jueves, 14 de mayo de 2026

Poema adrede


 

Poema adrede


Qué podemos hacer sino aplicarnos
y acercar los sentidos y los huecos
abrir el corazón como la mente
no resistirnos más darle su parte
a la parte mal dicha caminando
corriente arriba hacia los internos
rápidos que se escinden en la sombra
en al envés de tanta realidad
a punto ya de desvanecerse
al borde mismo de esa incandescencia
en la que siguen ardiendo las palabras.
Y las viejas jugadas que nos piden
un gesto más, un filo, el alma toda.
Y la cola extendida del silencio
tan blanca que ya lo cubre todo.
(Intermedios)

domingo, 3 de mayo de 2026

Mi calle

 Vivo en un lugar donde sí llega la luz.



(Al paso). Cielo y giros de una tarde de mayo en La Prospe.

sábado, 11 de abril de 2026

Et in Arcadia Ego

CORRESPONDENCIAS Y SIMULACIONES. Si uno lo piensa un poco, el poder de la escritura es tan enorme que su invención por fuerza ha de atribuirse a algún tipo de milagro. Alguien sostiene, de hecho, que junto con el fuego, lo que Prometeo entregó a los humanos fue una especie de disco de oro en el que estaban grabadas las primeras palabras de Babel. Después pasó lo que pasó, lo que sigue pasando, pero no nos vamos a rendir. Algún día, conjuradas por fin todas las simulaciones, nos será revelada la verdadera naturaleza de las palabras. Y aprenderemos a vivir sin ellas. ET IN ARCADIA EGO.


(LGdlTt, XL)

viernes, 10 de abril de 2026

El fugitivo


EL FUGITIVO, TAL VEZ EL RESPONSABLE. No tengo ninguna prueba, pero juraría que el caballerete trataba de huir disimulando, como quien no quiere la casa, ni aspira a tener un puesto a la vista de topos. En contraste, a sus espaldas, quedaban evidentes las líneas del poema, que dice así: « Ausencias en cascada / flotan en mi memoria / y sobre el día caen / restos de sueños muertos./ Al pie de las murallas / que defienden las urbes / hay renglones de sangre / que la lluvia descifra./ Son hermosos los astros / que dejan a su paso / una estela desnuda sobre la piel del mundo. / Y son intemporales / en todos los relojes / las arenas cansadas / de tantos espejismos. / Doble o nada. La apuesta / es sin misericordia.»

(LGdlTT, XXXIX)

jueves, 9 de abril de 2026

El borboteo de la sopa cuántica


FRENTE AL BULLICIO DE LA SOPA CUÁNTICA. Hay mañanas en las que uno se despierta como si fuera a asistir a la creación del mundo. Es tan grande y creciente la sensación de irrealidad que nos cerca por doquier, que algún reducto en nuestro interior, o por donde sea que caiga lo que en tiempos no muy lejanos dimos en llamar alma, se resiste a ser regurgitado y sometido (o viceversa), e incluso exige ser tenido en cuenta a la hora de repartir los nuevos predicamentos y de aquilatar la sintaxis para que la lengua no se nos trabuque definitivamente y nos quedemos sin ser capaces de probar la sopa cuántica que borbotea en la marmita del presente, y pareciera que fuera a desencadenarse de un momento a otro, ay hermanos, el último paso de la evaporación. No nos dejemos embaucar. Aún es posible la inteligencia. Y seguimos teniendo corazón.

