(En voz alta). He aquí el relato de las curiosas —y puede que intencionadamente significativas— relaciones que se establecen entre un exitoso programa del entretenimiento televisivo y uno de los problemas matemáticos, aún sin solución (o sea: sin que se haya encontrado su verdadera condición de problema), de mayor trascendencia en la historia de las matemáticas. Asuntos que apuntan a diversas estancias de la realidad cuya intrincada relación y sutil ligadura quizás solo esté al alcance de mentes tan duchas en ambas (y más) disciplinas como viene demostrando ser la de mi admirado Angel Mosterín. Quien a buen seguro, y a poco que le pille a mano, no tardará en ilustrarnos al respecto. Atentos.
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lunes, 30 de septiembre de 2024
viernes, 5 de agosto de 2022
Martes y Trece
(En voz alta). Puede que hubiera otras o con otra “trascendencia”. Pero haciendo memoria no recuerdo que ninguna “cita televisiva” (expresión ya anacrónica) suscitara tantas expectativas e incluso entusiasmos tan extensamente compartidos como las actuaciones de fin de año de Martes y Trece. Incluso me atrevería a decir que estos dos cómicos geniales, herederos del mejor humor absurdo de nuestra tradición, fueron el gran canto de cisne de una forma de hacer televisión que ya nunca —incluso por fortuna— volverá. En cualquier caso, el recuerdo anacrónico y contraestacional de aquellos eventos aún causa regocijo, oiga.
viernes, 16 de febrero de 2018
Chinapro: ¡guau!
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| Feliz año 4716, según el computo chino, año del Perro de Tierra. |
No creo que tarden mucho en percibirse los efectos de la novedad, aunque también pienso que a estas alturas eso no importa demasiado, ni sus consecuencias van a ser llamativas en el anestesiado y anestesiante panorama televisual en que vivimos.
En todo caso, qué lejos quedan aquellos míticos programas de «Humor amarillo», en los que, gracias a los imaginativos y desternillantes guiones de Herrera y Coll, tanto nos reíamos de las trompadas y tonterías, es especial las del «Chino Cudeiro», aquel prodigio de mestizaje, sin sospechar que a la vuelta de unos añitos la estética heredada de aquellos productos, más bien descerebrados en su formato original, puede estar a punto de colonizar nuestras pantallas.
Habrá que irse preparando para ver cómo el Gran Wyoming cambia sus tirantes por una bata china o incluso por una chaquetilla de cuello mao. Y para todo lo que venga después.
miércoles, 14 de febrero de 2018
Oteando OT
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| La ganadora de Operación Triunfo en una gala del programa. Foto José Irún. |
(Lecturas en voz alta,
Ráfagas de esa misma melodía me parece escuchar en este análisis de la última Operación Triunfo — que hace unos días echó el cierre en su parte «académica» para iniciar el periplo intermmable— y en la denuncia, una vez más, de ciertas imposturas socioculturales y mediáticas frente a las que la resignación parece ser la única respuesta posible.
Muy recomendable, en especial para todos aquellos que estén por debajo de la cincuentena (¡ay dios misericordioso, pero qué ”tarras” que somos ya algunos para poder hablar así y que no de desplomen lo cielos!) y, en general, para quienes quieran y puedan seguir dándole al “tarro” por caminos no veniales.
lunes, 25 de enero de 2010
From Lost to the River

Aunque no es mi caso, parece que la existencia de un elevado porcentaje de televidentes del planeta antes llamado Tierra es un puro sinvivir: faltan escasos meses para que Perdidos (Lost), la teleserie «que ha marcado un antes y un después en el género», según enfatizan los adeptos, ponga fin a todas las incógnitas y descubra sus cartas revelando la verdadera naturaleza de un juego que mantiene al borde del colapso un número tan elevado de neuronas humanas que con sus potencial conjunto, si fuera aprovechado en una misma dirección, acaso podrían resolverse los peliagudos problemas de energía que nuestra civilización superpoblada e hiperconsumista tiene planteados.
Lo cierto es que la red, tanto la cibernáutica como la meramente impresa, hierve en conjeturas, previsiones, apuestas y acalorados debates acerca de un final que, a juzgar por la pasión y los desvelos que genera, en muy poco podría distinguirse del que suscitaría el propio fin del mundo. Como es bien sabido, la acción de Perdidos se desarrolla en una supuesta isla en apariencia desierta donde los hipotéticos supervivientes de un azaroso accidente aéreo parecen enfrentarse a una imprevisible realidad tan hostil como a cada paso nueva y cambiante. Y además, están los otros.
Ya veremos (o leeremos) que dan de sí la cosa y el fenómeno.
Personalmente debo confesar que, tras seguir con interés algunos episodios de las dos primeras temporadas, empecé a sentir cómo mi ánimo decaía y comenzaban a fallarme las fuerzas. El golpe de gracia a mi fe casi perdida lo propició un comentario de mi admirado gurú Juan Cueto, quien declaró haberse apeado de su fervor de dinosaurio televidente al darse cuenta de que lo realmente perdido en la enrevesada trama era el tiempo. Además, el histórico precedente de Twin Peaks, que tantas secuelas dejó en las sinapsis de nuestros circuitos superiores, también cuenta.
Así que me he dedicado a invertir una pequeña parte de las horas ganadas desde entonces en rescatar escenas memorables del celuloide, como esta de Río Bravo que he pescado en Youtube y que aquí dejo no sólo para dar sentido al eslogan que encabeza estas líneas sino también para deslizar, con una intención que no revelaré, el espeso barrunto de mi propias conjeturas sobre el sentido que finalmente acabará tomando el enigma. De perdidos al río.
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