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sábado, 6 de agosto de 2022

HACERSE EL MUERTO

—!A ver quién se hace mejor el muerto¡ !A ver quién se hace mejor el muerto¡

Las voces le llegaban con claridad, matizadas por el suave oleaje que una brisa de sabor magrebí levantaba en la laguna salada donde tan fácil era suspender el cuerpo en una especie de gravitación que invitaba a una profunda relajación, al sueño incluso.
Eran palabras muy parecidas a las que él había dicho tantas veces de niño, con sus amigos, en los baños fluviales del verano, aunque entonces, debido a la fuerte corriente del río y a sus traicioneros y voraces remolinos, hacerse el muerto tenía, además de una mayor dificultad, ciertos riesgos, hasta el punto de qué era raro el año en que no se contaba alguna víctima.
—¡A ver quién se hace mejor el muerto¡ ¡A ver quién se hace mejor el muerto¡
Las voces siguieron llegando a su oídos durante un buen rato, luego se fueron apagando hasta cesar por completo, y todo alrededor, también dentro, en su mente y en su memoria, quedó en un silencio intenso, largo, profundo… como si sobre la laguna salada hubiera caído una espesa tela que la aislara por completo del resto del mundo o también ella se hubiera sumado al juego y todo acabara tomando el fondo y la forma de un ensayo general de algo desconocido pero que flotaba en el aire como una de esas tormentas de verano que se anuncian, además de por la pesadez de la atmósfera, por el erizamiento de la piel y otros órganos que todos los seres vivos sentimos ante fenómenos que nos resultan inexplicables.
—!A ver quién se hace mejor el muerto! !A ver quién se hace mejor el muerto!
Volvían las voces. No había ya viento y había cesado también el oleaje. La laguna salada parecía un cristal oscuro lleno de surcos granulados. En su memoria, el río de la infancia se estancaba en un lodo denso y maloliente. Por lo demás, todo estaba en su sitio. Salvo alguna cosa.
Y la noche.
Playa de La Hita, Mar Menor. Foto AJR

(LUN, 664)

viernes, 30 de agosto de 2019

Da Vinci en Los Narejos del Mar Menor

No conozco ningún lugar donde sea más fácil nadar que en algunas playas del Mar Menor, especialmente en la de Los Narejos. Podría equipararse incluso a las del Mar Muerto, tanto por condiciones de salinidad como por expectativas de destino. El caso es que, como me decía anteayer mismo un anciano algo mayor que yo, en este litoral, para mantenerse a flote, «no hay que hacer nada». Podría considerarse en este sentido una playa zen —también (chiste va) poniéndole todo el “alma” por delante: en esta época del año multitudes la pisan— y no dudo de que en ella —y ahora voy a justificar el título— el mismo Leonardo se sentiría feliz de experimentar en cuerpo propio las infinitas posibilidades circulatorias y fluidas de su ideal hombre de Vitruvio: la facultad de extender y prolongar huesos, músculos, tejidos y auras hasta el límite de lo posible, aprovechando una situación tan placentera como poco accesible al humano corriente cual es la de la casi ingravidez que propicia la extrema salinidad. Siempre ha sido muy fácil nadar en este mar interior, carente salvo excepciones de oleaje, plano y brillante como aquel plato de refulgentes algas que Alberti convocaba, según mi viejo amigo Virgilio Pérez-Clotet, en un poema (nunca comprobé la exactitud de la cita). Pero en los último tiempos —alguien dice que por efecto de la creciente eutrofización de las aguas, o sea, por el exceso de compuestos orgánicos en ellas— la facilidad para mantearse a flote es en verdad impresionante. Así que en mi reciente estancia en la zona he aprovechado esa circunstancia para convertir cada jornada de baño en la variante de una sesión de yoga —para el saludo al sol sólo hace falta abrir los ojos— y en una especie de simulador de ingravidez espacial. Y es que basta con mover las piernas en posición horizontal levemente inclinada para que el hombre de Vitruvio se ponga en suave movimiento, y al poco, sin necesidad de grandes facultades ensoñadoras, uno tenga la sensación de que algo así debió de ser el milagro aquel del mar de Galilea que llevó al más descreído y cabezón de los apóstoles a andar sobre las aguas como Perico por su casa, y nunca mejor dicho. Quien lo probó..., etc.
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miércoles, 28 de agosto de 2019

