domingo, 18 de octubre de 2020

Sobre Woody Allen

(En voz alta). Razones que comparto (de Javier Cercas) sobre el “caso” Woody Allen. Y a las que habría que añadir la valentía y el magnífico humor de su última (por ahora) película.

jueves, 15 de octubre de 2020

De premios y poetas



(Al filo de los días). Un nuevo 15 de octubre, día de Santa Teresa. Siempre me acuerdo de una muy querida y linda amiga y, como al rebolillo (signifique lo que signifique), caigo en la cuenta de que tampoco este año me darán el premio Planeta, juas, juas, aunque quién sabe... Pero como no hay giro aludido que, además de por las cosas (como los círculos de Rilke), no pase por nosotros, aprovecho el memento para traer a colación esta ristra de pistas que darían para mucho demorarse, si uno pudiera. Al conjuro sabio y atento del amigo César Nicolás, la cadena pone en danza varios nombres y diversas obras entre las que la más pertinente es ese poema de Víctor Pérez que se inicia con la mención de Lara y luego ahonda en los demás “infantes”. A mí estas cosas, además de aliviarme la reclusión, me dan mucha alegría. Y por eso, y por lo dicho, las comparto. Disfrútenlas, disfrútense. Que ya eSTán aquí, como sierpe trepada al árbol del Edén, los frutos del otoño.

lunes, 12 de octubre de 2020

Borges y Torrente: diálogos posibles

Diálogo entre maestros, en Sevilla, septiembre 1984.
Foto (c) Juantxu Rodríguez.

—¿Y usted qué, don Jorge? ¡Está hecho todo un Boanerges!

—Me quedo nomás en Borges, don Gonçalvo. En cambio, a vos te veo, entendés, verdaderamente macanudo, con poderío.
—Psé, non me poido queixar. Mas, ¡qué carallo! ¡Estoy hecho un torrente!
—Eso, no nos quejemos, no se nos vaya a enojar la sultana.
—¡Ah, aquí la Giralda! Por esta no se preocupe, que ya le suministro yo unos buenos sahumerios de botafumeiro.
—Compostelanos, me imagino.
—De ahí mismo, y mollados en la misma agua bendita que bebió el jamelgo de Almanzor.
—Esa historia amerita relato. Acá soy todo oídos.
—Pues verá, corría el año varios lustros anterior al año mil cuando las huestes...
La charla sigue. Ya es eterna

Pistas falsas


Temo que escuches a destiempo

 o que te pille a contrapié

 el vuelo bajo de esta frase

 donde se esconde bien visible

 el humor vítreo de tus ojos

 y tu esqueleto de cristal.

 La transparencia es la paciencia:

carga con ella tu zurrón.
(Pistas falsas, II)

jueves, 8 de octubre de 2020

La vida en trámites

(Al filo de los días). Editada con el tradicional buen quehacer impresor del Sur, y en concreto de Málaga, me llega «La vida en trámites», la primera entrega poética de Amaya Martínez Morales, compuesta por 14 breves poemas —a veces, apuntes o fogonazos— que revelan, además de una muy sutil percepción de lo que pueden significar ciertos gestos cotidianos, una gran capacidad para fijar puntos de luz y sentido en el paso de los días. Entre el supermercado del amor perdido y la imposible nostalgia por la viejas cabinas telefónicas, la autora traza un itinerario breve e intenso, sutil y valiente, por algunos escenarios, actitudes, experiencias y burocracias que, en más de una ocasión, contiene un apenas susurrado grito irónico de conmovedora lucidez. Concluida la lectura y encendida la sorpresa, queda flotando una línea que es también un deseo y un augurio: «El siguiente, por favor» (p. 12).

lunes, 5 de octubre de 2020

Gladiadores


Los puntos cardinales del confín
no son los de costumbre.
De modo que es posible
que eso que ves ahí
ni siquiera esté ahí
ni en ningún lado.
Que el Dios reparta suerte.
Y tú que vendas muchos.

jueves, 1 de octubre de 2020

En romería


Ilustración © Javier Serrano, 2020 


Las caminatas de romería son muy especiales. Durante varios años, cada 15 de agosto, subíamos en familia, a veces también con amigos, las empinadas cuestas de la Cabeza de Meda hasta alcanzar la pequeña y rústica ermita de la Virgen del Monte, a la que toda la comarca de la Ribeira Sacra nogueiresa, del concello de Esgos e incluso de tierras de Aguiar, junto con los montanas gentes de San Mamede, rinden un sencillo y vistoso tributo de folclore y devoción. Desde nuestra aldea de Cerreda el camino es una no muy larga pero sí exigente ascensión, no tanto por el desnivel
—que tambièn es considerable— como por algunos tramos intrincados desprovistos de sombra y, en ocasiones, por el estado cegado de los caminos, en función de la mayor o menor dureza del último invierno. Sin olvidar, por desgracia, lo que el fuego pueda haber desbaratado y confundido en los muy frecuentes incendios estivales. Pese a todo, en mi memoria las subidas más arduas han sido también las más felices y las que recuerdo con mayor afecto y melancolía.
Destaca entre ellas una en la que mi cómplice y yo emprendimos la marcha al frente de una poblada comitiva infantil —no serían más de siete u ocho niños y niñas, pero se diría todo un revolucionado campamento— y en la que me embarqué, además, portando a hombros a mi hija de poco más de un año, de modo que el camino fue un masaje completo de cervicales y toda una demostración de amor paterno. La mayor dificultad de la marcha, no obstante, estribaba en, por así decirlo, “arrear a la ganadería”. Entiéndaseme bien: poner en marcha y conducir un pelotón de disímiles infantes, no todos convencidos de las magias y el encanto del camino y algunos incluso casi literalmente arrancados de las sombras que madres o abuelas en exceso timoratas habían sembrado sobre sus tiernos ánimos —«qué vais a hacer por esos montes, estarán los caminos cortados, lo mismo hay hasta lobos...»—, un empeño así no es nada sencillo de afrontar. Aunque tales vicisitudes suelen tener la ventaja de que hacen pasar a un segundo plano las exigencias físicas de la marcha...
De modo que, casi sin darnos cuenta, como quien dice en un suspiro, hemos superado las dos más exigentes revueltas de herradura, nos hemos parado a contemplar el dibujo, casi como un belén, de todo el valle sobre el que, una vez descorrido el telón matutino de la niebla y con la serpiente de plata del Sil al fondo, parece estar chorreando una luz recién nacida. Y con gran alegría y ojillos al fin confiados, hemos ido a beber a la pícaramente llamada fonte do ollo do cú un agua fresca y transparente. Ya sólo nos falta cruzar junto al “Marco Vello”, el hito o pedrusco casi invisible que marca viejos límites históricos, y por fin aquí estamos, al pie de la pequeña E
rmita, justo en el momento en que suenan las gaitas y el pueblo devoto se apresta a sacar en procesión la imagen —casi poco más que una muñeca grande— de la Virgen.
Lo que viene después es la fiesta, la comida campestre —la estrella es el pulpo á feira con sus ricos cachelos —, los saludos a viejos parientes, amigos y conocidos, las bromas y los recuerdos de una niñez salvaje, los bailes, las rosquillas y melindres, con un traguito o dos de licor café... Y después, claro, el regreso: otra caminata, ahora cuesta abajo, y que, si bien es mucho más llevadera, suele dar pie a curiosas pesquisas sobre el terreno, a probar nuevas rutas y, sobre todo, a seguir encontrando razones para amar un paisaje que por momentos parece poder convertirse en el escenario de todos los sueños.
(Las Caminatas, XX)

Ilustración © Javier Serrano, 2020