lunes, 23 de septiembre de 2013

Mutis


Hubo un tiempo
que aún no se ha cumplido 
en que yo también quise 
ser Maqroll el Gaviero.

Para Álvaro Mutis, in memóriam.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Juan Luis Panero: el truco final

Juan Luis Panero. Foto: José Luis Huesca.
Ha muerto el poeta Juan Luis Panero. Durante años tuvo que afrontar el equívoco de ser el «hermano malo», pedante y antipático, de El desencanto. Algo así como el cómplice estético, aunque no moral, de su padre, el ogro de aquella historia que sin duda fue el primer estriptis completo (aunque muy particular) de algunos de los demonios familiares de toda una época. Por ciertos gestos e incluso por la manera, algo engolada, de estar ante la cámara vino a quedar como un decadente frente a la irrupción salvaje del vidente libertario  (Leopoldo María, en los inicios de su lenta y casi pautada empresa de «autodemolición») y a merced de la crítica directa de la parte más joven de la tribu (Michi). Lo curioso, pasado el tiempo, es que los nerviosos diálogos, con su filo familiar de ajuste de cuentas, entre el hermano mayor y el pequeño, algunos de ellos ante la presencia de esfinge de la madre, son escenas de la película que aún siguen resultando elocuentes. Cuando las aguas del fervor malditista se remansaron y fue posible ver con una perspectiva más amplia, en el mayor de los Panero se reveló un poeta de hechuras clásicas, de querencia borgiana (tal vez más anunciada que cumplida) y de fondo un tanto previsible, pero de voz bien acordada y cadencia sentenciosa. Muy consciente, sobre todo, de las máscaras. Y capaz de desvelar, tras la última, quién sabe, la carencia de rostro: los infinitos pliegues en que nos envuelve la cultura; su abrigo frente al frío de la muerte. «Niño, saluda al Sr. Eliot», recordaba en la película que le había dicho su padre en Londres, un día de su infancia. Juan Luis Panero es un poeta que nos permite estar a su lado (no siempre puede decirse eso de su hermano). En sus libros la poesía aparece como una variante noble de una imagen que él mismo utilizó, en plural, como título de uno de sus poemas y que me parece que es una definición brillante del escribir: un juego para aplazar la muerte, para hacer frente a sus trucos. A la postre, ya se ve, tarea inútil. ¿Pero qué otra cosa pueden, podemos, hacer los mortales ante el truco final? Ya lo decía también JLP en su poética, que copio abajo, como mínimo y sentido homenaje. Descanse en paz.


Arte Poética

La larga, lenta lengua de la muerte
ha lamido la mano del que escribe.
lucidez o locura, nadie sabe:
solo quedan palabras, palabras deshaciéndose.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Tic tac, tic-tac, tictac



Nunca me han gustado los relojes. Hace más de treinta, quizá cuarenta años, que no llevo uno en la muñeca. Ni en ninguna parte de mi cuerpo. A no ser eso que llaman el reloj biológico, que es una metáfora, cruenta por más señas, y no cuenta. Y si se exceptúa el reloj del móvil, que es el único que a veces consulto. Pero no tanto para saber la hora como para precisar el día. Y eso solo si no lo he podido averiguar ya por la cabecera del diario. La hora la suelo mirar en el ordenador. O por el sol, vieja querencia apache. Así que las recomendaciones "publicitarias" de Cortázar (¿qué pensaría el Gran Cronopio de saberse así doblemente utilizado, en palabras y dicción?) llueven sobre mojado. Tiempo líquido, como los horrorosos relojes blandos del delirante Dalí. Ahora que lo pienso, quizás la prevención contra el cronómetro se me acentuó con aquel pasaje de Gulliver muy tempranamente leído, y que es un placer buscar, localizar y copiar ahora aquí (en la traducción de Pollux Hernúñez para Anaya, algo añeja pero con indudable sabor cervantino).


De la landre derecha, que albergaba en el fondo una maravillosa variedad de máquina, colgaba hacia afuera una gran cadena de plata. Le indicamos que extrajera lo que quiera que hubiera al final de aquella cadena y que parecía ser una como esfera plana, mitad de plata, mitad de algún metal transparente, pues en la parte transparente se veían ciertos signos extraños dibujados en círculo, que pensamos que podríamos tocar hasta que vimos como los dedos se nos paraban ante aquella materia translúcida. Nos acercamos a la oreja este aparato, que hacía un ruido continuo como el de una aceña, y conjeturamos bien que se trataba de algún animal desconocido, bien del dios que él adora, aunque nos inclinamos más por lo último porque nos aseguró (si es que entendimos bien, pues se expresó muy imperfectamente) que pocas veces hace algo sin consultarlo. Lo llama su oráculo y dijo que indicaba la hora de cada acción de su vida.

