martes, 6 de marzo de 2012

Una vieja guía nueva


Con mis disculpas previas por el indudable cariz publicitario de esta entrada, es un placer comentaros que acaba de llegar a mis manos, envuelta en el siempre agradable olor de la tinta impresa, la nueva edición (ya la 9ª) de la Guía Total de Castilla y León, publicada por Anaya Touring y de cuyos textos soy el principal autor, si bien una obra de estas características siempre es fruto de un amplio equipo.

Al buen quehacer editorial ya habitual de la editora Mercedes de Castro, en esta ocasión se ha sumado el excelente trabajo de Javier Muñoz: a ambos y al grupo de profesionales de Anaya Touring hay que atribuir todo el mérito del cuidado de la edición.

Esta guía,  mi preferida entre cuantas he realizado para Anaya Touring, es  una vieja cita que desde su primera salida, en 1993, hemos ido actualizando tanto desde el punto informativo como gráfico. Ello nos ha obligado a  recoger y valorar, en las sucesivas ediciones, cuantas novedades se han ido produciendo en el patrimonio artístico y museístico, así como en el urbanismo y en la vida cultural y festiva de los pueblos y ciudades de la más extensa de las comunidades autónomas, también la de mayor riqueza monumental.

Son algo más de 500 páginas de apretada información  ilustradas con numerosos mapas, planos, plantas de monumentos y una amplia selección de fotografías, a las que hay que añadir 70 páginas más con informaciones prácticas sobre alojamientos, restaurantes, comercios y otros lugares de interés.

Reproduzco a continuación el texto preliminar que he escrito especialmente para esta edición dando cuenta de algunas de las novedades incluidas. Ojalá que la obra siga gozando del favor del público.

Castilla y León: un viejo rostro nuevo 
El balance de tres décadas de autonomía en Castilla y León ofrece valoraciones discrepantes según los aspectos que se contemplen. Así, mientras unos ponen el acento en constatar la mejora del nivel medio de vida de la población, otros subrayan el despilfarro de recursos que la inflación burocrática parece implicar. Hay quienes ponen de relieve la modernización de los núcleos rurales o el nuevo empuje de las ciudades intensamente remozadas, pero también abundan los lamentos por el deterioro o incluso la destrucción de algunos entornos naturales bajo la presión de la misma fiebre del ladrillo que está marcando la historia reciente de España.

          Las opiniones son también contrapuestas respecto a otros muchos aspectos. Pero parece existir una coincidencia unánime en destacar la impresionante recuperación del patrimonio artístico y monumental que se ha producido en estos años en la comunidad como uno de los logros más visibles de la andadura autonómica.
        
Cuando, en los primeros años de la década de 1990, recorrí de norte a sur y de este a oeste las viejas tierras castellanas y leonesas para conocer o reconocer sus pueblos y ciudades, junto a una inagotable sorpresa ante tantas maravillas artísticas y tantos paisajes de belleza abrumadora, la impresión que se fue apoderando de mi ánimo fue la de estar asistiendo a la desaparición de un mundo. 
          Era tal el grado de deterioro en el que entonces se encontraban no solo viejas iglesias perdidas en pueblos remotos sino edificios tan señeros como las catedrales de León o Burgos, el acueducto de Segovia o, muy especialmente, el singular patrimonio mudéjar de comarcas como La Moraña o la Tierra de Campos (por poner solo unos pocos ejemplos), que muchas veces regresaba de aquellos viajes profesionales con el ánimo sobrecogido y un exceso de dudas en la cabeza.
         
