
De nuevo se ha respetado el pacto tácito de alternar las dos orillas de la lengua en la concesión del Premio Cervantes y el poeta, narrador y ensayista mexicano José Emilio Pacheco sucede a Juan Marsé en el más valorado galardón de las letras hispanas. La también reciente concesión al poeta del Premio Reina Sofía ha multiplicado las noticias, entrevistas y comentarios en torno a su obra, aunque fuera de los círculos poéticos (e incluso dentro de algunos de ellos) su nombre es apenas conocido por los lectores españoles.
La poesía de José Emilio Pacheco, en la tradición de Octavio Paz, aúna emoción e inteligencia. Volcada hacia la meditación tanto como hacia el canto, su voz mantiene un permanente empeño en favor de la claridad y la búsqueda del lector cómplice, sin rehuir por ello lo complejo de ciertas experiencias vitales. La historia y el presente de México, el amor a los clásicos y a los griegos (no sólo clásicos), la pasión por la nieve y por la obra de Juan Ramón Jiménez son algunos de los temas presentes en los poemas suyos que he leído.
El que copio a continuación no es el más conocido ni famoso (esa condición le corresponde a «Alta traición»), tampoco el más representativo. Pero sí expresa con pormenor y gracia, además de con blanca ironía y un alto grado de cordura, algunos extremos fundamentales de su poética.
Carta a George B. Moore
en defensa del anonimato
No sé por qué escribimos, querido George.
Y a veces me pregunto por qué más tarde
publicamos lo escrito. Es decir, lanzamos
una botella al mar, harto y repleto
de basura y botellas con mensajes.
Nunca sabremos
a quién ni adónde la llevarán las mareas.
Lo más probable es que sucumba en la tempestad y el abismo.
Sin embargo, no es tan inútil esta mueca de náufrago.
Porque un domingo
usted me llama de Estes Park, Colorado,
me dice que ha leído cuanto está en la botella
(a través de los mares: nuestras dos lenguas)
y quiere hacerme una entrevista.
Después recibo un telegrama inmenso
(lo que se habrá gastado usted al enviarlo).
En vez de responderle o dejarlo en silencio
se me ocurrieron estos versos. No es un poema,
no aspira al privilegio de la poesía
(no es voluntaria).
Y voy a usar, así lo hacían los antiguos,
el verso como instrumento de todo aquello
(relato, carta, drama, historia, manual agrícola)
que hoy decimos en prosa.
Para empezar a no responderle,
no tengo nada que añadir a lo que está en mis poemas,
dejo a otros el comentario, no me preocupa
(si alguno tengo) mi lugar en la historia.
(Tarde o temprano a todos nos espera el naufragio.)
Escribo y eso es todo. Escribo: doy la mitad del poema.
Poesía no es signos negros en la página blanca.
Llamo poesía a ese lugar del encuentro
con la experiencia ajena. El lector, la lectora
harán o no el poema que tan sólo he esbozado.
No leemos a otros: nos leemos en ellos.
Me parece un milagro
que algún desconocido pueda verse en mi espejo.
Si hay un mérito en esto —dijo Pessoa—
corresponde a los versos, no al autor de los versos.
Si de casualidad es un gran poeta
dejará cuatro o cinco poemas válidos,
rodeados de fracasos y borradores.
Sus opiniones personales son de verdad muy poco interesantes.
Extraño el mundo el nuestro: cada día
le interesan cada vez más los poetas;
la poesía cada vez menos.
El poeta dejó de ser la voz de la tribu,
aquel que habla por quienes no hablan.
Se ha vuelto nada más otro entertainer.
Sus borracheras, sus fornicaciones, su historia clínica,
sus alianzas o pleitos con los demás payasos del circo,
tiene asegurado el amplio público
a quien ya no hace falta leer poemas.
Sigo pensando
que es otra cosa la poesía:
una forma de amor que sólo existe en silencio,
en un pacto secreto entre dos personas,
de dos desconocidos casi siempre.
Acaso leyó usted que Juan Ramón Jiménez
pensó hace mucho tiempo en editar una revista.
Iba a llamarse «Anonimato».
Publicaría no firmas sino poemas;
se haría con poemas, no con poetas.
Y yo quisiera como el maestro español
que la poesía fuese anónima ya que es colectiva
(a eso tienden mis versos y mis versiones).
Posiblemente usted me dará la razón.
Usted que me ha leído y no me conoce.
No nos veremos nunca pero somos amigos.
Si le gustaron mis versos
qué más da que sean míos / de otros / de nadie.
En realidad los poemas que leyó son de usted:
Usted, su autor, que los inventa al leerlos.
José Emilio Pacheco (Los trabajos del mar, 1983).
Fotografía © César Duriones, 2009.


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