viernes, 17 de junio de 2011

Eternidad, etc.

«Siendo todavía niño oí ya hablar de la vida eterna».
 (San Agustín, Confesiones, I, 11)

«…la mer alée avec le soleil…» 
(A. Rimbaud)


 Edward HopperRailroad Sunset (1929), Whitney Museum of Art.


(Tren de ida = eternidad)


Siempre cayendo
o subiendo siempre
Siempre arriba
y abajo
y siempre es siempre
Siempre luces
o sombras
siembras siempre
Ni decirlo lo agota
ni una gota lo agota
Porque siempre por qué
y por qué siempre
Si dices siempre
y siempre dice siempre
Y no se acaba
nunca siempre nunca
Nunca pero por qué
si nunca es nunca
Por más que digas nunca
no se acaba
Y nunca es siempre nunca
y siempre es nunca
Y siempre no se acaba
y nunca es siempre


3 comentarios:

Antonio del Camino dijo...

Bella reflexión en torno a ese "Tren de ida" que, como bien apuntas, da en "Eternidad". Me gusta, más allá del fondo de la cuestión que trata (que me gusta), la forma de tratarlo, esa especie, no sé si de trabalenguas, en el que los versos van encabalgándose, como si fuera el tiempo el que fluyese de un manantial continuo e inagotable. Por otra parte, según leía, asociaba (sólo asociaba) estos versos al famoso soneto de Hierro, del "todo" y "nada". Por otra parte, las citas, me parecen perfectas y complementarias a estos versos que, intuyo, junto a otros que has dejado últimamente en la Posada, parecen abrir nuevas vías en tu manera de decir. ¿Me equivoco?

Un abrazo.

Alfredo J. Ramos dijo...

Muchas gracias, Antonio. Estaba pensando en algo así como un mantra, pero lo del trabalenguas también es oportuno porque lo que quería recrear es una experiencia de infancia (de ahí la cita de San Agustín): revivir la emoción de pensar en lo que de verdad significan palabras absolutas como "siempre" o "nunca" (o el "todo" y "nada" del soneto de Hierro que citas), y pensar "de verdad" (es decir, intentado que el pensamiento no tenga restricciones) en que la eternidad es siempre y no se acaba nunca ("pero es que aunque lo digas no se acaba nunca, no se acaba..."), como nos hacían ver con aquellos ejemplos del granero inmenso y el pájaro que llevaba un día tras otro un grano y otro grano en el pico para poder llenarlo..., y cuando lo había conseguido (es decir, miles de millones de granos y días, años y siglos después) ¡aún no habría transcurrido ni un segundo de la eternidad...! En fin, experiencias vertiginosas, primeras sensaciones del vértigo de vivir, sin duda ligadas al misterio del tiempo y su extraña sustancia...

Celebro que te haya gustado. No sé si tiene que ver de una nueva manera de decir, aunque si está muy ligado a ese jugar con la materialidad de las palabras y poner de relieve en el poema su dimensión "física" que desde hace algún tiempo me viene interesando como "método" de composición; nada, por otro lado, que no se haya hecho antes, aunque uno siempre aspira a experimentarlo en carne propia.

Un abrazo.

Alfredo J. Ramos dijo...

Post-data del 22 de julio 2012. Ayer estuvimos viendo la exposición de Hopper en el Thyssen y allí estaba, justo al entrar en la sala de los "cuadros sin (casi) nadie", esta puesta de sol en el ferrocarril, con todo su vertiginoso misterio. Los cuadros de Hopper, vistos en vivo, tienen un colorido, una luz, que ninguna reproducción es capaz de ni siquiera imitar. Ya sé que esto ocurre con la mayoría de las pinturas, pero en este caso es impresionante. Leyendo de nuevo el poema (que ahora ya incluye el cuadro de Hopper como un elemento sustantivo), caigo en la cuenta de que el "mantra" al que aludía en el comentario es en realidad una imitación bastante clara del traqueteo de un tren. Y pienso que una intuición no comprendida del todo de esa circunstancia pudo actuar a favor del encuentro entre palabras e imágenes. Por otro lado, me alegra que la cita de Rimbaud, que tuve clara y me pareció necesaria desde el primer momento, responda a una sintonía que el propio Hopper sintió, hasta el punto de titular uno de sus cuadros más significativos («Soir bleu») con unas palabras sacadas de un verso de Rimbaud: «Par les soirs bleus d'été, j'irai dans les sentiers...» (Sensation, 1870). Ese cuadro, en el que Hopper se retrata como Pierrot en charla con Van Gogh y alegres mujeres, es otra de las posibles referencias cinematográficas de una obra que todo el mundo quiere ver como inevitablemente ligada a las salas oscuras...