jueves, 9 de abril de 2020

La Saeta


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Mujer caminando por el bosque nocturno con lámpara.
Foto: ©️  Kirill Ryzhov.
Soñé que a mi espalda había vuelto “el pequeño carcaj” que una vez tuve y, como andaba por una zona apestosa e infestada de todo tipo de criaturas malignas, no tenía más remedio que cargar una y otra vez mi arco y disparar sin pausa en cualquier dirección. Era tanta la fatiga y tan seguidos los sobresaltos, que me desperté varias veces en diferentes parajes, como el que rueda de sueño en sueño, de pesadilla en pesadilla, metido en un interminable túnel del terror. O quizás confinado a bordo del mismo tren donde el poeta vio la sombra y la figura de la mujer con una alcuza en la mano. Por fin pude llegar a una especie de ensenada junto a un gran lago y sobre el que una enorme cascada, como la que contemplé en el parque croata de Plitvice, vertía sin cesar un agua densa y pastosa cuyas gruesas gotas se iban convirtiendo en una lluvia de píxeles semejante a la que puede verse en el comienzo de Matrix, la película. Me había quedado sin flechas pero tampoco parecía haber más enemigos, así que por fin pude descansar en un sueño sin nada, blanco y candeal como el alma de un niño. Acabo de despertarme y ha sido muy grande mi sorpresa al advertir que tengo clavada, justamente bajo la tetilla izquierda, una diminuta saeta dorada junto a una aún más diminuta mancha que tiene todo la pinta de ser una gota seca de sangre🩸.
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miércoles, 8 de abril de 2020

La vida

Sebastião Salgado: “Se dijo que yo hacía estética de la miseria. ¡Y una mierda! Fotografío mi mundo”
Sebastião Salgado fotografiado por Gorka Lejarcegui / El País

Todo ocurrió entre un abrir y un cerrar de ojos.
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martes, 7 de abril de 2020

Resistentes

Un hombre mayor sostiene un 'smartphone'.
Anciano con un smartphone Alex Macro/Getty Images.
(En voz alta). Es sin duda la más lamentable tragedia dentro de la tragedia: la muerte en soledad de muchos miembros de una generación de compatriotas que vivió su infancia en medio del horror y las carencias y a los que el destino cruel reservaba una última batalla atroz. Este artículo del siempre atento y sensible David Trueba les rinde un homenaje cuya continuidad, junto con la gratitud, será la primera tarea que debamos cumplir tan pronto como sea posible. Y al lado del recuerdo a los fallecidos, la inmensa admiración, cariño y ternura que nos merecen tantos ancianos y ancianas que están soportando en soledad y en circunstancias sólo asumibles por verdaderos héroes estos días duros de la peste. No hay palabras para expresar la admiración, gratitud y orgullo que su ejemplo nos producen. La suya es una de las lecciones más importantes de nuestra vida. Y no la vamos a olvidar nunca.

El blanco día

La imagen puede contener: cielo, nubes, árbol, exterior, agua y naturaleza
Amanecer en blanco y negro. Foto libre de derechos tomada de Shutterstock.
No estaba seguro de que fuera real. Pero tampoco tenía ningún motivo para dudar de su presencia. De hecho, se encontraba justamente en ese filo de la conciencia en que el mundo parece a punto de evaporarse, pero algo muy vivo en ella sabe que hay que regresar. El sueño es un ensayo de la muerte. Y el día blanco llegará cualquier día.
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Si digo que no guardaba recuerdo alguno de esta “improvisación”... no es del todo cierto. Esta “levedad” está archivada. Pero cómo cambia el sentido cuando cambia el contexto. La verdad de Machado —sus palabras plagiadas— permanece. Aunque tal vez podría hablar de “intertextualidad”, ese tecnicismo para denominar lo que de siempre ha sido un diálogo con la tradición. Lo curioso es que ayer y hoy me he estado acordando del poema Muerte de Abel Martin”, uno de mis preferidos de Don Antonio, y tal vez el que más me emocione. De hecho el título de la NUL de hoy, escrita anoche y publicada horas antes de recuperar este recuerdo, viene de ahí. Y eso ya no sé muy bien cómo explicármelo. Simplemente, ocurre.


