Pocas metáforas de la escritura resultan tan creíbles y al fin reconfortantes como la del tren, este convoy de palabras que se unen entre sí por lazos apenas perceptibles pero firmes y tan seguros que puedes desplazarte arriba y abajo, de un lado a otro, sin casi sentirlo —aunque a veces haya que salvar algún obstáculo, o dar algún pequeño paseo por vagones que parecen ir por otra ruta—, y volver a disfrutar de la posibilidad de mirar cómo pasa danzarín el paisaje, con qué fluida obstinación se separan y juntan infinitos los cables del tendido, cómo quedan hechizados bajo la luz cruda del verano las medianas ciudades y los mínimos pueblos, mientras es posible observar alrededor y acaso hablar con otros pasajeros que como tú y como yo van deletreando también su itinerario y esperan que cuando aparezca el rótulo del destino no tardemos en descubrir, en el andén, o a pie de página, unos ojos cómplices y unas manos seguras de sí mismas y que casi se confunden con las tuyas o las nuestras al respirar el aire inédito de un viaje que, fijaos bien, siempre está empezando y es igual de remoto que el bufido del animal de hierro que recorre tu vida y te trae hasta este confín del lugar increíble donde ahora desciendes…
jueves, 21 de julio de 2022
CONVOY
(LUN, 680)
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