martes, 9 de febrero de 2010

Grullas


Junto al gran río helado
vuelan también las grullas
en triángulo perfecto
y por las noches
el sueño de las plantas trepadoras
guarda el alma del mundo
en una inmensa urna de cristal
que nadie ha visto.


Dibujo © Jesús Muñoz

lunes, 1 de febrero de 2010

Avatar: te veo, te veo, tebeo...


Cuando el niño era niño (habla el que escribe) podía quedarse a vivir toda una tarde en la viñeta de un tebeo. Recuerdo, por ejemplo, aquella serie de Tamar, nunca de nuevo vista (salvo en la red) y por ello agigantada en la memoria, ya puro mito. Eran historias de un personaje claramente inspirado en Tarzán de los Monos y por tanto ambientadas en la selva. A todas luces, una variante pobre y autóctona del personaje de Edgar Rice Burroughs.
Las viñetas de Tamar recreaban parajes de la jungla, una maraña de lianas, plantas trepadoras, arbustos espinosos y animales salvajes. Pese a que los dibujos (excepto en la portada) eran en blanco y negro, las sugerencias de un escenario exótico y la sed de aventuras bastaban para disparar la imaginación, y cada pequeño recuadro cobraba vida y se transformaba en un escenario tan real al menos como la misteriosa alameda que se extendía entre el confín de la ciudad y el río, nuestro espacio predilecto para los juegos, incluidos los prohibidos, de la tarde del jueves.
El otro día en el cine, cuando la película Avatar enfilaba el final, y la heroína del mundo amenazado consentía la máxima cercanía al intruso perplejo, detrás de mi gafas tridimensionales sentí una sensación muy parecida: uno se podría quedar a vivir en ese mundo recreado con tal minuciosidad que más que resultarnos hiperreal parece que estuviera dentro de nosotros. La impresión se reforzó verbalmente cuando la muchacha pandórica pronunció las que tal vez sean las palabras clave de la película (no en vano ocupan un lugar destacado en la banda sonora): «Te veo, te veo» (I see you, I see you).
Las palabras de Naytiri, la heroína de los Na’vi, aluden a la revelación del conocimiento, puede que también al poder transformante del amor. Pero como el 3D de momento no permite distinguir ortografías, en mi interior resonaron como un «tebeo, tebeo» de clara evocación, punto crucial en el que caí en la cuenta de que quien estaba allí sentado, asombrado por tanto despliegue técnico, no se diferenciaba esencialmente del niño que algunos años atrás soñaba entre viñetas…
No sé si Avatar está llamada a convertirse en un hito del arte cinematográfico, con un papel similar al que en su momento desempeñaron 2001, la saga de Star Wars, Blade Runner o Matrix, por citar ejemplos destacados de filmes que marcaron, en diversas décadas y en variados sentidos, una raya en el agua de algunos géneros del arte visual por excelencia.
Mi primera impresión, tras contemplar la versión en 3D (que aquí sí que es una opción más que recomendable), es que se trata de un prodigioso tebeo dibujado con un despliegue técnico hasta ahora inédito (al menos en su complejidad: qué lejos queda aquel The Dark Crystal que en 1982 ya mezclaba actores de carne y hueso y dibujo animado), y cuya principal aportación es la de mostrarnos (quizás enseñarnos), mediante un relato mágico, en apariencia sencillo e incluso predecible, un nuevo modo no sólo de mirar sino de ver.
