(Al filo de los días). Editada con el tradicional buen quehacer impresor del Sur, y en concreto de Málaga, me llega «La vida en trámites», la primera entrega poética de Amaya Martínez Morales, compuesta por 14 breves poemas —a veces, apuntes o fogonazos— que revelan, además de una muy sutil percepción de lo que pueden significar ciertos gestos cotidianos, una gran capacidad para fijar puntos de luz y sentido en el paso de los días. Entre el supermercado del amor perdido y la imposible nostalgia por la viejas cabinas telefónicas, la autora traza un itinerario breve e intenso, sutil y valiente, por algunos escenarios, actitudes, experiencias y burocracias que, en más de una ocasión, contiene un apenas susurrado grito irónico de conmovedora lucidez. Concluida la lectura y encendida la sorpresa, queda flotando una línea que es también un deseo y un augurio: «El siguiente, por favor» (p. 12).
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jueves, 8 de octubre de 2020
viernes, 17 de noviembre de 2017
Amor de Aker

(Lecturas en voz alta,
La figura y obra de Antonio HM son una verdadera «enmienda a la totalidad» de una opinión que he tenido durante mucho tiempo y que he defendido, incluso de forma apasionada, en más de una conversación con amigos y colegas: que toda obra literaria digna de mérito acaba encontrado tarde o temprano su cauce de difusión.
Sin duda ese «tarde o temprano» me permite no desdecirme por completo de pasadas impresiones. Pero apenas atempera la enorme extrañeza que me producen anomalías tan escandalosas.
El poema que reproduzco me parece de una finura y penetración muy poco comunes. Es más, diré —aunque estas afirmaciones son siempre problemáticas, más que nada por lo imperecedero de su provisionalidad— que es la descripción del sentimiento amoroso, con su «sueño doble», con la que más identificado me he sentido nunca. O al menos en este mismo instante cuya real duración desconozco.
sábado, 4 de noviembre de 2017
El último sueño de Unamuno
| Unamuno en su casa de Salamanca, en 1925. Foto Col. C. Ased
Alguien que se le parece, y mucho, nos recuerda al grupo de amigos que compartimos comida oriental y un poco de charla el último poema de Unamuno, escrito tres días antes de su muerte, el día de los inocentes de 1936. Es un soneto que bien podríamos denominar «soñeto», tanto por su tema, trágicamente unamuniano —con Calderón, inevitable, al fondo—, como por la aliteración en eñe, que le da a la pieza una especial sonoridad, cercana acaso al quejido roto de una caña cercada por el viento.
Como tanta otras veces, como en toda su obra acaso, el angustiado creyente, en su lucha agónica por vencer al Ángel de la duda, y enfrentado aquí al viaje definitivo, fuerza la razón con la llave maestra del sentimiento, y en unas líneas secas y brillantes, densas y pese a ello movedizas, logra alzar la escala de catorce líneas que le permite asomarse al otro lado, si no con esperanza, sí con la afirmación de la fe: esa terrible y heroica permanencia en el lado oscuro, contra viento y marea.
Es un poema notable, clásico, tal vez no perfecto, pero provisto de una inmensa humanidad. Y cargado con una dosis de belleza suficiente para que, al leerlo, el otoño y los afanes y zozobras que lo habitan nos parezcan un poco más cercano, el uno, y algo menos graves, los otros.
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MORIR SOÑANDO
«Au fait, se disait-il a lui-même, il parait que
mon destin est de mourir en rêvant».
(Stendhal, Le Rouge et le Noir, LXX,
«La tranquillité»)
Morir soñando, sí, mas si se sueña
morir, la muerte es sueño; una ventana
hacia el vacío; no soñar; nirvana;
del tiempo al fin la eternidad se adueña.
Vivir el día de hoy bajo la enseña
del ayer deshaciéndose en mañana;
vivir encadenado a la desgana
¿es acaso vivir? ¿y esto qué enseña?
del ayer deshaciéndose en mañana;
vivir encadenado a la desgana
¿es acaso vivir? ¿y esto qué enseña?
¿Soñar la muerte no es matar el sueño?
¿Vivir el sueño no es matar la vida?
¿A qué poner en ello tanto empeño?:
¿Vivir el sueño no es matar la vida?
¿A qué poner en ello tanto empeño?:
¿aprender lo que al punto al fin se olvida
escudriñando el implacable ceño
--cielo desierto-- del eterno Dueño?
escudriñando el implacable ceño
--cielo desierto-- del eterno Dueño?
Miguel de Unamuno

jueves, 12 de octubre de 2017
Escribir en sueños
(Lecturas en voz alta,
🕯15). Leo en la prensa de papel la columna de Leila Guerriero, la escritora y periodista argentina de las íes movedizas (siempre dudo dónde van, tanto en el nombre como en el apellido). Y, como tantas otras veces me ha ocurrido con sus textos, de inmediato me siento identificado con la precisión del relato: ha conseguido expresar con plena nitidez una experiencia que he vivido algunas veces, no muchas pero sí las suficientes como para no haberlas olvidado.
