viernes, 6 de septiembre de 2019

Sobre Alfanhui


No hay ninguna descripción de la foto disponible.

(Lecturas, relecturas y leyendas). Aproveché ciertas horas neutrales (por así decir) de este pasado agosto en el Mar Menor para volver al Alfanhuí de Ferlosio, esa joya inclasificable, una novela mágica, iniciática y picaresca, escrita en el estado de gracia que hace posible que cada palabra esté en su sitio sin estridencia alguna. Y una auténtica rara avis en la descomunal y desigual obra ferlosiana, aunque tal vez contenga, como ninguna otra, un a modo de compendio y exhibición de la principal clave de su escritura: el vuelo poético, la creencia en la capacidad de la lengua para crear realidad. Leí la preciosa edición de Random House (2016), de pequeño formato, con muy atinadas ilustraciones del artista Asen Stareishinski (1936-1991) procedentes de la edición de la obra en búlgaro de 1969. Esta edición incluye una nueva (creo) dedicatoria [«A mi nieta Laura, de todo corazón»] y está cuidada al detalle. Así que fue un placer sumergirse en sus páginas para volver a comprobar que es posible alcanzar la perfección en el arte de escribir. A veces de forma tan en apariencia sencilla y redonda como en este texto, que bien podría tomarse como un ejemplo del cuento perfecto, donde no sobra ni falta nada: sólo un lector-mediador que se deje ganar por su belleza. (Para su circulación como texto autónomo me atrevería a sugerir un título: «El surco»).
Dice así:
«También contó la patrona la historia de su padre. Eran de Cuenca. Allí había conocido ella a su marido. Su padre era labrador y tenía algunas tierras. Una tarde se durmió arando con los bueyes. Y como no volvía el arado, los bueyes siguieron y se salieron del campo. El hombre seguía andando con sus manos en la mancera. Iban hacia poniente. Tampoco a la noche se detuvieron. Pasaron vados y montañas sin que el hombre despertara. Hicieron todo el camino del Tajo y llegaron a Portugal. El hombre no despertaba. Algunos vieron pasar a este hombre que araba con sus bueyes un surco solo, largo, recto, a lo largo de las montañas, al través de los ríos. Nadie se atrevió a despertarle.
Una mañana llegó al mar. Atravesó la playa; los bueyes entraron en la mar. Rompían las olas en sus pechos. El hombre sintió el agua por el vientre y despertó. Detuvo a los bueyes y dejó de arar. En un pueblo cercano preguntó dónde estaba y vendió sus bueyes y el arado. Luego cogió los dineros y por el mismo surco que había hecho volvió a su tierra. Aquel mismo día hizo testamento y murió rodeado de todos los suyos».

(RSF: Industrias y andanzas de Alfanhuí, Madrid, Random House, 2016).

La duda

No hay ninguna descripción de la foto disponible.
Richard Estes: The L train, 2016. Col. particular.
Leyó en una ventanilla del diario digital la breve nota que daba cuenta de su fallecimiento. Iba a retuitearla para desmentirla y burlarse del error, pero no pudo. No pudo. «Mal momento para que se te acabe la batería», dijo alguien a su espalda. «Y encima eso», pensó mientras intentaba volverse para contestar. Pero no pudo. No pudo.
...

jueves, 5 de septiembre de 2019

Sobre las NUL

(Novelas de una línea, 6)
Ingenio
No podía dejar de darle vueltas.

No hay ninguna descripción de la foto disponible.

En algún ocasión, he sentido que estaba explorando un territorio que linda con el actual auge del aforismo y la consolidación (signo de los tiempos y su acelerada fugacidad) del microrrelato, de modo que estos textos bien pudieran acogerse a una intersección de esos caminos, sin desdeñar los demás cruces: memorias, fogonazos, criaturas cazadas al vuelo, sobras sensibles, intuiciones versiculares, ocurrencias y todo tipo de verboludismo (incluso sin “ver”), por esa ya confesada afición al juego que a estas alturas sé que es mi verdadera naturaleza —si alguna hay— como escritor y escribidor.
Cierro el ínterin confesando que la intención —o trágalo lagarto— es llegar a las 1001 NUL, series incluidas. Y que laboro en la edición final, ordenada y corregida de la aventura.)

La caminata

La imagen puede contener: cielo, exterior y naturaleza
Félix Vallotton: La Grève blanche, Vasouy, 1913. Colección particular.
Me lo confesó todo. Comprendí. No era nada nuevo. Pero seguía sin tener sentido. Y nadie podría ayudarnos.
...

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Mon oncle



(Al hilo de los días). «Reina el modernismo en nuestra casa, / todo funcionando por un botón, / mas la de mi tío me hace más gracia, / con su cuarto piso y sin ascensor. // Yo soy feliz, feliz con mi tío, / lo paso bien con él porque me sabe comprender...» Con esta letra, sobre poco más o menos, se cantaba la muy pegadiza música —todo un icono— de la genial película del genial Tati, Mon oncle, que fue para muchos, a mediados de los sesenta, toda una revelación. Esta noche la proyectan en La 2.

Bumerán del Paraíso

La imagen puede contener: dibujo
Edvard Munch: Metabolism, 1898. Munch Museum, Oslo.
Eva: «Sola yo sé nadar». Adán eso ya lo sabe.

[AJR: 10, 31]

martes, 3 de septiembre de 2019

El profesor Ruiz de Gopegui: una anécdota


La imagen puede contener: una persona, de traje
El físico y escritor Luis Ruiz de Gopegui, un vecino ilustre de La Prospe, fallecido el pasado 8 de agosto, además de tener tras de sí una carrera científico-técnica de gran relevancia y un colofón creativo como autor de novelas de ciencia ficción y relatos infantiles, en algún caso al alimón con su hija la novelista Belén Gopegui, era un hombre con un muy inteligente sentido del humor. De las diversas charlas que dio en la librería El Buscón, en nuestro barrio, recuerdo una de hace un par de años, o un poco más, en las que estuvo contando con enorme gracia varias anécdotas de su vida profesional, y en concreto algunas referidas a sus años como responsable de la Estación de Seguimiento Espacial de Fresnedillas que tan importante papel desempeñó en las misiones Apolo, y en concreto en la llegada del hombre a la Luna.
Contaba el profesor cómo en plena misión espacial, cuando el alunizaje estaba a punto de producirse, se presentó en las instalaciones un grupo de personas que a toda costa querían hablar con «el jefe de aquello». Se les explicó la dificultad del momento y la inoportunidad de la visita, pero todo fue inútil y Ruiz de Gopegui no tuvo más remedio que recibirlos. El problema era de extrema gravedad: se trataba del alcalde y una delegación del pueblo vecino de Navalagamella que pretendían que se les exigiera a los americanos que, siempre que se mencionara la estación, al nombre de Fresnedillas de la Oliva, se añadiera el de su pueblo, ya que una parte de las instalaciones se ubicaban en su término municipal. Bromeaba don Luis diciendo que, si ya les resultaba difícil a los estadounidenses pronunciar el nombre de Fresnedillas (de hecho, solían referirse a ella como estación de Madrid), era imposible pensar que pudieran referirse de corrido a la Estación de Frenedillas-Navalagamella. Era un placer oír al profesor. Echaremos de menos su talante y su saber. Descanse en paz.