Rubens: Los cuatro filósofos o Autorretrato con el hermano del artista, Justus Lipsius y Johannes Wouverius, h. 1611. Palacio Pitti, Florencia.
Tal y como me había anunciado la adivina en sueños, allí estaban las tres plumas, las cuatro flores, los cinco libros. Y el perro. Y el telón, a punto de caer.
Goya: La nevada o El invierno, 1786. Museo del Prado.
¡Quién dijo que sería fácil derrotar al invierno? ¿Quién dijo que sería fácil derrotar! ¡Quién dijo que sería fácil?
¿Quién dijo que sería!
¡Quién dijo qué?
¿Quién dijo!
¡Quién?
¿...!
La travesía llegaba al punto crítico, en breve sería necesario tomar una decisión, nada parecía estar escrito, había dudas solares, la noche era una incógnita. Y entonces, llegaste tú, otro que tal baila.
Cuando concluyó la última función, el cómico miró hacia la oscuridad de la sala y por primera vez vio brillar al fondo la luz que señalaba la puerta de salida. No parecía necesario añadir nada más, pero aún dijo dos palabras casi ininteligibles: «My wife», entendieron unos. «My life», oyeron otros. En lo que todos estuvieron de acuerdo fue en la nobleza aterrada de sus ojos.
Tal día como hoy, hace 102 años, nació Juan Eduardo Cirlot, poeta enorme y ensayista lúcido que poco a poco va ocupando el lugar que en justicia le corresponde. Hace unos meses, a raíz de la lectura del ensayo biográfico que le dedicó Antonio Rivero Taravillo, volví a pasar unos días felices sumergido en su mundo, al que no tardaré en volver. Estas imágenes son de aquellos días.
Recuerda bien la opresión que se apoderó de su ánimo ante aquellos altos edificios de viviendas aplanados en medio de los montes junto a la negrura de las aguas y bajo un cielo espantoso.
En una fantasía inédita y apocalíptica, tras el desastre nuclear que ha destruido buena parte del planeta, un grupo de supervivientes acuden al edificio de Torres Blancas, que ha quedado milagrosamente intacto y que entonces revela su verdadera condición: es un transbordador espacial con capacidad para varios centenares de pasajeros y preparado, mediante cohetes propulsores subterráneos, para salir disparado al espacio en busca de un lugar donde vivir...
Eugène Delacroix: La Mer vue des hauteurs de Dieppe, 1852. Louvre.
Estuvimos toda noche, mano a mano, luchando contra el sueño y el agua. Ni rastro del unicornio marino. ¿Estás seguro de que no es una leyenda? Yo ya no sé qué pensar.
Rafael Zabaleta: El mulero, 1956. Col. Particular.
Miraba con paciencia y apremio el horizonte, la infinita llanura, buscando signos que le permitieran saber de qué modo sería posible salir del invierno.
Darío de Regoyos: Viernes Santo en Castilla, 1906.
«No es difícil verle la hermosura a la tristeza —me dijo mientras nos disponíamos a cruzar el puente bajo la lluvia; y luego, encogiéndose un poco de hombros, continuó—: Mucho más complicado me parece encontrar el modo de cortar el nudo de las contradicciones».
Caravaggio: Cena in Emmaus, 1606. Pinacoteca de Brera, Milán.
«Et antiquum documentum novo cedat ritui...», cantaba el coro de juerguistas en la estancia de al lado. Entonces él hizo ese gesto y en ese instante lo reconocimos y pudimos desenmascararlo.
(Visiones y, sobre todo, audiciones en voz alta, 41 y 18). Reconozco —incluso confieso— que la Semana Santa, con mayúsculas o en caja baja, siempre me pone en una situación emocional contradictoria. Es difícil sustraerse, de forma racional, al rechazo del aroma, incluso tufo, de oscurantismo y fervor fanatizado que transmite una parte no insignificante de los miles de ritos que recorren estos días la piel de toro y sus profundos pliegues. O al intenso desagrado, casi malestar físico, que me provocan la exaltación histérica del dolor y la apología del sufrimiento, tan presentes en muchas aún bárbaras costumbres dizque piadosas que estos días se exhiben aquí y allá. Y, sin embargo, me emocionan hasta las lágrimas otras muchas prácticas compartidas de estos días, cuya liturgia, vivida intensamente desde dentro en los años en que las creencias católicas eran el eje ideológico y sentimental de mi vida, siempre me han resultado gratificantes, por la indudable belleza que muchas de ellas encierran: plasticidad, sonoridad, elegancia, recogimiento, explosión sensual. En fin, un asunto al que debería dedicarle una más pausada reflexión (ya lo he hecho otras veces), porque me parece que toca de lleno la médula de la posible coherencia consciente que debemos exigirnos para poder vivir sin imposturas.