En torno a Mojácar

La imagen puede contener: océano, naturaleza y exterior
Playa Macenas. Foto: Sala2500.
(Arenas, piedras y pirámides en torno a Mojácar)
Del primer viaje por las costas de Almería como padre recuerdo especialmente la estancia en el «Pueblo Indalo», a orillas de Mojácar, uno de esos complejos hoteleros familiares concebidos a modo de pequeña población autosuficiente, combinando con cierto buen gusto comodidad y sencillez, aunque siempre bajo la amenaza de la estabulación y la ola expansiva de vulgaridad que suele traer consigo el turismo de masas. Pero entonces, primeros años noventa, aunque ya se había iniciado el desastre urbano del litoral, la situación aún resultaba soportable y era un verdadero placer ir, de Mojácar a Garrucha y, sobre todo, hacia Carboneras, en busca de las playicas y calas diseminadas por los alrededores, a lo largo de un paisaje semidesértico sembrado de breves oasis, blancos casetones en medio de la nada con chumberas, alquerías audazmente empinadas sobre promontorios de vistas inefables, y entre caminos que se adentraban hacia el mar al pie de ramblas bien marcadas, algunas de las cuales no tardarían en ser traicionadas y también, ay, en vengarse. Marina de la Torre, El Cantal, Cueva del Lobo, La Rumina, El Sombrerico, Sopalmo... son algunos de los nombres que aún resuenan en mis oídos, sin olvidar el del después tan polémico El Algarrobico, santo y seña de los intereses duramente enfrentados en una lucha tan desigual como absurda: el polvo (literal) de los lodos actuales. En fin. No puedo dejar sin mencionar la singular Playa Macenas, con su castillo vigilante y su relieve megalítico sobre la arena gris, con zonas bien empedradas y unas aguas suaves tan transparentes en mi memoria (seguramente exagero), que se me saltan las lágrimas al acordarme. Y todo bien atado y resumido en un nombre de resonancias clásicas, Ma-ce-nas, que no sé bien por qué, tal vez por contrapunto, siempre asocié con el singular Valle de las Pirámides que se divisa desde el alto balcón de Mójacar, hacia tierra adentro, uno de los muchos atractivos de ese dédalo encumbrado que es la supuesta patria chica —pura leyenda urbana— de Walt Disney. Desde aquellos días —tal vez ya a raíz de algún viaje anterior: puede que en ruta hacia las Alpujarras— me acompaña como uno de mis símbolos preferidos la singular figura del Indalo, el hombre que sostiene el arcoíris, o la cúpula celeste, y en el que algunos estudiosos han visto un precedente del hombre de Vitruvio de Davinci, sobre el que probablemente volveré otro día y en otra playa.
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martes, 27 de agosto de 2019

Lokrum, a vista de Dubrovnik

La isla de Lokrum, desde Dubrovnik. Foto © SPM/2011.

