miércoles, 27 de noviembre de 2013

Palabras para La luz se calla

El poeta Pedro Tenorio durante una lectura. Foto tomada de aquí.

La presentación, en la Biblioteca "José Hierro" de Talavera, de La luz se calla, el nuevo libro de poemas de Pedro Tenorio, fue un acto emotivo y alegre. Dory Manzano, la directora del centro, creó con sus palabras de acogida un clima propicio que el editor de la obra, Santiago López Navia, alma máter de Ediciones de la Discreta, aprovechó para presentar brevemente los objetivos de su proyecto editorial (ya con un extenso catálogo), antes de subrayar la importancia poética del libro de Pedro, publicado en la «Colección Bastardilla»: «Es uno de los más importantes y estremecedores poemarios aparecidos en los últimos años», vino a decir.  En mi intervención leí un texto, del que abajo ofrezco un amplio resumen. Después, el poeta leyó una selección de poemas del libro y, como colofón, Luis Martín Gil, del grupo de rock talabricense Lobos Negros, interpretó una canción basada en textos de la obra. Con el aforo del salón ampliamente sobrepasado, el acto fue una muy agradable reunión en torno a las palabras de un libro que logra transformar en un canto de gran belleza y lucidez una experiencia dolorosa.

He aquí su primer poema.

PLANTO
  
Por sus aguas corrientes los cristales más turbios
te han conducido, amor, hasta el Atlántico.
Ni emergiéndote pude rescatarte,
ni pude detener tanto caudal
a brazadas exhaustas,
ni abrazado a tu muerte, pelo a pelo,
pude alcanzar a las estrellas blancas.

Si saltando hacia ti tras las luciérnagas
acuáticas, rotundas,
fuera a vivir contigo
la hermosa latitud que ocupas descompuesto,
la encarnada bondad con que lo invades todo,
si sintiera tu pálpito y no el mío,
me habría ido a tu lado
a acariciarte siempre.

Pero es un gesto inútil:
viviendo te recuerdo y te revivo,
y te maldigo ausente y me resigno,
porque es un gesto injusto
el tajo de tu vida.

Por sus aguas corrientes los cristales más turbios
te han conducido, hijo, hasta la muerte.
Ola a ola. Y tajamareando
puente a puente
los paisajes del río y sus riberas,
no podrás ser, amor, sino mi muerto,
sino mi ocaso y noche,
sino mi ausencia
y boca a boca desbocada de la luz.

Porque es verdad que alumbras
fundido en las estrellas,
en las corrientes aguas puras…

© Pedro Tenorio




 Extracto de la presentación

«Un poema no existe si no se oye, antes que su palabra, su silencio», escribió José Ángel Valente, en una expresión que lo vincula con la poética de Octavio Paz. Si ese poema (ese libro) se llama La luz se calla, puede que la oportunidad de traer a cuento esa cita sea aún mayor.

Dicho esto, quiero manifestar antes que nada mi alegría por estar aquí acompañando a Pedro en este acto que sé que para él tanto significa. Y también el honor que supone actuar, en cierto modo, como innecesario embajador de La luz se calla, un libro de poemas a cuyo proceso de creación, al menos en su fase final (pues tengo la impresión de que este es un libro de muy largo recorrido), he tenido la suerte de poder asistir.

Todavía deben de andar por algún disco duro malherido, o en alguna de esas memorias portátiles tan útiles que son los pendrive, la breve pero intensa correspondencia que mantuvimos sobre la obra, en diversos momentos: siempre con el asombro como respuesta por mi parte. Supongo que de algo que en alguno de esos correos electrónicos le comenté nacería la ocurrencia de Pedro de pedirme que le escribiera el prólogo, tarea tan arriesgada como comprometida, pero que llevé a cabo con la mayor aplicación que pude.

Lo que pudiera decir sobre el libro ya lo he contado en ese prólogo, y ahí está a disposición de quien tenga curiosidad. Aunque, como digo también en él, lo mejor será que el lector vaya directamente a la obra, sin intermediarios ni entretenimientos. [...] Entre las muchas definiciones que se pueden dar de la poesía, desde hace ya algún tiempo he hecho mía la que afirma que «poesía es lo que no puede decirse de otra forma», de ahí su carácter insustituible, y la inutilidad de pretender verter lo que un poema dice en otro recipiente que no sea él mismo. Pero por fortuna o porque no hay más remedio que hablar, sí cabe el comentario, la glosa, el merodeo por los alrededores. Y a eso es a lo que ahora me aplicaré, muy brevemente.

Garabatos

Garabatos de Kakfa. Imagen tomada de aquí.