En todo caso, uno de los muy diversos testimonios que me liberan de la incomodidad de estas conjeturas es la evocación de la figura de Luis Buñuel, aquel grandísimo «ateo por la gracia de Dios», aporreando con plena entrega el tambor en «la rompida de la hora de Calanda», uno de esos ritos que añaden al sabor y la excitación primaveral de estos días un plus de ritmo vivificante, lleno de emociones y gracia estética, al que ni quiero ni puedo sustraerme. Del mismo modo que no puedo dejar de sentir el fervor real de, pongamos por ejemplo reciente, una misa de Mozart, por más que sus “literalidades” puede que estén en las antípodas —aunque es admirable lo cerca que a veces suele estar todo— de mi actual sentir y pensar.
Pieter de Hooch: Un hombre entregando una carta a una mujer en un recibidor», 1670. Rijksmuseum, Ámsterdam.
«Lo que sostiene es un iPhone, no una carta», dice el CEO de Apple a su lugarteniente (al fondo), mientras cuatro miradas contemplan con asombro el posible agujero temporal en que se saben vivos.
Hendrick van Cleef: Construcción de la Torre de Babel, h. 1550. Museo Kröller-Müller, Otterlo (Países Bajos).
Avanti
«No me quejo de que los extranjeros hablen un idioma extranjero —escribió Benjamin. Y añadió luego, con una gran sonrisa—: Pero deberían hablar todos el mismo idioma extranjero».
Walter Crane: ilustración para una edición de «El gato con botas», 1874. (The Marquis of Carabas: His Picture Book, London, Routledge, 1874).
«El espacio del Quantum —murmuraba— es la conciencia». Al otro lado de la mesa, perplejo de que me hubiera reconocido, después de tantos años, intentaba evitar mis pensamientos, que no se abriera en él la vieja herida. Pero debió de darse cuenta, porque volvió a mascullar: «En el gesto del Que escribe está implícita la presencia del Que lee. Ese limbo nos une. Dudosos felinos ambos». No supe Qué decir. Aún no lo sé.
(Lecturas en voz alta, 🕵🏼♂️67). Fue este artículo de Manuel Jabois el que, por las mismas fechas de su publicación, me descubrió el ahora ya famoso libro de Nacho Carretero, secuestrado por motivos cuando menos discutibles, aunque puede que plenamente justificados en términos jurídicos. Sin dejar de decir que me parece lamentable lo que esa medida sin duda tiene de atentado objetivo contra la libertad de expresión, tampoco ocultaré que, en el fondo, va a ser «providencial» para la difusión del libro y, de paso, también para la serie de televisión en él basada, cuyos espléndidos primeros capítulos se han emitido ya con una muy buena audiencia. Fariña, que leí de forma casi compulsiva en dos sentadas, y luego regalé a un muy buen amigo concernido —geográficamente, sobre todo— por el tema, es un reportaje-ensayo en verdad apasionante, extraordinariamente bien enfocado, brillantemente resuelto, y no carente de un valor literario que me parece entra de lleno en las más destacada virtudes de aquel viejo «nuevo periodismo» (Tom Wolfe et alii) que tan en boga estuvo hacia los años setenta, y que, sin llegar a imponerse en sus principios teóricos, sí puede ser identificado como una de las líneas maestras del periodismo en los últimos decenios.
Ahora, en una tan brillante como hermosa iniciativa, los libreros madrileños han puesto a disposición de los lectores una herramienta que permite leer la obra secuestrada extrayendo las palabras que la componen de las entrañas mismas del «Quijote», es decir de su “Mancha” textual. Nada más cercano al espíritu del ingenioso hidalgo que, si ayer se removía en su gloria ante el temblor de los molinos de Consuegra, hoy toma de nuevo sus armas y sale al campo libre del tiempo que no se acaba (el suyo) dispuesto a “desfacer un tuerto”, que le compete. Pues no en vano... «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida...» (2ª, LVIII).