tutelar.
Posdata: indagando sobre el último concierto de Camarón, a través del muro de
Alejandro Reyes
(el hombre clave de las actividades musicales del Johnny, donde lo conocí en mis tiempos de colegial), me entero de la muerte del periodista y crítico musical, gran estudioso del flamenco, Alfredo Grimaldos. Compañero de la facultad de Ciencias de la Información de la Complutense y asiduo a los conciertos del Johnny, ha sido un profesional con una larga y reconocida trayectoria. Su Historia social del flamenco (Península, 2010) lleva camino de convertirse en un clásico sobre el tema. Nacido en Madrid en 1956, Grimaldos falleció en un hospital de la capital ayer día 4. Suene también por él la voz de Camarón.

viernes, 8 de febrero de 2019

Távora

Salvador Távora
Salvador Távora, fotografiado por Valerio Merino («La Voz de Cádiz»)
(Lecturas en voz alta). A Salvador Távora, que acaba de fallecer en Sevilla, y a su grupo teatral La Cuadra le debemos muchos el descubrimiento de lo que el teatro tiene de experiencia física directa, no sólo como un lenguaje que habla a la mente, sino que implica a todo el cuerpo, convirtiéndolo en algo así como un instrumento musical de acordes vitales. Esa fue la lección que aprendimos con el montaje de Los palos, verdadero epítome del esfuerzo físico sobre un escenario. Del mismo modo que con Quejío nos habíamos aproximado a las posibilidades dramáticas del flamenco, cante y baile, en un formato hasta entonces casi inédito, diferente de los espectáculos coreográficos de, por ejemplo, Antonio Gades, y coincidente con parecidas incursiones hechas desde una perspectiva estrictamente gitana, como fue el inolvidable Camelamos naquerar, de Mario Maya y su grupo.
Hace ya ahora más de los proverbiales (y fatídicos) 40 años, esas y otras novedades formaban parte de la actividad cultural del Johnny, el Colegio Mayor San Juan Evangelista de Madrid, de cuya comisión de teatro tuve el honor de formar parte durante un par de años. En ese contexto, la posibilidad de tratar de cerca y poder asomarse un poco al mundo de artistas como Távora fue todo un privilegio. La fuerza de aquellas “revelaciones” sigue viva y afloran a la conciencia cuando la vida nos va demostrando, sin pausa y sin histerias, que estamos abocados a ver cómo “arden las pérdidas”, que dijo un poeta, y a seguir viviendo “entre tantos adioses”, que escribió otro. Buen viaje, maestro.