Curiosamente, esa originalidad del filme, hecha posible merced a avances técnicos de una refinadísima elaboración y síntesis, desde el punto de vista temático es también una fusión de motivos recurrentes, incluso con citas más o menos explícitas de obras precedentes (y no sólo fílmicas, sino del imaginario cultural colectivo), puesta al servicio de una historia que reflexiona de forma épica sobre la relación de los humanos con la naturaleza. Parece clara la intención primordial de poner el acento en los desastres derivados del uso puramente mercantil de los recursos naturales, en lo que sin duda puede considerarse un alegato ecologista. O, si se quiere, en lo profundamente equivocado del camino seguido por la civilización humana en sus tratos con la naturaleza.
Precisamente, la forma tan sofisticada, artificiosa, pero también osadamente artística, en que es recreada la naturaleza, concebida como un inmensa red de vida consciente aquí (el Árbol Madre) y más allá del más allá (el Árbol de las Almas), alcanza su mayor poder en la medida en que de continuo nos invita (casi nos obliga) a hacer un esfuerzo visual para profundizar en una reflexión que nos lleve hacia el espacio interior de la conciencia y así percatarnos de que es en ella, desde ella, donde únicamente puede surgir el impulso decisivo capaz de hacer posible que los avatares de la historia humana encuentren el camino hacia una vida más plena y más justa. En este sentido, la película es un algo ingenuo pero muy consciente recuerdo de que es preciso restaurar o reinventar un modo diferente de estar en el mundo.
La principal pega, a mi juicio, es que la historia, además de ser previsible, se demora gratuitamente [o no tanto: hay un público, quizás el principal destinatario comercial de la obra, que ha crecido a golpe de videojuegos; yo me quedé en los espejos cortantes y las pócimas del Príncipe de Persia] y se empeña en rizar el rizo de su ingeniería de efectos especiales hasta agotar, no sólo todo resquicio funcional de sus máquinas clónicas, sino la paciencia del que mira. Bastante antes de que llegue el final, la atención apenas puede permanecer fija en la pantalla y el espectador se entretiene contemplando el espectáculo del patio de butacas hasta advertir (¡no estamos solos!) que tras los lentes coloridos puede que haya algunas lágrimas no precisamente de emoción. Hay llantos que son también fruto de la fatiga o una forma de bostezo.
En resumidas cuentas, he de agradecerle a esta película que me haya dado pie para recuperar (o reforzar) cierta autoestima nacida de la comprobación de que mi cerebro aún mantiene la facultad de imaginar que suele atribuirse a la mente infantil. También la constatación de que los niños pueden contentarse con muy poco, sobre todo si viene envuelto en una inacabable exhibición de fuegos artificiales.
E igualmente, como corolario ya un poco ajeno pero no desdeñable a la obra en sí, Avatar nos aporta la sorpresa de ver los efectos que el producto provoca en otras mentes: ese curioso, rico, polémico e hiperbólico rastro que la última película de Cameron, a golpe de taquilla, va dejando por el mundo. Ejemplos extremos de ellos serían, por un lado, los problemas de adición que al parecer la película, como una droga, está causando. Y por otro, la sugerencia de que entre Avatar y la poesía de Góngora puede que haya algunos “pasadizos”, como con frescura y buena prosa sostiene Vicente Luis Mora en su original lectura.
Debe de ser cierto lo que el bien informado y agudo crítico sostiene porque durante las últimas noches he empezado a ver con otros ojos los prodigiosos laberintos verbales del poeta cordobés. Ay, don Luis, patrono bajo cuya discreta advocación se puede penetrar a cualquier hora en este Albergue, quién nos lo iba a decir. Siento que en el aire comienzan a tomar cuerpo los impulsos renovados de otro 27. Total, sólo faltan poco más de tres lustros. Y seguro que hasta entonces habrá (ojalá) muchos nuevos avatares favorables antes de que nos veamos abocados a la definitiva desencarnación.

