(Al filo de los días). Acabo de ver El precio de la red (The Social Recokning), la película dirigida por Aaron Sorkin que denuncia las malas prácticas de esta red social aún llamada Facebook, aunque ya circule más bajo el nombre de Meta, con sus extensiones, Instagram, WhatsApp, etc. Una Red que, según algunas estimaciones, es la fuente información principal para más del 40% de la población mundial adulta. Es una película de no fácil visión —a veces incluso puede resultar incomprensible para los no muy duchos en jergas tecnológicas, como es mi caso— y en la que ciertos aspectos resultan muy confusos, pese a que buena parte de la historia esté disponible en diferentes soportes e incluso acá mismo puede hacerse uno una idea bastante clara de por dónde van los males queí se siguen propagando en esta y otras redes, pese a las condenas y las multas y las públicas denuncias. Es una experiencia muy triste porque tiene toda la pinta de ser una epidemia irresoluble y de la que lo único que podemos hacer es liberarnos hasta donde podamos y ser conscientes de que, aunque no lo parezca, ahí fuera hay vida y quizás en un futuro podamos salir con bien de este atolladero. De momento, me limito a transmitir esta sensación.
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martes, 13 de octubre de 2026
domingo, 8 de julio de 2018
Manetobras

(Lecturas en voz alta: Face to FB et Alii) No debemos perder de vista que, en todas estas tecnologías tan fantásticas como imparables e invasivas, hay maniobras (en la oscuridad de nuestra condición de analfabetos tecnológicos) cuyo último cometido es vigilarnos por dentro. Y en ese movimiento puede estarse fraguando un nuevo y terrible modo de esclavitud: limpio, perfecto, implacable: anula la conciencia, sustituyéndola por la satisfacción inmediata de las necesidades más groseras del "yo". Darle una vuelta (como en este artículo). Darle la vuelta.
jueves, 30 de marzo de 2017
Face to face, boqueando
Con mi desembarco en Facebook, hace más o menos un mes y medio, la dispersión, que ya era una marcada tendencia en mi día a día, se ha convertido en un verdadero tsunami, al que confío en poder plantarle cara antes de que se lleve por delante el sentido de las brújulas que aún me quedan. También hace más o menos un mes y medio, hacia el 20 de enero, se cumplieron dos años desde que me instalé en Twitter. Las experiencias son tan distintas que incluso resulta difícil compararlas.
No es ya cuestión sólo de explicar cómo se siente uno en una u otra. Es que, bajo su nombre compartido de «redes sociales», en realidad apenas tienen algo que ver. En estas pocas semanas, creo haber comprendido el éxito popular e imparable de Facebook --1.860 millones de usuarios al mes a finales de 2016... y subiendo--: es una forma por completo nueva de estar en el mundo. Fácil, intuitiva, compensadora, útil, gratificante, espectacular. Su peor defecto: resulta altamente adictiva, compulsiva. Me atrevería a calificarla de droga dura.
Y es, además, muy poco exigente: un suelo abonado para que sobre él que crezcan, sin apenas cuidado, a veces por mera segregación de la herramienta, todas las flores de la banalidad. Marcadamente infantil. Y maniquea: tiende a que los usuarios se decanten por el sí o el no, incluyendo en este segundo apartado la indiferencia. Aunque, claro, todo depende siempre del uso que se haga. Como en todo. Y de la gente con las que uno se trate. Y de las trampas que uno se ponga. Nada diferentes a las habituales variedades del mundo sublunar en todas su manifestaciones.
Aunque me parece que hay usos y efectos poco menos que insoslayables, inherentes a la naturaleza del medio, frente a los que es poca toda la cautela. El principal de todos es que, se mire por donde se mire, todo empieza en las instancias más primarias del yo. Que no digo que no sean esenciales. Y necesario atender a su cuidado. Pero producen --o pueden producir-- una acentuación de lo más banal que pueda haber en uno mismo. Y la invasión indiscriminada del medio con las resonancias y excrecencias de nuestro ego por tierra, mar aire y éter, sin descanso y sin medida, puede acabar convirtiéndose en la peor forma de contaminación.
Y después --o antes-- está ese pecado capital de la red: el haber degradado el significado de la palabra «amigo». Un pecado original del que aún están por ver sus consecuencias.
De Twitter, tal vez me ocupe otro día.
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