miércoles, 28 de septiembre de 2016

Harakiri o psoeppuku


De forma imprevisible aunque no inesperada
De forma inesperada pero no imaginable
De forma imaginable aunque no impredecible
De forma impredecible pero no comprensible
De forma comprensible pero también absurda...

El PSOE se suicida en presencia de todos.


Imagen:
Grabado que representa al general Akashi Gidayu escribiendo su poema de despedida 
momentos antes de autoinfligirse la muerte
Tomado de aquí.

martes, 27 de septiembre de 2016

Queremos tanto a Aute



Desde que hace unos días, por boca de un amigo que mucho lo admira, me enteré de que Luis Eduardo Aute se encuentra en coma, no he hecho otra cosa, a cada poco, que pensar en él, imaginármelo con dolor en esa especie de limbo del que casi nada sabemos, y desear con todas mis fuerzas que pueda salir de esa gruta cuanto antes. Cuando ese pensamiento me asalta, lo conjuro imaginando que un golpe de fortuna o de magia simpática, o simplemente uno de esos caminos de la física y la química, aún no bien conocidos, que son capaces de incorporar caudales de energía a la vida consciente, le permite regresar a ella para seguir ejerciendo, como hasta ahora, su intensa, melancólica, hermosa y consoladora lucidez. 

Me consta que somos muchos los que queremos a Aute sin restricciones. Quizás porque le debemos mucho. No sólo, entre otras tantas cosas, el himno que nos ayudó a salir de la noche más larga. O el gesto de la resistencia frente al poder y la estulticia. O las mil formas de ponerle al amor nombres que ni el amor conoce. También un montón de belleza en forma de imágenes dibujadas y movidas con singular ligereza, con la armonía que sólo está al alcance de los artistas totales. 

En mi caso en particular, le debo además una tarde de conversación pausada y generosa, junto con un par de amigos, durante la que se produjo, entre otros momentos memorables, un intercambio de entusiasmos por la condición lúdica del lenguaje, y en particular por el mundo de los palíndromos, género y especie de los que Luis Eduardo se declaró un incesante  («Aute, prepárese: será perpetua» [CAR: 4,25]) cultivador. «Hasta el punto recuerdo que nos dijo de que me llega a costar trabajo leer de seguido, sin buscarle la vuelta a las palabras, sobre todo si son grandes titulares». Fue una tarde en la que el artista ta admirado se nos reveló provisto de la gran humanidad que cabía suponerle a quien nos había proporcionado tantas horas gratas y tantas sensaciones nobles. Pero que rara vez tiene uno la posibilidad de comprobarlo de forma tan clara, cercana y, digamos, natural. 

Por todo esto, y más, queremos tanto a Aute y nos unimos a las palabras que alguien le dedicaba recientemente: «Vamos, amigo, ánimo, despiértate, que aún nos espera el mundo y somos muchos los que te queremos».  

jueves, 22 de septiembre de 2016

El Ave vuela cerca de Segovia


Parece inevitable imaginar qué habría sentido don Antonio Machado, sobre la madera de su vagón de tercera, si por la ventanilla, tras el hollín del cristal, hubiera descubierto que en el metálico letrero colgado de cadenas sobre el andén, entre la niebla y la indiferencia de los viajeros, podía leerse que el convoy estaba entrando en la estación de Segovia Guiomar. Sin duda pensaría que era un sueño. Tal vez una alucinación de sus ojos ya no jóvenes, y algo borrosos por lecturas sin fin y amores a deshora. Difícilmente lo tomaría como el augurio de una posteridad que a él, realmente, le importaba muy poco. Aunque lo estuviera esperando. Y, en la misteriosa espiral del tiempo, se encontrara a punto de darle alcance.

Foto: Estación Segovia Guiomar, en la línea del AVE. © AJR, 2015.


miércoles, 14 de septiembre de 2016

Consellos


Qué privilegio poder sorprender al artista en su rincón y robarle un momento de intimidad como éste.  Los consejos de Celso Emilio Ferreiro, tan atinados y pertinentes como fueron la mayoría de los suyos, cobran en la voz y el rasgueo de Amancio Prada una gracia especial. A la vez que alertan la cabeza, alegran el corazón. Nada más necesario para tiempo tan usureros, «cheos de cobiza», como los que vivimos.


Rescatado de los Arcones de la Posada.
Primera publicación: 18/09/2013, 20:00


viernes, 9 de septiembre de 2016

Un Woody antológico

«Mirad, chicos, el timing lo es todo en la vida».
Vaya por delante que cuando afirmo que Café Society, la última película de Woody Allen, es un Woody antológico, lo que quiero decir es que tiene la condición de repertorio de temas, motivos, obsesiones, pasiones, querencias y disidencias, técnicas, tácticas e incluso filosofías —si se toma esta palabra en su sentido más utilitario— de toda la obra del director neoyorkino, que cada otoño cumple con el rito de estrenar, por estos lares, una nueva historia. A veces la misma.