Avatar es de luz con sombra un río / «por lo bello agradable y por lo vario [...]: / derecho corre mientras no provoca / los mismos altos el de sus cristales; / huye un trecho de sí y se alcanza luego; / desvíase, y buscando sus desvíos, / errores dulces, dulces desvaríos / hacen sus aguas con prestado fuego;/ engazando afluentes en su plata, / de selvas coronado se dilata / majestuosamente...»
(L. de G. Soledades, I, 490; 204-212).


Cartel de Avatar. Imagen de Tamar tomada de Todocolección

domingo, 31 de enero de 2010

La carretera











Esta semana llega a las pantallas españolas La carretera (The Road), basada en la novela que algunos críticos consideran la obra maestra de su autor, el estadounidense (Providence, Rhode Island, 1933) Cormac McCarthy. No sé si lo es. Probablemente sí. La leí en la edición del Círculo de Lectores (en traducción de Luis Murillo) hará un par de años y me pareció una narración extraordinaria, escrita con un estilo desnudo, contenido, a veces casi esquemático, pero de gran precisión poética.

La imagen de un padre y su hijo que avanzan por una carretera empujando un carrito de supermercado, en el que portan todas sus posesiones, a través de un ceniciento territorio devastado, es por sí sola una metáfora poderosa, capaz de ofrecer una visión tan desolada como creíble del futuro de nuestro planeta. De ella se van prendiendo escenas muy bien definidas y articuladas, en algunos casos de cariz terrorífico y no pocas veces de gran originalidad. Es la descripción de un mundo hostil, gélido y salvaje, de ambiente mitad apocalíptico mitad prehistórico, sometido a incontables peligros y en el que la supervivencia no siempre parece algo deseable. La narración fluye hacia un final que, además de producir cierta conmoción, abre diversas perspectivas e invita a reflexionar. Y a releer.

Las descripciones, armadas con frases de sencilla apariencia, ponen de manifiesto una sutil carpintería literaria y alcanzan un gran valor poético: no sólo retratan con precisión los objetos, las escenas, los paisajes, también consiguen que estén presentes en el texto emociones que no han sido nombradas. Los diálogos, uno de los grandes aciertos formales de la obra, son escuetos, precisos, afilados, y hacen avanzar la acción con gran eficacia.

¿Logrará estar la película a la altura? Las comparaciones, aunque tediosas, serán inevitables. Si bien la «materia visual» suministrada por las palabras de McCarthy es de gran riqueza (la evocación del Conrad de El corazón de las tinieblas puede resultar pertinente), no parece tarea fácil encontrar un lenguaje cinematográfico capaz de traducir la intensidad poética que el relato posee. El precedente del buen trabajo que hicieron los Cohen a partir de la anterior obra de McCarthy, No es país para viejos (con la inolvidable interpretación de Javier Bardem), permite albergar esperanzas. Aunque el reto tal vez sea ahora mucho mayor.

Como otras veces ante casos similares, lo mejor será olvidarse del punto de partida (o ponerlo entre paréntesis) y dejarse seducir por el propio camino que la película recorra, naturalmente deseando que el viaje merezca la pena. Ya veremos.


Imágenes: Cubierta de la novela (Círculo de Lectores, 2007) y cartel de la película.

viernes, 29 de enero de 2010

Tabletas, libros, bragas

Se especula aquí y allá, en el Empíreo (entre diosas y nubes) e incluso a bordo de la nave erasmista, sobre si el libro electrónico, también llamado e-book, puede poner en peligro la pervivencia del libro impreso (ese invento todavía perfecto). Pienso que tal temor, que algunos exhiben con un algo bobalicón deseo intenso y hasta con ansia, no pasa de ser, al menos de momento, una fantasmagoría. Aunque es verdad que las grandes editoriales están tomando posiciones y, además de mirarse de soslayo unas a otras, se reúnen en consorcios y plataformas para controlar e impulsar el fenómeno.

Vaya por delante, para evitar equívocos, que soy un firme partidario del invento y que espero no tardar en tener mi lector de libros electrónico. De hecho, se lo había pedido a los Reyes, pero en su lugar me dejaron las voluminosas Memorias de Casanova, no sé si con alguna doble intención.

Las indudables ventajas del invento para manejar ciertos volúmenes de información, o para disponer en cualquier lado de una biblioteca móvil y ligera, no me parecen nada desdeñables. La posibilidad de introducir hipervínculos y enlaces, como los que pueblan esta página, es útil y hasta es posible que tenga implicaciones creativas. Y desde el punto de vista profesional, el libro electrónico puede resultar un complemento perfecto del bienaventurado trabajo on-line. Pero no me veo disfrutando, lo que se dice disfrutando, del placer de leer con estos nuevos artilugios en detrimento del libro de papel.