Deduzco, a posteriori, que no llevar reloj es una forma de mostrar mi agnosticismo frente al dios del tiempo. Sin duda, una rebeldía inútil. Pero necesaria. Da gusto sentir que le podemos pegar una patada a Cronos en el cielo de la boca, aunque sea mientras nos engulle.


«El reloj de Gulliver», de G. Pérez Villalta.
Círculo de Lectores, 2004.


(Tiempo contado, viernes 13 de septiembre de 2013, a las 13:13, 
mientras por la radio El Brujo recita: «Y a la puesta del sol devoramos con calma la carne abundante».)

sábado, 14 de septiembre de 2013

Música entre el centeno

La ira de Salinger.

Las muchas y algo contradictorias noticias que han ido apareciendo en las últimas semanas sobre J. D. Salinger, quien durante mucho tiempo fue, desde el punto de vista visual, poco más que el hombre del puño amenazante, me han llevado a releer El guardián entre el centeno (en la traducción de Carmen Criado, publicada por Alianza). Más que nada para comprobar si, como me pareció en anteriores lecturas, la seguía encontrando una novela sobrevalorada, mitificada por encima de su peso literario debido, entre otras cosas, a la aureola que le han creado las leyendas urbanas y teorías conspiranoicas de que ha sido objeto.

La relectura ha sido muy gratificante. La chispa demoledora, el humor ácido y desencantado, a la vez que comprometido con una forma de vivir intensa e irreductible, y la inteligencia poética de Holden Caulfield, el adolescente protagonista, me han vuelto a cautivar. Aunque a diferencia de otras veces, he creído percibir en el trasluz de la escritura ciertos trucos de autor que me habían pasado inadvertidos, y en concreto una muy notable habilidad para jugar con las cartas marcadas. Tal vez el éxito entre adolescentes y jóvenes precoces de esta obra se deba a que los aproxima a experiencias contadas con  una capacidad de razonamiento que, salvo excepciones y pese a la apariencia cercana del estilo, aún está muy lejos de lo que ellos mismos podrían segregar.

En esta lectura lo que me ha alertado es la permanente sensación de que la obra está escrita por un adulto que aplica el espejo de una presunta mirada adolescente a conclusiones obtenidas en otra etapa muy posterior de la vida. Pero lo hace con un lenguaje jergal muy adecuado (tal vez el principal logro de la narración) y bajo la apariencia de una travesura vital, rocambolesca en más de un punto, en su sucesión de hoteles, bares de madrugada, salones de baile..., y hasta increíble en ciertos detalles (sin excluir el incidente de sospecha pederástica), lo que le permite envolver el relato de forma ventajosa en un estado de ánimo cercano a la desolación, ahora no ya solo creíble sino admirable (estimulante) para un público que fácilmente se identificará con el romanticismo libertario del protagonista.

Se trataría de algo parecido a una impostura, si lo situáramos en el terreno de la vida de todos los días. Pero literariamente funciona porque, además de ser ajena a todo el lastre de lo políticamente correcto, la letra del relato no se mide por la edad, sino solo por la capacidad de las palabras para crear y sostener un mundo. Y eso no hay duda de que lo logra. En conclusión: aunque repasando lo leído me parece que no he hecho más que elogios, sigo pensando que El guardián... tiene más éxito del que merece. Y creo haber comprendido un poco mejor que la causa de su fascinación no es puramente externa ni azarosa, sino que nace de un truco interior bien ejecutado. Y eso es también literatura. Con truco, pero literatura.

Además de a esa vaina, en esta lectura he prestado especial atención a la banda sonora de la obra, es decir, a las diferentes canciones que se mencionan en ella. Como es la primera vez que leo la novela teniendo al alcance los fantásticos recursos de la Red, no he resistido la tentación de localizar y colgar vídeos de los títulos mencionados. Mientras los buscaba, me he dado cuenta de que, naturalmente, no he sido el primero que ha tenido esta idea. Incluso a veces tenía la sensación del que camina sobre huellas ajenas. Una de las novedades que están creando las nuevas tecnologías es esa impresión de que nuestra identidad se multiplica de forma especular, tal vez porque no somos, ni mucho menos, tan distintos como a veces hubiéramos pensado. Y es que lo de la identidad personal, igual que la novela de Salinger, sin duda está excesivamente valorado. Un pensamiento, por cierto, que quizás hubiera suscrito Holden Caulfield, aunque no sé si a regañadientes. Que suene la música.

