(Caja de Citas, 27). Quien tantas veces inauguró con su extraordinaria elegancia el Otoño hoy, desde esa trascendencia silenciosa pero aún elocuente en la que vive, nos sigue alertando de las bondades que, pese a todo, tienen los tiempos que se afrontan de forma consciente. ¡Con toditos ustedes, Leonard Cohen: Aleluya!
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lunes, 23 de diciembre de 2024
lunes, 27 de enero de 2020
Polvo de estrellas
Dulce deseo, asciende,
vivifica mi sangre
que clama por la vida,
llena mi mente
de cuerpos deseables,
pon el secreto
de los secretos nunca dichos
en boca de la noche
y haz que la vida
verdadera que vive
en el despierto y tenso
sueño de la carne
se cumpla en medio
de esta terrible fuga
del tiempo en llamas,
en medio de la
devastación.
Oigo el rugido
de la sangre, siento
que hay en la flor abierta
del deseo un latido
de estrellas y un reguero
de materia inmortal
que dispersa su fuerza
por todo el infinito
océano cósmico
y por el cielo inmenso
bajo el que cada noche
tiembla mi corazón.
de la sangre, siento
que hay en la flor abierta
del deseo un latido
de estrellas y un reguero
de materia inmortal
que dispersa su fuerza
por todo el infinito
océano cósmico
y por el cielo inmenso
bajo el que cada noche
tiembla mi corazón.
Dulce deseo, crea
las horas a tu imagen
y semejanza, ponme
en los ojos limpios
la estela sin cautela
de la luz que recorre
los tibios escondrijos
de la verdad más honda
y las ráfagas blancas
de los cuerpos que cruzan
por los sueños del mundo.
las horas a tu imagen
y semejanza, ponme
en los ojos limpios
la estela sin cautela
de la luz que recorre
los tibios escondrijos
de la verdad más honda
y las ráfagas blancas
de los cuerpos que cruzan
por los sueños del mundo.
Amor que persevera
en el deseo
y en él se cumple: deja
tu signo y abre
de par en par
las puertas del jardín.
en el deseo
y en él se cumple: deja
tu signo y abre
de par en par
las puertas del jardín.
viernes, 11 de noviembre de 2016
Mr Cohen se despide en otoño
No ha de faltar quien relacione el mutis por el foro que acaba de hacer Leonard Cohen con el triunfo electoral de Trump. Y lo cierto es que no cabe descartar ninguna hipótesis. Aunque bien es verdad que el poeta y cantante canadiense ya había dicho públicamente adiós en una larga y valiente entrevista, que alcanzó una gran resonancia. El elegante y sensible caballero fue un hombre de palabra hasta el final. De hecho, el que puede considerarse su testamento vital y artístico, You want it darker (ver vídeo abajo), explicita con meridiana claridad que ya está listo para emprender el viaje definitivo. En más de un detalle, su despedida me ha traído a la memoria la que hace unos meses hiciera David Bowie con su Lazarus. De las varias ocasiones en que la figura o la obra de Leonrad Cohen se han asomado a La Posada, rescato ahora, como homenaje más que póstumo intemporal, esta crónica de su actuación en Madrid en el otoño del 2009. Que sigan sonando sus palabras y su música: la íntima e inconfundible forma de decir las primeras, y el singular y sensible modo de convertir la segunda en una de las manifestaciones más creíbles, lúcidas y conmovedoras de la plegaria. Será difícil volver a escuchar ninguna de sus canciones sin que se nos salten, otra vez, las lágrimas. O se nos dibuje, también, una sonrisa. Y, naturalmente, estaremos llorando y riendo por nosotros mismos. Descanse en paz.

Tuve la suerte de asistir la otra noche al recital que Leonard Cohen dio en Madrid y creí comprender definitivamente por qué las melodías susurradas y de apariencia monótona de este irónico, romántico y elegante poeta tienen tanto peso en la banda sonora de muchas vidas (disculpen el tópico pero creo que es justamente así). Y desde hace tanto tiempo: en la mía desde al menos 30 años.
La razón es sencilla: se llama emoción compartida, capacidad de dibujar con aguda precisión los paisajes cordiales de la mente y sus territorios derruidos, de mantener vivo, pese a todo, el instinto de la alegría y el impulso no domesticado para seguir creyendo que alguna forma de felicidad común es posible. A mi entender, el arte de Leonard Cohen se funda en la emoción que nace de la celebración del encuentro de los cuerpos más allá de las trampas que nos vuelven a todos cazadores y presas en esta jungla de espejismos en que se ha convertido el mundo (si es que alguna vez fue otra cosa).
No hay que olvidar, aunque puede resultar un envoltorio engañoso, el matiz litúrgico, de ceremonia sagrada, con que el artista se entrega a la celebración de un arte en el que la música parece nacer desde el interior de las palabras. Esa marcada apariencia de ritual envuelve su actuación en un clima que lo acerca a una experiencia cuasi religiosa. Una “misa profana”, sin mayor (ni menor) trascendencia que la de poner en juego el esfuerzo por vivir la intensidad de los sentidos. Y es quizás este aspecto, que a veces puede parecer un poco sobreactuado, el que hace de Mr Cohen un caballero audaz, un viejo resistente que se arrodilla ante su público (quién sabe si también ante una divinidad inspiradora: la fuente de su sensibilidad) para mejor decir su arte y mostrar que, pese a los estragos de la edad (desvanecimientos, como el de Valencia, incluidos), conserva intacta la capacidad de conmoverse y conmovernos.