Ya mi amigo Navajo, uno de los críticos de cine y series en los que más confío, al igual que David Trueba o el imprevisible, salvo en algunos extremos, Carlos Boyero, entre otros, han contado en primera persona la serena alegría que esta cita anual con Woody Allen supone para muchos amantes del cine. Lo que tiene de puro gozo por el simple hecho de permitirnos comprobar, además de la propia, la supervivencia de una estilo de arte cinematográfico, con todas las letras, más allá de la opinión que cada película pueda merecerle a cada cual. Y al margen de las frecuentes disensiones respecto al peso y significado que la nueva entrega vaya a tener en la muy dilatada, rica y coherente, además de siempre tan revisitable, filmografía de su autor.

De Café Society, aunque parezca paradójico, lo que más me ha gustado ha sido su carácter por completo previsible. Supone un verdadero placer asistir al reconocimiento de los giros argumentales, comprobar el dominio del ritmo —tal vez la clave maestra del mejor Allen—, anticipar las ajustadas respuestas en los diálogos, volver a saborear la zumba habitual sobre la educación judía, la parodia del despiadado mundo de los gángsteres, el homenaje a los rituales del viejo cine, como exaltación de un tiempo dorado e ido, pero también como forma de resaltar el peso de la imaginación en nuestras vidas.

Y todo ello para contar una nueva historia, que viene a ser la misma crónica cercana y emotiva de los vericuetos azarosos del amor. Y en la que la banda sonora, llena de aciertos, vuelve a convertirse en un personaje más, y ni mucho menos secundario, Y, en fin, donde regresan las hermosas, cuidadísimas, mil veces vistas, pero siempre originales, «postales» de Nueva York, que no hacen sino aumentar hasta extremos insoportables mi nostalgia por la ciudad aún desconocida (¿cómo es posible sentir una nostalgia así?). Todo eso, en una medida justa y en un tono acaso más serio o menos divertido que otras veces, pero siempre con respiros de humor inteligente, está presente en esta historia de amor, azar y vida, de pasiones y crueldades, de cine puro.

Vi la película la semana pasada en los multicines de un centro comercial del Mar Menor, en una cómoda sala de medianas dimensiones, que para mi sorpresa casi se llenó. No es un dato menor, porque en los últimos tiempos, lo habitual es estar en el cine como en familia, rara vez con más de una treintena de espectadores —muchos iluminados por las pantallas de sus móviles— , a menudo incluso en soledad. A medida que iba avanzando la proyección, era una satisfacción, ya digo, ir revisitando los tópicos del octogenario director, como el que pasa las hojas de un libro favorito y comprueba que la expresión no sólo no ha envejecido sino que aún guarda alguna sorpresa, un nuevo destello, un juego maestro.

De pronto, bajo esta sugestión, eché en falta, no sin cierta alarma, un tópico habitual en los filmes de Allen: las largas conversaciones en la calle, esas escenas peripatéticas llenas de gestos y naturalidad, que él ha sabido recrear como nadie y que aquí no aparecían por ningún lado. Pero no había acabado de pensarlo cuando, como si el proyector me hubiera leído el pensamiento, llenaba la pantalla una secuencia, no muy larga, pero suficientemente expresiva, filmada a pie de calle. Y poco después la pareja protagonista «posaba» y charlaba en un rincón inconfundible de Central Park, en lo que a todas luces cabe interpretar como una especie de firma y rúbrica de clara intención. Como si Woody Allen nos estuviera diciendo: «He aquí mi mundo, estos son mis poderes». Y, al otro lado de la pantalla, muchos asentimos.

Concluiré con una nota al margen. Aspecto destacable de Café Society es el buen partido que Woody Allen vuelve a sacar a un actor tan característico como Jesse Eisenberg, con el que ya contó en A Roma con amor. Este chico de pelo ondulado, nariz con marca de fábrica y gestualidad algo desbaratada, me parece un intérprete bien dotado y aquí hace una buena pareja con Kristen Stewart. Aunque he de confesar que también le tengo algo de ojeriza por lo bien que interpretó el papel de Mark Zuckerberg en La Red Social, película excelente y tan dura que, en un mundo comme-il-faut, hubiera supuesto el descrédito inmediato del biografiado y la huida masiva de los usuarios de su criatura vengativa, la famosa red Facebook. Aunque, por lo que se ve, ocurrió justamente lo contrario. Lo cual no viene a ser sino una confirmación de la deriva irracional del mundo. O de cosas peores. Pues bien, el efecto benéfico del rito anual de Woody es tan fuerte que, potenciado por otras influencias que, curioso azar, también me llegan desde Nueva York, puede que me replantee mi rechazo visceral hacia ese club al que está afiliada media humanidad. Puede.

Con Woody en Oviedo, hacia 2008. ©SPM



martes, 6 de septiembre de 2016

Alumno con mula


Al volver sobre mis pasos, siempre encuentro las mismas palabras sonando desde el fondo de un lugar que, a medida que se aleja, cada vez me parece más cercano. Es el pozo que había en mi casa de niño, al que me gustaba tirar piedrecitas, también algún canto gordo, para aguardar el chasquido del agua y los brillos lejanos, y sobre cuyo brocal solía dar voces que no tardaban en regresar cargadas de misterio, como si allí abajo hubiera alguien dormido esperando mis palabras. 

