Inevitablemente, sin duda porque la mente también consiste en estos hitos y funciona con estos topes, la columna que Luis García Montero, con clarísimas segundas intenciones, dedica hoy a los monos me ha traído a la memoria un episodio de los inicios de mi actividad como editor. Estábamos en pleno desarrollo de la Colección Salvat TC de Temas Clave, quizás a la altura del número 40 (principios de 1982, probablemente) y se decidió contratar a Fernando Sánchez Dragó, que tres años antes había publicado, en Hiperión, su exitosa Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España. El tema propuesto, después de analizar varios posibles, fue el de explicar el fenómeno de las “nuevas religiones”, un asunto que acordamos después de varias reuniones que el director de la colección, Jesús Campos (ya fallecido), y yo mismo mantuvimos con el entonces emergente escritor y divulgador cultural, con una presencia mediática que ya empezaba a ser destacable. Se pactaron las fechas, se firmó el contrato y nos pusimos manos a la obra. Dragó nos avanzó un índice de contenidos, al que hicimos algunas sugerencias, ya que en una colección tan extensa era preciso cuidar mucho la delimitación de asuntos tratables entre libros de materias similares o fronterizas. Al poco de iniciarse la colaboración, el escritor fue nombrado para un puesto de responsabilidad en la embajada de España en Nairobi (tal vez como agregado cultural) y continué el contacto por carta con cierta periodicidad, según el acostumbrado seguimiento de obras del que los editores rendíamos cuentas en las reuniones del Equipo de Redacción cada lunes. A partir de un determinado momento, dejé de tener noticias del avance del proyecto y cuando se acercaba la fecha límite de entrega del original —o quizás ya sobrepasada: creo que entonces los plazos solían ser más elásticos, pese a la férrea exigencia de la cita semanal con los lectores y las necesidades de coordinación con la campaña publicitaria de cada número—, tuve que enviarle un telegrama, o lo que entonces se denominaba “un cable”, tanto a su domicilio como a la sede de la embajada española en la capital keniata. Como respuesta, unos días después recibí una larga carta en la que Dragó aducía una razón que entonces me pareció novelesca: tenía ya el original casi terminado, pero hete aquí que una noche dejó abierta la ventana de su habitación, en un piso bajo, y una pandilla de simios de una floresta cercana penetró por ella y algunos de sus integrantes, presumiblemente los más “leones”, arramblaron con el mecanoscrito. Añadía el escritor que no se sentía con fuerzas ni disponía de tiempo para rehacer lo perdido y concluía su misiva sugiriendo algunos nombres de colegas que podrían encargarse del asunto, entre ellos el del antropólogo y polemista Alberto Cardín. Él fue, finalmente, el autor de Movimientos religiosos modernos, cuyo proceso de edición también dio lugar a alguna batallita. Pero quede, si acaso, para otra ocasión.
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