1. Song of India, Tommy Dorsey Orchestra.




2. Slaughter on Tenth Avenue, The London Festival Orchestra, dirigida por Stanley Black.




3. Just One of Those Things, Ella Fitzgerald. En la novela la interpreta un tal Buddy Singer, pero no he encontrado su rastro. Esta versión de la gran Ella tiene magia.




4. Little Shirley Beans, por Suzzy Williams acompañada por Brad Kay y su banda. La actuación es, precisamente, un homenaje a Estelle Fletcher y a la mención que de la canción se hace en la novela.




5. Tin Roof Blues, Sidney Bechet's Blue Note Jazzmen.




6. Y, finalmente, hay una mención, en la crucial escena del tiovivo, casi al final de la novela, de Smoke Gets in Your Eyes, probablemente la más famosa de todas las piezas citadas, con innumerables interpretaciones. Esta es la versión, para muchos insuperable, de Connee Boswell.





Postre. Y ya fuera del libro pero pegada a él, la canción de Guns N' Roses

viernes, 13 de septiembre de 2013

Resonancias 1+3




... el sol de media
noche y el sol de media
noche y el sol

de medianoche
y el sol de medianoche
y el sol de media

noche y el sol
de medianoche el sol
de medianoche...


Como no tengo tiempo para nada, aprovecho mis breves paseos por los alrededores de la Posada para cazar imágenes como estas, sólo posibles merced a la increíble ubicación que este sitio tiene en la red, más allá de las nubes. El tríptico de haikus es, naturalmente, solo una trampa.
Las imágenes son de de Joe Capra y la música es This World is Our, del grupo estadounidense This Will Destroy You.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

La tela letal


Al fondo de la cámara apenas queda una molécula de aire. La luz es solo el recuerdo que de ella guardan los ojos asombrados. El espesor del lino, con su rugoso tacto vegetal, va cubriendo las capas de memoria que dejan en el lienzo, a modo de negativos de una remota imagen, manchas difusas que se superponen sin confundirse. Aquella parece la de un hombre mínimamente armado que mira hacia un cielo del que no espera clemencia. Alguien conjetura, más enfático que ingenuo, si no será el prólogo de la enésima muerte de don Quijote. Ésta muestra dos grandes monolitos en llamas que llevan grabadas, como un grafiti tatuado con plomo, las palabras que el profeta escribiera hace tiempo: «La aurora de Nueva York tiene cuatro columnas de cieno». Y si se desenvuelve del todo el sudario de la momia para ver lo que guarda pegado a su piel, aún podrá descubrirse un pequeño rasguño. Lo observo con detalle, tras aumentarlo todo lo que puedo en la pantalla. Al fin veo lo que es. La pisada de un pájaro. Una brizna de hierba. Un píxel de luz pura atrapado en el hilo de la trama.

Imagen: Entrelíneas © SPM, 2013.

(Memomia del 11 de septiembre)

