UN BARCO CARGADO DE PALABRAS. No hizo falta ir al puerto para verlo, ni asomarse a ningún río. Apareció en medio de la calle, y los conjurados nos limitamos a seguir su travesía.
Los Conjurados, como sabes, es un precioso poema de Borges que relaciona entre sí a personas muy diversas, separadas por el espacio y el tiempo, pero unidas por esa conjura que los hace cómplices y que conduce sus esfuerzos, siempre en la misma dirección, siempre a favor de la Humanidad. Me alegra mucho que tú estés subido a la nave de Los Conjurados.
Nada más leerlo, me ocurrió lo que después le conté:
Después de leer tu comentario, querida Maria Jesús, caigo por pura y misteriosa ‘casualidad’ en este hermoso texto de Miguel Barrero (viejo amigo astur, al que me une, entre otras cosas, la común devoción a Juan Cueto). Y gracias a él entiendo completamente y quizás de modo no menos misterioso lo que sin saberlo estaba tratando de reflejar en esos garabatos del barco de palabra, que sin duda debe de ser de filiación vikinga. Parece que, más allá de otras explicaciones, el conjuro —la fórmula de unión entre los que viajan “siempre a favor de la Humanidad”, como tan claramente escribes— funciona. Lástima que haya otros, obecados, a los que les da por ponerse (de nuevo) a bombardear Tiro.
En mi mensaje me refería a este fragmento del magnífico articulo mencionado, publicado en la revista Zenda y que puede leerse completo aquí. Miguel Barrero está describiendo la tumba de Borges en Ginebra y la extraña y reveladora cita con un desconocido que tuvo en torno a ella. Y en un momento dice:
Pero la lápida adquiere su sentido completo cuando se la rodea. En su parte trasera figuran otro relieve, esta vez el de un barco vikingo, y una nueva inscripción, ahora en un noruego arcaico, que recoge un pasaje de la Völsunga Saga: Hann tekr sverðit Gram ok leggr í meðal þeira bert, «Él toma la espada Gram y la coloca entre ellos desenvainada». La referencia no resulta ajena a los iniciados en el corpus borgeano porque remite sin margen de error al cuento «Ulrica», con el que el escritor celebró su relación con Kodama, la mujer que lo acompañó en su vejez. Ella quiso corresponder al regalo con una dedicatoria, De Ulrica a Javier Otarola, que vincula las identidades ficticias del relato con las de los amantes verdaderos. Aparece inscrita al pie de la embarcación en la que se supone que viaja el héroe fallecido, envuelto en llamas, en busca de la eternidad. En el anverso, la determinación para enfrentarse a la vida y sus designios; en el reverso, lo que sucede a la fatalidad irreversible; en el centro, la muerte, la fría piedra, ejerciendo de frontera.
| Imagen tomada del artículo citado de Miguel Barrero. |
... lo que importa no es la identidad de quienes se encaminan sin remisión hacia un destino final, sino esas palabras viejas, And ne forthedon na, que les recomiendan abandonar todo temor y afrontar aquello que no puede suceder de otra manera.Tras comentarle esto y enlazar el artículo, mi amiga María José, me dejó un nuevo y prreciso mensaje:
Querido Alfredo, es increíble. La magia existe.
Y le contesté:
Sin ninguna duda. Somos afortunados al poder verla y apreciarla. La Terra Meiga seguro que tiene algo que ver.
Y cada uno volvimos (digo yo) a nuestros asuntos y conjuras.
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