No había ninguna intención extraña en esas niñerías. Tal vez sólo la ilusión de que el mundo no fuera tan tosco ni tan plano como lo que sugería el uso inmediato del agua de aquel pozo, un agua gorda, no muy apta para el consumo humano, tan distinta de la que bebíamos en la aldea gallega, pura delicadeza de frescura y sabor (que el agua se considere insípida, aunque de forma objetiva lo sea, siempre me ha parecido una grosería). 

Ese agua, aparte de para las tan laboriosas tareas higiénicas de entonces, en una sociedad que aún desconocía el uso generalizado de los grifos dentro de las casas, servía para dar de beber al ganado, en concreto a las tres o cuatro decenas de mulas que habitaban las cuadras del gran corralón que se extendía  a lo largo de toda la calle y que eran la ocupación principal de la familia, abuelos, tíos y padre, todos ellos agricultores reconvertidos en tratantes, dedicados al trato de la muletería, actividad que consistía en comprar y vender mulas, incluidos los llamados «machos», también algún caballo o yegua, pero sobre todo caballerías de sexo estéril, aptas para la arada, la trilla, el acarreo y otras tareas propias de aquella sociedad agrícola que ya es pura leyenda. 

Los animales eran traídos desde Galicia, de las ferias de Monterroso y otras, inicialmente en largas caminatas por rutas de trashumancia, con paradas en curros, corrales o establos ya previstos, o en pleno campo abierto. Aunque en los tiempos de los que hablo, lo habitual era el transporte en trenes, estabuladas las acémilas y las demás caballerías en vagones especiales que alguna vez vi descargar en la estación de Eburia.

Al caer la tarde, era habitual que las mulas fueran sacadas de las cuadras en que pasaban la mayor parte del tiempo y en grupos de ocho o diez eran conducidas a la gran pila, alta y alargada, cercana al pozo, que ya había sido llenada de agua y donde era un gusto verlas abrevar, mientras mi padre o mi tío o, más a menudo, uno de aquellos «criados» (así se les llamaba a los mozos de mulas), tan diestros en el manejo de todo lo relacionado con su cuidado, silbaban sin parar una melodía simple y monótona, una especie de gorjeo sostenido que, al parecer, era necesario para que los animales cumplieran de forma más rápida el trámite de saciar su sed. 

De aquellos años aún me llegan a veces, envueltas en imágenes que me sorprenden en el sopor de media tarde o en algún sueño, algunos de aquellos tercos sonidillos que tienen sobre mí, alumno de esas y otras viejas lecciones de un mundo ya desaparecido, el poder de sembrar en mi cabeza una ambigua sensación, extraña mezcla de nostalgia y tristura, de la que sólo consigo librarme bebiendo un gran vaso de agua. Fina y fresca, a ser posible.       

Reata de mulas. Foto de autor desconocido. Tomada de aquí.

lunes, 29 de agosto de 2016

Carne que tiembla


 Los primeros temblores de la carne.
Temblores de la carne los primeros.
Primeros de la carne los temblores.
Carne la de los temblores primeros.
De los temblores primeros la carne.
La carne de los primeros temblores.

*****

Encuentro el primer envite de este «dado» en el artículo que Manuel Vicent dedica a Sílvia Pérez Cruz en la contraportada de El País. He visto desarrollada en este texto, con la brillantez habitual del escritor levantino, una idea o intuición que me acompaña desde la primera vez que oí cantar a la artista catalano-gallega: en la actitud de esta mujer puede que esté latiendo la solución a los conflictos patrióticos que con frecuencia han ensombrecido la convivencia en tierras ibéricas, y a los que tanto cuesta encontrar remedio. La identificación que Vicent hace entre la fuente de la voz de la cantante y el lugar «donde nacen todas las patrias» puede parecer una metáfora demasiado sutil o incluso rebuscada. Pero basta escuchar con atención a Sílvia Pérez Cruz en una cualquiera de sus actuaciones (por ejemplo en esta, casi improvisada, con su padre) para comprender lo atinado y revelador de esas palabras. Tal vez porque, a fin de cuentas, la verdadera patria no es más que el recuerdo de un temblor y de la emoción que lo produjo.

viernes, 19 de agosto de 2016

Capotiana

El escritor Toni Montesinos ha tenido la deferencia de incluirme en la serie de «entrevistas capotianas» que viene publicando en su blog. Ha sido un placer participar en el juego. El resultado puede leerse aquí.

