Foto tomada de La Voz de Galicia.
(En voz alta). Con los justos reconocimientos y el subrayado de su condición de maestro del periodismo, ha sido despedido Fernando Ónega, fallecido ayer (3 de marzo de 2026). Se ha recordado su decisiva influencia política en los primeros años de la Transición, en los que fue el verdadero artífice en la sombra de lo que acabaría siendo una de las razones principales del carisma de Suárez, fraguado en algunos discursos del presidente que salieron de la pluma del periodista gallego, y probablemente también en el contagio de un talante de tolerancia y capacidad de diálogo que fueron santo y seña de su desempeño profesional, junto con una imbatible capacidad irónica que coinciden en señalarle quienes lo conocieron más de cerca.
No sé si trabuco mis recuerdos, pero diría que durante mucho tiempo su apellido solía escribirse sin tilde en la O mayúscula —la norma de acentuarlas no se generalizó hasta bien entrados los 80— y en consecuencia se pronunciaba de forma llana; una tendencia que, por lo que oigo a veces, ha dejado secuelas en algunos locutores.
Fue emotivo verle y oírle hace poco en el Congreso reclamando la vigencia del buen periodismo y poniendo en solfa, con su maestría irónica, algunos excesos del (des)orden informativo de nuestros días. Descanse en paz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario