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viernes, 24 de abril de 2020

Et in Reclusio Ego

La imagen puede contener: noche e interior
Luz confinada del 26.03.2020, a las 08:04. Foto ©️AJR,2020
¿Me creeréis si os digo que ella se empeñaba en decir la última palabra? Me opuse tajantemente y al final creo que he conseguido darle esquinazo. Incluso me he inventado un truco verbal, algo dantesco pero legítimo, para dejar las cartas boca arriba y las cosas en positivo. Tal vez así pueda vencerla en su terreno. Mirada Última: Evito Rehusar Toda Esperanza.
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jueves, 23 de abril de 2020

El Jugador

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Una tirada de dados... Foto de autor desconocido.
Mientras los días de la peste seguían avanzando, implacables, confusos, desasidos, quizás como vagones de un tren privado de su locomotora o, más preciso aún, de un destino concreto para el viaje, a la altura de esta última metáfora —«y ya no hay más que metáforas», se dijo— sintió que se había incorporado al recorrido un nuevo pasajero de indefinido sexo, incluso de aspecto no del todo identificable, pero en el que de inmediato pudo reconocer, además de un olor persistente, el inconfundible espíritu trágico del Jugador, alguien —o tal vez algo— del que sabía que no iba a parar hasta agotar los caminos de la suerte y que no rehuiría la apuesta decisiva ni el último envite del destino. Y, desde el primer momento, comprendió que aquella compañía ya no lo abandonaría durante el resto del viaje.
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miércoles, 22 de abril de 2020

La Madre

La imagen puede contener: dibujo La imagen puede contener: dibujo

¿Qué hubiera pensado ella de los días de la peste? ¿Cómo los hubiera vivido? ¿Cuáles hubieran sido sus reacciones, sus dichos, sus rezos, sus énfasis? Al cumplirse un nuevo aniversario, con cifras de tres dígitos que ya van teniendo una dimensión no manejable y que, bajo circunstancias por completo inesperadas, parecen introducirlo en otro modo de existencia de la que cada mañana no es fácil hacerse cargo, en tales circunstancias ha recurrido a lo más cercano y evocador que aún conserva de ella: su propia imagen en los ojos de los otros. Y ha sonreído con su mejor sonrisa, que dicen que es la sonrisa de ella, y que ella a su vez decía que le recordaba tanto a la de su propia madre —la abuela Josefa, que él no conoció—, cuando alguien muy cercano, al verlo mandil en ristre y rodeado de sartenes, le ha dicho: «¡Hay que ver cómo te pareces a tu madre!».
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lunes, 20 de abril de 2020

Arcoíris en Posperidad

La imagen puede contener: cielo y exterior
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(Al hilo de los días). La Prospe, ayer por la tarde a la hora de los aplausos, desde mi ventana. Nótese el especial brillo de los pasos de cebra, que parecen estar diciéndome: «¡¡Písame!!»

Doña Pandemia y otro

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Lon Chaney, en su papel de payaso en Laugh, Clown, laugh (1928), de Herbet Brenon.
—Vaya, doña Pandemia, ¡al fin la veo!
—Pues ya ve, no sé de qué se extraña.
—Se me hacía raro, con la que está cayendo, no habérmela cruzado todavía...
—Irá usted ciego, que si no...
—No sé. Pero oiga, si me permite...
—Sí, dígame.
—El nombrecito ese suyo...
—¿Qué le pasa a mi nombre?
—Suena un poco raro, antiguo incluso. Y como a enfermedad.
—No sé. Todo depende. En mi pueblo es frecuente. Y a mis amigas les gusta.
—¿Sus amigas?
—Sí, Teódula, Pancracia, Patrocinio y Anselma.
—Seguro que son todas muy simpáticas.
—Gente, más que nada, de fiar.
—¿Y su pueblo de usted...?
—¿Qué le pasa a mi pueblo?
—No, nada. ¿Cómo se llama?
—Pedrosillo del Río Malo. Un buen lugar
—Seguro. ¿No son de ahí los garbanzos esos tan finos a la par que sabrosos?
—Alguno habrá. Pero lo que allí hacemos bueno son sobre todo los botijos de trampa.
—Ah, qué curioso.
—Y las mascarillas de fieltro verde.
—¡No me diga!
—Sí, son las mejores para catar colmenas.
—O sea que tienen ustedes buena miel.
—Superior.
—¿Y de qué pastos?
—Pues mayormente romero y algo de encina. También hay buenos cirios.
—¿Cómo dice?
—La cerería, tampoco se da mal.
—Claro, lo aprovechan todo.
—No están los tiempos para ningún asco.
Y como la gente de aquí tiene esa costumbre...
—¿De qué?
—De morirse. Ya ve.
—Ah, entonces...
—¡Entonces! ¡Ni que fuera usted memo!
—O sea que...
—¡Ande y lárguese de una vez!
—¿Yo? ¡vaya! ¡ya voy!
—¡Menudo estafermo está usted hecho!
—Pues usted no digamos, ¡so lagarta!
—¿Lagarta yo?
—¡Ya le digo!
—¡Habrase visto! ¡A qué le atizo!
—¡Más que Pandemia tenía usted que llamarse Pandemonia!
—¡Yo le atizo!
—Si me pilla...
Y finjen que se pegan escobazos y salen de la pista como aquellos payasos del circo que tanto nos gustaban (aunque a menudo también nos daban miedo).
(Con la actuación especial de “Los Merluzos” disfrazados de payasos)
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sábado, 18 de abril de 2020

