(En voz alta). Una buena forma de combatir el calor y tal vez la murria es pasar un buen rato en esta excelente exposición del MAN: además de ilustrarnos sobre hallazgos arqueológicos importantes y no siempre bien divulgados, permite contextualizar con fundamento algunos de los conflictos e intercambios que nos llegan desde nuestra parte africana. Hay piezas muy notables, datos muy precisos, vídeos muy logrados y una colección de monedas cuya contemplación nos introduce directamente en el túnel del tiempo. Merece la pena.
martes, 2 de agosto de 2022
MOLINILLO (work in progress)
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| Imprentilla de tipos móviles. |
lunes, 1 de agosto de 2022
El "método Rosalía", un viejo truco
(En voz alta: al filo de los días). Lo de Rosalía va para largo, ya te digo. Ahora incluso ocupa minutos de oro en los telediarios y todo el mundo parece estar al tanto, a favor o en contra, de esta chica lista, gran artista, veremos si también resistente. Salvando todas las distancias, el mecanismo interno del supuesto trabajo colaborativo en torno al famoso tema Despechá, utilizado como forma y palanca de su lanzamiento (se cuenta en este interesante artículo), me ha recordado una estratagema similar que utilicé en algunos cursos de comunicación para directivos que impartí en el pasado, trabajando para la consultora Psycsa. Era un breve curso de nociones básicas y ejercicios prácticos para mejorar las habilidades de comunicación. Y entre los "juegos" que solía utilizar para trabajar en equipo con los drectivos y otros trabajadores estaba lo que llamé el Taller del soneto de la comunicaciòn. La cuestiòn era muy sencilla: tras explicar la estructura de la estrofa y dar algunas pistas sobre su intríngulis, les proponía a los alumnos la tarea de componer entre todos un soneto sobre la comunicación. Por parejas o individualmente (según el número de alumnos), deberían esforzarse en hacer un verso con la únicas condiciones de que terminara en una palabra previamente sacada al azar de una bolsa y cuyo contenido tuviera, de una u otra forma, algo que ver con las cuestiones referidas al contenido del curso. A partir de ahí, se ponía en marcha un proceso de mayor o menor interés, pero por lo general con muy buena aceptación: se trabajaba durante un rato de forma separada y finalmente, en equipo, se analizaban los resultados y se afinaban hasta lograr tener una composición "legible". Era curioso observar los rostros de gran satisfacción cuando se llegaba a conseguir una pieza que tenía cierta gracia y que, como cabe suponer, era básicamente un texto ya prefijado en sus rimas (las palabras de la bolsa eran los finales ya rimados), términos además que, en su mayoría, enunciaban características que debería tener un buen comunicador y cuyos ajustes de ritmo o contenido, así como su orden, se podían "negociar" y afinar muy fácilmente con sólo dirigir en una dirección u otra la conversación y proponer soluciones posibles. Al leer ahora cómo se ha ido fraguando el Despechá de Rosalía me he acordado de aquella experiencia y de hasta qué punto la ilusión de participar en la creación de algo (y en el fondo hacerlo) es en sí misma un gran estímulo y por tanto multiplica las posibilidades de éxito.
domingo, 31 de julio de 2022
JULAIJAIKÚS PARA DECIR ADIÓS A UN JULIO aTROz
(de la A a la Z)
jueves, 28 de julio de 2022
EL CANTO HILADO (3)
La ley del silencio, también la urdida en torno al caso de María Antonieta y los Siete años que permaneció en manos de Las hermanas y su “Conte drolatique”, es, a su modo, una puerta de acceso a Universos ocultos, Un viaje a las dimensiones extras del cosmos, sobre todo si lo entendemos como una Ciudad abierta en la que, vivo o muerto, está recluido El gato. Y Pietr, el Letón (de Los casos de Maigret), astuto conocedor de La liebre con ojos de ámbar, no llega a reconocer que tiene Una herencia oculta en La casa del canal.