Mientras trazo sobre el papel la extraña sugerencia de una frase apenas monstruosa (a jarabatos sota baraja), la grafomanía sigue imponiendo su seducción. El garabateo sensual sobre la página se convierte en un poderoso acicate y, para responder convenientemente a esa llamada, he aquí que el ojo y la mano se valen por sí solos y con su mutuo auxilio se las componen para urdir una "experiencia", de modo que el cerebro no tiene más remedio que estrujar, de la manera que cree más atinada, su poder o facultad de poner nombres, o, por mejor decir, el impulso básico por el que las neuronas son capaces de crear entre ellas mismas nexos válidos, sinapsis con sentido, aunque sea a costa de recurrir a una especie de espejo intermediario que en la mente ponga en marcha, a falta de un argumento exento o de la reflexión sobre cualquiera de los múltiples asuntos capaces de ocuparla, una vuelta consciente sobre el hecho mismo del pensar, un reflejo del proceso, creando de ese modo un intervalo o arco temporal capaz de contener al mismo tiempo la manifestación plástica de esa capacidad y una apariencia coherente de discurso, fantasma necesario, que no es ni más ni menos que este al que aquí ahora pongo punto. Y seguido. Otro día vuelvo con el cuento.

(Tiempo contado. Apunte 22 noviembre 2013; 16: 26. Ut pictura poesis...)

martes, 26 de noviembre de 2013

La luz se calla, de Pedro Tenorio, se presenta en Talavera



Presentación de la Luz se calla 
Libro de poemas de Pedro Tenorio 
Publicado por Ediciones de La Discreta

Martes, 26 de noviembre, a las 19:30

Biblioteca José Hierro 
Avenida de Toledo, 37
Talavera de la Reina

(Más detalles pulsando en la invitación)

viernes, 22 de noviembre de 2013

José Hernández, en el recuerdo



La noticia de la muerte del pintor José Hernández, leída ayer en la sección necrológica de El país, edición en papel, me produjo dos intensas emociones. La primera, la tristeza por la inesperada desaparición de un artista al que admiro y al que, hacia mediados de la década de 1980, traté ocasionalmente, de la mano de los escritores Juan Malpartida y Luis Alberto de Cuenca, buenos amigos suyos. Alguna información tenía de la enfermedad del pintor, pero desconocía su gravedad. Junto a la tristeza, también me invadió una sensación que sería de indignación si el estupor y la perplejidad no se hubieran impuesto ante una nueva evidencia de la rareza de los tiempos que vivimos. Hasta qué extremos no se habrá distorsionado, en nuestro entorno mediático, la percepción de la importancia de las cosas para que una noticia como la de la muerte de un artista de la talla de José Hernández apenas merezca un apunte apresurado, digno pero insuficiente, en una de las secciones más oscuras del principal periódico del país.

Y algo similar, por lo que pude comprobar a través de internet, ocurría en los demás medios, aunque obviamente no los vi todos. Pero los resultados que Google arrojaba al respecto me parecieron elocuentes. Y desoladores. La edición de hoy del periódico antes citado corregía en parte el injusto tratamiento (aunque más bien se podría hablar de un «error informativo»), al publicar sendos artículos, también en la sección necrológica, de Ramón Buenaventura, especialmente, y de Juan Cruz. En ellos la figura y la obra de Hernández tienen una valoración más apropiada. Pero, en todo caso, llama la atención que un pérdida de esta naturaleza no merezca estar presente donde en justicia le corresponde: al menos, en las páginas de Cultura del periódico (he podido comprobar que la edición digital sí la sitúa en esa sección, pero de forma un poco tramposa, ya que el artículo es la misma necrológica del papel).

Por fortuna, hay en la red lugares, incluida su propia página, en los que es posible rastrear datos suficientes para calibrar la importancia de la obra de un artista que se movió con soltura en diferentes terrenos de la expresión plástica, desde la pintura hasta el grabado pasando por la escenografía, el figurinismo o la ilustración, especialidades todas en las que dejó muestras de su peculiar estilo: una mezcla de pulsión fuertemente barroca y muy personalmente surrealista, heredera de la gran tradición de la pintura negra española, tan mortal y desengañada, pero poderosa también en el subrayado de las pasiones y con una gran capacidad de conmoción, tal vez porque tuvo como tema dominante la degradación de la materia, el peso raedor del tiempo. La maestría técnica que tantas veces se ha destacado en sus creaciones se alía con un mundo expresivo insobornable, doloroso, desgarrado con frecuencia, lúcido siempre.