Dos décadas después de aquellos recorridos, cuyo objetivo primordial era cumplir el encargo editorial de poner a disposición de los “nuevos viajeros” un material contrastado, completo, ágil y útil, no puedo decir que toda la perplejidad se haya despejado. Pero sería simplemente injusto no reconocer los cambios sustantivos que se han producido y lo mucho que se ha hecho en Castilla y León de cara a la conservación del legado monumental.
          En sucesivos viajes a lo largo de los últimos años, además de seguir descubriendo tesoros de un universo inagotable, he podido comprobar que poco a poco se han dejado sentir en la comunidad síntomas claros de un mayor aprecio por lo que hasta no hace mucho era más valorado desde la distancia y la ensoñación que, por así decirlo, “a pie de obra”. También he podido constatar que ha renacido cierto viejo orgullo y el interés por entender la importancia del pasado en el presente. Y que el peliagudo problema de qué hacer con el muchas veces obsoleto legado de la historia ha encontrado vías de solución que están permitiendo salvar de la ruina no pocos vestigios de pasados esplendores.
        Hoy por hoy resulta indudable que la marca “Castilla y León”, además de por las muchas y muy elogiadas especialidades de su rico filón alimentario (vinos, legumbres, carnes, chacinas), ha conseguido sobresalir en el contexto de la España autonómica y hacerse presente en Europa sobre todo a través de la puesta en valor de su condición de comunidad que atesora una de las herencias monumentales más valiosas del viejo continente. Ahí está como prueba el notable aumento en estos años de los bienes castellanos y leoneses declarados por la Unesco patrimonio de la Humanidad: si antes de 1993 sólo la catedral de Burgos, Segovia y su acueducto, la ciudad vieja de Ávila con sus iglesias extramuros y el casco histórico de Salamanca tenían esa consideración, en las dos últimas décadas su número se ha duplicado con la inclusión del Camino de Santiago (1993), uno de los ejes históricos de la comunidad; Las Médulas (1997), con sus minas auríferas de época romana; el yacimiento de Atapuerca (2000), la nueva “joya de la corona”, y el yacimiento de arte rupestre prehistórico de Siega Verde (2010), una ampliación del contiguo santuario prehistórico portugués del valle del Côa, ya declarado en 1998.
         Pero como es sabido, además de esos tesoros, estas tierras acogen algunas de las obras más representativas de diferentes épocas y estilos, sobre la mayoría de las cuales se han llevado o se están llevando a cabo planes de recuperación que han logrado invertir el proceso de abandono en que muchas se encontraban hace tan solo unas décadas. Baste recordar el plan global diseñado para la conservación de las catedrales, que ya ha rendido frutos evidentes en las de León, Burgos, Zamora o en la colegiata de Toro. O el resurgir del interés por el arte románico, que ha llevado a salvar de una muerte anunciada un buen número de templos de zonas como la Montaña Palentina y de muchos núcleos situados al paso del Camino de Santiago, la ruta por la que este estilo, cuya sobriedad y elegancia nos siguen emocionando, se extendió por el país. Algo similar puede decirse del frágil patrimonio mudéjar, aunque en este terreno los resultados no han sido tan brillantes y lo que falta por hacer es todavía mucho y, además, urgente. Y no hay que olvidar el esfuerzo sostenido para la recuperación de la Vía de la Plata como eje de comunicación y argumento viajero.
       El cuidado del patrimonio se ha extendido a muchos espacios públicos organizados en torno a tantas y tan bellas plazas mayores y ha alcanzado a genuinas muestras de arquitectura popular en pueblos de la Sierra de Francia, del Bierzo o de las Merindades burgalesas. Y se ha completado con las notables innovaciones museísticas aportadas por proyectos novedosos como el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (MUSAC), el museo modernista de la Casa Lis de Salamanca, el Museo Etnográfico de Zamora o la completa remodelación y ampliación del Museo Nacional de Escultura de Valladolid, por fin retornado a su sede principal en el Colegio de San Gregorio. La apertura, a finales de 2011, de la primera fase del Museo Nacional de la Energía, en Ponferrada, es otro síntoma de modernidad, en una línea de reaprovechamiento lúdico y divulgativo de instalaciones industriales obsoletas, una vía en la que igualmente se incluye el Museo de la Siderurgia y la Minería de Sabero, también en tierras leonesas.
          Desde el punto de vista de la conservación de la naturaleza, y pese a los muchos errores cometidos, también se ha avanzado considerablemente. Se ha ampliado de forma sustancial la extensión de las áreas protegidas mediante la creación de nuevos parques naturales y el despliegue de una red de centros de interpretación y casas de parques que permiten un mayor disfrute de los valores paisajísticos y naturales.
          Por otro lado, si en estos años la comunidad se ha modernizado y ha incorporado a la vida cotidiana de sus pobladores usos y costumbres que hasta no hace mucho parecían completamente ajenos, también es verdad que se ha producido un fenómeno de intensificación del peso no ya de la historia sino de los remotos tiempos del amanecer del hombre. La valoración de estas tierras como cuna de los primeros europeos, a raíz de los trascendentales descubrimientos llevados a cabo en la sierra de Atapuerca, parece llamada a convertirse –si es que no lo es ya– en la gran palanca del interés que Castilla y León despierta a escala internacional. El ambicioso Museo de la Evolución Humana (MEH), abierto en Burgos a mediados de 2010, ha surgido para cubrir y potenciar esa expectación.
        La Castilla y León que el viajero puede recorrer en estos tiempos críticos de la segunda década del siglo xxi es un mundo que ha crecido a la vez, aunque parezca paradójico, en antigüedad y modernidad. Y, como el lector de estas páginas podrá comprobar, en muchos puntos de su vasto territorio se han abierto caminos diferentes y perspectivas inéditas para seguir disfrutando la belleza de su viejo rostro nuevo. AJR
(Últimos días de noviembre de 2011)