De aquel viaje por Croacia y Bosnia además de los días (tres o cuatro) pasados en Dubrovnik, o más bien dentro de ellos —en un rincón de horas al margen—, recuerdo la excursión a la mínima isla de Lokrum, una especie de jardín botánico surgido en torno a un monasterio benedictino, una mansión imperial y una vieja fortaleza en ruinas. Era un lugar ideal para caminar por apacibles y a veces exigentes senderos, entre pinos, laureles y cipreses, también entre cactus y palmeras. Un planeta en miniatura en el que, como un fogonazo de la memoria, veo que nos encontramos de pronto frente a un pavo real en todo su esplendor, pero igualmente altivo y desdeñoso: creo que ni siquiera se dignó a echarnos una ojeada, y eso que, como después supimos, tal vez fuera descendiente de un ejemplar traído de las Canarias algunos siglos antes. Es sabido que las órdenes religiosas, en su afán, más que evangelizador, comunal y expansivo, en alas de un impulso de gran fraternidad, fueron las primeras “empresas multinacionales” y, en cierto modo, los primeros agentes de la globalización. Pero aquí estamos, ocurrencias al margen, yendo de camino a la playa, y es ahora un senda difícil, más que abrupta insidiosa por los guijarros puntiagudos, la que hemos de descender, entre algún tropiezo y varios exabruptos, hasta alcanzar un breve remanso donde un Adriático intensamente azul, cargado de historia y aún con el estertor de algún bombardeo reciente, nos acoge sin grandes novedades. Años después, cuando miro el dibujo de la isla, en la foto probablemente sacada desde la muralla de Dubrovnik (agosto de 2011), todavía perdura el rastro no descifrado de un día como tantos y siempre único, en esta rara suma de luces, sales, aguas y sueños que es la vida.

lunes, 26 de agosto de 2019

La playa de doña Ana (a modo de canción)

La imagen puede contener: una o varias personas, océano, playa, cielo, exterior, naturaleza y agua
Dunas y playa en el acantilado de El Asperillo, en el entorno de Doñana.
Foto:
©️Paco Puentes/El País.
En la playas de doña Ana vimos las huellas de El Lince entre los pinos rastreros. Y era un bandido muy triste. Luego, con dados de Niebla, nos llegamos a Moguer: tejas de vidrio brillantes bajo el gran sol de las tres. En la casa del poeta bebimos muy fresca el agua y no encontramos el árbol donde el burrillo descansa. Bueyes al amanecer tiraban del mar y el vuelo de las garzas fue el presagio de los días venideros. «Aquí estuvo el paraíso», decía un cartel. Y la playa era salvaje, infinita, en la heredad de doña Ana.
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domingo, 25 de agosto de 2019

El Papagayo de Lancelot

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Una de las calas de la Punta del Papagayo, en la isla de Lanzarote. Foto: LocalSeo.
A Punta Papagayo, en el extremo de playa Blanca, municipio de Yaiza, en el entorno de la montaña de escorias aún calientes del Timanfaya y cerca de los coloristas y deslumbrantes lienzos de la salinas de Janubio, la tengo asociada a una foto divertida en la que se ve sentado a Gonzalo —¿o se llamaba Julián, tal vez Jaime...?: era el chico de la pareja madrileña con la que coincidimos en una comida durante aquel primer viaje a Lanzarote y con la que compartimos el resto de la estancia en la isla; ella, seguro, de nombre Blanca—; él, como digo, está sentado cerca del agua esculpiendo con la arena húmeda alrededor de su regazo un enorme falo levemente puntiagudo y hacia el que mira con cara de pícaro, mientras yo le comento —y esto lo recuerdo porque lo tengo escrito al dorso de la foto— que ya estaba subiendo la marea y aquel rincón de la cala no tardaría en quedar aislado, rodeado completamente por el mar.
—Me pillas en pleno pensamiento circunstancial, orteguiano por más señas —me respondió, antes de levantarse y desbaratar con ello su escultura.
No deja de ser curioso que de uno de los lugares más diferentes que he visitado en mi vida se me imponga como primer recuerdo espontáneo esta escena que, a medida que la voy describiendo, ha logrado que se me dibuje una gran sonrisa acompañada de una franca añoranza, nada pegajosa, no sé si por los días alegres del pasado, que sé que no van a volver, o más bien por el pasado de los días turbios del presente, cuya naturaleza me parece a veces tan otra que incluso encuentro difícil verle la continuidad. Será, me digo, el efecto Papagayo. En diferido, pero incontenible.