Leonard Cohen, en el otoño pleno y elegante de su vida (hoy mismo cumple 75 años), cerrará esta noche en Barcelona (si todo ha ido bien) una gira veraniega que no ha hecho más que aumentar su leyenda. En Madrid, como supongo que haría en los demás lugares donde ha actuado, agradeció al público el haber mantenido vivas sus canciones durante su larga ausencia de los escenarios. Y aunque eso sea verdad, la recíproca no es menos cierta: sus canciones son un recuento fiel e insustituible del puñado de razones y sentimientos que nos mantiene vivos.
Ahora, además, nos vuelven un poco más capaces de encarar con buen pulso las inevitables mudanzas del otoño.

Mr Cohen inaugura el otoño
El verano, que me dejó la luz de la música de Irlanda mezclada con viejos sueños infantiles y las voces de sus poetas dando nombre exacto a muchos presentimientos, se resistía a marcharse y amenazaba con prolongar su sugerencia de vida aplazada, cuando el caballero zen y su grupo de artistas prodigiosos vinieron a poner las cosas en su sitio e inauguraron las armonías e incertidumbres del otoño.
La razón es sencilla: se llama emoción compartida, capacidad de dibujar con aguda precisión los paisajes cordiales de la mente y sus territorios derruidos, de mantener vivo, pese a todo, el instinto de la alegría y el impulso no domesticado para seguir creyendo que alguna forma de felicidad común es posible. A mi entender, el arte de Leonard Cohen se funda en la emoción que nace de la celebración del encuentro de los cuerpos más allá de las trampas que nos vuelven a todos cazadores y presas en esta jungla de espejismos en que se ha convertido el mundo (si es que alguna vez fue otra cosa).
Aunque, según dicen las crónicas, los motivos inmediatos de la vuelta del artista canadiense estén directamente ligados a los problemas financieros surgidos de una traición (al parecer no sólo económica), el completo y generoso repaso que Cohen hizo de su discografía, en una especie de «concierto total», transformó su presencia ante un público apacible y entregado en una ocasión memorable.
Las canciones y la poesía de Cohen, que brotan de una misma fuente, poseen junto a su precioso ritmo envolvente una gran capacidad narrativa. No sólo enuncian estados de ánimo o formulan opiniones sobre esto o aquello. También, y sobre todo, cuentan historias. Relatan diversos episodios, incluidos los más escabrosos o más mitificados, de una extensa peripecia vital en la que el fulgor del deseo, las delicias y las ruinas de la vida en pareja, los claroscuros del compromiso político, la afirmación del espíritu libre, la denuncia de la estulticia o la mirada compasiva sobre la lucha del ser humano enfrentado a sus limitaciones, entre otras muchas experiencias, se plasman en imágenes y melodías iluminadoras sostenidas por un lenguaje vivaz y un tono meditativo que dejan abierta una puerta para que por ella penetre la chispa del humor o el doble filo de la ironía –punzante o tierna pero nunca autocompasiva–, de modo que el saldo final siempre cae del lado de la inteligencia.
Foto: By Dominique Isserman (tomada del programa del concierto).
Rescatada de los Arcones de La Posada.
Primera publicación: 21/09/2009 a las 21:12.
viernes, 25 de septiembre de 2009
Otro mediterráneo (Javier Mas)
Foto © www.HardyJackson.de
Junto al placer de escuchar en directo a Leonard Cohen, otro de los gozos del concierto de la noche del pasado día 12 en el Palacio de Deportes de Madrid fue el descubrimiento, para mí, de un gran intérprete de instrumentos de cuerda (desde la guitarra de doce a la bandurria o el laúd): un mediterráneo llamado Javier Mas o Xavi Mas, como he podido comprobar que también se le llama en ámbitos musicales donde es bien conocido y comparado con los mejores del género.
Y con toda justicia. Porque la pericia y el arte que Mas despliega acompañando a Cohen no sólo son los responsables de que la música del poeta canadiense alcance una luminosidad (justamente, un acento mediterráneo) muy especial, sino que algunos de los momentos más vivos del concierto hay que apuntarlos a su forma de dialogar con la voz del artista, así como a varios solos (el que introduce Who by fire, por ejemplo) verdaderamente prodigiosos.
Y con toda justicia. Porque la pericia y el arte que Mas despliega acompañando a Cohen no sólo son los responsables de que la música del poeta canadiense alcance una luminosidad (justamente, un acento mediterráneo) muy especial, sino que algunos de los momentos más vivos del concierto hay que apuntarlos a su forma de dialogar con la voz del artista, así como a varios solos (el que introduce Who by fire, por ejemplo) verdaderamente prodigiosos.
Bien conocido por una trayectoria musical en compañía de grandes nombres, este guitarrista zaragozano afincado en Barcelona («from Barcelona, Jávier Mas», fueron las palabras de presentación de Cohen, que se quitó ante él el sombrero, literalmente, varias veces) es uno de esos artistas un poco –o completamente– ocultos bajo el peso estelar de las figuras que encabezan el cartel y que, sin embargo, emergen por sí solos a poco que se preste atención.
Dejo aquí, como prueba, los enlaces a dos vídeos que he podido localizar en Youtube (hay muchos más). Uno de ellos corresponde a la mencionada introducción de Who by fire durante el concierto de Nimes (agosto de 2008) [quien se quede con cierta sensación interrupta puede escuchar la canción completa, 8:48 minutos, en este vídeo correspondiente al concierto de Estambul]. El segundo es una grabación de una televisión finesa en la que Mas acompaña a otra de las voces inolvidables de la gira de Cohen (de vital importancia, además, en la trayectoria del artista canadiense desde hace ya algunos años), Sarah Robinson.
Supongo que para muchos no descubro nada. Pero no quería dejar pasar esta oportunidad de compartir el hallazgo de este mediterráneo, ya digo, por el que habrá que seguir navegando.
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