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| «El sueño de Dickens», por Robert W. Buss, 1875. |
Se trata de esa seguridad incomprobable pero imperiosa de que hemos tenido, mientras dormíamos, un sueño decisivo sobre algún asunto de escritura que nos traía de cabeza. Una escena o situación en la que nos ha sido revelado el verso perfecto para un poema, el paso siguiente de un relato, la intervención precisa de un personaje que consigue cerrar de forma sugerente alguna historia, el hallazgo del punto de intersección justo entre la ficción y la realidad por donde discurre la literatura que de verdad nos interesa y nos conmueve.
En algunas de esas ocasiones, tal vez en una sola, la sensación al despertar ha sido la de haber estado en contacto con una obra completa, cerrada, perfecta. Y, lo que es más extraordinario, seguros de haber sido conscientes de estar en un sueño de forma tan aguda, que una de las preocupaciones principales era dejar urdida alguna estratagema capaz de permitirnos recuperar el camino de vuelta hacia el tesoro, ya que algo nos dice siempre en esas ocasiones que no podemos cruzar al otro lado con el tesoro mismo.
Y como apunta Leila, en la confusión del despertar nunca queda nada de tanta perfección, sólo el aura vaga de lo que pudo ser la clave del secreto. Y, si acaso, un hilo de luz invisible entre los dedos que nos vuelve a llevar hacia el cuaderno, el teclado, la pantalla... para intentar atrapar el rastro fugitivo del bulto de una imagen, el fulgor del espacio en blanco, el contorno borroso de la pérdida. O también, como ahora, en la ensoñación en que la lectura de la columna de Lelia Gueirrero me sume, a recuperar la lectura de los diarios de Piglia, algo abandonados en los últimos días en aras del sofoco catalán.
sábado, 7 de octubre de 2017
La belleza como ciencia

Lecturas en voz alta (
📕7). No es un libro de lectura fácil, pero la tesis central de El mundo como obra de arte, del premio Nobel de Física de 2004 Frank Wilzczek, es muy sugerente: la búsqueda de la belleza no ha guiado sólo la actividad artística de la humanidad, es también el gran acicate de la investigación científica y, en particular, de la búsqueda de las leyes que gobiernan el universo, el gran empeño de la física actual.
En alguno de sus capítulos se muestra, por ejemplo, cómo en la más bien incomprensible física cuántica tienen una especial relevancia conceptos como el de simetría, armonía o proporción. O también cómo, por extraño que pueda parecer, las ecuaciones que cifran el comportamiento de los átomos o la luz coinciden con las que pueden dar cuenta de las características de los instrumentos musicales.
Como ejemplo del estilo y tomo del libro, copio el párrafo final de uno de sus capítulos:
«La mente despierta encontrará placer no sólo en la belleza de los diamantes, que deslumbra a los ojos, sino también en la belleza oculta e interior de los superficialmente apagados borrones del lápiz, y del hollín, y de las finas hojas donde se acurrucan los felinos». (pg. 228)
lunes, 2 de octubre de 2017
Piglia, el diarista
(Lecturas en voz alta,
📕8). Por fin, tras varios aplazamientos, me enfrasco en los diarios de Piglia-Renzi, esa escolma de 327 cuadernos manuscritos a lo largo de toda una vida. Aunque la aventura de la lectura se inicia en un entorno complicado, los inicios no pueden ser más prometedores. Por ejemplo, en la página 25: «El lenguaje..., el lenguaje..., decía mi abuelo —dijo Renzi—, esa frágil y enloquecida materia sin cuerpo es una hebra delgada que enlaza las pequeñas aristas y los ángulos superficiales de la vida solitaria de los seres humanos, porque los anuda, cómo no, sí, decía, los liga, pero sólo por un instante, antes de que vuelvan a hundirse en las mismas tinieblas en las que estaban sumergidos cuando nacieron y aullaron por primera vez sin ser oídos, en una lejanísima sala blanca y desde donde, otra vez la oscuridad, lanzarían también desde otra sala blanca su último grito antes del fin, sin que su voz llegue por supuesto, a nadie...»
sábado, 30 de septiembre de 2017
Lorca en Nueva York
(Lecturas en voz alta,
📕6). La edición ilustrada de Poeta en Nueva York que acaba de publicar Reino de Cordelia, al cuidado de María Robledano y Jesús Egido, es un hermoso libro-objeto. La ilustraciones de Fernando Vicente, en un estilo de inspiración pop, muy colorista, pero con una considerable tensión dramática y una notable y oportuna deriva surrealista, acentúan el carácter neoyorkino del libro al proyectarlo sobre algunos de los rincones más conocidos de la ciudad.