Lo más probable es que ambas tecnologías (como ha pasado con tantas otras) convivan en el futuro, si es que finalmente el e-book consigue dar el salto que algunos analistas vienen pronosticando para ya mismo. Yo de momento no he visto todavía en el metro, que es un buen observatorio de la expansión de ciertos hábitos, a nadie con uno de estos artilugios. Salvo una sola excepción: el otro día, cuando regresaba de Fitur, en la estación de Esperanza me crucé con un joven que con una mano arrastraba una maleta mientras que con la otra mantenía ante sus ojos una negra tableta electrónica. He de decir que en el vagón, en mis proximidades, había también varias personas leyendo libros de toda la vida. Recuerdo que una chica, en el asiento de enfrente, leía el Alfanhuí de Ferlosio, y un joven de fina perillita, de pie junto a la puerta, parecía embebido en El guardián entre el centeno. Sobre las preferencias del lector electrónico no logré sacar nada en claro.

Sinceramente, no creo que peligre la supervivencia del libro impreso. Pero si algún resto de inquietud podía quedarme, ahora ya estoy completamente tranquilo y relajado. Con acciones de márquetin tan imaginativas como la que muestra la foto superior, esas pomposas tablillas enchufables, incluido el tan cacareado i-Pad aún reluciente, tienen en verdad poco que hacer. Tenemos libros impresos para rato. Al menos hasta quedarnos en (o sin) bragas.


Extensiones: algunos detalles y una fantasía

La curiosa foto, que ya he podido ver en varios sitios de la red, al parecer fue captada en el venerable y para mí entrañable mercado de El Fontán, en Vetusta (por abolengo literario que no quede). Yo la he tomado del blog de José María Cumbreño, que fue no sé si el primero pero sí uno de los más madrugadores en hacerla circular.

Hace ya unos meses que el ameno y bien informado Manuel Rodríguez Rivero dejó constancia escrita del hallazgo desde su babélico sillón de orejas (por cierto, en otro apartado de esa misma entrega del «blog impreso» de MRR hay un provechoso y divertido relato sobre las peripecia aeroportuaria de uno de esos lectores electrónicos).

En diferentes comentarios de la foto se han puesto de relieve los contenidos de los libros que forman parte de la curiosa oferta. Y no deja de subrayarse (a veces con cierto énfasis trágico) que lo que se ofrece son libros de poesía: en concreto, ejemplares de la colección Arbolé, encabezados por Elegía en Astaroth, el quinto poemario del poeta gaditano Ángel García López (Rota, 1937), que le valió a su autor el Premio Nacional de Literatura en 1973.

Lo cierto es que la pieza, con toda la prosa porosa que va generando a su alrededor, parece llamada a convertirse en un auténtico clásico de la crítica “literaria” bloguera. Quizás algún día, quién sabe, la podamos contemplar a través de un e-reader. Y pasado el tiempo, pongamos que allá por 2154, puede que en algún remoto confín de la Galaxia a un mercader azul de orejas puntiagudas y ojos naturalmente rasgados y tal vez fosforescentes se le ocurra ofrecer, en su ingrávido tenderete y como regalo por la compra de cierto tipo de interioridades virtuales (no necesariamente bragas), un montón de descatalogados e-books con las obras completas de ­y es solo un ejemplo los más conspicuos representantes de esa generación que toma su nombre de una densa mixtura de cacao, avellanas y azúcar…

En el futuro, como ahora, leer un libro será una forma de vivir.

