
La catástrofe de proporciones bíblicas que ha convertido a Haití en un inmenso cementerio y un territorio devorado por el dolor vuelve, una vez más (pero cada vez es única y distinta), a enfrentarnos a la enorme fragilidad humana, a la evidencia de lo indefensos que estamos, pese a nuestra sofisticada tecnología, ante los fenómenos naturales, sean éstos fruto del mero acontecer geológico o (y también) de la alteraciones que nuestra actividad ha ido introduciendo aceleradamente en el medio.
Las espantosas cifras de muertos y afectados (que aún tardarán en concretarse) se mezclan con las insoportables imágenes del sufrimiento humano. El derrumbe de los edificios más representativos y sólidos de la capital, Puerto Príncipe (el palacio presidencial, la catedral, la universidad, las instalaciones de Naciones Unidas), no permite albergar esperanza alguna sobre la suerte que hayan podido correr los míseros poblados en que mayoritariamente sobrevivía la población de la isla caribeña.
El que estas catástrofes naturales se ceben de forma tan señalada con los espacios del planeta más pobres y carentes de todo tipo de recursos (aunque ningún rincón está a salvo, como bien sabemos) multiplica sus efectos devastadores y pone en marcha una espiral de degradación que puede resultar incontrolable. De ahí la importancia de responder de forma masiva, temprana y generosa a los reclamos de las organizaciones que están recabando ayuda para Haití.
No es hora de quedarnos con el corazón encogido y la mirada perdida, alucinados ante lo que vuelven a ver nuestros ojos, inmóviles y probablemente ya por completo escépticos, convencidos de que, en verdad, no podemos hacer nada. Es hora de actuar, de ayudar, de dedicar en la forma que cada uno crea conveniente una parte de nuestro tiempo y nuestra energía –y por supuesto de nuestro dinero– a la solidaridad con el pueblo haitiano en estos trágicos momentos. Hay que arrimar el hombro.