miércoles, 27 de julio de 2022
VESTÍBULO DE NIEBLA
La interrupción de la vida cotidiana tiene la virtud de sacarnos, literalmente, de nuestras casillas. Y la desventaja, aparente, de que sin el amparo de la costumbre hay situaciones en las que no encontramos el rastro de las cosas (¡y las personas, sobre todo las personas!) en el lugar donde creíamos que estaban. No hay nada peor (es un decir) que regresar a un lugar del pasado y a las primeras de cambio caer en la cuenta de que es un lugar desierto. Pero es que no se puede volver al pasado, esa es la falacia. Crees que viajas al sitio donde estuviste tantas veces, donde viviste horas y circunstancias que han tenido su peso, pero en realidad lo que haces es llegar a una estación llena de presuntos viajeros que van y vienen, un enorme vestíbulo de acceso a unos fríos andenes donde todos los trenes están inmóviles e intuyes que no se moverán nunca. Y aunque puedes pararte a saludar y a dar y recibir afecto, muy pronto caes en la cuenta de que casi todo el mundo (las excepciones son muy pocas) está en otra parte. Y que también tú, que en teoría eres quien ha emprendido el viaje y en cierto modo llegas con noticias de otras tierras, estás en otra parte. Ahí se inicia o prosigue una interminable danza en fuga: afectos que caminan desprovistos de cuerpo en busca de personas que se mueven congeladas en un gesto, temerosas o audaces, islas y linajes, derivas entre extraños pasadizos que son las calles llenas de viento airado. Y, tras las grandes cristaleras, el laberinto interior de los edificios comunes donde la vida es otra forma de representación. No sirve de nada interpretar con benevolencia los signos inequívocos del error que lo calcina todo. Hemos de sobrevivir y hasta tenemos la obligación de la alegría pegada a nuestra moral más íntima. Hay consignas que nos han sido transmitidas con las aguas de la tribu, con la señal de nuestra pertenencia a una horda amansada que quiere reconocerse en cada uno de nosotros y, por medios ancestrales que ya forman parte de nuestra naturaleza, nos incitan a transformar la ofuscación en una moneda visual capaz de granjearnos la mirada de los otros: el reconocimiento. «¡Hola, Fulanito, cuánto tiempo!» Y ahí y allí se acaba todo. En medio de la selva, dicen las crónicas más creíbles, y los sueños que aún nos asaltan en sueños, se abre una inmensa cascada de agua pura. Es tan grande su caudal que no existe mirada capaz de comprenderla. Por eso nos perdemos en su contemplación. A lo más que podemos aspirar es a desleírnos en su corazón de humo caliente. Y a sentir que ese agua sin principio ni fin es nuestra sangre.
domingo, 24 de julio de 2022
El no retorno de Blanca Andreu
(En voz alta). Me ha gustado y también defraudado este artículo/entrevista de Jabois en torno a Blanca Andreu, que como ella misma apunta, con cierto vértigo acaso irónico, vuelve “de entre los muertos” para decir que no se cuente con ella. La Andreu causó en la poesía española un revuelo semejante al que sólo había producido, 27 años antes, Claudio Rodríguez con «Don de la ebriedad», y que después ya acaso nadie, de las múltiples hornadas y añadas salidas de las entrañas de esa especie de caballo de Troya de la poesía ibérica que fue el premio Adonáis, volvería a renovar con igual relevancia. Y, sin embargo, antes que ella, autores como Emilio Sola, con La isla (“Los que vengan dirán que somos bárbaros”), Julia Castillo y sus Urgencias de un río interior, o en el mismo año chagalliano de 1980, las Instrucciones para blindar un corazón, de José María Parreño, por citar sólo algunos casos ex corde y par cœur, ya habían transitado por caminos o aledaños parecidos… y están igual de ocultos y acaso olvidados hoy. Rapiña es la memoria. Lo que Blanca Andreu comenta, sin duda más con indiferencia que con cualquier afán polémico —salvo si acaso en algún muy concreto pellizco—, supongo que agitará un poco las viejas luchas tribales en los campamentos de los rapsodas ibéricos. A mí me ha rejuvenecido el recuerdo de aquella época, me ha traído a la memoria —y al mal sabor de boca— el frío cinismo del que a veces podía ser capaz Umbral (“la infame avilantez” que le reprochara Benet en un célebre artículo), y también, en otro sentido, el ninguneo y hasta cachondeíto que los contertulios con visos de tertulianos de Pisuerga 7 se traían con "la diosa Blanca” y, de forma inevitable, ciertas fiebres y dolores y entusiasmos y alegrías de juventud cuyo esplendor, si bien ya encauzado hacia el ocaso, aún perduran. Es asombroso que un libro como el primero de BA tenga una historia como la que aquí se cuenta. Aunque sabemos bien que no es, ni mucho menos, la única. Por suerte y por su propia condición de “palabra en el tiempo” —y, me permito añadir, “contra el tiempo y fuera del tiempo”—, la historia de la poesía está en estado de permanente reescritura y siempre a falta de una concreción y un secreto sobre el que hay que seguir indagando. Y esa es su verdadera gracia.
La entrada, publicada en mi muro de FB, dio lugar a una interesante plática.


