(Al paso, 28). Una sencilla calle, no muy lejos de donde pasó los últimos años de su vida, en el madrileño barrio de La Prospe (en el 140 de la calle Santa Hortensia), homenajea al grandísimo poeta y singular persona que fue —en el primer caso, que es— Claudio Rodríguez. Un tramo pequeño pero bien arbolado y aireado, en una esquina de la calle Clara del Rey, con vistas a la Avenida de América, y al pie mismo de las Torres Blancas, que asoman sus platillos voladores por encima del muro. Paso a menudo por aquí, pero el azul de esta víspera primaveral, aunque fría y clara, me ha parecido que ponía el marco adecuado al recuerdo de alguien que hizo de la palabra un canto de lucidez y respeto a la vida, su dolor, su abarcadora ternura, su irrepetible aliento. Claudio Rodríguez nos dejó un puñado de poemas inmortales. En ellos, y en nuestra memoria, sigue vivo.
(Visiones en voz alta, 🎓41). Debe de hacer unos treinta y muchos años que cayó en mis manos un libro titulado La construcción social de la realidad, obra de Peter L. Berger y Thomas Luckmann y que leí para la realización de un trabajo escolar en primero o segundo de periodismo. Creo que, después de haber estudiado con cierto ingenuo provecho alguna obra de Kant y leído con fervor entusiasta buena parte de los ensayos de Nietzsche y su enfático Zaratustra, ese libro me vacunó frente a los peligros de pensar que pueda existir algo absoluto y mostrenco, objetivo e inmutable, como a menudo se pretende al emplear la palabra “realidad”, cuando ésta es siempre no sólo algo relativo sino en proceso de creación (construcción) permanente, y siempre dentro del contexto personal y social en que nos encontremos. Este vídeo, divertido e instructivo, ejemplifica muy bien las conclusiones que extraje de la obra de Berger y Luckmann, y me parece que contiene una lección muy útil en tiempos de excesivas y reductoras simplificaciones como los que vivimos. Le agradezco a mi hermano Paco Ramos, catedrático de psicopatología de la Universidad de Salamanca, su envío.
se puede congregar todo en la misma paradoja ni hacer que lo que abisma al cielo suba. La pasión se trunca
al hablar de ella y cae en la espelunca del mortal tedio quien restaura el cisma entre el ser y el sentir. Es viejo el prisma del tiempo que ayer fue y hoy es ya nunca.
La clave del poema es el cerebro pegado al corazón. Cuerdas vocales de la memoria tensan las palabras
para arrancar de ellas el requiebro de todas estas cosas naturales que claras son también aunque macabras.
Reconstrucción de un neandertal en el Museo de Historia Natural de Londres.
Lecturas en voz alta, 60). Cada vez sabemos más cosas de nuestros primos neandertales. Y algunas, como este descubrimiento de sus facultades artísticas, vuelven también cada vez más misteriosa e intrigante su extinción. O la apariencia de tal, que ahora parece abrirse paso la hipótesis de que entre ellos y el homo sapiens pudo haber algo más que una mera coincidencia en el tiempo. Y que algo de neandertales puede que tengamos todos, y a mucha honra.
Dice uno de los investigadores citados en el reportaje que este descubrimiento supone el desmentido del relato del Génesis sobre los orígenes de la humanidad. Al margen de lo extraño, en términos estrictamente científicos, de esa afirmación (creíamos que hace ya mucho que el relato bíblico no se leía como un texto histórico), no deja de ser curioso que la relación Neandertal–Sapiens, tal como algunos paleoantropólogos la contemplan, tenga ecos bastante significativos de uno de los mitos genesíacos de mayor arraigo y perduración: el conflicto fratricida entre Caín y Abel. ¿No habrá en el trasfondo de ese relato, adánico y edénico, una cristalización simbólica de la memoria de una especie que no dudó en prescindir de otra para cultivar su propio medro?
Tal vez el Abel neandertal fuera abatido, no sabemos si voluntaria o solo colateralmente, por la quijada-arado del cainita Sapiens, que inmediatamente después lanzaría hacia el cielo su arma vital con el mismo gesto y similares resultados a los que Kubrick tan bien retrató en la famosa secuencia final de la primera parte de 2001: una odisea del espacio.