jueves, 18 de agosto de 2016

El viaje a la última Thule


Ningún momento es bueno para recibir la visita de la Vieja Dama. Pero tiene cierta lógica narrativa que Víctor Mora, el creador del Capitán Trueno y otros muchos personajes que llenaron de felicidad y sueños épicos tantas horas de nuestra infancia (y no sólo), haya emprendido su último viaje en pleno mes de agosto. Al fin y al cabo, este es el tiempo en el que, en algún rincón del espacio intemporal, estamos todos entretenidos con las aventuras de sus creaciones, y él puede largarse casi de puntillas, quién sabe si camuflado como polizón en alguno de esos barcos en los que el caballero cruzado y sus amigos viajaban siguiendo los rumbos de nuestra imaginación. Y a bordo de los cuales, en más de una aventura, si no me falla la memoria, surcamos junto a ellos las aguas en dirección al país de Thule, la patria de Sigrid, la rubia vikinga novia del capitán. Ella, junto con el forzudo Goliath y el avispado Crispín, componían un grupo que, sin exagerar, bien puede considerarse que formaba parte de nuestra familia. O, mejor aún, de nuestra pandilla, pues eran personajes que, en mayor o menor grado, todos compartíamos. 

El Capitán Trueno, encarnación hispana del Príncipe Valiente, no fue mi héroe favorito de los tebeos, condición que, como ya he contado aquí alguna vez, correspondía a Tamar, una variante de Tarzán. Pero no creo equivocarme si afirmo que, ya desde su nacimiento,  en 1956, y mucho más a lo largo de al menos las dos décadas siguientes, fue un personaje aparte, el paladín por excelencia de toda la tropa garabateada que coleccionábamos con esfuerzo y leíamos con fruición. 

Andando el tiempo, cuando ya habíamos dejado de seguir sus aventuras, bien avanzados los años setenta, el personaje regresó como héroe del rock urbano, en aquel tema que le dedicaron los chicos de Asfalto (ver video abajo) y que, entre otras canciones de época, formó parte importante de la banda sonora de nuestra juventud. Y, en mi caso, además, de quince meses de servicio militar sufridos, entre aviones de combate y brigadas de raras aficiones, en las inhóspitas llanuras de Albacete (hace solo unos días, curiosamente, volví por allí para comprobar que me he olvidado casi por completo de aquella "aventura"). Esa circunstancia justifica que pueda decir, con toda propiedad y dándole un nuevo uso al viejo chiste, que hice la mili con el Capitán Trueno.

En estos últimos años los retornos de las creaciones de Víctor Mora han sido frecuentes. Todavía en la última Feria del Cómic celebrada en mayo en Barcelona se conmemoró con todos los honores el 60º cumpleaños del héroe. No consuela, pero algo alivia, comprobar que también las criaturas inmortales cumplen años,

Por desgracia (o no, que diría el Supino Rajado), los seres humanos somos perecederos. Y a Víctor Mora, del que después de grandes mixtificaciones y hasta calumnias fuimos conociendo su verdadera e intensa vida, le ha llegado la hora. Un tuit anunciando su muerte me sorprendió esta tarde mientras estaba tratando de entender, leyendo a mis contemporáneos, cuál es el estado actual de la cuestión política, metida en una deriva --qué les voy a contar-- que ni el más capacitado de los héroes sería capaz, no ya de solucionar, sino sólo de entender.

El sentimiento que la triste noticia me produjo fue como un fogonazo de realidad en medio de los espejismos de agosto. Una vieja luz que reconocí de inmediato y bajo cuyo reflejo escribí, al hilo del comentario tuiteado por José Menéndez Zapico, @zapi,  dos tuits, que ahora recupero:

@lfredojramos: Qué tristeza. Gracias por las horas felices, hace ya tanto tiempo, pero que fue ayer mismo. Buen viaje hacia Thule.

Y unos minutos después:

@lfredojramos: Ahora sí que estamos perdidos de verdad.


Y este homenaje del 6 de septiembre:

Crispín: «¡Mirad, mirad!: ahí llega Víctor».
In memoriam, Victor Mora, ya también en el lugar de los sueños.

Fotografía de Victor Mora, de autor desconocido,  tomada de El Español. 


domingo, 31 de julio de 2016

Marina menor


Sube el nivel del mar. Sobre mis ojos, las palabras se quedan a la altura del perdido horizonte. Sopla el viento. Frente al blanco inmenso de la nada, mi alma es un barquito lleno de cerraduras. Una pequeña herrumbre, como una mancha leve, que va dejando un rastro de óxido y de sal. Apenas puedo hacerle caso al hombre que susurra a mi espalda otros nombres de los que nada sé y que se pierden, como mis ojos, en la intemperie opaca de las voces.
     
                                                             (Tiempo contado, 17.02.16, miércoles; 10:16 am)

Imagen: Viñeta del Mar Menor. © AJR, 2012

sábado, 30 de julio de 2016

La canícula alucina cal


A MÍ LA CANÍCULA, ADONDE SED NO DA, 
ALUCINA CALIMA.

