miércoles, 15 de marzo de 2017

La soledad de las vocales


Además de tener uno de esos títulos que a uno no le hubiera importado ganar en una timba, La soledad de las vocales (Ediciones B-Bruguera, 2008), del escritor gallego José María Pérez Álvarez, es una novela original y valiente, dura, ejemplar por varias razones. Y, finalmente, como la mayoría de las novelas, también olvidable. Está construida de forma casi versicular, pero en estricta prosa, alrededor de unos pocos motivos recurrentes, todos lo cuales giran en torno a una imagen central, obsesiva: la tristeza de las letras que se quedan solas, «huérfanas de sentido», en el letrero incompleto de una pensión llamada Lausana.

Con el telón de fondo de las pruebas de natación de unos juegos olímpicos y la mención expresa de modelos literarios bien precisos —Joyce, Kafka—, junto a otros que comparecen, por así decirlo, por desaparición —Queneau, Perec, incluso Filloy—, este relato poemático avanza a base de fragmentos escritos con lo que podríamos llamar una sintaxis líquida, por medio de frases construidas de forma similar a como pueden moverse las aguas de un estanque cuando sopla el viento. De ahí que sea una obra para leer en voz alta, dejándonos llevar por sus palabras tan rítmicamente acordadas: la belleza de la composición hace digerible el desfondamiento y negrura de lo descrito, que no son sino las peripecias monótonas de unas pocas vidas humanas azarosamente reunidas en un espacio común. 

Curiosamente, la mejor respuesta a la desazón que la negrura del relato me deja la encuentro en estos versos de Karmelo C. Iribarren que me salieron al paso mientras guardaba «La soledad de las vocales» en la estantería: «El amor, / ese viejo neón / al que aún / se le encienden / las letras».

El escritor José María Pérez Álvarez, retratado por Mani Moretón.
Foto tomada de wikipedia

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