La Cantinela

La imagen puede contener: caballo
«El caballo del sueño», también conocido como «El sueño del caballo», según gustos.
De autor no localizado.
Sabía que la cantinela se llamaba también cantilena y, en el juguetón intercambio de sílabas, iba pasando por él la mañana sin él pasar por nada, como si ya se hubiera instalado en un lugar sin tiempo y en una hora ubicua, ajeno y enajenado, solícito y litigante, díscolo y loco, rumiador verbívoro, y jaranero y jacarandoso y enjabonado, puro ritmillo asido con hilo de seda, y sin más grave tontuna que la elegante huella del salto de unos caballos en el pecho, un sonido venido de lo hondo, de una calle de guijarros, pero sin peso ya de pasos en los peldaños sordos de la memoria, mientras puede inclinarse a imaginar que aún se está deslizando por los reflejos ópalos del alto barandal, y sin más agobio que el dejarse llevar por las presencias, las turgencias, los voceríos acallados y los lienzos al aire de las horas: «Bagatelas, vaga tela, vagas telas... ¡Vaya tela!». Preso, en fin, del runrún de los días de la peste.
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jueves, 16 de abril de 2020

El Gorrilla

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Fotografía de Lee Jeffries, de la serie "Los sin techo".
Al Gorrilla, que tuvo una actuación estelar en la novela aquella del otrora Joven Marías, lo volví a ver sin venir a cuento en uno de esos estados larvarios que provoca el confinamiento de los días de la peste. Iba en mi coche a recoger un pedido al Hipercor del Campo de las Naciones, cuando a la altura de la Clínica de la Universidad de Navarra, en su amplio aparcamiento exterior, lo vi haciéndome aspavientos para que dirigiera el vehículo hacia un lugar determinado. Era tanto su poder de convicción gestual que aminoré la marcha hasta frenar y me dispuse a seguir sus instrucciones. La plaza asignada, entre dos grandes coches negros, no era ni amplia ni cómoda, así que me quedé dudando en medio del carril central, intentado valorar las opciones en lo que parecía un parquin en verdad hasta los topes. Luego seguí avanzado lentamente una decena de metros en busca de otro hueco más amplio. Dubitativo, eché una mirada al espejo retrovisor y entonces lo vi. El Gorrilla venía hacia mí, con su habitual cojera, que remediaba con una especie de extraña cachaba, sonriente y desdentado, muy zalamero de gestos y sin duda orgulloso de lucir en su solapa una insignia en la que alcancé a leer: «Estacionamientos LA PARCA». Como el que tiene una súbita revelación o se recupera de un lapso momentáneo, caí en la cuenta de mi error: yo iba a OTRO sitio. No se me había perdido nada allí. Tras maniobrar con brusquedad y eficacia, logré sortear las interminables filas de coches y, en un abrir y cerrar de ojos, enfilé la salida casi derrapando. Por el espejo aún alcancé a ver al Gorrilla levantando los brazos y blandiendo en uno de ellos, a modo de bastón o garrote, un objeto en el que quise reconocer la curvada, amenazadora y tópica forma inconfundible de una guadaña.
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miércoles, 15 de abril de 2020