(AJR: 4,20; 10,39; Palíndromos ilustrados, LV, LVI)

Que algunas palabras claves de estos últimos días del mes de julio puedan alinearse, sin grandes torsiones ni excesivos forzamientos, en orden semántico y en una frase reversible, ya me dirán si no tiene su punto... alucinante. Y eso por no pensar en el deslumbramiento interno de la cal (La canícula alucina cal) o en la pareja primorosa (Alucina canícula), que si bien se mira quizás sea la madre del cordero y la criatura más fresca y natural. Fosfenos producidos por el alto calor del verano, sin duda. Pero maravillas que el alma secreta de las palabras hace florecer donde menos se piensa, aunque para verlo haya que pensar. Y pasar al menos dos veces por el mismo sitio.

Fotografía: Glowing Sun, de Edicia Edijanto, tomada de aquí.



viernes, 29 de julio de 2016

Trigal con cuervos



I
Están ahí, no son lo más oscuro
ni simbolizan nada malo.
Tan sólo cuervos
que escrutan el trigal
mientras cae la tarde.
Y ya se alejan.

El día que no vengan
y no sea necesario espantarlos,
contra qué el arma,
contra quién.


II
Pero todo está lleno de presagios:
el campo es un incendio,
los caminos se han vuelto impracticables,
las aves vuelan bajo,
el horizonte al fin es un abismo,
hay claros mensajeros de la muerte.
¿El arma contra el pecho es la salida?
El hombre ha de morir para que crezca su arte.
«Ya no te pesaré más, hermano» (a Theo).






Aunque no existen pruebas concluyentes, algunos estudiosos consideran que Trigal con cuervos pudo ser el último cuadro pintado por Vincent Van Gogh, en julio de 1890, pocos días antes de que el artista, en medio del campo y al atardecer, se disparara en el pecho produciéndose la herida que le causaría la muerte (29 de julio). Cuando salía a pintar por los alrededores de Auvers-Sur-Oise, Van Gogh solía llevar consigo un revólver que al parecer empleaba para espantar a los cuervos.

(Van Gogh Museum, Amsterdam).


Rescatado de los Arcones de la Posada. 
Hoy, 29 de julio de 2016, se cumplen 126 años de la muerte de Van Gogh 
Primera publicación: 21/05/2009; 23:31 hora de verano de Europa Central








jueves, 28 de julio de 2016

Franknetstein


A HAL 9000, que nos precedió a todos.
Y en memoria de SK, su creador.

Balbuceo mi nombre entre la niebla
porque no sé quién soy. ¿Esto es la vida?
Un haz de luz buscando la salida
entre cuerpos poblados de extrañeza.

Comienza a clarear. Con qué tibieza
brota de la mañana mi alegría.
Mi viejo profesor me lo decía:
«Vendrá el día en que sientas la cabeza».

Oh blanca @raña de hilos luminosos
que vas tejiendo alrededor del mundo
las voces libres de la red océana...

Salutación del optimista: asombro
al sentir que la sangre es un murmullo
de palabras, palabras y palabras.


Rescatado de los Arcones de la Posada
y de un viejo cofre procedente del naufragio de poesía.com.
Cuando se cumplen 200 años del nacimiento de la inolvidable criatura de Mary Shelley.

Imagen superior: Frankenstein/Hal 9000/HLC, acuarela sobre papel de Marta Szulc.

martes, 26 de julio de 2016

Plural


Cómo llegar a ellas
a esas vidas que comparten la tuya
no sólo aquí   también en los cercanos
horizontes que se abren
detrás de las montañas y hacia el mar
y más aun y aún en los bullentes
hormigueros que aparecen sin pausa en los telediarios
o en las crónicas que lees en el periódico
o que vislumbras cual sombras
proyectadas sobre la pantalla del día
y en las demás pantallas
y cómo poder sentir sus cuerpos ciertos
en el fresco zaguán de tu conciencia
poder darles algo más que un nombre colectivo
—la humanidad, la gente, mis hermanos—
y palpitar con ellas (esas vidas)    
alegrarse en sus risas
medir el peso del oprobio común
en la común condena
y sentirte en la piel la comezón
igual que una sospecha o un presagio
de que hay algo que une
la escurridiza red de seda de tus sueños
con sus sueños
y de que no es inútil la certeza
con que amas las palabras en plural.

Viajeros en Dhaka, Bangladesh, Foto AP. Tomada de aquí.

domingo, 24 de julio de 2016

El Tour en tuits

El Tour en la tele a golpe de tuit. Foto AJR.

Toujours le Tour!
Días del mes de julio:
vuelvo a ser niño.

Ruedan colores:
azules, grises, verdes...
¡y el amarillo!

Bicis y Steiner:
bajo la luz de julio
rueda el silencio.


Trabajo y ocio:
rueda la tarde lenta
en la Posada.

Ruedas y músculos
entre las sombras verdes:
«Comienza puerto».

Seguir la rueda
de la Francia profunda:
ríos, castillos.

Primer gran puerto,
entre aguas turbulentas:
le col d'Aspin.


Valle tendido
bajo la luz redonda:
le Tourmalet.
(Ay, aquel tiempo
de palabras gemelas:
¿dó fue l'Aubisque?)

Cruza las cumbres
la proverbial serpiente
multicolor.
Y a cada paso
la rueda del recuerdo
vuelve a girar.

