domingo, 23 de abril de 2017

El día de don Quijote

Día del libro, de san Jorge, de Cervantes (y, calendarios aparte, de Shakespeare). Los resumiría bien a gusto en el día de la exaltación de la imaginación consciente, de la capacidad de soñar con los ojos abiertos de par en par Eyes Wide Open, por remedar al último Kubrick, de la vida entregada a la intensidad de sentir —como en el arranque del poema de Eliot— que somos memoria y deseo. 
Y si hubiera que cifrar todo eso en un solo libro y en un solo nombre, bien a gusto proclamaría hoy el Día de nuestro señor don Quijote, probablemente —¡sin duda!— la criatura más universal y consoladora de cuantas pueblan este mundo sublunar en todas sus dimensiones.
Recordaba el último premio Cervantes, Eduardo Mendoza, en su discurso de agradecimiento, las cuatro veces que leyó completa la genial novela. Por mimesis, me he parado a hacer recuento de mis lecturas y he escrito largamente y de forma algo deslabaza sobre ello en mi diario (ta vez algún día lo recupere en Tiempo contado). El punto de partida lo marcó este librito cuya cubierta aparece en el margen externo y al que también pertenece la borrosa ilustración superior.

En los años de la enseñanza primaria, en el colegio Cervantes de Talavera, la lectura de sus capitulillos expurgados, ordenada y regulada por la batuta palmeril de don Mariano, fue mi primer acercamiento a la obra. Recuerdo, como curiosidad, la gracia que nos causaba el episodio del miedo de Sancho, con su consiguiente repercusión intestinal, una escena que los sencillos y graciosos dibujos del libro recreaban con precisión, para gozo y diversión de la chiquillería, siempre tan naturalmente dada a sacarle al cuerpo su punto escatológico. Me asombro al recordar, ahora, que no hace mucho, en un libro escolar en que pretendíamos utilizar esa peripecia, hubo quien lo consideró políticamente incorrecto. Cosas veredes.

Hubo después muy diversas lecturas, en tres ocasiones de forma completa. La primera de estas, en sucesivas mañanas de un mes de verano, tal vez del 71, y en un mismo y sombreado banco de los jardines del Prado de Talavera. No fue una lectura fácil: quizás la obligación —aunque autoimpuesta era más fuerte que la devoción. Otras lecturas, fragmentarias, azarosas, se produjeron en diferentes circunstancias, que en algunos casos recuerdo con precisión, en parte porque muchas de ellas estuvieron ligadas a actividades editoriales y didácticas. Pero a partir de un determinado momento, cuando pude encontrarle el "punto" al Quijote, a su profunda sabiduría humana y a su inmenso sentido del humor, su lectura ha estado ya siempre asociada al placer. Cuántas veces, abierta la obra para contrastar la exactitud de una cita o el lugar y contexto precisos de un episodio, no me habré demorado en sus páginas, abducido por el poder encantador de palabras que no sólo están vivas sino que hacen vivir...

Y en mis anotaciones, tras rememorar algunas anécdotas relacionadas con las otras dos lecturas completas la tercera y de momento última hace un par de años, con ocasión de la redacción de la Guía de Lectura que acompañó a la edición escolar de la RAE, concluyo el recuento con estas palabras: «Y la [ocasión] que queda pendiente. Esa me sigue pareciendo la más importante. Mientras podamos seguir leyendo el Quijote, algo habrá siempre en nuestras vidas que se mantenga a salvo de la tristeza».

viernes, 21 de abril de 2017

Ámbar

(Lazos) las letras,
frente a tus ojos ávidos,
trenzan el mundo.

Calles, ruidos,
la brisa en los cerezos:
ciudad soñando.

Cada mañana,
la luz nueva es la misma,
cada mañana.

Cada mañana,
la luz usada ayer
aún huele a limpio.

En mis palabras
tus palabras sonando:
so-y-to-do-tu-yo.

Efecto Reichstag © AJR, Berlín, 2007
Caballerías,
mañanas junto al pozo,
tardes y noches.

Y por la noche,
soñando eternidades:
bellaquerías.

Dime si puedo
decir aquí tu nombre:
ajeno y rosa.

La luz en vilo:
cuando miras el día,
tú la sostienes.