lunes, 22 de junio de 2009

Los años del Johnny


Entre los años 1974 y 1976, durante dos cursos, fui colegial del Colegio Mayor San Juan Evangelista de Madrid, el popular Johnny cuya pervivencia, tras 43 años de ininterrumpida presencia en la vida universitaria y cultural del país, está ahora amenazada, tal como han puesto de relieve estos días numerosos medios.
Nunca podré olvidar la rica experiencia que me aportó vivir en este colegio, que en muchos aspectos fue para mí un auténtico centro de iniciación cultural y vital: al cine, al teatro, a la música, a la convivencia, a la actividad de grupo con acento civil, plural y democrático (suena a obviedad política, pero entonces era una peligrosa reivindicación). Sé, además, que ha seguido desempeñando un papel similar para las sucesivas generaciones de estudiantes que han pasado por sus escuetas dependencias. Y por todas partes hay testimonios, y muy cualificados, de la importancia que el Johnny ha tenido a lo largo de estos años como foco cultural y, de forma notable, como lugar de referencia para el jazz, el flamenco y otros géneros a través de su afamado Club de Música y Jazz, cuyo alma máter ha sido siempre Alejandro Reyes.
Hoy resulta difícil hacerse una idea precisa de lo que un lugar abierto y libre –aunque muchas veces lo fuera de forma clandestina– como el San Juan podía suponer en la España efervescente pero todavía dictatorial, gris e incluso aterrorizada del último franquismo y los años confusos de la pretransición. Para muchos jóvenes de entonces (y sin duda más para quienes veníamos de provincias), la experiencia de vivir en lugares como el Johnny resultó decisiva. Varios de estos colegios, incluso por encima del papel de las Facultades universitarias, fueron los verdaderos foros académicos que nos permitieron ampliar nuestra sensibilidad en todos los sentidos, la palanca del despertar de inquietudes, incluso la pista de despegue del camino profesional y vital seguido después.
El Johnny que recuerdo fue un lugar en el que floreció un espíritu de convivencia no carente de sombras pero inolvidable y de veras educativo, apasionadamente polémico muchas veces, siempre plural y enriquecedor. Cómo olvidar las maratonianas asambleas nocturnas de aquellos años, con su cariz político inevitable, pero en las que se discutía de todo lo discutible a lo largo de un larguísimo viaje que podía iniciarse con los fenicios (o sea, en el mismo bar), continuar en las Cortes de Cádiz (el elemento andaluz siempre tuvo un especial predicamento) y, tras recalar en la URSS postestalinista o en la China de Mao, saltar a los campos de Vietnam arrasados por el napalm, tal vez demorarse un poco en espacios nórdicos de posible entendimiento (Suecia como ejemplo fiable de la socialdemocracia), al tiempo que, de cara al objetivo compartido por todos (derribar la dictadura), no se perdía de vista que al otro lado de los Pirineos, además de Perpiñán y sus últimos tangos, estaban París y la aún reciente explosión juvenil de Mayo del 68 que nos había provisto de eslóganes imaginativos, un horizonte libertario... y muchas lecturas farragosas.
Tampoco se olvidan las ocasiones en que la policía, con sus acongojantes lecheras enrejadas, cercaba el colegio y nos desalojaba por la fuerza y sin contemplaciones, en calculadas medidas represivas que a todas luces eran un escarmiento ejemplarizante contra las protestas universitarias. En uno de aquellos asaltos viví escenas que, junto con algunas otras soportadas a las puertas de la Facultad de Ciencias de la Información, forman parte de mi memoria personal de la brutalidad.
Pero lo que recuerdo con mayor viveza es la frenética actividad cultural. En mis años del Johnny –que no fueron solo los que allí viví como colegial, pues seguí acudiendo a las actividades durante algún tiempo– pude descubrir, muchas veces también en maratónicas sesiones sin horario, una parte importante del cine que sigo valorando (aunque con excepciones que hoy me huelen más bien a cuerno quemado): Pasolini y el neorrealismo italiano, Truffaut y Louis Malle (más que Godard) y la nouvelle vague francesa, o cinema novo brasileiro, el free cinema británico, los grandes maestros rusos, el cine independiente de USA, Bergman, los musicales de los Who…, sin olvidar algunas joyas del cine mudo, a los Marx, ni a Buñuel o Víctor Erice, tan deslumbrante desde su primera película.
Pude ver (y en parte contribuí a organizar, en sus aspectos meramente prácticos, como miembro de infantería de la comisión de teatro) los estrenos de grupos que ya entonces, y acaso más que ahora, se consideraban míticos: Living Theater, Roy Hart, los inolvidables Bread and Puppet con su fascinante combinación de actores y marionetas, La Cuadra, Tábano… Mi afición al género dramático, que años después me llevaría a escribir crítica teatral (para Los Cuadernos del Norte), se consolidó entonces. Pude escuchar a grupos musicales como Gwendal, Quilapayún, Triana… Asistí a estrenos de música vanguardista comprometida como el Gaudium et Spes-Beúnza que Cristóbal Halffter dedicó al primer objetor de conciencia, o los atonalismos (de difícil apreciación para mi oído) del grupo Koan.
Lamentablemente, no estuve presente en ninguno de los legendarios recitales de Camarón (entre ellos el que sería el último), pero sí pude asistir a reuniones flamencas inolvidables al lado de mi colega Virgilio Pérez-Clotet, rondeño cabal, que hacía honor a su nombre en los para mí muy desconocidos territorios del jondo. Aún recuerdo su enfado por la escasa asistencia de público a un recital de Bernarda y Fernanda de Utrera, dos cantaoras que ya por entonces eran una leyenda viva del cante. Asimismo, entré por primera vez en contacto con el mundo del jazz, con el pianista Tete Montoliu como principal guía de emociones (algunos sostienen que los conciertos del pianista ciego en el San Juan han sido lo más relevante de toda la historia musical del centro).
En las ascéticas habitaciones del Johnny mantuve algunas de las conversaciones sobre literatura más apasionadas, largas (podían durar días), enrevesadas e ingenuas que recuerdo. Junto con el poeta Ángel Sánchez Pascual –que ganó el premio Adonais de 1975, en la misma convocatoria en que me concedieron un accésit: no creo que haya vuelto a repetirse la azarosa circunstancia de que dos galardonados del mismo año en este premio vivieran bajo el mismo techo–, organizamos un Aula de Poesía que logró cierta audiencia. También en el San Juan tuve la fortuna de hablar por primera vez con el poeta Claudio Rodríguez. Y, años después, ya como ex colegial, oí explicar a José Ángel Valente su comprensión –comunión sería palabra apropiada– del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz y le vi (o creí verlo) alzarse un palmo sobre el suelo cuando concluía su intensa evocación «a vista de las aguas».
Algunos de mis amigos siguen siendo los que conocí en el Johnny en esos años. Con otros muchos he ido perdiendo el contacto, pero el recuerdo sigue vivo y emerge a poco que se produzcan circunstancias favorables.
Ahora, por razones confusamente explicadas (la necesidad de remozamiento del edificio), sobre la supervivencia del Johnny pesa una grave amenaza. Hay motivos para sospechar que detrás de la decisión puede esconderse el mismo tipo de intereses especulativos que se han llevado por delante algunos de nuestros mejores paisajes litorales o rincones urbanos con los que ya solo podemos fantasear. Alzar la voz contra estas oscuras maniobras, uniéndome a la marea que se ha levantado por todas partes y que sigue creciendo, es para mí, además de un deber ineludible con la memoria cultural, lo más parecido, sentimentalmente, a un acto de legítima defensa.
Así que, sin desesperar de que en verdad sirva para algo, me uno al grito común: ¡El Johnny no se cierra!