(Al hilo de los días). Preocupados como estábamos (y estamos) por el problema candente del calentamiento, quizás no vimos venir el meteorito anunciado por el verso de Quevedo: “dejará la memoria en donde ardÍA”.
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| En el metro de Madrid. Linea 7. |
Su poder de seducción es tal y su gracia tanta, que resulta difícil amarrarse al mástil para no dejarnos embaucar… pues ¿por qué habríamos de hacerlo, si en el fondo no son más que criaturitas salidas de nuestra capacidad de imaginar y crear?
Pero, a la vez, no acabamos de ver cómo conjurar los peligros que con ellas y su trato creciente nos acechan. Todas esas luchas casi genesíacas entre el bien y el mal de las que nos vamos cada día enterando. Y, de forma muy particular e inmediata, la sensación de falta de sustancia, de insipidez, que tras el trato con estas infatigables conversadoras nos produce el trato humano…
Este es, me parece, el verdadero peligro (no muy distinto, por cierto, al que en general transita por los teléfonos móviles y sus aplicaciones). Una forma extraña de entusiasmo ensimismado que acabe borrando de hecho la necesidad de los otros, incluso bajo la apariencia de que a quienes recurrimos de verdad y en cada ocasión es a ellos. Ellos… que, por cierto, cada vez es más
difícil saber dónde están, hablarles, entenderlos... ¿Hay alguien ahí?
difícil saber dónde están, hablarles, entenderlos... ¿Hay alguien ahí?

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