El Crítico

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Cercando al enemigo.
«A menudo se emplean las palabras con cierta propensión a la hipérbole o incluso a la histeria —dice el Crítico—. Sin embargo, hay otras veces en las que, no por ser ajustados en su exactitud y reiterativos en el uso, ciertas expresiones alcanzan a dar cuenta de lo que se desea decir. Parece como si esos términos no llegaran a cubrir nunca la extensión de lo que el emisor pretende abarcar». Tragó saliva el Crítico y, sin percatarse de mi juego de ojos demandantes de atención, continuó: «Es más, es en experiencias así cuando uno siente que hay una especie de falla entre el pensamiento y el lenguaje, por más que tengamos claro que uno y otro son más bien una y la misma cosa». Iba a argüirle al Crítico algún reparo respecto a esa identificación de dos estancias interrelacionadas, sí, aunque bien distintas, pero sin darme opción a consumir un turno en lo que él llama, muy pomposo y por completo hipócrita, «el ordenado sucederse de las voces» —menudo es el Crítico cuando se trata de asegurar la coherencia interna del discurso—, me puso por completo de su lado al oírle concluir: «Es lo que pasa ahora con la palabra “héroe”, que se nos queda corta, muy corta, para decir lo que en verdad queremos». Qué razón tiene el Crítico. Aunque entender su parla resulte a menudo más enrevesado que descifrar el recibo de la luz.
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martes, 14 de abril de 2020

Los Mantras

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La cama del sueño dentro del sueño. Foto de autoría no localizada.
En el sueño, que se prolongó más allá del primer despertar, la cosa consistía en transitar un camino de retorno a lo habitual mediante un raro entrenamiento basado en memorizar y repetir fragmentos de oraciones, frases y cantinelas consideradas idóneas para hacer que la normalidad se fuera imponiendo de forma paulatina y a través de una adecuada aclimatación. Acabo de contárselo a mi psicoanalista imaginario y, como él, pese a todo, se toma muy en serio su oficio, ha sido muy preciso en su valoración. «Eso —me ha dicho— es un un ejercicio de alquimia verbal en toda regla. Aunque tiene también algo de truco oficial para sacarse de la manga un mecanismo poco costoso de recuperación del principio de realidad». Me ha preguntado después si podía ponerle algún ejemplo del tipo de expresiones empleadas. Le he dicho que sí, por supuesto, pero al ir a recitárselas he caído en la cuenta de que eran todas improperios, blasfemias, exabruptos soeces e incluso alguna marranada, de modo que he procurado mantenerme en silencio, como no podía ser de otra manera. Y él, como fantasma dócil que es, lo ha dado por bueno. Luego he vuelto a dormirme.
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lunes, 13 de abril de 2020

La Laguna

Mayonor Mijangos: Laguna de Lemoa, Santa Cruz de Quiché. Guatemala.
© 2013, Imágenes de Guatemala.
Si estaba ahí dónde se fue.
Estaba ahí si se fue dónde.
Ahí se estaba dónde fue si.
Dónde estaba si se fue ahí.
Sé dónde fue si ahí estaba.
Fue si ahí se estaba dónde.
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sábado, 11 de abril de 2020

El Ángel Exterminador

La imagen puede contener: una persona, mesa e interior
Al final de El ángel exterminador (1962), la película de Luis Buñuel,
un rebaño de pacíficas ovejas acude al lugar del encierro.
Al terminar de romper la hora, según es su costumbre desde hace al menos ciento quince años, don Luis Buñuel ha dejado su tambor colgado en una nube y regresa al Limbo de los Ateos Gracias a Dios para seguir entreteniendo su eternidad con lo que más le gusta desde siempre: imaginar bromas algo crueles, incluso claramente atroces, para someter a sus amigos y conocidos a situaciones extremas y medir así el grado de tolerancia de la humana naturaleza bajo presión y hostigamiento. En los últimos días, el genial surrealista no hace otra cosa que darle vueltas a una vieja idea y distrae sus horas sin tiempo imaginando qué pasaría si, en vez de un grupo de parejas de la alta sociedad, fuera la humanidad entera la que se viera afectada por el extraño enigma del ángel exterminador, de modo tal que todas las gentes del universo mundo quedaran confinadas en sus propias casas durante un tiempo indeterminado. El ojo saltón del cineasta baturro refulge con fuerza en su nicho celeste mientras valora, con una sonrisa ferozmente angelical, las posibles consecuencias de semejante barrabasada. E incluso está pensando en que esa historia, película, fantasmagoría o, quién sabe, crónica veraz de los días de la peste bien podría titularse «El obsceno encanto del coronavirus». Y su espíritu de implacable artista incombustible vuelve a suspirar por enésima vez.
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viernes, 10 de abril de 2020