Una vez le oí decir al pintor, en su casa de la calle de Atocha, que Leonardo tenía mucha razón al definir la pintura como «cosa mentale» y que el hecho de afrontar la realización de un cuadro equivalía al intento de desentrañar un misterio. No sé si la frase era exactamente así. Tengo recuerdos más precisos de otras conversaciones, una de ellas sobre la poesía de Rimbaud, cuya obra ilustró, o sobre su casi paisano el escritor Mohamed Chukri, al que yo había conocido por aquellos años en Tánger, ciudad natal de Hernández. Tampoco se me han olvidado, de esas charlas entre amigos, los elogios con los que el artista  ponderaba la obra del también tangerino Ángel Vázquez, en especial la novela La vida perra de Juanita Narboni, por entonces poco conocida (y hoy me temo que ya olvidada, salvo excepciones). O un libro que descubrí gracias a él: Las cosas del campo, de José Antonio Muñoz Rojas, obra que una vez vi en su estudio mezclada con sus pinturas y de la que hablaba con profunda admiración.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Bocabajeados


Así dice Elena Poniatowska, la escritora mexicana recién galardonada con el premio Cervantes, que se encuentra la población en México: «Estamos bocabajeados».
La escritora Elena Poniatowska Amor .
Foto El Universal. Tomada de aquí
El término, del que no encuentro ningún rastro en Google que no sea mexicano (y la mayoría son repiqueteos de estas declaraciones), me parece de una precisión estremecedora. Y digno de ser elevado a viñeta de El Roto para aplicarlo, acompañado de uno de sus apuntes neogoyescos, a nuestra propia situación de país y sociedad en pleno proceso de desmoronamiento. 

Una circunstancia tan extrema, que a menudo suele llevarnos más allá de la perplejidad. Hasta el punto de que, entre otras cosas, ya empezamos a quedarnos sin palabras capaces de contener una realidad que se nos escapa por todas las costuras del idioma. Sobre todo, si tenemos en cuenta el minucioso vaciado a que las palabras más comunes están siendo sometidas a diario por los bocabajeadores de turno.

Por otro lado, en esa misma entrevista Poniatowska demuestra poseer un sentido del humor de marcado cariz poético y, como quien no quiere la cosa, compone en una de sus respuestas esta especie de haiku libérrimo e inspirado:

Yo ya tengo 81 años.
El que viene 82.
Ocho para los 90.
Soy un pollito.

martes, 19 de noviembre de 2013

Palabras como actos

El escritor Gonzalo Hidalgo Bayal. Foto tomada de aquí.

Estaba uno a la espera de la llegada a las librerías de la última novela de Hidalgo Bayal (alguien lo llamó una vez «el Nabokov extremeño»: qué más quisiera el ruso-americano), cuando en el blog de su amigo y sin embargo fiel lector, el poeta Álvaro Valverde, leo este largo y bien detallado elogio, del que, nada más disfrutarlo, ya está uno a punto de comenzar a arrepentirse (de leerlo), porque nos va a privar del placer de descubrir, en primera persona (uno o yo, tanto monta) y dulcemente noqueado, algunas de las perlas escondidas en la prosa consciente y viva, con tantas palabras en estado de gracia, de un novelista único, no diré ni mejor ni peor que otros porque no hay nada más odioso que poner en orden la nómina de los dioses tutelares, pero sobre todo im-pres-cin-di-ble. Tanto que no tengo más remedio que dejar aquí estas líneas para bajar hasta la calle del Cardenal Silíceo de este barrio madrileño de La Prospe, que el escritor frecuenta (quién sabe si al encuentro del gran maestro y amigo), a ver si ha llegado ya a los estantes de El Buscón la buena nueva. La sed de sal es insaciable. En otro sentido, puramente lúdico, ya dejamos constancia reversible aquí de ello. Pero bien me sé yo (la más visible máscara de uno) dónde mana la fuente que, si no la sacia, la alimenta hasta hacerla infinita. Y, finalmente, la calma avivándola. Así que ya callo. Y corro.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Recuento sin quien

El escritor Luis Goytisolo. Foto: EFE.

¿Quién me privó de los verdes de mayo hasta el mar? La duda, tal vez lamentación, puede que con melancolía pero sin ninguna nostalgia, se enciende en mi cabeza al escuchar que le han dado el premio nacional de las Letras (¿de todas?) a Luis Goytisolo, el benjamín de una saga de escritores realmente prodigiosa. Sería este, el de los Goytisolo, un hilo del que habría mucho que tirar, pero quede para otra ocasión. Junto al imperioso y volátil deseo de recuperar la lectura completa de Antagonía, uno de esos empeños literarios tan descomunales que si uno lo lleva al monte de su impiedad de lector es difícil que le vuelva a ver el pelo, el hecho concreto al que la noticia me conduce es a un episodio de mi vida, sin duda insignificante, aunque no más que otros o tal vez como todos: puro pasto de la corriente letal de las horas, hasta que un canto de sirena los saca del montón de las criaturas apiñadas en los arrabales del tiempo. 