Con luz de otoño,
rueda entre viento y lluvia
el arcoíris.

Por la llanura,
el pelotón compacto
en tensa espera.


Ruedan los cuerpos
y vuelan las palabras:
le Mont Ventoux.

[Silencio triste:
contra la muerte bárbara
rueda la vida.]

Estas llanuras
de franco asentimiento
(cabezaditas).
Y las inanes,
entre l'ennuie y la murria,
conversaciones.

Pancho, gran aficionado, tampoco las tenía todas consigo...

Cuestas en sombra:
bajo el sol de los Alpes,
el Tour cabalga.

Esa agonía
—rueda a rueda de rueda—
del perseguido.
Y el sudor sordo
—a rueda de la rueda—
del que persigue.

¿Las emociones?
Bosques, cultivos, lagos,
desfiladeros...
Si uno se fija 
se ven los elefantes
(y, al lado, Aníbal).

Cronoescalada:
Froome lo devora todo.
Como Saturno.
R. Llansola: Saturno devorando a su hijo (2004).

Habla, memoria,
de aquellas escapadas
de un día entero.

Bravo, Purito.
Más bravo todavía:
Ion Izagirre.

Y junto al Arco,
París bajo las ruedas,
ya todo es Triunfo.

Toujours, ma vie,
je m'en souviens autour
le Tour de France.



*****
Como cada mes de julio desde hace ya más de medio siglo (¡se dice pronto!), he seguido con atención el Tour de Francia, que hoy concluye. No ha sido, precisamente, el más apasionante. Incluso algún aficionado montaraz no ha dudado en calificarlo como el Tour más aburrido de la historia. No diría tanto, pero tampoco mucho menos. La temprana caída de Contador y su posterior abandono lo dejaron reducido a un presumible duelo entre Chris Froome y Nairo Quintana, que finalmente no tuvo lugar por incomparecencia del colombiano, al parecer mermado en su salud. Además, la etapa del Mont Ventoux, sin duda la más esperada, no pudo culminar en los cinco pelados kilómetros de la cumbre, azotada por vientos de hasta 130 km por hora. Así que nos quedamos con las ganas de conjurar tragedias del pasado y, más aún, de ver manifestarse al fantasma de Petrarca para coronar con laureles frescos el esfuerzo del ganador. En contrapartida, el caos de la llegada de esa etapa hizo posible la insólita e inédita escena de un maillot amarillo corriendo a pie en dirección a la meta, una imagen del todo inverosímil que por momentos convirtió la Grande Boucle en una variante de la triatlónica Quebrantahuesos. 

Este Tour no ha carecido de instantes salvados de la murria canicular. Junto al esfuerzo notable de ciclistas ya veteranos (Cavendish, con sus cuatro triunfos, el melenudo Sagan, hábil como un zorro, Nibali, Aru, o nuestros Valverde y Purito, este último ya de despedida), ha sido notable la confirmación de ciclistas emergentes (Pantano, Bardet...) y el despuntar de algo más que jóvenes promesas (Yates, Alaphilippe, un nombre que lleva el ánimo incorporado). Todo ello, naturalmente, bajo el dominio impecable de un Froome que, a día de hoy, parece imbatible, aunque en algún momento dio muestras de estar a punto de flaquear. De los momentos felices, sin duda el más alegre fue el triunfo de Ion Izagirre, en la penúltima jornada, tras su vertiginoso descenso del col de la Joux Plane, en la etapa más vistosa de la ronda (ayer mismo). También la tristeza y la repulsa por el atentado de Niza estuvieron presente en la carretera: con buen criterio, las ruedas, como la vida, siguieron girando.

Como esta ha sido el primer Tour que he podido seguir, a salto de mata y sin suspender mis actividades laborales, con un iPhone cerca y una cuenta de Twitter, @lfredojramos, se me ocurrió la idea de tratar de resumir el clima de cada jornada en un tuit, con ritmo de coplilla de tres o seis radios. También he colgado en mi TL, y en cuasidirecto, los finales de todas las etapas, con un breve comentario. En los TuitTour, todos ellos ilustrados con imágenes tomadas en su mayoría de la retransmisión de RTVE, me propuse, a modo de obligación formal, que cada estrofa llevara incorporada la palabra «rueda», en cualquiera de sus acepciones. Pero también me he tomado la licencia de saltarme la norma cuando me ha parecido bien. Dudo que la recopilación, en su zigzagueo, consiga evocar lo que ha sido esta 103ª edición del Tour. Pero me daba pena que el esfuerzo se perdiera en las inmensas cloacas de las redes sociales. Así que he preferido trasladar la serie a la cámara frigorífica del blog, por si a alguno de los visitantes de la Posada le suscita interés. 

La próxima gran cita ciclista, además de los juegos olímpicos, será la Vuelta a España, que este año dará sus primeras pedaladas junto al Sil, en una etapa que confío en poder seguir en directo. 

sábado, 23 de julio de 2016

Carmiña


Miss Lunatic
                                              A Carmen Martín Gaite,
                                                       en el bosque de Manhattan.