Poderosas sugerencias del amanecer del hombre. Y la mujer, que naturalmente ya estaba allí.
(Visiones en voz alta, 🌄39). Supongo que este mítico (ya sí) vídeo, junto a otros de la misma época y con similares protagonistas, estarán siendo repicados hoy a diestro y siniestro hasta formar parte de la banda sonora del triste día en curso. Fue más o menos por ese año de 1976, tal vez un año antes, en el Johnny, que él frecuentaba, o fugazmente en algún rincón del diario «Informaciones» (cuyos suplementos literarios yo coleccionaba con devoción), cuando entré en contacto con los peculiares monigotes de Forges, narigudos y gafotas, de trazo y formas amablemente redondeadas, y parlanchines ya de un lenguaje en el que no tardamos en encontrar una fuente de inspiración sin pausa de una manera traviesa, retóricamente aviesa e ingeniosamente atinada de codificar, ¡Gensanta!, el mundo. Y hasta hoy. En fin... habría tanto que contar... Pero iré de Forges a Borges, parodiando que es gerundio y con un brindis agradecido al maestro por tanta felicidad: «A mí se me hace cuento que se haya muerto el Forges:/ se habrá ido a pintarle las nubes al Gran Borde...» Buen viaje, don Antonio. Posdata: La memoria juega malas pasadas. O simplemente desbarra a su manera. Repasando dibujos del maestro, me he topado con algunas portadas de Hermano Lobo, del año 1972, que seguramente conocí en su momento. Tirando de ese hilo, he caído en la cuenta de que Forges ya era un personaje bien conocido y sus chistes objeto de conversación con mis compañeros agustinos de El Escorial, donde estuve en los años 71 y 72. Ya por entonces su peculiar lenguaje empezaba a ser imitado por quienes siempre hemos tenido afición a inventar «palabros», o incluso «idiomos batiburrillos» completos, con mezclas de las más variadas procedencias. Aún recuerdo algún ejemplo del la jerga que empleábamos en Salamanca, allá por los finales de la década de los sesenta (aunque pueda parecer mentira, ya había mundo): «(Be)Nit nisán nit, cárcar, andand tutu la nui, mantalmentón, per tutus lasesqueins, acechanz, acechanz...» Imposible hacer traducción alguna.
(Al paso, 🐾🐕25). El Parque Sin Nombre, encajonado entre las calles Nieremberg y Pantoja, es uno de esos lugares algo insulsos y en el fondo sorprendentes que uno se encuentra en espacios ganados a la avaricia urbanística. No es especialmente hermoso ni acaso tenga más valor que su cercanía. Suele (o solía) ser frecuentado por currelantes, que aprovechan los dos o tres bancos que allí hay para tomarse una pausa al aire libre y dar cuenta de sus tarteras. O por parejas y grupos de jóvenes que hacen tertulia mientras se fuman unos joints (no sé si la palabra está aún vigente: debe de hacer media vida que no la utilizo; la aprendí de mi amigo Hari). Hacía tiempo que no pasaba por allí. Pero como es un lugar que durante algunos años frecuenté con Pancho, mi perro, que hoy hubiera cumplido 17 años (murió hace uno y medio), esta mañana al volver de un recado decidí dar un rodeo y fui a visitarlo. El lugar sigue más o menos igual, tal vez un poco más abandonado, y estaba completamente vacío. La mayor novedad es que han proliferado hasta extremos casi insidiosos no tanto los grafitis (que no me suelen desagradar) como esos pintarrajeos horribles que a menudo ensucian de manera tan tosca como abusiva las esquinas de nuestras ciudades. Sin embargo, en medio de la mugre, como una excepción que fuera a la vez un imán, he visto uno de esos pequeños y expresivos dibujos o grafismos modelados que, como pistas de no sé sabe bien qué mapa o código secreto, de cuando en cuando nos salen al paso en las paredes más insospechadas. Es este que aquí muestro. Al verlo, lo he interpretado como un homenaje al viejo amigo ladrador, y he sentido que de un modo sencillo y a la vez maravilloso el paseo había sido una opción afortunada. Y me lo he tomado —qué remedio pero también qué menos— como un síntoma de eso que, a falta de otro nombre más preciso, llamamos buena suerte. Que así sea. (Y, ah, amigo Pancho, felicidades).