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sábado, 24 de agosto de 2019

La madrugada en Roses

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Playa de Santa Margarida, en Roses (Girona). Foto: AJR, 2015.
La madrugada suele ser hermosa en cualquier parte. Incluso en sueños. Pero a veces se adelanta a sí misma y, si estás atento y tus ojos responden, puedes sorprenderla cuando aún se está descorriendo el telón del cielo para que empiece la función. Así me pasó una vez en Roses. Un pesquero, un caminante madrugador, las últimas luces de la noche fueron testigos. Y el ratón gigantesco de piedra y sombra que a estas horas siempre se acerca a beber del mar.
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viernes, 23 de agosto de 2019

Caballos en Ibiza

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Amanecer, playa, caballos. Foto de Paquito.
En uno de los dos o tres veranos más o menos jipis de mi juventud me fui con mi novia de entonces en autoestop a Ibiza. Hacer dedo era una forma habitual de viajar, y lo que hicimos fue salir una tarde (ya bien tarde) de la calle Zurita de Madrid, mochilas y sacos de dormir a la espalda, y tras coger el metro, enfilamos la carretera de Valencia rumbo a la costa. Recuerdo que la primera noche dormimos en los pórticos de las escuelas de Motilla del Palancar, por recomendación de alguien. Y al día siguiente, a eso de las tres de la tarde, estábamos en el puerto de El Saler para tomar, hacia la medianoche, el barco de la compañía Transmediterránea que en unas ocho horas nos llevaría a nuestro destino. Hicimos la travesía en las muy económicas sillas-toldillas y, con los cuerpos molidos pero animados por el amor a la aventura, al amor mismo y en pos de las promesas ibicencas, llegamos a la entonces mítica isla muy de mañana. Teníamos el contacto de unos conocidos, pero por motivos que no recuerdo bien no logramos dar con ellos y, tras pasar el día vagabundeando por la ciudad alta y las callejuelas cercanas al castillo, decidimos quedarnos a dormir en la playa, cerca de la instalaciones de un lujoso hotel cuya piscina y duchas utilizaríamos, sin grandes contratiempos y con gran frescura, a la mañana siguiente para nuestras abluciones. Aquel fue un verano de cierto atrevimiento, incluso de locuras, aunque casi siempre bajo control, y durante él ocurrieron sucesos que ahora ni yo mismo me creería, de modo que será mejor pasarlos por alto y dejarlo todo fijado en una imagen: la del amanecer dentro de un saco de dormir doble junto al mar, con la cara cubierta de arena, los ojos borrosos, y el asombro compartido de ver galopando por la playa, hacia la salida del sol, dos magníficos caballos con sus respectivos jinetes, tal vez también una pareja, que al alejarse levantaban al paso de las olas un vuelo de espuma, mientras sus siluetas, altas, ágiles, fantásticas, se recortaban con gran nitidez sobre la bruma del fondo. Pocas veces he tenido un despertar más impactante..., seguido de un no menos poderoso sobresalto: por la bien visible trayectoria de las huellas de los animales, no tardamos en advertir que sus patas habían pasado a menos de un metro de nuestras cabezas y que el amanecer podría haber sido un tanto, digamos, traumático. ¡Cabecitas locas! Debía de correr el año de gracia de 1976 o 1977. Nunca he podido precisar de qué playa se trataba. Probable es que fuera la de Figueretas o D’en Bossa. Aunque la lógica del relato apunte claramente hacia Es Cavallets.
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jueves, 22 de agosto de 2019