Otra interesante aportación es que la mayor parte de los poemas van acompañados de fragmentos tomados de las cartas que Lorca escribió a su familia y amigos durante los nueve meses que pasó en Manhattan, entre junio de 1929 y marzo de 1930. Se comprenden de ese modo mejor las referencias a menudo oscuras, en verdaderos borbotones de imágenes de alto voltaje, que pudieron estar en la genésis de los poemas.
Todo ello permite disfrutar aún más de un libro clave no sólo en la bibliografía de Lorca: «tal vez, la obra más poderosa de la poesía española del siglo XX, la más comprometida con su tiempo, la más rica en metáforas y matices estilísticos», tal como afirma Luis Alberto de Cuenca en su breve y apasionado prólogo.
El texto de la edición es el fijado por Miguel García-Posada en la edición canónica de las Obras completas, de Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores.

domingo, 10 de septiembre de 2017
Brooklyn y Bruklin
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| El puente de Brooklyn. Foto de Ana Nance publicada en El País. |
(Lecturas en voz alta
📝9). Me ha gustado este reportaje del poeta Óscar Curieses sobre el Nueva York de Paul Auster porque lo centra de forma muy marcada en los escenarios de las películas relacionadas con el escritor, y en especial en la inolvidable Smoke, una de mis favoritas, como ya he destacado en varias ocasiones.
El itinerario, además, me ha resultado muy familiar no tanto por los vagos recuerdos de las obras de Auster, del que fui devoto lector durante un par de décadas —a lo mejor me animo ahora, con la cuenta atrás, y vuelvo— como por mi experiencia reciente de frecuentador de los excelentes diarios del poeta y profesor Hilario Barrero, en los que muchos de esos mismos espacios comparecen a menudo, a pie de calle o a vista de terraza, sin olvidar los frecuentes y bien aprovechados viajes en metro o la muy exquisita y bien comentada banda sonora.
Son ya varios cientos de páginas repletas de escenas callejeras o domésticas, y también –y muy importantes– de estancias interiores, siempre bien encuadradas y mejor descritas gracias a una forma muy sensible, minuciosa y solidaria de mirar el mundo. Algo que, por otro lado —que viene a ser el mismo—, conocen también los muchos seguidores que Hilario tiene en Facebook, entre los que me cuento desde el minuto 1 —literal— de mi presencia en la más populosa de las redes sociales.
Lo cierto es que gracias a esos diarios y a esos muros, desde hace ya unos cuantos meses, el Nueva York de Auster es para mí, más que nada, el territorio del «arcipreste de Bruklin», como HB alguna vez, con gracia y propiedad, ha sido llamado. Un espacio ameno, cordial, lleno de sensibilidad y perspicacia, y convertido ya en una extensión imprescindible de la buena prosa y poesía españolas.
domingo, 20 de agosto de 2017
Nuestra Barcelona
(Lecturas en voz alta,
📝9). Entre tanta tinta triste y tanta tinta tonta, consuela, y mucho, leer la sensatas y sensibles palabras de ese octogenario ilustrado y marchoso que es Mario Vargas Llosa, el único Nobel en español que permanece en activo.
| Artista en Barrio Gótico, julio 2017 ©AJR |
Para quienes pertenecemos a una generación y pico, o dos, posterior a la suya, la evocación de primera mano que Varguitas hace de las Ramblas y aledaños, en compañía de nombres que tan cercanos y queridos nos resultan, viene a ser como un viaje a la Barcino que descubrimos, aun antes o al mismo tiempo que en el Quijote, en las canciones de Serrat y --¡quién lo diría!--, Lluís Llach, en los poemas de Espriu o Miquel Martí i Pol, en las novelas de Marsé, Vázquez Montalbán, Goytisolo, Luis Romero o Terenci Moix..., incluso en los poemas menos venecianos de Gimferrer.
Es la esencia de la ciudad abierta, moderna, europea que, desde el corazón de la meseta, veíamos como un faro envidiable de cultura y libertad. Un referente que sin duda tuvo su punto culminante en los Juegos Olímpicos del 92 y que se perdió, tal vez muy pronto, para generaciones posteriores, al irse adentrando, y nosotros con ella, en el confuso, maquiavélico, o simplemente más complejo, panorama del cambio de siglo.
Por eso, cuando alguien evoca con buena cabeza, precisión y generosidad aquellos tiempos, sin duda ennoblecidos por el peso del pasado, pero ciertos en su invencible realidad, sentimos cómo se abre paso en nuestro interior un benéfico consuelo ante las heridas del presente. Y lo valoramos como un bálsamo que se va extendiendo por las zonas más sensibles de la memoria y nos cura, o al menos nos alivia, de la cruda intemperie de estos días miserables.
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