(Cómo) atraparte,
sustancia de las horas:
prisión de ámbar.

miércoles, 19 de abril de 2017

Lectura de Sagrario Pinto en Talavera


El próximo jueves, 20 de abril, Sagrario Pinto 
leerá sus poemas en la Biblioteca «José Hierro»,
 de Talavera de la Reina. 
Será presentada por Mercedes Regidor.
La cita es a las 19:30.





miércoles, 12 de abril de 2017

Musa sum

Ernest Descals: La partida de mus.

Su monótono, monótono, monótono... mus.


A mus a mus, asuma suma.

(AJR: 2, 7; 5, 29; 6, 17 Palíndromos ilustrados, LVIII, LIX LX)


lunes, 10 de abril de 2017

Gigantes y enanitos

Ilustración de Javier Serrano para una edición de los cuentos de Grimm, Anaya.
Cuando en 1988 el grupo Matra-Hachette decidió comprar el Grupo Salvat, en aquel momento líder de la edición generalista en España, la operación exigió el vistobueno o plácet del Consejo de Ministros, cuya cartera de Cultura ocupaba nada menos que Jorge Semprún. La edición se consideraba entonces un «sector estratégico» del desarrollo cultural del país, consideración que hoy, sin ser negada en teoría, sí lo es de facto por un Gobierno a cuyo presidente no se le conocen gustos literarios precisos, ni siquiera hábitos lectores, salvo los que pueda satisfacer algún diario deportivo (y, si acaso, y muy recientemente, la novela Patria, el gran éxito de Fernando Aramburu).

Desde aquella operación de compra, pionera en su condición de muestra de la aún incipiente globalización y muy polémica en su momento, hasta el recién anunciado fichaje de Mortadelo y sus colegas por el gigante Penguin Random House, el panorama editorial español ha vivido un imparable proceso de concentración que, como indica el artículo que da pie a este nota (incluido su titulo), deja reducido el escenario de las grandes cifras de la edición en España a un ampuloso y previsible combate entre dos contendientes: el citado PRH y el Grupo Planeta.

El artículo, por cierto, incluye como ilustración un cronograma, no completo pero sí relevante, de las diferentes operaciones de compra, absorción, penetración o «sometimiento» que se han producido en los últimos treinta años en nuestro ecosistema editorial. Su principal carencia es que deja al margen el sector del libro de texto, donde también se han producido fuertes movimientos. Y aún  son previsibles, incluso de forma inminente, nuevas decisiones, una vez que se abandone si es que se abandona el relativo limbo en que se encuentra la vigente Ley de Educación (LOMCE).    

El nuevo paso globalizador no es una buena noticia, aunque fuera esperable y no vaya a ser el último. Y aún lo es menos si se tienen en cuenta el empobrecimiento cualitativo de los órganos de decisión interna que ha acompañado esa concentración editorial y la escasa sensibilidad mostrada respecto a la calidad mínima exigible a los, así llamados, «productos culturales».

Menos mal que en los márgenes, tanto dentro de los dos grandes grupos como en el cada vez más poblado barrio de la edición independiente, hay un buen número de francotiradores que, frente a ese duelo de gigantes, siguen empeñados en afrontar los riesgos de la cultura —que continúan siendo los mismos de la vida— con la actitud de quien no tiene miedo a encontrarse solo ante el peligro.

domingo, 9 de abril de 2017

Siri, ese Iris



(Aquí va mi palma de domingo de Ramos. No es una broma, pero naturalmente no puede dejar de ser una broma. Et in Arcadia EGO.)

Hoy, Domingo de Ramos, el iPhone me pide permiso para actualizar su sistema operativo. Una vez hecho, para adiestrar a Siri, el asistente de voz —un equivalente, en términos móviles, de aquel HAL 9000 «que nos precedió a todos»—, se me pide que emplee una frase cuasi palindrómica:
OYE, SIRI, SOY YO.

En realidad, la construcción especular —y disculpen si aquí me pongo serio— es impecablemente perfecta y, en cierto modo, recuerda el sistema ideográfico que emplean los alienígenas de la película "Arrival": el intercambio o tráfico de sentido debe hacerse a través de estructuras cuya fijación quede asegurada, y a salvo en lo posible del efecto corrosivo de la subjetividad, mediante la duplicación de doble eje, principio básico de toda vida celular y base asímismo de la permanencia de la materia, que en el fondo último de su composición —en su cifra energética— siempre permanece igual a sí misma.