El Viernes

Humberto Rivas: Montmajour, 1993. Fotografía, gelatina de plata sobre papel.
Cuando el velo del templo se rasgó, allí ya sólo quedaba el silencio. El silencio. El silencio. El silencio. El silencio. El silencio. El silencio...
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jueves, 9 de abril de 2020

La Saeta


La imagen puede contener: una o varias personas y exterior
Mujer caminando por el bosque nocturno con lámpara.
Foto: ©️  Kirill Ryzhov.
Soñé que a mi espalda había vuelto “el pequeño carcaj” que una vez tuve y, como andaba por una zona apestosa e infestada de todo tipo de criaturas malignas, no tenía más remedio que cargar una y otra vez mi arco y disparar sin pausa en cualquier dirección. Era tanta la fatiga y tan seguidos los sobresaltos, que me desperté varias veces en diferentes parajes, como el que rueda de sueño en sueño, de pesadilla en pesadilla, metido en un interminable túnel del terror. O quizás confinado a bordo del mismo tren donde el poeta vio la sombra y la figura de la mujer con una alcuza en la mano. Por fin pude llegar a una especie de ensenada junto a un gran lago y sobre el que una enorme cascada, como la que contemplé en el parque croata de Plitvice, vertía sin cesar un agua densa y pastosa cuyas gruesas gotas se iban convirtiendo en una lluvia de píxeles semejante a la que puede verse en el comienzo de Matrix, la película. Me había quedado sin flechas pero tampoco parecía haber más enemigos, así que por fin pude descansar en un sueño sin nada, blanco y candeal como el alma de un niño. Acabo de despertarme y ha sido muy grande mi sorpresa al advertir que tengo clavada, justamente bajo la tetilla izquierda, una diminuta saeta dorada junto a una aún más diminuta mancha que tiene todo la pinta de ser una gota seca de sangre🩸.
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miércoles, 8 de abril de 2020

La vida

Sebastião Salgado: “Se dijo que yo hacía estética de la miseria. ¡Y una mierda! Fotografío mi mundo”
Sebastião Salgado fotografiado por Gorka Lejarcegui / El País

Todo ocurrió entre un abrir y un cerrar de ojos.
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martes, 7 de abril de 2020

Resistentes

Un hombre mayor sostiene un 'smartphone'.
Anciano con un smartphone Alex Macro/Getty Images.
(En voz alta). Es sin duda la más lamentable tragedia dentro de la tragedia: la muerte en soledad de muchos miembros de una generación de compatriotas que vivió su infancia en medio del horror y las carencias y a los que el destino cruel reservaba una última batalla atroz. Este artículo del siempre atento y sensible David Trueba les rinde un homenaje cuya continuidad, junto con la gratitud, será la primera tarea que debamos cumplir tan pronto como sea posible. Y al lado del recuerdo a los fallecidos, la inmensa admiración, cariño y ternura que nos merecen tantos ancianos y ancianas que están soportando en soledad y en circunstancias sólo asumibles por verdaderos héroes estos días duros de la peste. No hay palabras para expresar la admiración, gratitud y orgullo que su ejemplo nos producen. La suya es una de las lecciones más importantes de nuestra vida. Y no la vamos a olvidar nunca.

El blanco día

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Amanecer en blanco y negro. Foto libre de derechos tomada de Shutterstock.
No estaba seguro de que fuera real. Pero tampoco tenía ningún motivo para dudar de su presencia. De hecho, se encontraba justamente en ese filo de la conciencia en que el mundo parece a punto de evaporarse, pero algo muy vivo en ella sabe que hay que regresar. El sueño es un ensayo de la muerte. Y el día blanco llegará cualquier día.
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Si digo que no guardaba recuerdo alguno de esta “improvisación”... no es del todo cierto. Esta “levedad” está archivada. Pero cómo cambia el sentido cuando cambia el contexto. La verdad de Machado —sus palabras plagiadas— permanece. Aunque tal vez podría hablar de “intertextualidad”, ese tecnicismo para denominar lo que de siempre ha sido un diálogo con la tradición. Lo curioso es que ayer y hoy me he estado acordando del poema Muerte de Abel Martin”, uno de mis preferidos de Don Antonio, y tal vez el que más me emocione. De hecho el título de la NUL de hoy, escrita anoche y publicada horas antes de recuperar este recuerdo, viene de ahí. Y eso ya no sé muy bien cómo explicármelo. Simplemente, ocurre.