Isla Mujeres

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Acantilados de Isla Mujeres, Quintana Roo. Foto tomada de Voz del Pueblo. Zona maya.
En el Caribe mexicano, como tal vez en todo el Caribe, hubo piratas mucho antes de Johnny Depp, y no cabe descartar que entre ellos destacara alguna mujer, aunque la historia suele ser igualmente cicatera a la hora de reconocer el protagonismo femenino entre los “malos”. No pensábamos en esto cuando nos sumamos a la expedición de atrevidos pulsereros, recolectados por diversos hoteles de Cancún, la Riviera Maya y otros núcleos yucatecos, en los dominios provinciales de Quintana Roo, para practicar esa forma ligera de buceo llamada esnórquel en las costas de Isla Mujeres. Una actividad que sería fantástica si uno no estuviera todo el rato con la mosca detrás de la oreja —o, con mayor precisión, en la espita del tubo respiratorio— por mor de asegurar el pellejo en un medio tan inestable, movedizo y traicionero como son las aguas de más de dos metros y medio de hondura. Así que el gozo, sin desdeñar la memoria del ojo sumergido, comenzó de verdad una vez de nuevo en tierra firme al recorrer, a bordo de una especie de carrito de golf, la isla toda, sus poco más de cuatro kilómetros cuadrados, y admirar, además de sus casas flexibles, los esbeltos palafitos con graciosa pasarelas, las playas largas, estrechas, tropicales, especialmente en el lado norte —y a menudo infestadas de turistas asoleándose como auténticos caimanes—, los valiosos arrecifes coralinos en el paraje que le dicen del Garrafón, los leves promontorios meridionales —donde al parecer estuvo el templo de la diosa maya lunar Ixchel— y, finalmente, además de la muy curiosa y destartalada Hacienda Mundaca, el colorista, estrámbótico y naíf cementerio del lugar cuyas lápidas y figuraciones están repletas de huellas de historias de amor, ambición y —claro está— de muerte. Isla Mujeres es el primer punto del territorio mexicano que cada día visita el sol. Por algo será.
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miércoles, 21 de agosto de 2019

La Concha

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Autor desconocido: Panorámica de la playa de la Concha de San Sebastián.
Por fin llegamos a la playa y el mar nos abrazaba como si fuéramos su perla.
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martes, 20 de agosto de 2019

Matala, en la costa cretense

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La playa de Mátala (Μάταλα), en la parte central del sur de Creta,
vista desde una de las cuevas naturales que abundan en los alrededores.
Foto tomada de una web turística.
A la playa de Matala (o Mátala, según otras transcripciones), en el centro sur de la isla de Creta, llegamos tras una mañana intensa y solitaria entre las ruinas del palacio de Festos, y después de la búsqueda fallida, en días precedentes, del laberinto en Gortys, y con las vivas impresiones de la gran y empinada caminata hacia la cueva donde nació Zeus (Dikteon Antron) aún en nuestros sentidos, y muy particularmente en nuestras piernas. Tras un rápido baño, subimos a las cavernas habitables del farallón y leímos las historias del naufragio del rey Menelao, mientras comprobábamos que, en efecto, allí estaban las huellas de las comunas hippies de los años sesenta —Dylan y Joan Báez, entre ellos— e incluso vimos algún grafiti adornado con flores de sal. De allí, o de las tiendas de Heraklion, trajimos, entre otros recuerdos, la estatuilla de las diosa de las serpientes y la medalla del disco de Festos que desde entonces cuelga de mi cuello. Ahora dicen que el disco, aún indescifrado, probablemente sea una falsificación. Pero, a estas alturas, ¿hay algo que esté libre de una sospecha así? Las cosas nunca son lo que parecen. Nosotros puede que tampoco.
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lunes, 19 de agosto de 2019

Santa María del Mar: la primera playa

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Vista panorámica de la playa asturiana de Santa María del Mar, en Naveces, concejo de Castrillón.
Foto tomada de El Comercio.
«Por Santa María, l’aiuga bravía, qué fredo facía». Al fondo del Alsa que nos llevaba a casi toda la familia a la playa, desde Bermúdez de Castro, en Oviedo, juraría que el ciego del Fontán iba cantando coplas, picardías y maldades. Yo estaba con los ojos borrosos por el madrugón, pero muy alertado por la novedad: viajaba por primera vez a la playa, conocería el mar. Y así fue. No recuerdo apenas la impresión del estreno, aunque podría fácilmente imaginarla. Pero no se me ha olvidado la sentencia de mi tío Manolo, con su gran cantimplora de madera colgada al costado. Al entrar en el mar se nos quedó mirando, a mi hermano el Estroleque y a mí, y poco después dio el vistobueno a nuestras dotes natatorias diciéndole a mi madre: «Os rapaciños vanche lixeiros como peixes». De la posterior comida campestre, en la verde zona elevada desde la que se divisaba completo el semicírculo de arena dorada y aguas partidas, queda un testimonio gráfico. Aparezco en cuclillas, en el centro, sujetando o tal vez apoyándome en una botella pequeña de gaseosa. Debe de ser la foto más antigua que tengo. Creo que aún no había cumplido los cuatro años. Pero conservo intacto el sabor de la sal de mi primera playa. «Por Santa María, l’aigua bravía, qué fredo facía».
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sábado, 17 de agosto de 2019