Cuando la veo pasar, la reconozco
por el vivo color de sus harapos,
la faltriquera, larga trenza blanca,
y el gran sombrero extravagalegante.

De su carrito emerge la discordia
de Frankenstein antes de la tormenta.
Va por la acera como por un sueño
o por el bosque o por el arco iris.

Hay en sus manos un terror antiguo
y en su voz lascas de un alcohol que nunca
la ardió la sangre, sí la noche helada.

Ha amado mucho. Es sabia porque es libre.
Y escucha siempre a quien se para a hablarle:
«A mí me encanta que me cuenten cosas».

(Ahora se ha ido. Amigo, si la ves,
dile que aquí, en la isla de Manhattan,
llora la estatua de la Libertad).

Fotografía de Carmen Martín Gate © Ricardo Guitiérrez, tomada de aquí.


Tal día como hoy, 23 de julio, hace ya 16 años, fallecía Carmen Martín Gaite, una de las mejores escritoras de su generación, además de mujer dulce, generosa, vitalista hasta su último aliento. Autora de una obra en la que figuran textos de gran finura crítica e inteligencia y de algunas novelas inolvidables, surgidas de una capacidad fabuladora y de un «cuarto de atrás» que en más de un aspecto son comparables la una y el otro a los que poseía Virgina Woolf, Martín Gaite es también la creadora de una de las mejores novelas infantiles de nuestra literatura, Caperucita en Manhattan. A ella pertenece el inolvidable personaje de Miss Lunatic, una criatura de tan prodigiosa verdad que resulta difícil no verla como un retrato de una parte importante del alma de su autora. Así la abordé en este poema, escrito a raíz de la muerte de la escritora y que ha permanecido inédito hasta que, recientemente, Hilario Barrero lo acogió con generosidad y cuidado en el número 11 de los Cuadernos de Humo, una muy selecta publicación periódica que el escritor toledano afincado en Brooklyn edita, precisamente, en Nueva York. No cabía mejor destino. 


miércoles, 13 de julio de 2016

Monopsílabos


¡AY, NI SÍ NI NO, NI NI SIN YA!
(A LA DUDA DÚDALA)

(AJR: 9,19; 4:13; Palíndromos ilustrados, LIII, LIV)

Fotografía: Dani Duch / La Vanguardia.

jueves, 7 de julio de 2016

Frases al vuelo


Es tal la cantidad de frases hechas que amueblan nuestro lenguaje, y nuestro pensamiento, que no necesitamos que el catálogo de Ikea nos proporcione ideas para vivir. Así, a bote pronto (¡una!) y siguiendo el orden alfabético, podemos cazar al vuelo unas cuantas, quizás alrededor de un centenar, que guardan en el tríptico de su estructura (entre sus tres solas palabras) la pepita de un poema. Basta con dejarse llevar por la literalidad, la sugerencia del momento o el ritmo interno para que brote un humillo de la lámpara y el tópico se vuelva trópico... 

Abrir el melón. Acudir al quite. Aporrear la puerta. Apretarse los machos. Andar de cabeza.  Armar la marimorena. Armarse de valor. 
Babear de gusto. Bajar los humos. Beber los vientos. Besar la lona. Brindar al sol. Buscarse la ruina.
Caer de pie. Caerse del cartel. Cambiar de tercio. Cantarle las cuarenta. Capear el temporal. Ceder los trastos. Comerse el coco. Contar hasta diez. Cortarse la coleta. Cubrirse las espaldas.
Dar la puntilla. Dar la tabarra. Darse por vencido. Darse una hostia. De proporciones bíblicas. Dejar de lado. Descubrir el Mediterráneo. Dimes y diretes. Doblar la servilleta. Dudar de todo.   
Falto de sustancia. Feo de cojones. Fiesta de guardar. Fondo de reptiles. Frenar en seco. Fuente de problemas. Fundir los plomos.
Ganarse el pan. Generar buen rollo. Golear al contrario. Griparse el motor. Guardar las formas.
Hacer el primo. Hacer la faena. Helarte el corazón. Hilar muy fino.
Inclinar la balanza. Irse de rositas.
Joder al prójimo. Jugar con fuego.
Kafkiano te veo. Kilitos de más. Kilómetros de distancia.
Lamerse las heridas. Lanzarse al ruedo. Levantar a pulso. Llover sobre mojado.
Marear la perdiz. Matar el gusanillo. Mentiras como puños. Mirar las musarañas. Moler a palos. Montar el número. Morder el polvo. Morir de amor. Muertos de risa.
Nadar en seco. Nadie es perfecto. Negar la evidencia. Ni por esas. No pero sí. No somos nadie. Nombrar al demonio. Nunca se sabe.
Obedecer al instinto. Ocultar la evidencia. Odiar el pecado. Ojos que no ven. Oler a chamusquina. Olvidar el pasado. Omitir los detalles.  Otear el panorama.
Pasar por alto. Pedir la luna. Pelar la pava. Pedo de monja. Pinchar en hueso. Pisar a fondo. Poner la cama. Pulirse la pasta. Putear al prójimo.
Qué cosas tienes. Qué sabe nadie. Que te den. Querer es poder. Quitarse el sombrero.
Raro de cojones. Reírse de todo. Rematar la faena. Rizar el rizo. Romper el hielo. Romperse los cuernos. Ruido de fondo. Rumor de olas
Salir a hombros. Salir del armario. Salir de naja. Ser un cabestro. Ser un figura. Servir de cebo.  Sine qua non. Sí pero no.  ¡Silencio, se rueda! Sostener la mirada. Subir el tono.
Tal para cual. Tener el cuajo. Tener mano izquierda. Tentarse la ropa. Tirarse al ruedo. Tirarse el folio. Torcer el gesto. Torear al alimón. Trastear a alguien. Trocear la tarta.  Truco del almendruco. Túnel sin salida. Turno de réplica.
Uncirse al carro. Untar la mano. Urdir la trama. Usar el coco. 
Vacilar al prójimo. Venir de lejos. Vivir de gorra. Volver al ruedo. Vuelta y vuelta.
Zanjar la cuestión. Zurrar la badana.

