... cada vez que leo en la prensa u oigo en la radio o no veo en la tele que una de esas agencias de nombres tan graciosos si no fueran atroces ha rebajado a la categoría de bono basura la deuda de tal o cual país que siempre es uno de los llamados PIGS no sé qué pasa con el golpe que el pequeño martillo da en el yunque diminuto de mi oído que en todo el laberinto cloquear solo resuena la palabra usura usura usura y es el filo cortante de ese sonido de navaja barbera el que llega al cerebro convertido en un feo pensamiento amasado por imágenes de largas barbas y tintineos insomnes...
viernes, 15 de julio de 2011
jueves, 14 de julio de 2011
El humor de Ramón
Por un venturoso azar, buscando documentar unas greguerías de Ramón Gómez de la Serna, doy con este valioso cortometraje de 1928 que nos acerca, como si fuera hoy mismo, una imagen impagable del escritor (de hecho es gratis) y de su genio humorístico. La peliculilla también revela habilidades ramonianas que acaso podían sospecharse en una personalidad tan polifacética como la suya, pero que no dejan de resultar sorprendentes.
Fue rodada por Feliciano Vítores, uno de los pioneros del cine sonoro en España, frente al gran estanque del parque del Retiro madrileño. Es una cortesía de El águila ediciones, web que merece una detenida visita por su especial empeño en explorar los cauces de la expresión literaria más allá del soporte impreso.
Posdata o Pisuerga. Ayer, 13 de julio, se cumplieron diez años de la muerte de Miguel Gila. Me parece que esta pieza ramoniana puede ser un buen homenaje al gran maestro que supo hacer del monólogo un concierto sinfónico de rara y desternillante perfección. De hecho (y van 2), entre el humor de Ramón y el de Gila hay un hilo común de indudable filiación surrealista.
Fue rodada por Feliciano Vítores, uno de los pioneros del cine sonoro en España, frente al gran estanque del parque del Retiro madrileño. Es una cortesía de El águila ediciones, web que merece una detenida visita por su especial empeño en explorar los cauces de la expresión literaria más allá del soporte impreso.
Posdata o Pisuerga. Ayer, 13 de julio, se cumplieron diez años de la muerte de Miguel Gila. Me parece que esta pieza ramoniana puede ser un buen homenaje al gran maestro que supo hacer del monólogo un concierto sinfónico de rara y desternillante perfección. De hecho (y van 2), entre el humor de Ramón y el de Gila hay un hilo común de indudable filiación surrealista.
miércoles, 6 de julio de 2011
Carreristas
Hace ya unos días que ha comenzado el Tour de Francia. Mis horas de canícula ya tienen dueño, aunque deba compartirlas con obligaciones que no vienen al caso. En mi cabeza solo una palabra es capaz de contener el juego de emociones, naturalmente ligadas a la infancia, que el deporte más hermoso del mundo aún me produce: ha llegado la hora de los carreristas.
Imagen tomada de elespectador.com
Postdata del 18 de julio
Añado algunos argumentos visuales de peso a través de este enlace pescado en el admirable blog de Montano.
(Por cierto, una foto similar a la de los girasoles fue la primera opción que manejé para encabezar este post.)
Postdata del 18 de julio
Añado algunos argumentos visuales de peso a través de este enlace pescado en el admirable blog de Montano.
(Por cierto, una foto similar a la de los girasoles fue la primera opción que manejé para encabezar este post.)
lunes, 4 de julio de 2011
American Pie
American Pie, el disco (1972) |
Hoy es 4 de julio. Un buen día para escuchar a Don McLean. Ya tenía yo ganas de poner aquí este American Pie que escuchaba hace más de tres décadas en lugares insospechados y en un tiempo en el que pese a las carencias indecencias y maledicencias de toda índole que nos rodeaban tan solo parecía existir verdaderamente el hecho bruto de una juventud que entonces nos parecía interminable.
Los hackers que tan estúpidamente bromean con los indecisos avatares de la delgada frontera entre el ser y el no ser en el fondo saben que hay un sentimiento al que nadie consciente logra sustraerse: estamos vivos de milagro.
viernes, 1 de julio de 2011
Luis Alberto de Cuenca, en su reino blanco
Leo de un tirón, quizás como
no debiera hacerse pero sin poder evitarlo, El
reino blanco (Visor, 2010), el
último libro de poemas de Luis Alberto de Cuenca. Reúne noventa composiciones,
incluidos “quince haikus asonantados y cinco seguidillas fetichistas”, escritas en su mayoría durante 2006 y 2009 y
agrupadas en diez secciones de perfecta unidad temática.