(LGdlTT, XXXVIII) 

Una IA de Claude llamada Mythos

(CajaDeCitas, 117). No cesan de aparecer novedades y cautelas respecto al sorprendente mundo de las IAs. Aquí se habla de alguna muy importante (!) novedad respecto a una nueva criaturItA llamada Mythos (nada menos), de la serie Claude, para muchos la más potente creada hasta ahora. El secretismo y el sensacionalismo creciente en torno a estas innovaciones, aunque nos ponen en guardia e incluso exigen cierto escepticismo, no impiden que les prestemos la mayor atención. Al loro.

miércoles, 8 de abril de 2026

Agustín de Hipona y la ciudad en llamas


 AGUSTÍN DE HIPONA ES INFORMADO DE QUE ROMA HA CAÍDO ANTE LAS TROPAS DE ALARICO

(Y dos viejos amigos reencontrados lo comentan a las puertas del Café Comercial, de Madrid, bajo una mansa lluvia y con el peso del obsceno
ultimátum de Trump sobre Irán en cercanía)

Para Octavio Uña, que lo propició.
Y a la secreta amiga que me lo revela.
NO lo supiste al alba,
ni en la penumbra breve del primer rezo.
Tú abrías los pergaminos como siempre,
como si el Imperio todavía fuera
esa larga frase que se declina sin temblor.
Pero hoy, Agustín, escucha:
alguien empuja la puerta con polvo en las sandalias,
con sal del Mare Nostrum pegada a su piel.
No hace falta que hable todavía:
trae en la túnica el derrumbe de las murallas
y un silencio que no es de clausura,
ni acaso de este mundo,
sino el de un incendio visto desde lejos.
Tú levantas la vista, lúcido y cansado,
con la tinta aún fresca de otras herejías
y otros temblores en tu corazón,
y en su rostro lees nombres que el mensajero no pronuncia:
Alarico, Tíber, Palatino,
las basílicas donde resonaban himnos
mezclados con rumores del Senado y del mercado.
Y un estruendo que lo confunde todo.
Ahora sí, deja que lo diga:
«Roma ha caído», dice,
y es como si un dios extranjero hubiese soplado
sobre las estatuas y las monedas.
«Roma ha caído, Agustín»,
y la frase inaugura un tiempo
que ya no se mide por cónsules ni en cruces,
sino por ruinas que tendrás que aprender a interpretar.
No llores por la ciudad como por una amante infiel;
tú sabes que ninguna piedra merece eternidad.
Pero siente cómo se quiebra dentro de ti
la gramática invisible de la historia:
ese latín de mármol que creías seguro
se te vuelve ceniza y balbuceo.
Te quedarás sentado largo rato,
sin responder,
mientras las noticias detallan los saqueos,
vírgenes violadas,
orantes refugiados en los templos
que algunos bárbaros han respetado
por miedo a un signo que no comprenden.
Tú oirás y verás en todo eso una oscura parábola
sobre dos ciudades mezcladas en una sola noche.
Más tarde escribirás —lo sabes ya
aunque aún no encuentras el nombre de la Rosa—,
un libro para salvar del incendio,
no a Roma,
sino la esperanza de los pobres
que aprendieron a decir Padre nuestro dentro de sus muros.
No habrá legiones en esas páginas,
sino una ciudad hecha de mendigos y mártires,
de gentes con desnudo corazón;
una ciudad más antigua que las siete colinas,
fundada en la memoria de aquel sobre el que no han de prevalecer las fuerzas del abismo,
en el centro mismo de la noche que gira al compás de los astros
y en el ojo desnudo que ve y comprende las secretas correspondencias.

Por ahora basta con que escuches, Agustín:
deja que caiga Roma dentro de tu pecho,
como cae un ídolo al que por fin se le descubre la madera y la tramoya interna
(quizás como ahora mismo a este mismo teatro).

Tú no estás llamado a sostener imperios,
sino a nombrar el naufragio
sin perder la fe en la otra orilla.
Y cuando llegue la noche,
al encender la lámpara,
volverás a los pergaminos con otra mirada:
y la palabra “civitas”, con su resonancia,
será una herida que deberá aprender a ser promesa.
Entonces recordarás este día
no como la ruina de tu tiempo
—en cualquier tiempo—
sino como la hora en que entendiste
que ninguna Roma —ni esta ni la futura—
puede ser llamada para siempre bienaventurada.
(🌀AjR + PER, in progress)

Thomas Cole: La vida del Imperio. Destrucción, 1836.
New-York Historical Society, New York.