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domingo, 31 de enero de 2010

La carretera











Esta semana llega a las pantallas españolas La carretera (The Road), basada en la novela que algunos críticos consideran la obra maestra de su autor, el estadounidense (Providence, Rhode Island, 1933) Cormac McCarthy. No sé si lo es. Probablemente sí. La leí en la edición del Círculo de Lectores (en traducción de Luis Murillo) hará un par de años y me pareció una narración extraordinaria, escrita con un estilo desnudo, contenido, a veces casi esquemático, pero de gran precisión poética.

La imagen de un padre y su hijo que avanzan por una carretera empujando un carrito de supermercado, en el que portan todas sus posesiones, a través de un ceniciento territorio devastado, es por sí sola una metáfora poderosa, capaz de ofrecer una visión tan desolada como creíble del futuro de nuestro planeta. De ella se van prendiendo escenas muy bien definidas y articuladas, en algunos casos de cariz terrorífico y no pocas veces de gran originalidad. Es la descripción de un mundo hostil, gélido y salvaje, de ambiente mitad apocalíptico mitad prehistórico, sometido a incontables peligros y en el que la supervivencia no siempre parece algo deseable. La narración fluye hacia un final que, además de producir cierta conmoción, abre diversas perspectivas e invita a reflexionar. Y a releer.

Las descripciones, armadas con frases de sencilla apariencia, ponen de manifiesto una sutil carpintería literaria y alcanzan un gran valor poético: no sólo retratan con precisión los objetos, las escenas, los paisajes, también consiguen que estén presentes en el texto emociones que no han sido nombradas. Los diálogos, uno de los grandes aciertos formales de la obra, son escuetos, precisos, afilados, y hacen avanzar la acción con gran eficacia.

¿Logrará estar la película a la altura? Las comparaciones, aunque tediosas, serán inevitables. Si bien la «materia visual» suministrada por las palabras de McCarthy es de gran riqueza (la evocación del Conrad de El corazón de las tinieblas puede resultar pertinente), no parece tarea fácil encontrar un lenguaje cinematográfico capaz de traducir la intensidad poética que el relato posee. El precedente del buen trabajo que hicieron los Cohen a partir de la anterior obra de McCarthy, No es país para viejos (con la inolvidable interpretación de Javier Bardem), permite albergar esperanzas. Aunque el reto tal vez sea ahora mucho mayor.

Como otras veces ante casos similares, lo mejor será olvidarse del punto de partida (o ponerlo entre paréntesis) y dejarse seducir por el propio camino que la película recorra, naturalmente deseando que el viaje merezca la pena. Ya veremos.


Imágenes: Cubierta de la novela (Círculo de Lectores, 2007) y cartel de la película.