Este principio básico de supersimetría SIRI (sus programadores) lo cumple mediante una sencilla transferencia de significado implícita en la correcta decodificación de su mensaje. Y es que, en efecto, cuando a SIRI hemos de decirle SOY YO —y no YO SOY, que sería un espejo directo— es porque el sentido final de nuestro mensaje no es otro que pedirle que nos suplante de la forma más eficaz y útil posible. En suma, lo que le estamos diciendo es:

OYE, SIRI, SÉ YO.

O sea: un palíndromo perfecto.

Como lo es también este otro, hallado por el maestro Filloy y que seguro que SIRI no desconoce (es más: diría que lo iba murmurando para sí mientras, con ademanes de felina mimosa, regresaba a su limbo cuántico):

ES RAMOS AL ASOMARSE.

Así que, cuando se tropiecen con una de estas criaturas capicúas, además de sonreír, si les peta, o incluso de asentir (¡AJA!), si les convence, no dejen de echar una mirada al interior de su mente: ahí está todo. O casi. Y después salgan al mundo.

«Pueri hebraeorum portantes ramos olivarum...»



viernes, 7 de abril de 2017

Ogros primaverales


«Ánima, corre, por Godod: ogro perro camina.»

(AJR: 7,33; Palíndromos ilustrados, LVII)

Esta noche, quizás por influencia de la primera luna primaveral, he soñado con la noche. Y en ella había un gran perro de aguas que vivía junto a un lago. Y del lago brotaba un fulgor que asustaba al perro. Y el perro asustado, erizado por un pavor que le daba el horrible aspecto de un ogro, salía corriendo en dirección al bosque cercano. Y yo, habitante del bosque, buscando escapar de la noche para encontrar el agua, corría sin quererlo a su encuentro. Al cruzarse nuestras miradas, en medio de la oscuridad y junto al fulgor del agua, he comprendido que el perro también huía. Sin palabras ni aullidos de por medio, gracias a esa intersección de la escala zoológica que permite entenderse a humanos y animales, hemos decidido intercambiar nuestros desvalimientos y abandonar la noche, el bosque y el sueño, por la única salida posible: la puerta entreabierta de estas palabras.  

jueves, 6 de abril de 2017

Monarca caprichoso

                                                               (A modo de impromtu)

Le pregunto al poema si sabe que yo existo.
Y él, como acostumbra, tuerce el gesto
e ignora —o finge hacerlo— que he venido a buscarlo
donde siempre:
al lugar del crimen.

Al poema, monarca caprichoso,
no le gusta nada
—pero nada de nada—
que yo diga de él
que es el lugar del crimen.
Pero lo es. Lo es.
Lo que el poema ignora
—o finge hacerlo— es
quién es aquí la víctima,
quién el testigo
(el verdugo se da por descontado).
Yo sí lo sé. Aunque lo calle.

Esperando la leyenda. © AJR, 2016

miércoles, 5 de abril de 2017

Abril en su quinto día...


Abril, en su quinto día,
     alza la luz con más vuelo,
                     mientras que en sus cuatro esquinas
         se escucha el mismo deseo...








(Para Clara)

jueves, 30 de marzo de 2017

FragmenDado



Para quien tal cosa signifique algo
 Quien para tal cosa algo signifique 
Cosa signifique para tal quien algo
Signifique tal para algo quien cosa
Algo quien tal cosa signifique para
Tal quien para algo cosa signifique





Texto de Erea Fernández Folgueras: 
Poética del fragmento, 
Madrid, Universidad Complutense, 2012, 
dedicatoria.



Mosaicos romanos de los trabajos de Hércules.
Museo Arqueológico Nacional (MAN), Madrid. Foto AJR

martes, 28 de marzo de 2017

Contra los amos del tiempo

Mural en un comercio del barrio de Prosperidad. AJR, 2014

¿A dónde van las horas robadas?  ¿De dónde salen las horas añadidas?