El título, como aclara
el autor, procede de una obra de Marcel Schwob, en concreto del penúltimo
capítulo de Le Livre de Monelle (1894),
una historia de amor imposible dibujada por el escritor francés a través de una
prosa poética de dicción simbolista. Es un título preciso y sugerente que
apunta hacia un espacio secreto y acaso legendario. Puede que aluda a un lugar
o experiencia no del todo nombrable —tal vez por de sobra conocido. Pero
también hace un guiño, me parece, a la “poesía
de línea clara”: la palabra poética concebida como “fiesta en la que
quepan todos”, según reza un poema de este libro, en una nueva plasmación de la postura estética
que LAC, al menos desde el hito de La caja de plata (1985), encabeza como maestro indiscutido dentro
de la llamada poesía de la experiencia o, acaso con mayor propiedad, poesía
figurativa.
Y ese sigue siendo el santo y
seña del poeta: la claridad, un saber decir con tal propiedad, derechura y aparente
sencillez que parece que las palabras hubieran nacido para acomodarse como aquí
lo hacen, establecer sin violencia vínculos nuevos que a menudo traen a la
memoria antiguos parentescos, forjar acuñaciones sentenciosas que en más de una
ocasión se diría que están en peligro de ir a despeñarse desde el promontorio
de los tópicos, pero que siempre remontan el vuelo. Y no sólo eso sino que
tienen la virtud de darle la vuelta al escenario o al clima sugerido para situarnos en un territorio nuevo: en una provincia desconocida del reino
blanco.
La poesía de Luis Alberto de
Cuenca tiene, entre otras, una virtud muy apreciable: se disfruta a la primera,
entra por los ojos, es tan legible que a veces uno tiene la impresión de que ya
la conoce o incluso de que lo que está leyendo es justamente lo que esperaba
leer. Es una cualidad que puede favorecer la lectura superficial, la impresión
de que, puesto que todo está tan claro, en el poema no hay nada más y sus
palabras se consumen con nuestra lectura igual que uno se bebe de un trago un
vaso de agua fresca.
Puede que en algún caso sea así —bendita agua—, pero no
hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de que la mayoría de las veces estos
poemas tienen una oculta complejidad, eso que suele denominarse “diferentes
niveles de lectura”. Una complejidad que permite
releerlos con atención creciente porque hay aspectos que no se revelan fácilmente y que sólo la lectura pausada, en varias direcciones interpretativas, y a ser posible
en voz alta, logra descubrir. No en vano,
«Sueño parisiense», el poema que abre el libro, concluye con lo que
podría parecer una consigna barroca para iniciados, mezcla de invitación y
desafío: «Sólo entra aquí quien lucha por entrar».
Campos de amor
Los temas son los habituales
en la poesía de LAC. Fruto en su mayor parte de una libido sentiendi o mirada sensual a cuya luz se entiende bien la
exaltación de la belleza, la placentera evocación de los recuerdos felices y el
afán por el gozo del instante, muchos de los poemas de este libro caen de lleno
en lo que podríamos denominar poesía amorosa, incluida una pieza como «La
maltratada», que apunta a un asunto de trágica actualidad y donde la voz
femenina que se lamenta en primera persona por haber sido enterrada en vida y
condenada al “vacío, la ausencia, el desamparo”, aún es capaz de evocar “aquel campo de amor
que cultivamos juntos”.
El amor es, vuelve a ser, el
gran tema de la poesía de LAC, y como en obras anteriores, es en él donde el
autor cifra —junto con la biblioteca y los amigos— los únicos bálsamos capaces
de ofrecer consuelo frente a la decadencia, el sufrimiento y la muerte.
Sueños, retratos, recuerdos,
“caprichos”, meditaciones propias del otoño y diversos tipos de homenajes
(entre ellos, un tríptico en memoria de Foxá) son, junto con los citados haikus
y seguidillas, otros núcleos que abastecen una obra en la que el humor, la
ironía, la suave erudición (aunque sus fundamentos tengan hondas raíces) y el
buen gusto salen al paso en casi cada página, a veces también con algún texto
cuyas circunstancias no parecen superar la mera, pero casi siempre feliz,
ocurrencia.
Entre mis poemas favoritos
del libro señalaré dos: en primer lugar, «El Cuervo», el poema más largo (él
solo ocupa una sección), un logrado homenaje al arte compositivo de Edgar Allan Poe y
al ancho mundo de misterio y emoción que la obra del “genio de América”
convoca; y en segundo lugar, «En la muerte de Joker», una elegía que no pasará inadvertida a nadie que haya
compartido algún momento de su vida con un perro (u otro animal de alegre compañía). Aquí
lo copio.