domingo, 8 de septiembre de 2013

Así sólo Sisa


No estoy seguro, pero creo que la primera vez que vi escrito el nombre de Jaume Sisa fue en un número de la revista Ajoblanco, cuando tenía aquel formato desplegable que hacía tan incómodo su manejo, aunque era una seña más de su originalidad y atrevimiento, aparte de una manera (supongo) de abaratar costes. Daba cuenta de su aparición en las noches celestes de Zeleste y algún otro lugar de la Nit de Barcelona, en tiempos aún muy preolímpicos pero de mucho fuste y cuando la ciudad condal era considerada desde la meseta y tal vez también por debajo de Despeñaperros como la puerta de Europa. Seguí después su pista, con la dificultad que en aquella remota era preinternáutica y aún plenamente gutenbergiana (que es palabra que ya por sí sola indica tendencia) entrañaba la búsqueda de información, tarea ímproba además de acuciante si el objetivo final era conseguir un dato que nos faltaba para completar un pie de foto (por ejemplo, en aquellos libritos de los Temas  Clave que José Ramón Pardo dedicó a «la música pop» y al «canto popular»), o para saber de qué iba la cosa. Era una época en la que las paredes de Malasaña solían amanecer con una frase pintada en muchos rincones: 27 lágrimas. Yo nunca las conté, pero siempre me parecieron pocas. El caso es que ya entonces Sisa tenía un plus de modernidad, era evidente que se adelantaba o se anticipaba (que lo suyo siempre tuvo mucho de ciencia ficción) por un vía muy personal y de apariencia desquiciada, pero en el fondo muy dadaísta, a la locura que vendría después. Y, en concreto, al imperio feliz y torrencial de la ocurrencia, aquella consigna no pronunciada de «si lo piensas hazlo, pero mejor si lo haces sin pensar» que fue el verdadero secreto de la Movida, antes de que esta palabra, sucesora y hasta usurpadora de el Rollo, diera en significar algo más que el lugar y la situación donde los colegas siempre en marcha se paraban un rato, paradójicamente, para liarse los porros o compartir una pequeña dosis de polvos mágicos y también de los otros. Me parece que comprimo en un solo recuerdo metros de crónicas, pero tampoco vamos a convertir el mapa en el territorio. La verdad es que todo aquello, que ocurría sin que la dura luz de los amaneceres hubiera sido puesta a buen recaudo, tenía cierta atmósfera sonámbula y antes que nada estaba movido por un deseo muy grande de que todo tuviera otro color. O color, sin más. Sisa después se vino a Madrid y se encarnó en un no menos genial, pero ya distinto, Ricardo Solfa, que también sigue vivo en los youtubes. Pero yo creo que el ente original se perdió definitivamente en los sótanos de algún antro de cómic, quizás en los fotogramas descartados de una peli que alguien un día recuperará para reinsertarlos en la cinta restaurada y remasterizada con la aviesa intención de hacer con ella una sesión especial de cine-fórum (otro colmillo de mamut) en lo que por aquella época era todavía el destartalado Palacio de las Pipas y hoy luce como hermosa sede de la Filmo. Se podrá comprobar entonces que, como sostiene el bifronte que da título a esta crónica más fantasiosa que nostálgica, Sisa era en verdad único. Al menos en su forma de robarnos, qué quieren que les diga, la sonrisa más tierna y salvaje de aquella época en la que teníamos el corazón a la intemperie. Y olé. Ah, y sí, el sol puede salir cualquier noche de estas. Estén atentos.

*

sábado, 7 de septiembre de 2013

El Gallino

Jaume Mir, en una imagen de los años ¿70? El Correo.

A Jaume Mir lo llevamos viendo en la tele los aficionados al ciclismo desde que éramos niños. De hecho, este apasionado del deporte de la bicicleta, que ha trabajado como hombre-anuncio y relaciones públicas de diferentes equipos, tiene nada menos que 50 Vueltas, 25 Tours y 14 Giros a sus espaldas. Hubo un tiempo, a finales de los 60, en el que, con nuestra costumbre de ponerle a todo nombre en jerga propia, el grupo de amigos del internado que solíamos reunirnos ante el televisor para ver los resúmenes de las carreras comenzamos a llamarle «El Gallino». No sé bien por qué, quizás por la pelambrera y el poblado mostacho. O por cierto aire como de estar siempre en corral ajeno. El personaje se convirtió en una especie de héroe de aquellas reuniones vespertinas (entonces los resúmenes se daban por la noche, tras las noticias), hasta el punto de que el relato de la etapa del día nos parecía incompleto si no aparecía él. Pese a estar al otro lado de la pantalla, llegó a convertirse en uno más del grupo. Llevaba mucho tiempo sin verlo. Pero hoy, cuando la 13ª etapa de la Vuelta a España concluía en Castelldefels, allí surgió, inconfundible pese al paso del tiempo, saludando al vencedor como siempre, imbatible en su habilidad para conseguir el plano perfecto frente a la cámara. La exclamación con su nombre en nuestra jerga acudió espontánea a mi boca. Y con ella, una marejada de recuerdos que me tuvieron entretenido un buen rato. Curiosamente, esta es una historia que ya creo haber contado otras veces y en este mismo blog. Pero no encuentro rastro de ello. Aunque son muy numerosas las pistas que sobre Jaume Mir y sus peripecias pueden hallarse en la red. Hoy la Vuelta llega a sus etapas más prometedoras. Que, ¡vaya coincidencia!, se inician con la subida al Collado de la Gallina, en Andorra. 

viernes, 6 de septiembre de 2013

Arenas y Tal

Castillo de Arenas y Tal.