El universo y sus constelaciones, incluidas las mayas.
(Lecturas en voz alta, 58a). A poco que uno sienta curiosidad por aspectos del mundo que vayan más allá de la política, las pugnas deportivas, la realidad apantallada o el particular ónfalos redundante, hay que reconocer que vivir es una fiesta en la que de continuo estamos invitados a participar en realidades sorprendentes. Como lo son estos descubrimientos de arqueologías milenarias que, de un solo pero bien fundamentado vistazo, son capaces de asomarnos a toda una rama (otra más) de la literatura fantástica en su versión de mitos fundacionales que ayudan a comprender las raíces más profundas de lo que somos. Y también de dónde venimos, si pensamos, por ejemplo, en las informaciones que dan cuenta de uno de los proyectos físicos más punteros: el Experimento de Neutrinos Subterráneo Profundo, una de cuyas peculiaridades —y quiero pensar que no menor— es el afortunado hecho que por sus siglas en inglés lleve el nombre de DUNE, esa memoria.
Con estas lecturas compartidas, además de dar cuenta de cosas que me salen al paso y cuya difusión juzgo interesante, trato también de establecer mi propio itinerario de pistas fácilmente localizables en la tablilla mágica del iPhone, a fin de tenerlas a mano en la próxima «conexión». Era mi intención esta vez enlazar el sencillo pero preciso artículo que Bruno Martín, desde Chicago, escribe sobre la última y quién sabe si definitiva trampa para cazar neutrinos, pero en el tránsito se me cruzó la otra información, de modo que al final he decidido sumar las dos (véase la entrega siguiente), entre otras cosas porque creo firmemente que hay una secreta (o no tanto) red que las une. Al fin y al cabo, el rostro de Maya tiene todos los rostros y a Dune se llega por mil y un caminos.
Feliz año 4716, según el computo chino, año del Perro de Tierra.
(Lecturas en voz alta, 🎎59). Coincidiendo casi milimétricamente con la inauguración del nuevo año chino, el del Perro, la noticia del desembarco del principal inversor oriental en Mediapro, la potente cadena privada de televisión de habla española, me parece que no está siendo valorada en lo que realmente significa. Si ya la alteración casi traumática (aunque finalmente sólo un poco absurda) de los horarios de las retransmisiones de la Liga de fútbol indicaba la potencia del factor oriental como determinante en la toma de decisiones, este paso supone de hecho el reconocimiento explícito y completo de quién tiene ya el control económico y la capacidad de decidir en la conocida plataforma de entretenimiento. No creo que tarden mucho en percibirse los efectos de la novedad, aunque también pienso que a estas alturas eso no importa demasiado, ni sus consecuencias van a ser llamativas en el anestesiado y anestesiante panorama televisual en que vivimos. En todo caso, qué lejos quedan aquellos míticos programas de «Humor amarillo», en los que, gracias a los imaginativos y desternillantes guiones de Herrera y Coll, tanto nos reíamos de las trompadas y tonterías, es especial las del «Chino Cudeiro», aquel prodigio de mestizaje, sin sospechar que a la vuelta de unos añitos la estética heredada de aquellos productos, más bien descerebrados en su formato original, puede estar a punto de colonizar nuestras pantallas. Habrá que irse preparando para ver cómo el Gran Wyoming cambia sus tirantes por una bata china o incluso por una chaquetilla de cuello mao. Y para todo lo que venga después.
Lecturas en voz alta, 👨💻56). Aquí enlazo la espléndida reseña del felizmente imparable y hasta ubicuo Antonio Rivero Taravillo (ART, en sigla bien acordada) sobre un libro, al parecer, espléndido. Y es Pessoa, ese heterónimo de sí mismo en el juego infinito de los espejos interiores, el que vuelve a dar una vez más muestra de un vigor inacabable, tal vez inabarcable. No un autor, una literatura. Más aún: un mundo en el que quedarse a vivir, si vivir en el sinvivir fuera posible. Parece mentira lo que dieron de sí las horas vivas de un oscuro oficinista. Y lo que seguramente aún nos queda por ver. Pessoa: un poeta cuántico.