miércoles, 27 de enero de 2010

Los ojos son el secreto


Aunque se fue de vacío en el palmarés del último Festival de San Sebastián, El secreto de sus ojos, la última película de JJ Campanella, sigue llenando a diario muchos cines en Buenos Aires y también ha tenido una buena acogida entre el público español, así como el unánime aplauso de la crítica. Yo también la recomiendo vivamente.
Cine en estado puro, como suele decirse, en este caso sostenido por un recital interpretativo de los dos actores que encabezan el cartel: el cada vez más completo y maduro Ricardo Darín, rayando a su mayor altura, y la ya inolvidable Soledad Villamil (vagamente recuerdo su presencia en No sos vos, soy yo o El mismo amor, la misma lluvia), que con este papel confirma lo que algunos venían sospechando: su puesto principal en la saga de las grandes actrices del cine argentino.
En los magníficos diálogos que ambos mantienen, y en los que hablan de todo menos de lo que verdaderamente importa a ambos (aunque, en el fondo, no hablen de otra cosa), reside buena parte de la veracidad con que nos llega esta película llena de matices.
La historia, basada en una novela de Eduardo Sacheri, aúna la tensión de un thriller (la búsqueda y captura del culpable de un asesinato con violación) con la denuncia de una situación política basada en la corrupción (la Argentina presidida por María Estela M. de Perón y el siniestro López Rega) y, sobre todo, el desarrollo de varias relaciones amorosas (en primer plano, la que calladamente ha unido la vida de los dos protagonistas) cuyo minucioso relato acaba convirtiendo el filme en una exaltación del amor como el único camino vital que merece la pena… incluso aunque conduzca (como se acaba poniendo de relieve) a la perpetuación del dolor.
Buenos papeles secundarios, entre los que hay que destacar la muy especial colaboración de Guillermo Francella: su tierno e irónico personaje ofrece un contrapunto que enriquece la trama y descarga tensiones. Acabamos esperando su aparición en pantalla con la seguridad de que nos traerá la risa del ingenio y la verdad condensada de una vida apurada hasta el último trago.
Y escenas trepidantes, entre las que descuella la que tiene como soberbio escenario la marmita a presión de un estadio de fútbol.
Hay un momento de la película en el que todos las líneas argumentales confluyen en una mirada y que viene a ser algo así como la razón visual del título: son los ojos de Irene (Soledad Villamil) cuando descubre el secreto de su vida que inútilmente se ha estado ocultando a sí misma. Una mirada que lo dice todo.
Y que nos lleva a perseguirla por la red. Así llegamos a descubrir que Soledad Villamil, como recientemente han tenido ocasión de comprobar en Barcelona (concretamente en L’Hospitalet de Llobegrat), es además una excelente cantante. He aquí una prueba.

Y este es el tráiler de la película. No se la pierdan.