Si las declaraciones de Dolores de Cospedal ante el juez Ruz, como bien demuestran Ignacio Escolar y el común discernimiento, contienen al menos una contradicción, y gorda (la fecha en la que Bárcenas dejó el partido), leyendo las desmemoriadas respuestas de Javier Arenas se tiene la impresión de que en cualquier instante el interpelado se va a descolgar con aquello de «bicicleta, cuchara, manzana...». Y es que, de no existir (Dios no lo quiera) en la mente del señor Arenas un principio al menos de la enfermedad del doctor del que solemos olvidar el nombre, es difícil comprender la cantinela que suena a lo largo de una declaración que contiene frases como las que cortipego a continuación. Y ojo, en especial, a la última, la peripecia del reloj, que puede traer cola. Me parece que el señor Arenas va a tener que explicar en casa lo que tan malamente recuerda en sede judicial... ¡Ánimo, campeón!


«El año 91 creo que José María Aznar me nombró, me propuso vicesecretario general del partido. Creo que sí».

«En el despacho del secretario general cuando yo llegué había una caja fuerte. Esa caja fuerte estaba vacía, nunca se usó y me fuí con la caja vacía. Ahora, si usted me dice que había cajas fuertes en otros despachos, desconocimiento absoluto».

«No recuerdo jamás haber firmado un talón y tampoco el asunto de las donaciones».

«No sé nada de lo que me está preguntando».

«Señoría, desconocimiento absoluto».

«Señoría, le quiero dejar claro que he visto un apunte que pone un reloj (700 euros) y que yo no recuerdo el reloj en esa cena, porque recuerdo la bandeja de plata. Eso es lo que estoy diciendo. Y en este momento no recuerdo si tengo algún reloj de esa marca, pero creo que no. Lamentablemente a mí mi mujer me ha regalado algún reloj, que lo conservo en buena estima, empezando por cuando me pidieron que me casara con ella».



miércoles, 4 de septiembre de 2013

La sal (2)*


Al volver sobre sus pasos se dio cuenta del error. Pero ya era tarde. Su suerte estaba echada. A sus pies. Inmóvil.


Vendedora de Lotería, con «números raros». 
Foto: Getty Images.


*Nota post: cacharreando en las tripas del blog, descubro que ya había otra entrada titulada "La sal", de ahí que haya variado levemente el título de esta. Por cierto, se anuncia la llegada a las librerías de la nueva novela de Gonzalo Hidalgo Bayal, titulada La sed de sal. Es un gran consuelo saber que estas lides verbales siguen suscitando el interés de mentes tan despiertas.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Sin sueños


... Y hay días, como el de hoy, en los que al despertar estamos deshabitados de sueños, en medio de la mañana y de la nada, desasidos de toda realidad, cuerpos a la deriva sin apenas conciencia de sí mismos, fantasmas que no saben que lo son, larvas de una forma de vida aún no previsible, seres de gestos vacantes, un puñado de nervios y de sentidos que se aproxima al mundo como el que sucumbe bajo una invasión, templos clausurados donde al empezar a reflejarse la luz se descubren rincones inverosímiles, paisajes de los que poco a poco se va retirando la niebla, voces que nos llegan desde el otro lado del río y a las que no tardamos en poner rostro y gestos, zumbidos de insectos en la canícula de la charca, fotogramas en blanco de una película cuyas imágenes hace tiempo que concluyeron y que sin embargo siguen proyectando sobre el lienzo el marco dentado transparente de un movimiento inacabable. No es fácil encontrar, en el vacío de la hora primera, la imagen capaz de incorporar el mundo. Con el hojeo, sobre el álbum interior, para ir probando o indagando cuál podría servirnos, se pone en marcha una curiosa forma de evocación siempre gobernada por la mayor o menor riqueza del material disponible, también por la cualidad y las características de los barros, tornos, moldes y aguas, sin olvidar el peso del paisaje dominante y el vuelo de las horas, todas esas contingencias y necesidades que han ido construyendo una sensibilidad. Es indudable que de la conexión con esa materia boscosa (iba a escribir "viscosa", pero la corrección hace ganar mucho a la frase) surge la capacidad expresiva: el arsenal de imágenes se nos antoja vastísimo e incluso creemos que siempre estaremos en disposición de traer al mundo nuevas criaturas de la imaginación. Pero también somos conscientes, y cómo, de que esa capacidad está limitado por nuestras rémoras (curiosa palabra que merece la pena repescar en el diccionario). La pregunta queda en el aire: en el ser humano, ¿la capacidad de soñar es infinita? Cuando hayamos descubierto las leyes últimas del universo es probable que aún estemos empezando a destapar el brocal de las profundidades de nuestra mente. Pensar que los grandes secretos están dentro y no fuera produce vértigo. Y más aún la sospecha de que "dentro" y "fuera" sólo son dos estancias distinguibles en el campo de las teorizaciones, pero que en realidad no hay tal sino una superficie plana, devoradora, refulgente: un desierto infinito en el que lo que llamamos "realidad" es solo un espejismo, la proyección física de nuestros deseos de ser y el poderoso reflejo de nuestras ansias frente a la puerta cerrada de la muerte. Nihilismos solipsistas de este tipo y lucubraciones así de peregrinas (pero en el fondo inmóviles) son lo que pone en marcha un despertar sin sueños que llevarse a los ojos, al corazón, a la pluma. Ejercicios gimnásticos de escritura. Meros gestos acaso de supervivencia.  