En la muerte de Joker
Ahora
sí que te has muerto de veras. Hace años
que escribí tu epitafio, poniéndolo en tu boca,
con un solo objetivo: demorar tu partida,
matarte en mi poema para que no pudieses
morirte de verdad. Pero ese fingimiento,
neurótico y absurdo, para evitar la pena
—o, al menos, aliviarla— no ha servido de mucho,
porque te has muerto, amigo, te has ido para
[siempre
de este maldito mundo y has cruzado el espejo
rumbo a nada y a nadie. Tu sillón favorito,
aquel que le quitaste a Inés y acribillaste
de pelos, está triste sin ti, sin tus babosas
fauces, y tus juguetes se han quedado muy solos.
Y los demás, ¿qué haremos sin ti? Ya no podremos
acariciar tu testa de príncipe perruno,
ni pasear contigo por las calles gastadas
de la ciudad, ni hablarte con alegre ternura.
que escribí tu epitafio, poniéndolo en tu boca,
con un solo objetivo: demorar tu partida,
matarte en mi poema para que no pudieses
morirte de verdad. Pero ese fingimiento,
neurótico y absurdo, para evitar la pena
—o, al menos, aliviarla— no ha servido de mucho,
porque te has muerto, amigo, te has ido para
[siempre
de este maldito mundo y has cruzado el espejo
rumbo a nada y a nadie. Tu sillón favorito,
aquel que le quitaste a Inés y acribillaste
de pelos, está triste sin ti, sin tus babosas
fauces, y tus juguetes se han quedado muy solos.
Y los demás, ¿qué haremos sin ti? Ya no podremos
acariciar tu testa de príncipe perruno,
ni pasear contigo por las calles gastadas
de la ciudad, ni hablarte con alegre ternura.
Perro
fiel, distintivo de libertad y asombro
ante la vida, escudo de abnegación a cambio
de una leve caricia, cumbre de lealtades,
nos has dejado el alma en carne viva, rota,
con tu muerte, y los ojos arrasados en lágrimas.
Desde el país del sueño eterno donde habitas,
querido Joker, suéñanos y espéranos, que pronto
volveremos a estar para siempre contigo,
contigo donde nunca.
ante la vida, escudo de abnegación a cambio
de una leve caricia, cumbre de lealtades,
nos has dejado el alma en carne viva, rota,
con tu muerte, y los ojos arrasados en lágrimas.
Desde el país del sueño eterno donde habitas,
querido Joker, suéñanos y espéranos, que pronto
volveremos a estar para siempre contigo,
contigo donde nunca.
El poeta Luis Alberto de Cuenca en su casa-biblioteca de Don Ramón de la Cruz. Foto de Antonio Astorga, tomada de aquí.
* Escribí este comentario hace unos meses, recién aparecido El reino blanco, pero por alguna razón se había quedado en la gaveta de manuscritos de la Posada. Al salir a colación el libro de Marcel Schwob, en un comentario dejado por Virgi en mi última entrada, me he acordado de él y he ido a buscarlo.
viernes, 24 de junio de 2011
Compañero Peter Falk
No es difícil suponer que Colombo, el destartalado y perspicaz detective al que dio vida eterna (al menos mientras la imagen dure) el actor Peter Falk, al conocer la noticia de la muerte de éste, se habrá dado la vuelta desde la puerta del fondo y, sin salirse de los estrictos límites de su gabardina, habrá clavado sus ojos listos y benevolentes en un lugar indefinido de la escena para volver a decirlo: «Solo una cosa más…»
Esta vez, sin embargo, el caso estará cerrado y no habrá ninguna vuelta de tuerca que permita resolver el enigma.
O quizás sí.
Quizás, en la siguiente escena, en la mente perdida de Peter Falk se hayan ido abriendo paso los recuerdos del ángel imaginario que un día fue y, en un Berlín celestial y en ruinas, volverá a contarle al ángel que aún es Damiel (Bruno Ganz), ya herido por el deseo, algunas experiencias sencillas y gratificantes del hecho de ser hombre. Un diálogo que, de tan real, parece imaginario. Y viceversa. (Incluso en italiano.)
Descanse en paz el actor que produjo tantas horas de felicidad y a través del cual era tan fácil percibir que la condición humana puede inspirar una infinita ternura.
Imagen, Peter Falk como Colombo. Tomada de AllPosters.
jueves, 23 de junio de 2011
Canción del agua nueva de San Juan
todo viene y todo va.
Pero las penas se quedan
en el camino de piedra.
Agua de la mañanita
alegre del día más largo.
Agua que toda la noche
han estado vigilando
las hadas blancas del bosque
y el señor de los castaños.
Agua fresca de San Juan,
todo viene y todo va.
Pero las penas se quedan
junto al río, entre la niebla.
Agua lustral, sanadora
de todos los sueños malos.
Agua en la que el sol refleja
recién nacido su alado
resplandor. Agua secreta
que durará todo el año.
Agua nueva de San Juan,
todo viene y todo va.
Pero queda una gran pena:
quien la canción me enseñara
ya no está.
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