(Homenaje, al borde del plagio)
«Mis ojos en el espejo
son ojos ciegos que miran
los ojos con que los veo»,
dijo Machado por boca
de Abel Martín. Y miraba
las letras de las palabras

reflejadas en los ojos
de un soñador. De repente,
se apagó la luz y todo

vino a ser la melodía
del Gran Cero. Allí la muerte
quiso hacer que sonreía...

Y no sabía.
(Levedades)

lunes, 6 de abril de 2020

Arena (de nuevo)



(Metáforas de arena)
Siempre empiezo a escribir en el desierto.
No es solo la aventura, es la materia
del impulso que estira hacia la luz
la parte más oscura de su peso
para encontrar debajo de la arena
la plata de los sueños escondidos
y la forma segura de olvidarlos.
El viaje es la piel dura del día
y su signo es la búsqueda inhumana
porque nadie
nos puede socorrer ni nadie viene
a decirnos que sí o a reprobarnos.
Las palabras son seres imprecisos,
vibrantes, como dunas movedizas:
su estela es infernal pero tan pura
que puede rescatarnos del abismo
con tan solo iniciarse en nuestra mente.
Siempre dejan un rastro –las palabras–
que no se acaba, solo se abandona
para poder vivir entre las cosas
con palabras capaces de querernos.
El desierto es así. Y no tiene límites.

Para mi nuevo amigo Hamudi Farayi, bajo la luna llena de Esmara.

domingo, 5 de abril de 2020

(Para Clara, a los 30)


La imagen puede contener: una o varias personas y exterior(Al hilo de los días). Nadie esperaba estos tiempos de encierro cuando, hace tan solo unas semanas, hacíamos planes para esta Semana Santa, que se inicia precisamente hoy, una fecha muy especial para alguien muy cercano: mi hija Clara (Ramos Pinto), en este pese a todo claro domingo de Ramos de 2020, cumple 30 años. Parece un juego de palabras y parece —ay— que fue ayer, aquel jueves santo de 1990, cuando hacia las 13,30 de la tarde, en el cercano Hospital de San Francisco de Asís, vio por primera la luz de Madrid —y fue en verdad un día luminoso.


Desde entonces, y con Sagrario a los mandos de la nave, hemos vivido a una velocidad que ahora parece algo irreal toda la experiencia de una vida familiar llena de muy buenos momentos, de muchas alegrías, también de pérdidas y dificultades, de sueños que se cumplen y sueños que se esfuman, de sorpresas no previstas, de imprevistos gozosos... Y, sobre todo, contando siempre con la varita mágica del amor y la complicidad, esa pareja.
Ha querido el destino que esta circunstancia tan especial ocurra en una situación nada fácil. Pero vamos a hacer todo lo posible para que el día nos deje un recuerdo imborrable no precisamente por el encierro y la maldita peste, aunque sea casi imposible perder de vista tanto dolor.
De momento, he echado mano del álbum familiar y me he subido con ella, todavía un bebé, a un columpio-balancín, a ver si nos aireamos un poco. La foto, de julio de 1991, está tomada por Sagrario en el jardín del Pueblo Indalo, una conocida urbanización turística frente a las playas de Mojácar.
¡Felicidades, querida Clara! Esto —lo bueno de la vida, y pese a todo— no ha hecho más que empezar.

El verbinauta

La imagen puede contener: una persona, gafas y primer plano
Aute, en mayo de 2012, fotografiado por Pepe Castro.
Hubiera querido salir a la calle como un crío a jugar con la nieve. Pero no era posible. Ya no había nieve. Ni calle. Así que me he venido hasta aquí, huyendo de los días de la peste, para dejar, al aire de su vuelo y como ofrenda, unas pocas palabras de su gusto. Pistas brotadas de su inolvidable instinto para poner buena ternura y verdad en la belleza: Rito, Espuma, Babel, Sarcófago, Amor y Muerte, Albanta, Alma, Fuga, Nudo, Templo (sólo ese nombre), Slowly (sólo ese ritmo), Alevosía, Aire/Invisible, Alas y Balas, Humo y Azar, Intemperie... Esta tarde vi ascender por sobre el cielo de los confinados el resplandor inconfundible del verbinauta. Y musité, a modo de plegaria, los ecos de una declinación: Aute, tú, ti, te, contigo.
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