Sus sonetos ingleses, que es lo que la reseña comenta, le hablan de tú a tú a la lengua de Shakespeare. Y quién sabe si al propio enmascarado de Stratford-upon-Avon. Del que, en esos misteriosos vericuetos biográficos que de cuando en cuando resucitan y vuelven a plantear dudas fantasmales, ¿quién puede asegurarnos que no fuera una fulguración anticipada de la misma “persona” universal? Para el lector atento —también para el que hace lo que pueda en medio del océano: y somos muchos—, nada es descartable. Y todo tiene concomitancias a menudo increíbles por la perfección con que encajan sus bordes.
Al fin y al cabo, todo está en los libros, esa constelación que algunos llaman universo. Y en nuestra mente. Amén.
Demasïado pronto se ha hecho tarde
y no hay más cera ya que la sincera
canción del corazón, que aún quema entera la noche y su silencio. Sobre el mar de
los días que se van a su manera
flota un resto de luz iluminada
por el terco deseo y por la espada
del sueño, que es descanso y es frontera.
Pero no hay lucha ya: asentimiento
a cuanto la sorpresa —se diría
que va a cumplirse así la profecía*—
de vivir en los límites del viento
pueda ofrecerte aún. La vieja danza
que busca la quietud en su mudanza.
La ganadora de Operación Triunfo en una gala del programa. Foto José Irún.
(Lecturas en voz alta,🎤53). Este artículo de Daniel Bernabé, además de servirme para actualizar cierta terminología de la música pop (¡todavía existe tal cosa!), me ha traído la lejana y añorada capacidad de raciocinio de Juan Cueto, que entre nosotros fue, si no el primero, sí el que con mayor brillantez nos ilustró sobre algunos aspectos de la sociedad de consumo de masas, a través de sus múltiples y bien enfocadas lecturas de Barthes, Baudrillard, Toffler o Eco, con su minucioso conocimiento en primera persona de los productos culturales más novedosos y, de forma especial, con su brillante capacidad metafórica. Ráfagas de esa misma melodía me parece escuchar en este análisis de la última Operación Triunfo — que hace unos días echó el cierre en su parte «académica» para iniciar el periplo intermmable— y en la denuncia, una vez más, de ciertas imposturas socioculturales y mediáticas frente a las que la resignación parece ser la única respuesta posible. Muy recomendable, en especial para todos aquellos que estén por debajo de la cincuentena (¡ay dios misericordioso, pero qué ”tarras” que somos ya algunos para poder hablar así y que no de desplomen lo cielos!) y, en general, para quienes quieran y puedan seguir dándole al “tarro” por caminos no veniales.
(Lecturas en voz alta, 55). La necrológica parece un género periodístico fácil, pero no lo es. De hecho, dado su carácter completamente circunstancial y su condición de supuesta crónica cerrada, tiende más de una trampa que no todos los necrógrafos (si se me admite el término) logran sortear con la habilidad suficiente. Por no hablar de los peligros que supone el deslizamiento hacia alguno de los dos extremos del punto de vista que ha de adoptar el redactor: el exceso de hagiografía (el más frecuente) o la tentación del ajuste de cuentas (que también se da). Y sin olvidar el punto inerte más letal de todos: el catálogo frío, rutinario y acumulativo de hechos cortipegados de aquí y de allá, cuando no fusilados directamente de las entrañas de la wikipedia. Pues bien, todo esto es lo que evita la nota necrológica que Vicente Verdú dedica en «El país» a su amigo el escritor Andrés Berlanga, fallecido el sábado 11 de febrero. Es un texto que, en mi opinión, consigue el mejor efecto que una de estas piezas puede tener: acercarnos al fallecido de forma convincente y movernos a completar nuestro conocimiento de las razones que han hecho memorable su paso por el mundo. Un texto excelente. No se lo pierdan.
Una tras otra como si fueran sombras como si fueran olas latidos que segrega el alma a solas voces que si las nombras desaparecen, sombras de sombras, ráfagas de luz entrecortada tras cuyos bordes líquidos asoma la luz del otro lado y aún se vislumbra con la imaginación la poderosa presencia ya olvidada que todo lo transforma el dios pequeño, leve de las cosas todas sus almas, toda la memoria que en esta marejada desemboca de una tras otra tras otra palabras que dibujan y convocan lo que dicen en contra de lo que no dicen y en contra del silencio que al paso desalojan cuando regresan otra vez y otra vez y otra vez y otra y otra...