En este caso, el recuerdo me lleva al cuarto más grande, el de los tres balcones, de Bolsa 3, aquí en Madrid, la antigua pensión reconvertida en piso de estudiantes donde vivo con mi novia de entonces y algunos amigos más. Y me deja ante el preciso momento en el que le estoy dando a alguien mi ejemplar de Los verdes de mayo hasta el mar, una novela de Luis Goytisolo que acabo de leer y que le he recomendado a esa persona con gran entusiasmo, o con entusiasmo a secas, nunca -de eso sí estoy seguro- de forma indiferente.
 Y es el caso que puedo precisar (¿inventar?) con fácil claridad muchos detalles de la escena, la disposición de los muebles de la habitación, el contenido de alguno de los armarios, incluso lo que hay en las otras estancias de la casa... Y hasta el tipo de luz que penetra en ese momento por los balcones abiertos a un mediodía soleado de tal vez el mes de junio, aunque aquí puede que pese más el imán de los nombres contiguos que la precisión del calendario. 

Siento incluso que me resultaría sencillo verme por dentro en ese instante. Quiero decir que sería capaz de hacer  recuento de lo que siente el jovenzuelo que está entregando el libro, cuál es el vínculo principal que lo une con aquel acto, o cómo piensa que va a repercutir en su vida. Y, si levanto un poco la mirada, además de enfrentarme con unos ojos que aún son en parte los míos, llego a tener al alcance del recuerdo aspectos muy concretos de su existencia, su complicada relación sentimental, el hastío que le van produciendo unos estudios que había empezado con cierta ilusión, los vericuetos entre grotescos y admirables por los que se ha ido deslizando la convivencia de dos viejos amigos en un espacio comunal invadido de pronto por presencias no esperadas, o el inmenso futuro que ingenuamente se abría ante él y contra el cual el destierro militar (la "mili") aparecía como una frontera casi insalvable, además de completamente odiosa. 

Así que, sacudido por el gong de una noticia, me resulta sencillo dejarme llevar por la reverberaciones de la memoria y, con solo fijar un poco la atención, puedo discernir toda la amalgama de presencias, objetos, situaciones, estados de ánimo y expectativas que confluyen y se anudan en el preciso instante en el que estoy extendiendo la mano hacia alguien para prestarle mi ejemplar de un libro del que desde entonces no he vuelto a tener noticia. Lo cual, a estas alturas, y salvo por lo que pueda haber de solidaridad emocional retrospectiva con aquel que un día fui, y al que sí le hubiera importado, y mucho, la pérdida de un libro, no me produce especial emoción. O por lo menos nada comparable al desconcierto o más bien rara tristeza que me causa poder recordar (¿inventar?) todo esto, pero en cambio ser por completo incapaz de ponerle rostro, cuerpo y mucho menos nombre al amigo, conocido o tal vez "colega" (entonces esta palabra empezaba a ponerse de moda) que desde aquel instante y tal vez para siempre me privó de los verdes de mayo hasta el mar.

(Tiempo contado, apunte de 15 noviembre 2013, 10:28)


«Las palabras permanecen», afirma el lema del escudo que adorna los azulejos de cerámica de Talavera de la madrileña calle de la Bolsa, firmados por A. Ruiz de Luna y Artesanía Talaverana. La frase parece resumir (o llevarle la contraria, quién sabe) al proverbio latino que dice: Verba volant, scripta manent, lo que viene a querer decir algo así como que las palabras vuelan, pero los escritos permanecen.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Amo idioma (2)



Dulce lengua que besa mis palabras
y aún viene a visitarme pola noite,
árbol que en todo tiempo da su sombra
de encina milenaria y castiñeiro.
Yo sé bien que el idioma es una cárcel
de cristal y el espejo en que me miro.
Mas también la liana salvadora
que sostiene mis días y me libra
del abismo, del frío, del misterio
de no saber qué, cuándo, dónde, cómo...
pero poder decirlo, olerlo, airearlo,
hasta aprender, al vuelo de sus ramas
y entre las cicatrices de su tronco,
otra forma invencible de callar.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Legítima defensa


   Te veo pasar por la avenida mientras
   la luz  envuelve en celofán el día.
   Bajo la lluvia, tu mirada es fría,
   como bala de plata, y cenicienta.

   Sigo tus pasos con sigilo, observo
   tus ademanes de asesina nata,
   el rictus clandestino de quien mata
   sin perder la dulzura de su gesto.

   Te has parado ante el gran escaparate
   y buscas en tu bolso. Al fin me has visto.
   Tu arma está apuntando contra mí.

   Fui más veloz. Nadie podrá culparme.
   Junto al tuyo está el cuerpo del delito:
   tu peligrosa… barra de carmín.


   Ilustración: «El simple arte del crimen, de Raymond Chandler, 
    maestro de la novela negra» (tomada de aquí).