Los Muertos

Playa de Los Muertos, en el Parque Natural del Cabo de Gata (Almería).
A mitad de camino entre Agua Amarga y Carboneras.
Foto tomada de 
cabogataalmeria.com
Era la soledad. La lejanía. Y el eco novelesco del nombre. Y su temblor. Creo que allí fuimos de verdad piratas.
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viernes, 9 de agosto de 2019

Calblanque

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Calblanque y sus calas, a vista de pájaro. Entre el Mar Menor y Cartagena, Murcia.
Esta es la playa del gran abrazo. Las tortugas lo saben y han regresado. Antes que ellas, desde la otra orilla, llegaron gentes desesperadas buscando algo. Vivir mejor, lo llaman. A veces, vivir a secas. Tierra de náufragos. Y del mar la belleza sin rodeos ni ringorrangos. Calblanque es una esquina del paraíso. Si pasáis por allí —entre La Manga del Mar Menor y Cartagena—, id y comprobadlo.
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miércoles, 7 de agosto de 2019

Las Catedrales

Pancho con la playa de Augas Santas, más conocida como «Las Catedrales», al fondo.
A Devesa, Ribadeo, verano de 2009. Foto: AJR.
Al igual que para otro amigo también ido, para Pancho el mar fue siempre “desde la orilla”. Ni el agua salada le hacía mucha gracia ni el ir y venir de las olas lograban entusiasmarle, incluso diría que le daban miedo o al menos le infundían un respeto disuasorio. Pero a veces, como aquel día cerca de Ribadeo, se le veía ensimismado a orillas de la playa. Era como si el sonido de algún concierto barroco, con graves y persistentes sonidos de rocas batidas por las olas, estuviera llegando hasta su prodigioso oído. Y esa música secreta que sólo él percibía parecía transportarlo a un estado de beatitud similar al que acoge sus cenizas desde hará pronto tres años.
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lunes, 5 de agosto de 2019

Güigüi: los días salvajes

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Playa de Güi-Güi (o Guguy), en el oeste de Gran Canaria. Un lugar sólo accesible por mar
o tras una larga caminata (unas 6 horas por terrenos difíciles) desde La Aldea.
—¿Te acuerdas de los días de Güi-Güi?
—Cómo me voy a olvidar, si aún llevo sus huellas en mi espalda.
—El de la barca dijo que volvería a los dos días, pero se demoró una semana.
—Ya sabes, la hora canaria...
—Menos mal que Hari era hábil con el arpón...
—Eso decía, que se iba a pescar. Luego supe que en realidad compraba las doradas y las viejas a los pescadores.
—Licencias de juventud.
—Y aquel observatorio en lo alto del Risco, con una línea telefónica exclusiva tendida desde kilómetros de distancia.
— Y una escalera de vértigo. Aún recuerdo el miedo al subirla para hacer una llamada.
—Decían que era un observatorio de la Otán, para vigilar el tráfico atlántico.
—Y las leyendas de la isla, llenas de piratas.
—No se me olvida la cabaña de Escarlata, el único residente fijo, con su cama cubierta por un delicado mosquitero.
—También había una familia hippie, con un niña muy pequeña...
—Tendrías que contar con detalle los días de Güi-Güi...
—No sé, tal vez no den para mucho...
Y así, entretenidos con la charla y sus espejismos, terminamos de hacer, entre los dos, la cama.

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sábado, 3 de agosto de 2019

Agosto: Bolonia

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Playa de Bolonia, Cádiz. Foto: ISTOCK/National Geographic.
Sobre la gran duna de Bolonia escuchábamos con nitidez el sonido del viento en las ánforas.
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