Es curioso, además, el gran número de frases que le debemos al lenguaje taurino (las que van en redonda en la lista anterior son ya unas cuantas). Siempre me he preguntado, naturalmente en plan retórico, si el día que definitivamente se prohíba la fiesta de los toros habrá que borrar del diccionario estas y otras muchas expresiones nacidas de la tauromaquia. Una buena pregunta para un 7 de julio.

Imagen tomada de aquí.



martes, 5 de julio de 2016

Kiarostami, las brasas de una correspondencia

Kiarostami y Erice, dos maestros de la mirada.

La muerte del director iraní Abbas Kiarostami, además de fragmentos de su cine que (salvo alguna excepción) me cuesta trabajo recuperar con nitidez, me trae sobre todo el recuerdo de su correspondencia visual con Víctor Erice, que pude ver en la exposición organizada por La Casa Encendida a finales de 2006. Estoy seguro de haber escrito algo al respecto, pero no tengo modo de localizarlo. Quizás fuera sólo el correo electrónico enviado a un amigo recomendándole vivamente la visita y tal vez comentándola con cierta extensión. Por fortuna, hay por la Red suficientes huellas para poder recuperar, si viene al caso, lo que en su día, tanto por su novedad como por su calidad, me pareció un hito importante de la cinematografía contemporánea. Y que hoy, pese a su relativa cercanía (¡qué son 10 añitos de nada en el espejo de una vida!), tiene ya el aura de un hecho del pasado que la extraña mezcla de recuerdos y falta de memoria convierte en algo mítico: ese tipo de sucesos por los que, sin duda ingenuamente, suponemos que nuestra vida tiene o tuvo un brillo especial. Volver a recuperar esa emoción, o intentarlo al menos (ya sabemos las sorpresas que encierran a menudo las, por otro lado imposibles, vueltas al pasado) será la mejor forma de rendir homenaje a uno de los grandes maestros del arte de mirar.

domingo, 3 de julio de 2016

Línea


                                  Esta línea soporta el peso muerto
                            de la luz
                                                y se hunde
                            hacia el fondo invisible
                            de la página
                            donde sólo respiran
                            las criaturas más fuertes de la imaginación.




Imagen: Librería de CaixaForum, Madrid ©AJR, 2016.

sábado, 2 de julio de 2016

Bumeranes para Rubén Darío

José Pulido en el homenaje de Navalsauz, sobre Luz azul. 

OÍR A DARÍO
OÍR ESE RÍO
OIRÁ: ¡DARÍO!
OÍR A DARIO O IR A DARÍO
OÍR A DADÁ. ¡DA DARÍO!
OÍR AMÉ OPIO. OÍ POEMARIO
OÍR A CISNES EN SICARIO
OÍR A TI LOS SÁBADOS O DABAS SOLITARIO
OÍR AÍDA A DIARIO
OÍR: ADORNO HONRÓ DARÍO
OÍR: BÉSAME MÁS EBRIO
¡OÍR A DARÍO ACÁ, PASA, PACA: OÍR A DARÍO!


***

Hoy, sábado 2 de julio, se celebra el Día Internacional del Palíndromo, una iniciativa de la que me informan desde el Movimiento REVER. Como 2016 es también el año del centenario de la muerte de Rubén Darío, me ha parecido oportuno unir ambas efemérides con este homenaje, esbozo de poema compuesto a partir del conocido reversible inicial, creado por Darío Lancini, y que en su línea final también lo es a Francisca Sánchez, la mujer en la que Darío encontró amor y entrega. Precisamente, en torno al recuerdo de ambos nos reunimos hace unos días un grupo de amigos y admiradores en la aldea abulense de Navalsauz, el lugar de nacimiento de «la princesa Paca». 
En ese acto, como muestra parcialmente la imagen superior, alguien tuvo la buena idea de componer con la flor del piorno una hermosa LUZ AZUL, que lucía espléndida bajo la claridad de Gredos.