Por si no fuera bastante lío el tiempo en sí —¡el tiempo en sí!—, los que tienen en sus manos la manija se empeñan en demostrarnos que pueden manejarlo a su antojo.

Más allá de las nunca demostradas razones de eficiencia, no es descabellado pensar que el motivo principal de los cambios horarios estacionales sea una mera, reiterada, contundente exhibición de poder.

Alguien nos quiere hacer saber que "ellos" están ahí y, como Cronos, en cualquiera de sus reencarnaciones, pueden devorarnos.

Pero, aunque nuestros sentidos ya algo fatigados lo sufran, es tarea inútil.

El Sol y, sobre todo, la Luna —¡menuda es ella!— seguirán a su ritmo.

Y en la plenitud de la noche y en la sospecha del amanecer, seguiremos sintiendo que lo que de verdad nos importa no está al alcance de ningún instrumento de tortura.

Reloj modelo «corte de mangas». Gif tomado de acá.


(Tiempo des/contado, 29.03.17; 11:05)

lunes, 27 de marzo de 2017

Manchester frente al mar


¿Alguien puede atreverse, a estas alturas, a ilustrar la secuencia central de una película con toda  la parsimoniosa y abrumadora melancolía del adagio de Albinoni? Y una vez producido el atrevimiento, ¿quién es capaz de asegurar que el resultado, en el espectador de ojo despierto, pueda ir más allá de la pastosa sensación de estar siendo (estar siendo) emocionalmente manipulado con una mezcla de recursos retóricos a los que se les concede la condición de artísticos o poéticos por sí mismos?

Tengo para mí que de la respuesta a estas dos preguntas va a depender la opinión y el estado de ánimo del espectador de Manchester frente al mar, una película dura, incluso terrible, y frente a la que no caben, creo, medias tintas. A mí me emocionó. Aunque podría poner algún reparo a esta opinión, pero sólo a costa de ponérselo también a mis emociones. Que nada es descartable.

La secuencia a la que aludo más arriba, verdadero eje argumental de la trágica historia de culpa inexpiable que se cuenta, es estremecedora. Consigue que la majestuosa lentitud de la música, su invasión paulatina, combine a la perfección con un estallido insólito, aunque no inesperado, del argumento.

Y de esa mezcla —literalmente un incendio explosivo—surge la atmósfera que logra dar sentido, coherencia y ritmo a una historia narrada a través de saltos en el tiempo, con una gran contención interpretativa rayana a veces en la inexpresividad —pero que es la que corresponde a la tragedia del protagonista—, la acumulación algo repetitiva de motivos, una banda sonora bien medida, y tres o cuatro momentos muy brillantes que, junto con la soberbia, larga, inolvidable escena central, hacen de Manchester frente al mar una de las pelis imprescindibles de la temporada. Pero, eso sí, procuren verla en versión original.




viernes, 24 de marzo de 2017

Dado en Nueva York


 La inmensa soledad de la libertad.
Inmensa la libertad de la soledad.
Soledad la de la libertad inmensa.
De la libertad la inmensa soledad.
Libertad la de la soledad inmensa.
De la soledad la inmensa libertad.


Imagen: Lonliness Liberty Line
©by Carlos Ramos Núñez, 2017

martes, 21 de marzo de 2017

Ávidas pretensiones


Por mera coincidencia circunstancial, el llamado «Día de la Poesía» me pilla enfrascado en la lectura de Ávidas pretensiones, la novela-broma con la que Fernando Aramburu ganó en 2014 el Premio Biblioteca Breve y que dejé aparcada en su día para mejor ocasión. Que por fin ha llegado y, como diría el clásico, ¡la pintan calva! Ni tras un minucioso cálculo de posibilidades hubiera encontrado material más a propósito para festejar como se merece —repito: como se merece— una más de estas estúpidas festividades laicas de «los días de...», contra las que a menudo muchos despotricamos, por su carácter espúrio cuando no torticero o directamente mercachifle. Aunque luego, acomodaticios y contradictorios, nos sumemos, si no al sarao de lleno, sí a que prosiga la patulea. Y aquí paz y después gloria (Fuertes, por supuesto: ¡sombrerazo!).