(Tiempo contado. Apunte del 3 noviembre 2011, jueves, 12:05)

Imagen 
Robert Motherwell: En la cueva de Platón, I, 1972. Museo de Arte de Filadelfia.

sábado, 31 de agosto de 2013

viernes, 30 de agosto de 2013

Heaney, hacia la levedad


Mientras trabajo en un texto de este blog salta a la red la noticia de la muerte del poeta Seamus Heaney. Aún andan sobre mi mesa, subrayados y pendientes de ser puestos a buen recaudo, los hermosos pliegos de elcuaderno, en su número de abril, donde, como tantas otras veces, Jordi Doce nos acercaba la figura del Nobel irlandés por medio de la excelente traducción de algunos últimos poemas y un texto revelador sobre su sentido en la trayectoria del poeta. Nada de lo que yo pudiera escribir aquí, salvo quizás el agradecimiento de un lector alertado por la sensibilidad de un espíritu noble y comprometido con la vida, podría servir para añadir siquiera un matiz a las inteligentes palabras que Jordi ha venido dedicándole al poeta en su blog (y en otras partes de su obra). En alguno de esos textos, Doce ha subrayado y elogiado, en la escritura más reciente de Heaney, el camino hacia una mayor levedad expresiva que sin embargo no le hace perder nada de su fuerza vital, de su condición de palabra necesaria para intentar descifrar el mundo y, sobre todo, vivirlo. Ese tránsito hacia la levedad culmina ahora, en la hora de la muerte del poeta, y nos deja el sentido de una vida plena que desde el fulgor de su escritura seguirá iluminándonos.

jueves, 29 de agosto de 2013

PP Gotera cabalga de nuevo

Los personajes de Francisco Ibáñez en plena faena.

Supongo que no seré el único ciudadano de este país al que no le haya sorprendido la descarada y presuntamente delictiva destrucción de la información existente en los ordenadores de Bárcenas. El también presunto (por improbable) y minucioso (por lo ominoso) borrado de huellas criminales a que los máximos responsables de la banda pepera están procediendo (y, al menos de momento, con completa impunidad) recuerda mucho a las aventuras de algunos personajes de los tebeos de nuestra infancia. No tanto quizás a las del Caco Bonifacio, otro del mismo gremio, aunque mucho menos zafio, como a las deslabazadas fechorías de «Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio». Aunque la cosa es muy seria. Grave de toda gravedad. En realidad, este secuestro o formateo de discos duros no es más que el reconocimiento explícito, a cara desnuda, de lo que el partido que nos gobierna está intentado hacer en los últimos años: borrarle la memoria al país. Y a la vista está que en muchos casos lo ha conseguido. O está a punto de hacerlo. Pero hay que seguir confiando, pese a todo, en la justicia. O tal vez mejor en que, durante alguna de esas chapuzas ya algo más que pintorescas, la casa se les venga abajo.


miércoles, 28 de agosto de 2013

Seúl blues


Hay cosas que existen con solo pensarlas.
Parece que el cuerpo les sale del alma.
Son hijas de dioses que habitan la casa.
Son voces que nacen de una luz extraña.
Hay sueños sin nadie flotando en el agua.
Reflejos vivientes entre las estatuas.
La sombra no nombra ni tacha palabras.
Hay voces a veces que tiemblan. Soltadlas.