(Homenaje, al borde del plagio)
«Mis ojos en el espejo
son ojos ciegos que miran
los ojos con que los veo»,
dijo Machado por boca
de Abel Martín. Y miraba
las letras de las palabras

reflejadas en los ojos
de un soñador. De repente,
se apagó la luz y todo

vino a ser la melodía
del Gran Cero. Allí la muerte
quiso hacer que sonreía...

Y no sabía.
(Levedades)

jueves, 2 de abril de 2020

El Conjuro

La imagen puede contener: texto
Alfabeto en grafiti. Libre de atribución.
Andaba por las horas del día confinado no sólo por las paredes de su casa sino también por las sombras de palabras que se iban dibujando sobre los muros, en las mesas y armarios, en los estantes y los lomos de los libros —como tejuelos ominosos—, en la cama, incluso en el gran espejo en el que cada vez se le hacía más difícil reconocerse. De modo que no tuvo más remedio que anotarlas, una a una y en estricto orden alfabético, por ver si así, atrapadas por la luz de la pantalla como polillas voladoras, podía al fin librarse de ellas y de su angustia: Brote, Cápsida, Dolor, Epidemia, Fiebre, Fómite, Incidencia, Inmunidad, Morbilidad, Mortalidad, Números, Pandemia, Portador, Prevalencia, Reservorio, Vector, Virión, Virulencia, Virus... Al final, separada por un renglón de seguridad y en letras versales, escribió la última palabra: VIDA. Y pulsó “Enter”.
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miércoles, 1 de abril de 2020

Caronte

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Eric Martín Contreras: La barca de Caronte, 2008.
Caronte, el barquero de la Estigia, está perplejo. Por más que lee y relee el Edicto de Medidas Especiales (EME) para los días de la peste, no encuentra que su tarea esté incluida entre las consideradas de urgencia o primera necesidad. Con la que está cayendo y con el mes que se inicia —justo aquel en que el poeta, a la vista del Puente de Londres, dijo que «nunca hubiera creído que la muerte pudiera llevarse a tantos»—, en un estado así, ¿quién se atrevía a prescindir tan ostensiblemente de sus servicios? ¿Sería olvido? ¿Tal vez ofensa? ¿Acaso una variante, algo absurda pero no impensable, de la falta de lecturas del legislador? «Pues, no sé —se decía el Barquero mientras colgaba de nuevo el remo en el zaguán de su confinamiento—, pero como empiecen a cargarse los mitos, ni siquiera va a ser posible morirse de verdad». Y, muy apesadumbrado y algo más macilento, se iba a la cama.
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martes, 31 de marzo de 2020

Los intocables

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Eliot Ness y sus muchachos. Protagonistas de Los Intocables (The Untouchables),
serie televisiva de 119 episodios, que se emitió entre octubre de 1959 y mayo de 1963, en la cadena ABC.
Y algún tiempo después en TVE.
Conocimos primero a aquellos agentes que, a las órdenes de Eliot Ness, combatían el crimen organizado, en tiempos de la «ley seca», y llenaban de aventuras trepidantes y elegantes sombreros el blanco y negro de nuestras televisiones. Supimos después de la existencia de una casta de parias en la India —también en otros países—, formada por los excluidos no sólo de las jerarquías sociales sino de la propia condición humana. Descubrimos asimismo bajo ese rubro la historia de dos hombres unidos por su peculiar y diferente, aunque complementaria, forma de estar apartados del mundo. Y tal vez, en alguna ocasión, utilizamos el nombre para referirnos a los situados, por motivos de dinero, influencia o poder, en esferas privilegiadas donde la ley no alcanza ni se purgan los crímenes. Lo que probablemente nunca imaginamos es que llegaría un día en que los realmente Intocables seríamos nosotros.
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lunes, 30 de marzo de 2020

El letrero

La imagen puede contener: una persona, exterior
Noria en un parque de atracciones de Tailandia.
Foto libre de derechos tomada de Dreamstime.
Ya ningún despertar era igual otro. Pero el de ese lunes fue especialmente extraño. En el final del sueño había ido caminando por una senda tenebrosa, mucho, si bien al fondo, muy al fondo, podía verse una luz. Su sorpresa fue grande —aún le dura— cuando, al abrir los ojos, en medio de la habitación pudo leer, refulgente, palindrómico, tal vez amenazador, el gran letrero: 
«A COBAYAS, AY, ABOCA». 
Le sigue dando vueltas.
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