Ávidas pretensiones es el ágil y burlón retrato de unas Jornadas Poéticas (con versal inicial) que algunos de los miembros más destacados del parnaso patrio celebran en un convento, y durante las cuales se ponen de relieve algunos tics y usos fácilmente reconocibles o sospechables de la mucha tontería en que a menudo aparece envuelta la facción poética de la tribu literaria.

No deja de ser curioso —pero sólo eso— que esta incisiva caricatura de la estulticia nacional en su vertiente literaria haya sido el preámbulo del mayor éxito de su autor, gracias a la excepcional Patria («Matria», más bien), sin duda una obra señera de nuestra narrativa reciente. Y es significativo que, con ser el tema y la intención tan diferentes, en Ávidas pretensiones y en su despliegue satírico comparezca el «estilo Aramburu» de cuerpo entero, con casi todas y las mismas armas retóricas: su peculiar asedio a la sintaxis, sus calificaciones alternativas, su prodigioso oído para captar rasgos coloquiales, la consideración del texto como un personaje más, el dominio de la intriga, la agilidad de los diálogos, etcétera.

Si alguna pega se le puede poner a la divertida y lograda sátira, al margen de su premeditado «tono menor», es que tal vez se quede algo corta en el retrato. Basta asomarse al patio poético nacional en este mentado Día de la Poesía, o recabar informaciones de sucesos recientes acaecidos en este o aquel simposio, encuentro, carrusel, descarga, maratón, mitin o batucada —que con todos esos o parecidos nombres se convocan actos tildados de "poéticos"—, para entender que, una vez más, la realidad es la ficción suprema. Y que resulta muy difícil ponerle puertas al campo. O al gato el cascabel.

Ávidas  pretensiones, por cierto, parece un buen eslogan para calificar ciertas operaciones poético-comerciales en curso, legítimas sin duda, aunque más bien obscenas por la doble o triple moral con que son planteadas. Maniobras postpoéticas nacidas en un campo sembrado, a golpe de tuits y likes, acaso con las mismas semillas sintéticas y trucadas de la posverdad. Aunque, como siempre, habría que pararse a distinguir voces y ecos, gritos y susurros, trigos y pajas.

Imagen: Fotografía de la cubierta de la primera edición de la obra. 
© Super Stock – Age fotostock

miércoles, 15 de marzo de 2017

La soledad de las vocales


Además de tener uno de esos títulos que a uno no le hubiera importado ganar en una timba, La soledad de las vocales (Ediciones B-Bruguera, 2008), del escritor gallego José María Pérez Álvarez, es una novela original y valiente, dura, ejemplar por varias razones. Y, finalmente, como la mayoría de las novelas, también olvidable. Está construida de forma casi versicular, pero en estricta prosa, alrededor de unos pocos motivos recurrentes, todos lo cuales giran en torno a una imagen central, obsesiva: la tristeza de las letras que se quedan solas, «huérfanas de sentido», en el letrero incompleto de una pensión llamada Lausana.

Con el telón de fondo de las pruebas de natación de unos juegos olímpicos y la mención expresa de modelos literarios bien precisos —Joyce, Kafka—, junto a otros que comparecen, por así decirlo, por desaparición —Queneau, Perec, incluso Filloy—, este relato poemático avanza a base de fragmentos escritos con lo que podríamos llamar una sintaxis líquida, por medio de frases construidas de forma similar a como pueden moverse las aguas de un estanque cuando sopla el viento. De ahí que sea una obra para leer en voz alta, dejándonos llevar por sus palabras tan rítmicamente acordadas: la belleza de la composición hace digerible el desfondamiento y negrura de lo descrito, que no son sino las peripecias monótonas de unas pocas vidas humanas azarosamente reunidas en un espacio común. 

Curiosamente, la mejor respuesta a la desazón que la negrura del relato me deja la encuentro en estos versos de Karmelo C. Iribarren que me salieron al paso mientras guardaba «La soledad de las vocales» en la estantería: «El amor, / ese viejo neón / al que aún / se le encienden / las letras».

El escritor José María Pérez Álvarez, retratado por Mani Moretón.
Foto tomada de wikipedia

martes, 7 de marzo de 2017

Momentos


Y ahora llega el momento
de decir que la vida
es una línea que avanza sobre el agua
y da quiebros inesperados:
por eso la queremos 
más que a nada.