Hace días que tenía anotado el apenas perceptible palíndromo que da título a esta entrada. Desde el primer momento me pareció lleno de promesas, aunque mis expectativas apuntaban hacia terrenos estrictamente narrativos. En concreto, hacia alguna secuencia de cine bélico que ideaba atrapar en las escuetas líneas de un micro, del que lo único que entonces sabía era que en él sonaría de fondo el ruido de la lluvia confundido con el tableteo de una ametralladora. Pero he aquí que la otra noche, viendo en La 2 un programa dedicado a los festivales del verano, se me apareció en todo su esplendor la cantante coreana, nacida en Seúl, Youn Sun Nah. Y comprendí que esa frase, sencilla y perfecta en su reflejo, no era más que el heraldo de su llegada. Una llegada que, oh azar favorable y significativo, se produce justamente hoy, 28 de agosto, día en el que la gran artista, de prodigiosa voz y gestos de seda (persíganla en Youtube), cumple 44 años. Cifra también cabal, para que todo vibre. Ya solo falta que, clin, clin, clin, esta noche caigan algunas gotas. Por san Agustín. 

domingo, 25 de agosto de 2013

Arca Sacra



Días intensos de navegación. Ayer cruzamos la Puerta de Tannhäuser y hoy hemos puesto rumbo al Confín Génesis 7-23. Estamos a punto de dejar atrás el universo conocido. En las grandes bodegas de Arca Sacra todas las criaturas que pudimos salvar duermen sin pulso. Ya he activado el proceso de hibernación de Estela, tras revisar su cápsula y besar una vez más sus labios. Me dispongo a entrar en mi camarote para el largo sueño mientras escaneo estas líneas de mi pensamiento sobre la memoria central. El programa se pondrá en marcha en treinta segundos. Todo queda a partir de ahora en manos de GZK-95, el noeneón androclónido al que tanto debemos, y su cohorte de valerosos iceenes, los recién simbiotizados Iaes Cyborges Nanoexpertos, nuestra gran esperanza. Confío en que sepan conducirnos a un lugar donde... 

Arriba, El arca de Noé (detalle), ilustración de Eduardo Arroyo para La Biblia. 
Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2404.

viernes, 23 de agosto de 2013

La tierna espera

Otto Dix: Retrato de Sylvia von Harden, 1926.
en una sillita tomando un café
una en un café sillita tomando
sillita tomando en un café una 
tomando sillita en una un café
un café en una tomando sillita
en una tomando sillita un café


(De las declaraciones de Luis Bárcenas 
ante el juez Ruz.)

miércoles, 21 de agosto de 2013

La ruta natural


Le pregunté a mi ayudante Virgilio por el panel informativo que en plena ruta del Mar Menor señala el desvío a «Los Infiernos». Virgilio, que cabalga conmigo desde hace al menos media vida, me dijo que por allí se evitaba dar un rodeo, aunque la senda era más agreste y tendríamos que andarnos con cuidado porque sus laderas estaban infestadas de pobres criaturas execrables. 
«Todo encaja», pensé. Y al tiempo que arreaba mi mula en dirección a aquel camino, comprobé una vez más que llevaba en la alforja todos los instrumentos de mi oficio: la cruz, la estola, los óleos, el acetre...

Fotografía tomada de aquí.

martes, 20 de agosto de 2013

Con "z" de sueño (el último de la lista)




... ZZZZ
SOÑÉ USAR APARTE LA LETRA PARA SUEÑOS:
Z Z Z Z...

[AJR, 9:37;  Palíndromos ilustrados, XXVI]


Considerado como una sola frase que describiría la acción de, por ejemplo, un dibujante de cómic en el trance de darle vueltas a la forma de utilizar en sus viñetas la onomatopeya con que comúnmente se indica que un personaje duerme, este palíndromo bien podría ser el último de la lista. Quiero decir que en un repertorio ordenado alfabéticamente de estos juegos verbales sin duda ocuparía la última posición. Al menos, en lo que se me alcanza, y por el momento. Aunque nunca se sabe. Como suele ocurrir más de una vez, llegué a la frase central sin saber que ya otros habían ido y vuelto por la misma senda. Concretamente, en la recopilación de Carbajo, el palíndromo «Soñé usar, aparte, la letra para sueños» aparece firmado por TOX = Xavier Torres Farré. Atribución que se confirma en la página «SobreverboS» del portal del Movimiento Literario Palindrómico REVER. A cada uno lo suyo. Ahora bien, tal como lo publico aquí, no lo he visto en ningún sitio.



domingo, 18 de agosto de 2013

gag A gag


Escena tras escena, de chiste en chiste, vimos cómo la función recorría todos los registros dramáticos, dentro de su predominante tono de humor negro, con burdas derivas hacia el esperpento facilón, los quiasmos y retruécanos de la astracanada, los trucos (malos) del vodevil. Entre los espectadores, muchos de ellos provistos del antifaz narigudo que con su prístina condición simbólica subrayaba la evidencia del hedor, todos conteníamos la respiración, a la espera del gran gag final. No cabe descartar la posibilidad de que fuera así como nos ahogáramos.