Rescatado de los arcones de la Posada. 
Primera publicación: 24/09/2009 19:24.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Dejen paso


A mi tocayo Pérez Rubalcaba, al que Felipe González acaba de jubilar con un elogio envenenado (que la «mejor cabeza política que tenemos en España» carezca de liderazgo es en verdad llamativo), se le presenta este fin de semana, en la Conferencia Política del PSOE, una nueva oportunidad de dar ejemplo. Ya la tuvo en el debate del estado de la nación, cuando Rajoy difícilmente hubiera podido soportar un envite que propusiera el autoapartamiento como un camino transitable (o, de haberlo hecho, hubiera sido con un coste político mucho mayor). Y vuelve a tenerla ahora, cuando la desmoralización del país y el descrédito de la política han seguido tocando unos fondos que ya empiezan a parecer algo más que subterráneos. El líder socialista debería tener el valor de saber despedirse. Pero junto con la suya, la retirada a un segundo plano sería deseable que incluyera a toda una amplia nómina de miembros del partido que han demostrado carecer de algo que ahora es más necesario que nunca: la capacidad de avivar un indicio, por mínimo que sea, de que la pesadumbre que nos oprime cada vez más tiene algún remedio. Parece evidente que el Partido Socialista está muy lejos de poder volver a ser un catalizador de entusiasmos y pragmatismos, como ocurrió el 28 de octubre de 1982. Pero el desastre que se nos está viniendo encima es de tal magnitud, que va a resultar muy difícil salir de esta pesadilla enquistada sin contar con una alternativa creíble (aunque haya que hacer un acto de fe muy grande) y capaz de poner freno a las devastadoras galopadas que se adivinan en el horizonte. Vivimos una situación de emergencia. Por favor, no se atrincheren tras la puerta en ruinas. Sean sensatos y dejen paso.


Imagen: No es la calle Ferraz, sino el famoso paso de peatones de Abbey Road.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Severo revés


Al volver sobre sus pasos, se le fue borrando la sonrisa, después la boca, enseguida la nariz, los pómulos, la línea de las cejas... Llegó al fondo de la pista casi a la vez que al borde de sí mismo. Sintió que se asomaba al interior de sus ojos y que su última mirada iba a quedar reclusa de aquel abismo, como un puñado de nieve dentro de una bola de acero. Los veloces pensamientos del tenista, suspendidos en la cámara lenta del ojo de halcón, no parecían aportarle la agilidad suficiente para devolver con fuerza aquella pelota endiablada, nacida del famoso revés de su rival. Pero el mero hecho de pensarlos le ayudó a imaginar la trayectoria posible del próximo golpe. De modo que, con un giro de muñeca digno de un verdadero maestro del guiñol, sostuvo su esfuerzo un poco más allá de lo esperado. La pelota, tras dudar sobre el filo de la cinta blanca, cayó muerta al otro lado de la red. 

******
«Así que tú verás qué haces ahora con ella, hipócrita lector», dijo una voz a sus espaldas. Porque, llegados a este punto, para combatir la funesta costumbre de que todo sea gratis, tendrás que trabajar un poco, digo yo. «No lo va a poner todo él», dice la voz. Y yo te digo: si quieres que el relato (o lo que sea) tenga un remate, debes eligir un final acorde con tus expectativas y con las decisiones que hayas ido tomando en las zonas ambiguas, que te aseguro que son casi todas. He aquí algunas opciones, aparte de las que tú mismo puedas aportar, incluido el respetable pero fastidioso encogerse de hombros o, por qué no, la mirada aviesa. Cualquier cosa menos el estupro paralizante. Veamos:
a) El tenista aún fue capaz de jalear el punto decisivo, antes de esfumarse.
b) No estoy seguro de que este cuento sea algo inventado.
c) «¡Severo revés! ¡Severo revés! Para severo revés el que te ha dado la última línea antes de las respuestas, majadero», dice la voz.
Y vuelta a empezar. Digo yo.



Imagen: Reflejos en el ojo de un halcón, tomada de wikipedia.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Humo



La escritura se parece mucho al humo:
a veces es lo único visible
de un fuego consumido en otra parte.

Es también la leyenda
que cruza las praderas del Oeste
y guía las manadas de bisontes
hacia el cuarto cerrado de los niños,
siempre en sesión continua.

La escritura es el cuenco de una tarde de lluvia
y el recuerdo sellado de la antigua inocencia.

Su rastro es como el humo de los barcos,
los lentos titubeos de aquellas nobles máquinas
movidas a vapor
que escribían mensajes imposibles
entre el cielo y el agua.

Diminuto navío cruzando los fiordos
bajo los espejismos del sol de medianoche,
la escritura navega intermitente
entre brumas y fuegos de Santelmo
al hilo de la vida que pasa cada día
con su fardo de imágenes
lavadas por la luz
y la memoria.

Y al igual que la vida,
la escritura concluye su viaje
en el lugar remoto
donde no se aventura ningún pájaro
y sólo son reales los  escollos de espuma congelada,
los blancos remolinos
que inundan las orillas del poema
y humedecen el fuego de cada atardecer
hasta perderse
en el vasto dominio de lo intacto
donde viven las voces nunca dichas
y algunas raras perlas cosechadas,
como quería el poeta,
sobre el hocico mismo de cada tempestad.