lunes, 25 de enero de 2010

From Lost to the River


Aunque no es mi caso, parece que la existencia de un elevado porcentaje de televidentes del planeta antes llamado Tierra es un puro sinvivir: faltan escasos meses para que Perdidos (Lost), la teleserie «que ha marcado un antes y un después en el género», según enfatizan los adeptos, ponga fin a todas las incógnitas y descubra sus cartas revelando la verdadera naturaleza de un juego que mantiene al borde del colapso un número tan elevado de neuronas humanas que con sus potencial conjunto, si fuera aprovechado en una misma dirección, acaso podrían resolverse los peliagudos problemas de energía que nuestra civilización superpoblada e hiperconsumista tiene planteados.
Lo cierto es que la red, tanto la cibernáutica como la meramente impresa, hierve en conjeturas, previsiones, apuestas y acalorados debates acerca de un final que, a juzgar por la pasión y los desvelos que genera, en muy poco podría distinguirse del que suscitaría el propio fin del mundo. Como es bien sabido, la acción de Perdidos se desarrolla en una supuesta isla en apariencia desierta donde los hipotéticos supervivientes de un azaroso accidente aéreo parecen enfrentarse a una imprevisible realidad tan hostil como a cada paso nueva y cambiante. Y además, están los otros.
¿Y qué dicen los pronósticos? Unos, como mi querido amigo siciliano, apuestan por alguna ingeniosa variante de la solución “purgatorio”. Otros no descartan la hipótesis del sueño dentro del sueño. Los menos idealistas vuelan a ras de suelo: un plató de televisión con concursantes compitiendo como supervivientes. Ciertos amantes de la cábala y las cintas palindrómicas se afanan en verlo todo al revés y sostienen que la clave es un malentendido o un mero juego verbal (entre estos últimos, tiene especial peso la facción “pardillos”). Los más científicos hablan de universos literalmente paralelos y de viajes en todas la direcciones posibles del tiempo y el espacio.
Y no faltan, en fin, quienes sostienen que «aquí hay gato (cuántico) encerrado» y la solución se reducirá a una estricta y múltiple aplicación empírica, vía John Locke (el personaje que parece erigirse como el gran protagonista), del principio de incertidumbre de Heisenberg, de modo que habría tantas soluciones al enigma de la serie como ojos que la contemplen y mentes que la asuman (incluso se especula si los terribles hermanos Cohen no se habrían apuntado a esta línea con su última película, A serious man).
El ya popular cartel con que la serie surgida en sus inicios del cráneo privilegiado de JJ Abrams publicita su sexta y última temporada (la imagen que encabeza estas líneas), que comenzará a emitirse en EE UU el próximo 2 de febrero, ha supuesto un impacto visual de primer orden. Se rumorea que, a modo de gran trampa, en uno o varios de los minuciosos detalles que pueden distinguirse en esta indisimulada parodia de la Última Cena están, bien a la vista, los elementos que permiten armar sin ningún género de duda el rompecabezas, y que la sorpresa será morrocotuda por obvia. Una legión de hermeneutas se afana en dirimir si las calaveras, los ramajes, el texto que podrían componer los cuerpos de los comensales o las inquietantes figuras que forman los reflejos de las nubes del fondo son pistas, y en qué orden, de la clave final. Es bien sabido que, cuando se juntan, los friquis acaba siendo freekeys.
A mí, con todos los respetos, me parece que este cartel tiene una clara connotación mimética lindante con el plagio, o al menos con el aprovechamiento pro domo sua del fenómeno del Código Davinci, el espejo de éxito multitudinario en el que se podrían estar contemplando los productores de Lost para sumar otra miríada magdaleniense de adeptos a las ya nutridas tribus de losties (nombre genérico con el que se conoce a los fans de la serie).
Ya veremos (o leeremos) que dan de sí la cosa y el fenómeno.
Personalmente debo confesar que, tras seguir con interés algunos episodios de las dos primeras temporadas, empecé a sentir cómo mi ánimo decaía y comenzaban a fallarme las fuerzas. El golpe de gracia a mi fe casi perdida lo propició un comentario de mi admirado gurú Juan Cueto, quien declaró haberse apeado de su fervor de dinosaurio televidente al darse cuenta de que lo realmente perdido en la enrevesada trama era el tiempo. Además, el histórico precedente de Twin Peaks, que tantas secuelas dejó en las sinapsis de nuestros circuitos superiores, también cuenta.
Así que me he dedicado a invertir una pequeña parte de las horas ganadas desde entonces en rescatar escenas memorables del celuloide, como esta de Río Bravo que he pescado en Youtube y que aquí dejo no sólo para dar sentido al eslogan que encabeza estas líneas sino también para deslizar, con una intención que no revelaré, el espeso barrunto de mi propias conjeturas sobre el sentido que finalmente acabará tomando el enigma. De perdidos al río.


miércoles, 20 de enero de 2010

Un desnudo disfraz


Que esta historia va en serio 
uno lo empieza a descubrir muy tarde:
el comienzo es tan sórdido, que invita
a plegar la butaca y esfumarse.
Paisajes decadentes
y burdeles de cromo,
un mozo libertino persiguiendo
carne prieta, trabajos de amor propio.
La trama es tan endeble
y tan ligero su hilo,
que uno teme que tome la deriva
de un bochornoso cuento filipino.
Mas la voz del poeta
consigue despertarnos
–solo por ella logran tener cuerpo
las sombras del retrato.
Unos cuantos amigos
y una legión de amantes
(en la belleza andrógina de Bimba
puede que esté escondida alguna clave).
Lo demás es un juego
rara vez divertido:
descubrir quién es quién en la maraña
de la generación del medio siglo*.
Las imágenes muestran
un desnudo disfraz en cada toma
–es probable que así fueran los hechos
pero, sin nueva vida, a quién le importa.
Los diálogos crujen
como cintas de plástico,
de vez en cuando un poco de alegría
y una escena con sol mediterráneo.
Hay momentos precisos
y gestos que emocionan,
aunque por lo común sólo del verbo
del poeta respiran las personas.
Y al final, el remedo
de la muerte en Venecia,
un apergaminado contoneo
frente a las ruinas de la inteligencia.
Al salir a la calle,
la nieve cae lenta y piadosa.
Jaime Gil está vivo (en sus poemas).
Descanse en paz el cónsul de Sodoma.

*O dicho de otro modo:
sólo un roman à clef, para entendidos.