Imagen:  Payaso Nariz Larga. Tomada de aquí.

sábado, 17 de agosto de 2013

Un viernes

Día despejado. Foto AJR, 2012.

La lectura del periódico
Uno vuelve de
A varios planetas exteriores
Como si hubiera
Y no encontrara
Realizado un viaje
Entre las cosas de cada día
Los mismos acordes
Junto a cierto desorden
Regresa a la quietud
De lo que poco a poco
Y el mundo que creemos natural
Con este fardo de experiencia
El día se nos precipita


(Tiempo contado. Apunte del 27 enero 2012, 10:57. Hay una nota al margen, sin fecha: «¿Es posible encontrar un poema en el desorden de las frases?»)




jueves, 15 de agosto de 2013

Ribeira Sacra

Hacia San Xoán de Cachón. Foto XR, 26 julio 2013
Hace solo unos días, a  finales de julio, paseaba en familia por las frescas corredoiras de la Ribeira Sacra, abruptos caminos en penumbra que se adentran en los bosques de robles, castaños, verdes helechos arborescentes y espesa madreselva, al pie mismo de las terrazas levantadas en cuidadosos estratos sobre el Sil, en el cañón de aguas embalsadas que el río recorre justo antes de su desembocadura. Es el paisaje que desde niño llevo en los sentidos y en la memoria. Y más aún: las imágenes que primero se encienden en mi cabeza cuando pienso u oigo decir la palabra «paisaje». 

Ya en los días pasados en el Monasterio de Santo Estevo y en sus alrededores (en Cerreda, sobre todo, la aldea familiar, y al final en Santa Tecla, en Tierra de Caldelas), se comentaba lo peligroso que podía ser el resto del verano en cuanto a los incendios. Los temores no tardaron en cumplirse. Primero se produjo un fuego, por fortuna rápidamente controlado, en las cercanías del embarcadero del que parte el catamarán que permite hacer un paseo turístico por el Sil en dirección a Abeleda. Hace tan sólo unas horas ha podido ser controlado otro incendio, más grande, que ha arrasado la extensión equivalente a unos 75 campos de fútbol en las proximidades de la aldea de Pombar. Aún está por hacerse el balance de daños.

Ojalá me equivoque, pero no parece que estos vayan a ser los últimos desastres candentes en la zona. A los que, además, deben añadirse otros muchos fuegos declarados en diferentes puntos de Galicia. Y en el resto del país, en tierras como las del valle del Tiétar, que también me resultan muy cercanas. Es la misma canción de todos los veranos. Desde aquellos tiempos ya remotos de la publicidad del «cuando el monte se quema, etc., etc....», raro ha sido el año en que no hemos tenido que rebuscar en el cajón de los tópicos para librar de la chamusquina del aburrimiento algunas palabras contra el fuego, contra los intereses inmobiliarios o madereros o industriales que son capaces de cualquier cosa para extender sus negocios, contra la incuria pública y política que abandona los montes y le pone a las llamas una alfombra altamente inflamable, contra... Es tedioso seguir. Aunque no haya más remedio que hacerlo.

Yo no sé si ustedes conocen la Ribeira Sacra. Sé que algunos lectores de este blog, muy cercanos, sí. Y que la aprecian tanto o más que yo. Para quienes aún tengan ese déficit grave en su existencia, y como antídoto, y hasta sortilegio, contra la aún vigente amenaza incendiaria del verano, les dejo este hermoso reportaje fílmico de Juan Manuel Blázquez. Es uno de los capítulos de su estupenda serie Cuadernos de paso, que puede verse completa en los archivos de RTVE. El documental, con un magnífico guion y espléndidas imágenes, da cuenta de las principales claves paisajísticas, históricas, artesanales, humanas y hasta mágicas (o solo folclóricas) de una comarca que, generosamente, admite como hijos adoptivos a todos cuantos se dejen cautivar por su belleza. Tarea, por lo demás, sumamente fácil. A las pruebas me remito.

martes, 13 de agosto de 2013

Los persas, Repsol

Al mirar por el espejo retrovisor, mientras abandonaba la gasolinera, caí en la cuenta de que hay destinos que vienen de lejos. De muy lejos. No van a creerme, pero el empleado que me cobró llevaba su nombre bien visible en una especie de placa prendida del bolsillo superior de su mono de trabajo: «Darío Ciro». Mientras me tendía las tarjetas ya pasadas vi en sus ojos el destello inconfundible que dejan las noches del desierto. La sed de sal. El eco de quien ha bebido en pozo amargo.





Estación de Servicio Los Almendros de Pozoamargo.
Foto AJR, 2013