Escribir es vivir: el mismo juego,
la misma levedad,
el mismo incendio…
Y tal vez, al final,
humo tan solo.

Imagen: Atardecer en Mikonos. Foto tomada del blog Tertulia Atril.

Rescate de los arcones. Primera publicación: 29/10/2009; 19:33

viernes, 1 de noviembre de 2013

Cantos rodados

Reflejos de agua y piedra, en el alto Manzanares. © AJR, sept 2013


Nada queda sin nombre
(Naquesune)

*

Láminas negras enmarcan la inocencia del atardecer en el fondo del valle o en el fondo de un vaso
(Nequesune)

*

Entre nosotros tronco se extiende un hilo de seda que aún gotea
(Niquesune)

*

Ahora hay bajo los álamos sombras que recuerdan los días de la bomba
(Noquesune)

*

Pisadas como músicas perdidas en la hierba
(Nuquesune)

*

Y en los bancos del parque hay zombis que consultan su saldo de vidas en el iPhone
(Naquesune)

jueves, 31 de octubre de 2013

ManoLou, por puro Placer


Que Lou Reed y Manolo Escobar, o Manolo Escobar y Lou Reed, hayan cruzado al otro lado con escasos días de diferencia es, naturalmente, una casualidad. Hechos fortuitos que se ordenan en el tiempo sin que su proximidad signifique nada. Vale. Pero, una vez ocurrido, ese azar puede que se apodere, poderosa y acaso significativamente, de la curiosidad del que cae en la cuenta de que, en su percepción del mundo de la música, difícilmente podría encontrar dos ejemplos de artistas en apariencia más distantes. Lou Reed, el lado oscuro; Manolo Escobar, el lado tópico. Sexo, drogas y rock and roll frente a besos, coplas y guitarreos. En todo caso, antagonismo. Y sin embargo, puestos juntos por la fatal coincidencia en una misma balanza, ¿por qué, a estas alturas, nos invade (no me ha ocurrido a mí sólo) la sensación de que pesan lo mismo, de que las diferencias entre estas dos sensibilidades (o almas, si lo vemos desde el lado psicostásico egipcio), no solamente no son irreductibles, sino que hay un espacio nada chirriante que puede contenerlas a ambas? Intuición tan oscura quedaría en una mera extravagancia de no mediar el vídeo de Albert Pla que he dejado arriba: la genial versión del tópico que hizo de Lou Reed el paseante por excelencia del lado oscuro permite vislumbrar, desde la perspectiva de un fresquísimo humor, algo así como las huellas de las ruedas del carro que Manolo Escobar (o su personaje, más bien) estuvo buscando durante media vida. Que también ha sido la nuestra.

 

(Por mero azar, de nuevo, llegué al Youtube de Albert Pla a través de un comentario de Al59 en su Twitter, que yo leí en su blog. Quede constancia,) 


miércoles, 30 de octubre de 2013

B*nb*ry


«Todo ha cambiado, nada es como habíamos imaginado», proclama Bunbury en este canto de despertar,
rítmico y poderoso. 
Parecen lúcidas y son muy oportunas 
las palabras de los viejos héroes del silencio.

martes, 29 de octubre de 2013

Tiempo cortado

MC Escher, Cinta de Moebius II (1963)
Abruma pensar en los libros que quedan por leer. Y aunque no lo pensemos, hay una tristeza infinita manando de los libros que no leeremos nunca. Tantas citas volando por el aire como cintas de colores, nubes en blanco y negro, o pájaros, o cometas que te pueden transportar a otros mundos, «otros ámbitos», sugerencias de frases enlazadas como eslabones de una cadena que a veces es ya tu secuencia de adn, tu adán interior e imaginario, el origen del que te crees que vienes y el sueño que vuelve para darte una clave olvidada del caos de tu vida, de la atmósfera en la que tu piel se abre como una fruta y sientes que las gotas de lluvia, con su sonido hondo, son perfectas en su humildad y en su infinita misericordia. Rezos paganos, trazos viejos de la canción y deseos que corren por tus nervios como hormigas gigantes por los mecanos de la realidad, a punto de desvanecerse si dejas de nombrarlos, y a punto de que caiga la noche o de que por fin empiece la música. Y respiras. Detienes el pulso de esta correría que no es escritura automática, pero sí tal vez escritura-señuelo, aquella en la que uno corre detrás de una señal precisa y contundente, pero en el fondo efímera, inasible, gato encerrado en su limbo cuántico, del que nunca sabrás si aún respira o es solo la aureola que segregan tus células al sentirse alarmadas cuando, entre todas las demás inquietudes, se abre paso el sabor de la derrota que, sin embargo, no enturbia la fresca sensación de la carne puesta a prueba en una nueva evidencia del milagro de vivir.


