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| Isabel Quintanilla: Granadas, 1970. En la exposición del Thyssen Bornemisza, Madrid. |
Un fenómeno o experiencia que no sabría situar cronológicamente, aunque tuvo que ser temprano, tal vez hacia 1961, pero que se me representa ahora bajo la apariencia de una “revelación”, fue el de la primera vez que vi romperse, en una catarata de brevísimos y fulgentes añicos, uno de aquellos platos (¿o tal vez fue un vaso?) de Duralex, marca y materia tan presente otrora en nuestras vidas. E incluso ahora. Quien puso el nombre a este tipo de material cristalino (¿un estudiante de derecho frustrado?) es probable que no estuviera, como suele decirse, al cabo de la calle de la poderosa acción poética que ponía en marcha. La ley es la ley aunque la realidad salte en pedazos. O precisamente por ello: que en cuestiones legales, como en casi todo, no hay regla sin excepción. He podido leer que en España, que para algunos también puede que esté siendo desde hace tiempo contemplada “sub specie cristalina”, se popularizó a mediados del siglo XX «el vaso Saboya 8 para el café belmonte debido a su tamaño y a la marca inferior ideal para la dosis de leche condensada», descripción que en sí misma daría pie para un corolario costumbrista. Y hasta levemente dinástico. Que de todo se aprende. Pero, lo que son las cosas: buscando a finales de la pasada década información en la wikipedia (ya nombre común) sobre Duralex, pude leer que «El 23 de septiembre de 2020, un tribunal comercial de Orleans declaró la empresa en quiebra por suspensión de pagos». ¡Duralex quebrado! Y hace ya casi cuatro años. Bien se podría decir que no somos nadie y menos en añicos… Sin embargo, puedo leer ahora (al ir a contrastar la cita), «la compañía fue finalmente salvada al ser adquirida por el grupo francés International Cookware en enero de 2021, manteniendo la marca y relanzando su producción». Gerundios aparte, que Duralex sobreviva quizás sea símbolo de algo. Aunque no sabría decir de qué.

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