(Al hilo de los días). Decíamos ayer que Mientras dure la guerra, la última película de Alejandro Amenábar, es una obra hermosa, convincente y oportuna. Como es sabido, recrea el inicio del golpe militar que dio paso a la Guerra Civil y presta especial atención a lo ocurrido en Salamanca, y de forma expresa al comportamiento que en esos días tuvo Miguel de Unamuno, a la sazón rector de la Universidad, destituido por el gobierno de la República, tras pronunciarse a favor de los golpistas, y de inmediato enfrentado a la barbarie de estos y, en especial, al general José Millán-Astray, con el que tuvo un famoso y a menudo mal contado incidente en el Paraninfo de la Universidad.



Muy en primer plano, rozando lo sublime, está la incorporación que Kerra Elejalde hace de Unamuno, tirando —creo yo— del resorte de una completa captación de los jugos interiores vascos del personaje y poniéndolos al servicio de los más refinados tópicos, papiroflexia incluida, en el retrato del gran escritor.
Y es muy notable —y original, por la forma en que esquiva la dificultad de sucumbir bajo el peso de tantas parodias— el Franco que pone en pie Santi Prego, a la altura de trabajos memorables anteriores —Juan Diego y Echanove, entre otros, aunque Amenábar parezca ignorarlo— y lleno de matices que, a veces, incluso sugieren extrañas asociaciones. ¿No hay una cierta pose y gestualidad del propio Amenábar en ciertos primeros planos del actor? Figuraciones.
En el trasfondo narrativo de la película se impone, me parece, una idea central, de enorme calado: Franco cae en la cuenta de cuál es el sentido que debe darse a los acontecimientos cuando lee en un artículo de Unamuno una alusión a los valores cristianos de Occidente y, de súbito, tiene la revelación de convertir la guerra en una cruzada. Y en un proceso que debe durar. Ese aspecto esencial de nuestra guerra incivil fue, probablemente, junto con el decisivo apoyo nazi, la razón fundamental del éxito del bando sublevado —la coartada espiritual— y, también, el origen de su efecto pernicioso más duradero, tanto que llega a nuestros días y aún colea de forma evidente en asuntos tan vidriosos y aplazados como el de la exhumación de los restos del general.
Hay más tela que cortar en una película que, si tiene algún defecto, es el de su duración: el espectador sale con la miel del buen vino en los labios y no le hubiera importado seguir viviendo por un largo rato más en una realidad tan eficazmente ensoñada. No se dejen disuadir por los cenizos ni por los ceñudos. Vayan al cine a verla. Y a ser posible en una gran pantalla. Ah, y nos vemos en los Goya.
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