(Tiempo contado, 14 abril 2012, sábado, 16:41)

miércoles, 23 de octubre de 2013

Amo idioma

Ramón Gaya, Omaggio a los Machiaioli (1989).

Dame, memoria,
el nombre de las cosas
o al menos una seña
de identidad 
                        o algo
que me traiga a la boca
un poco de la miel
del mundo 
                       y una gota
de asombro
                       y el sonido
del agua.

Se tú la fuente manantial, 
la lluvia
que lava el día
                       y riega 
los surcos de la sangre
y hace brillar los signos
de unas pocas palabras 
                       aún capaces
de dibujar
en la dura corteza del tiempo
el vuelo 
de la luz.

Amo idioma, en tu espejo
está la imagen clara
de lo que soy. Y todo
lo que no soy. La sombra
de los nombres
y el fuego contra el frío.

viernes, 18 de octubre de 2013

En venta (juego barroco)


Por no poderlo atender,
se traspasa laberinto 
de letras* en buen estado.
Sepan los interesados
(cuatro o cinco)
que tan solo puede ser
una aventura,
si es que no es una locura, 
como dice el enlosado
de huellas rojas urdido
y un poco desordenado.
Mas si al fin todo en la cancha 
se quedara así teñido,
yo les juro que no mancha.
Aunque de allí mesmo es
y tiene cabeza y pies.

*Estéquedon


E       S       T       E       Q       U       E       D
T       O       J       I        U       Q       N       O
Q       U       E      E       R       A       D        E
A       Í        B       A       S       O       N       E
U       C       N       U       O       N       I        V
E       R       O       B       I        E       N       C
D       A       S       U        S       A       N      G
E       L       O       D       I        T       R       U
A      H        S       A       R      T       E        R
B       E       R       L       O        H     E      R
A      B       E       Z        A        A       L      M
C      A       L       N       E       O        D        I
Q      O      U       R        T       S        N        O
U      E      É         L        V        E        Í         A


Teseo y el Minotauro, del Maestro dei Cassoni Campana (hacia 1510).
Arriba, detalle del cuadro.
Museo del Petit Palais, Avignon.


Pista 1 = Cap. XXXVI errado  *  P2 = 1243568791012111314 * P3 = imágenes pistas falsas.

jueves, 17 de octubre de 2013

La vía láctea


En la plaza del pueblo, mientras se acerca la hora del mediodía, las madres jóvenes se reúnen con sus niños de pecho para amamantarlos en grupo. Se trata de un programa de fomento de la lactancia materna promovido por el estamento oficial pertinente y apoyado por alguna entidad bancaria (no es difícil sospechar con qué futuros intereses de crecimiento). Las madres jóvenes, acaso una veintena, se sientan en los bancos que quedan a resguardo del sol bajo una sencilla pérgola cubierta de ramajes y frente a la gran iglesia neoclásica. Tienen detrás de ellas una pancarta que explica el sentido de la reunión, sin duda un subrayado innecesario. Hay un revuelo de cochecitos, de ropajes que se remueven, de cuerpos que se acomodan en busca de la mejor postura. Toda la escena queda suspendida en el aire y se llena de luz cuando van emergiendo, redondos, tersos, lunares, los senos nutritivos. En los bancos de enfrente, junto al arrobado testigo ocasional, docena y media de ancianos vivarachos contemplan, quién sabe si aún golosos, el precioso rito con el que la especie humana renueva su fidelidad de clase a los mamíferos. La milenaria ternura de la vía láctea.




Primera publicación: 5/06/2009 - 21:27

Los años van pasando y este blog alcanza ya las 500 entradas. A partir de hoy, ocasionalmente rescataré de los arcones de la Posada algunas de las ya publicados para darles una segunda oportunidad. Indicaré siempre la circunstancia de la primera publicación. Este apunte o viñeta lo escribí tras contemplar la escena que se describe, en el pueblo toledano de Sonseca, un día de finales de mayo de hace cuatro años. No me atreví a sacar una foto, pero la búsqueda en la red fue fructífera: la imagen de Fernando Blanco reproducía con gran fidelidad lo que había visto.

lunes, 14 de octubre de 2013

La cal


Cuando yo era niña, todos los veranos se jalbegaban las paredes. Recuerdo los preparativos de los cubos  y los escobones, las ropas viejas y los trapos usados que servirían para que tan laboriosa tarea pudiera realizarse sin ponerlo todo perdido. Y me acuerdo, sobre todo, de la blancura desparramada a brochazos sobre los muros ásperos, del milagro de aquella masa espesa que sabía arrancarle a la luz un fulgor nuevecito. A veces pienso que lo que en mí aún sigue vivo lo está gracias a aquel deslumbramiento. Cal viva. Cuando oigo estas dos palabras me estremezco. Pero no por lo que ustedes, tan vivos, quizás estén pensando. Sino solo porque lo único que me mantiene unida a este mundo es el gesto de esa mujer que cada año, cuando va a comenzar el verano, viene y jalbega mi sepultura. Y luego renueva las flores.


