miércoles, 14 de mayo de 2014

Y sin embargo... ¿te voto?



Ganas, ganitas tibias, de cantarle a los políticos, de nuevo en campaña, la gran copla de Quintero, León y Quiroga, la misma que doña Concha Piquer llevó a extremos inimitables de afinación, limpieza y trémolo (oígase el vídeo). Pero ganas de cantársela, eso sí, cambiando aquí y allá la letra, con toda la intención, para decirle a los representantes del pueblo que el rito democrático de manifestar la voluntad popular a través del voto, rito en el que uno, hasta ahora, sigue creyendo y no ha dejado de practicar en una sola ocasión ni fiesta de guardar, no puede seguir siendo vaciado de sentido con tanta conducta irresponsable, tanta mentira y tanta obcecación en el error. Que la piel de los «sin embargo» y los «pese a todo» se está cuarteando, y en la conciencia alerta del votante se abre paso una duda enorme, a menudo rematada por la ganzúa del hastío, hasta dibujar un bucle que puede desembocar en el vacío y hasta, quién sabe, en la vieja consigna anarca y budista de la no acción...  Lo ha dicho muy claramente, en su blog, Gonzalo Hidalgo Bayal, y con su permiso lo repito y suscribo: «Siempre he votado», dice (no hay más testigos que el café, unas pastas, la tarde que declina), «a pesar de las campañas. Pero esta vez no creo que pueda contenerme». 

Eso, y seguir tarareando las palabras cargadas de sentido de la copla:

Anda, rey de España, 
vamos a dormir...

martes, 13 de mayo de 2014

O bolo o lobo


En la provincia, de pequeño, me contaron el cuento del niño fantasioso y cabroncete que se entretiene alarmando en vano a sus vecinos, y no me lo creí. Ahora, aquí, en la capital, aúllo por la noche cuando no hay luna llena.

Lobo de origami. Tomado de aquí.

miércoles, 30 de abril de 2014

Iquique


En el vértigo inmóvil de los días hay palabras que brillan como luces en la noche: son capaces de llevarnos a un lugar de encuentro con nosotros mismos, a un espacio donde nuestra cada vez más precaria intimidad no necesita contraseñas para ser reconocida, ni poderosos leños flotantes que impidan que seamos arrastrados por el capricho de las corrientes mediáticas. Hoy, por ayer, y por un día que ya está en el pasado, una de esas islas verbales me asaltó en medio de una noticia trágica (las que más abundan) referida a un terremoto de magnitud 8,2 que hizo temblar las regiones chilenas de Arica y Tarapacá, y causó seis muertos y cuantiosos daños materiales. En medio de la crónica del desastre, similar a otras muchas leídas o escuchadas en días aciagos (aunque ninguna es igual a otra), de pronto salta un nombre que lo reorganiza todo en mi percepción: Iquique. Es la capital de Tarapacá y una de las más afectadas por el seísmo, hasta el punto de que las seis personas fallecidas vivían en ella. Pero Iquique, más allá de la crónica inmediata, es sobre todo una clave de la música del tiempo: de súbito, me remonta a unos años de mi juventud en los que, dentro del despertar político que me había supuesto la muerte de Allende y la derrota de «la vía chilena hacia el socialismo», la figura de Víctor Jara se había convertido en el reclamo de un interés más general por la música chilena y en particular por el folclore andino, del que ya nos habían llegado algunos acordes en alas de aquel mítico cóndor al que cantaron Simon y Garfunkel. Y en esa onda de preocupaciones, de las que los ponchos eran una seña exterior bien visible (recuerdo haber vestido uno, prestado, de suave lana gris), no tardaron en ocupar un lugar destacado grupos musicales como Los Calchaquis o Quilapayún. De estos últimos recuerdo sobre todo La cantata de santa María de Iquique, que es donde realmente desembocan las aguas de la memoria verbal. Pieza mayor del folclore chileno, es un dolorido canto de testimonio y protesta por la represión de las huelgas vividas en las minas de sal del país, que en 1907 desembocó en una masacre de obreros y sus familias a manos del ejército de Ríos Montt cuando se habían refugiado en la Escuela de Santa María. Sin duda, uno de los sucesos más trágicos de la historia de Chile. Es toda ella una obra conmovedora, pero la parte que me parece más lograda es la que recoge el vídeo que dejo abajo  Es oportuno recordarlo en vísperas de un primero de mayo, hacia el que también nos conduce, con toda su fuerza de símbolo gráfico, El cuarto estado, el conocido y tantas veces recreado cuadro de Giuseppe Pelliza da Volpedo que encabeza estás líneas (imagen tomada de Wikipedia).

