sábado, 31 de octubre de 2026

Las nuevas palabras de la RAE (1)

 ¿SUEÑAN LOS RATONES DE LA RAE CON BiTS DE TÉRMINOS NUEVOS?

(Un cuento eléctrico y cibernáutico, urdido mientras ojeo, con la ayuda de Per, la nueva edición del Diccionario)
Cuando Mara despertó, tuvo un déjà vu tan intenso que creyó estar atrapada en un metaverso. Su app de meditación había fallado tras un presunto ciberataque, y el autocorrector de su móvil había convertido “desayuno” en “desastre”. Hacía años que se consideraba una nativa digital, pero aquella mañana decidió resetear su vida.
Bajó al cibercafé —que ya no era un cibercafé, sino una tienda de poke y ramen— y encontró a su amiga Vera, una influencer especializada en ecoansiedad.
Vera grababa un pódcast sobre basuraleza, la basura abandonada en la naturaleza, mientras subía un post a una red social. “La turistificación ha arrasado la costa”, dijo, “y ahora hasta los cocotaxis parecen escaparates de marketing”.
Mara suspiró. Trabajaba como CEO de una pequeña empresa de inteligencia artificial generativa, aunque prefería decir simplemente que hacía IA. Su último proyecto, una docuserie interactiva sobre una macrogranja y una narcolancha, se había convertido en una pesadilla burocrática. El guion incluía un tricerátops animado, un brontosaurio con bómber y un detective que resolvía casos mediante un código QR.
—No me digas que vas a racializar el conflicto —protestó Vera—. Ya basta de discursos performativos.
—No —respondió Mara—. Quiero hablar de gordofobia, de edadismo, de codependencia y de la gente trans que sigue siendo tratada como un problema. Quiero una historia cardiosaludable, aunque el mundo no lo sea.
Se fueron en el cámper de Vera, equipado con un teleprónter para sus vídeos. Por el camino recogieron la consabida y ubicua basuraleza: botellas, redes de pesca y un cartel publicitario de una crema antiedad. Encontraron también un narcopiso abandonado, con las paredes cubiertas de grafitis y un olor a miso quemado.
En el pueblo, el mercado era un festival de reduflación: el mismo precio, menos queso; la misma caja, menos galletas. Compraron AOVE, una burrata, tostas de tomate y encargaron, para recogerlo después, un tiradito que el vendedor anunciaba —él sabría por qué— como “cardiosaludable y antiglobalización”.
Mara pidió un roibos; Vera, un vino de Rueda; y el dueño, con acento de Somontano, les ofreció un regalo de cumple anticipado porque aquella semana cumplía años su hijo.
Mientras comían, apareció Tomás, un edadista convencido de que los jóvenes no sabían nada. Llevaba una camiseta con la palabra “mantra” y defendía la economía circular con la misma pasión con la que antes defendía las multinacionales. Discutieron sobre la ecotasa, la antropización del territorio y si un fondo de armario podía considerarse sostenible.
De pronto, el móvil de Mara vibró. Era su equipo: alguien había intentado un nuevo ciberataque contra la plataforma. En la fotogalería de la empresa aparecían imágenes robadas: un hantavirus bajo microscopio, un papilomavirus, un ELA mal escrito y un bucle magnético convertido en arte abstracto. Demasiadas novedades para una sola emisión. Mara entendió que no era solo un ataque informático: alguien quería sabotear la docuserie.
—Porfa, no me digas que tenemos que volver —suplicó Vera.
—Tenemos que volver —dijo Mara—, pero no en modo pánico. En modo multijugador.
Volvieron a la ciudad. En el estudio, el equipo revisó los servidores mientras Mara dictaba notas al micro de su móvil. Descubrieron que el atacante era un antiguo empleado obsesionado con las narcolanchas y las macrogranjas, convencido de que la empresa ocultaba una conspiración. No había conspiración: solo un error de datos, una app mal configurada y, sobre todo, demasiada ecoansiedad.
La docuserie se estrenó meses después. No fue un éxito inmediato, pero generó conversaciones sobre turistificación, basuraleza, gordofobia y reduflación. Mara dejó de perseguir la perfección y aprendió a decir porfa sin culpa. Vera siguió grabando su pódcast, ahora con menos post y más silencio.
Y aquella noche, antes de dormir, Mara abrió el diccionario digital y sonrió: el idioma, como el mundo, seguía creciendo; y a veces bastaba una palabra nueva para mirar lo viejo con otros ojos.
(¿Habrá segundas partes?)

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