 Foto, by Pepe Gutiérrez
Publicada con permiso del autor.

jueves, 10 de octubre de 2013

Lluvia necesaria



¡A la calle! (Y ella cala)

Progresa, pero muy lentamente, el otoño. Quizás no sea el que corresponda. Hay algo en el aire que nos dice que caminamos, de nuevo, hacia un retorno de la estación deshojada del 74, del 75, quizás del 76. De otro siglo hablo.

Tiempos duros aquellos, pero llenos de esperanza. 
Tal vez lo que pasara fuera sólo que éramos muy jóvenes.
Aunque aún no sabíamos, con toda su crudeza,
qué necesaria iba a ser de verdad la lluvia.

Por eso, otros cuarenta años después (¡se dice pronto!), seguimos cantando. Para que llueva.

[AJR, 6:17; Palíndromos ilustrados, XXX]

martes, 8 de octubre de 2013

El «crítico» Montoro


Habló Montoro, el Cítrico, de cine.
Dictó sentencia con su vocezuela:
«Nuestras pelis son malas, no hay escuela
de calidad, no venden». Qué alucine
que sea él, ¡Montoro!, el que maquine
y se sume a la vieja cantinela
de que el cine español es la secuela
de la ibérica caspa. Y lo arruïne.
Montoro, el de la voz que pierde aceite
(por lo untuosa lo digo), el que decía
que la cultura es solo diversión,
hete aquí que hoy encuentra su deleite
en vengarse del cine, «A sangre fría»,
mientras financia «La gran evasión».

lunes, 30 de septiembre de 2013

Carretera y mantra

Laderas del volcán San Antonio, La Palma. © AJR, enero 2013.     

Si no hay nada que contar,
no cuentes nada.
Dale tu espacio al silencio
y luego calla.

Si no hay nada que ca(n)tar
no ca(n)tes nada.
Dale tu lengua al silencio
y luego calla.

Si no hay nada que fingir,
no finjas nada.
Dale la vuelta al silencio:
al aleli lolulo lile lala.
Y calla.




(Hojas y palinendecasílabo)



jueves, 26 de septiembre de 2013

Primicias del temblor

Por aquello de los horarios de esta Posada (privilegios y dependencias del «albergue a cualquier hora»), pude enterarme de la eliminación de Bin Laden casi media hora antes de que el presidente Obama se dirigiera a su país a través de la televisión para anunciarla de forma oficial.

La ejecución de Bin Laden seguida en directo desde la Casa Blanca.

Un flash urgente parpadeando en la página de elpais.com me puso en la pista de la noticia, tal vez a eso de las 4,30 mam de la madrugada (mam = "más o menos"). La búsqueda en Google con la frase «Bin Laden ha muerto» arrojaba ya a esas horas cientos de resultados, entre ellos las webs de varios periódicos estadounidenses. Pude ver los titulares del New York Times y el Washington Post, que en sus informaciones de alcance ya daban detalles acerca del lugar donde el jefe de Al Qaeda («La Base», no se olvide) había sido abatido.

Cierto espíritu áspero periodístico, alguna vez sentido en carne propia (en especial, un sábado de gloria, y también durante varias semanas de mediados de 1989), pero mucho más experimentado a través de películas como Luna de papel (y su remake, Primera plana) o Todo los hombres del presidente, sin olvidar ejemplos más cercanos como Buenas noches, y buena suerte...; en fin, algo así como una sensación de estar asistiendo a un "instante real" me cosquilleó en el estómago ante la gravedad de la ocasión: ese temblor que todo profesional que se precie debe sentir ante la cercanía de la primicia. Aunque no se me escapa que, en este mundo global de información que ha hecho posible Internet y todos sus adminículos (ese es el viejo nombre de lo que ahora se llaman Apps), la novedad ya es algo muy diferente.

De hecho, la primicia de esta noticia la dio, sin saberlo, su temblor. Vecinos de la casa donde se estaba produciendo el asalto definitivo, ante el movimiento de helicópteros y la presencia de grandes luminarias, comentaron en las redes sociales su extrañeza ante lo que todavía no sabían qué era, pero sin duda prometía ser algo «muy gordo». No cabe descartar la posibilidad de que el propio Bin Laden se hubiera enterado de su aciago destino inminente a través de un aviso de urgencia en su cuenta de Twitter..., si es que el jefe alqaedista frecuentaba esa red (que supongo que sí).

(Tiempo contado, madrugada de 1 al 2 de mayo de 2011)