viernes, 25 de abril de 2014

Lisboa, abril 2540



Cuando el tren aterrizó en Santapolónia, la ciudad aún dormía bajo el polvillo gris de su cúpula dorada, ajena al ajetreo ya evidente sobre las aguas congeladas del río. Al descorrer las cortinillas de su cápsula, el viajero descubrió en un rincón del andén levitante el azulejo azul. Nada más fijarlo en su retina glaseada, vio cómo se activaba en el aire la lluvia de claveles rojos y comenzaba a oírse la vieja canción que siempre conseguía transportarlo a uno de sus sueños favoritos. Entonces comprendió que lo que más le atraía de aquella materia onírica simple, apenas unos kas en su vasta memoria de Rewriter, era también lo que más intranquilidad le causaba. Pese a todo, se sintió reconfortado por la mezcla de pulsiones cruzadas que, con el paso de los años, había identificado como lo más parecido a la verdad. Con ese impreciso estado de ánimo, tras desechar el uso de la mochila propulsora que llevaba en su escueto equipaje, echó pie a tierra y enfiló el laberinto urbano al que hacía poco habían rebautizado con el algo pomposo pero exacto nombre de Lisboa-Melancholía.

miércoles, 23 de abril de 2014

Al pie de la letra


La S baila
su danza de serpiente.
Pero no cobra.

(Haikucedario, 1)


(Feliz Día del Libro y de los derechos de autor. Y al maestro Forges, gracias por tanto genio honrado.)

martes, 22 de abril de 2014

Abril, 22

Pasarela en La Hita, Mar Menor. AJR, 2012

Los días llevan
las velas extendidas.
Y sopla el tiempo.

En la distancia,
nada se mueve, nadie
rompe la hora.

Cruzo los puentes
de abril. Bajo su arcos,
aguas revueltas.

Los remolinos,
dentro de mi cabeza,
se estancan, fluyen.

Giran los astros
como insectos en cielo
de primavera.

El aire huele
a tierra de luz clara
y generosa.

¿Qué es estar vivo?
¡Y tú me lo preguntas!
Conciencia, verme.

Una palabra
capaz de sostenerme
en el vacío.

viernes, 18 de abril de 2014

Adán al reconocer la nada...

Adán, al reconocer la nada despreciable cantidad de animales a los que tenía que poner nombre antes del anochecer, se sintió desolado. Sus cavilaciones lo habían conducido hasta las afueras del Edén, así que volvió sobre sus pasos y cuando estuvo en el centro del jardín se sentó bajo el árbol del Viernes y se quedó dormido. Soñó que por su peso le caía en el regazo una manzana de oro, y que de la manzana, por una ventanita brillante dibujada en el hemisferio superior, asomaba un pequeño gusano que no tardaba en saltar afuera, y crecía y crecía hasta convertirse en una gran serpiente. La serpiente anidaba en la cabeza de Adán y allí se multiplicaba haciendo que sus cabellos, que nunca habían sido cortados, se fueran transformando en la intrincada melena de otro animal, al que, fatalmente, también habría que poner nombre. Al llegar a este punto, Adán advirtió que estaba en un camino sin salida y despertó. Al levantarse, sintió un pequeño escozor en la espalda y creyó recordar que, mientras dormía, alguien había removido los huesecillos de su muñeca izquierda. Tomó del suelo una ramita y, tras afilarla un poco con los dientes, empezó a dibujar en la tierra unos círculos disímiles que fueron tomando apariencias que él no era capaz de interpretar, pero que lo obligaban a mantener fija la mirada, como si alguien le estuviera contando el cuento de su vida. Dentro del círculo grande que sostenía el círculo menor, uno y otro formados de infinitos círculos diminutos, percibió que su mano se movía trazando dos semicircunferencias y otras figuras de las que lo desconocía todo. Entonces creyó reconocer lo que el sueño no le había revelado. Y se dispuso a esperar su aparición.

(En homenaje a Gabriel García Márquez: "Mucho tiempo después sobre la tierra." Gabo no se acaba nunca.)