                                 Y ahora llega el momento
de decir que la noche
es un pájaro negro que cruza sobre el mar
y da quiebros inesperados:
por eso nos conmueve
más que nada.

                                Y ahora llega el momento 
de decir que el silencio
es un trozo de hielo bañado por el sol
y lanza inesperados destellos cegadores:
por eso lo buscamos
y nos salva.

(Y ahora llega el momento
de callar.)


J. M. Whistler: Nocturne in blue and silver. Cremorne Lights (1872) 
Tate Britain, Londres. 


domingo, 5 de marzo de 2017

La Media Noche de Valle


Un Valle no muy conocido y, por diversos motivos, sorprendente es el de La Media Noche. Visión estelar de un momento de guerra. En junio de 2017 se cumplirán cien años de la primera publicación de este relato centrado en la Primera Guerra Mundial. Con ese motivo, Alianza acaba de rescatarlo en volumen exento.

Es una obra muy breve, que no alcanza siquiera la dimensión y factura de una nouvelle, aunque posee una gran intensidad, en parte porque está escrita en clave de no ficción, como testimonio extraído directamente del campo de batalla. Sorprende su modernidad, la mezcla de procedimientos expresivos habituales en Valle con variaciones casi experimentales, como la superposición de planos narrativos, o la multiplicación de los puntos de vista, para lograr esa «visión estelar» a la que alude el subtítulo, y que viene a ser una mezcla del «viaje astral» esotérico con la impresión que al autor le produjo un vuelo en avión militar sobre las trincheras de la Gran Guerra, en el frente franco-alemán. En algún momento, especialmente en los primeros capitulillos, se diría que el escritor gallego se está adelantando a los «ejercicios de estilo» de Queneau. Sin duda, anticipa las descripciones poliédricas, cubistas, de Tirano Banderas y, en alguna medida, los procedimientos estéticos del esperpento.

Leyendo los breves 40 momentos de la narración, más de una vez me han venido a la cabeza escenas de Senderos de gloria (Paths of Glory), la extraordinaria primera película bélica de Kubrick. Se diría que Valle, tan amante del cine como artefacto creativo y novedad narrativa, se planteó un modo de acercamiento al escenario épico muy parecido al que el cineasta adoptó décadas después. En sentido contrario (y complementario), es muy sugerente imaginar lo que Kubrick podría haber hecho con algunas de las visiones de Valle si las hubiera conocido; por ejemplo, con los «cadáveres veleros» del capítulo XII, una de las imágenes más poderosas del relato.

Esta edición de Alianza, muy recomendable, está precedida de una extensa introducción de Margarita Santos Zas, que contextualiza con gran solvencia la obra y anima a reintepretar su importancia dentro del corpus literario de un autor cuya relevancia no cesa de crecer.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Sobran ángeles


No me guiñes el ojo parcheado,
ángel de la vanguardia, tan antiguo.
Te he visto alicaído, gris, ambiguo,
menos ángel que gallo desplumado.

Y tú, Luzbelcebú, ángel suicida
por ansias de ser dios siendo serpiente,
¿a dónde fue a parar toda esa gente
que te dio el alma a cambio de más vida?

Ángeles derretidos de blancura,
atados por la luz a la escotilla
del bajel celestial y a eterna noria.

Y ángeles de inconcreta encarnadura,
espíritus más bien de pacotilla...,
¡en el infierno estáis como en la gloria!



Nota. Al coincidir este año el miércoles de ceniza con el día en el que se celebra (o celebraba) la festividad del Santo Ángel Custodio del Reino, me ha parecido oportuno rescatar este soneto contra los ángeles. En mi primera juventud fui un lector apasionado del libro de Alberti que tiene a estos seres espirituales como protagonistas. Y como símbolo y tema frecuente en muy diversas formas de arte, los ángeles casi siempre me han resultado más bien simpáticos y útiles. Además de terribles, como los veía Rilke. Es probable que, junto a cierto cansancio que con el tiempo podemos llegar a sentir ante nuestras preferencias, en el origen de este soneto esté una algo agria aunque finalmente inane polémica sostenida en un viejo foro de poesía con alguien que solía cantar, un día sí y por la tarde también, al «ángel caído». En todo caso, confío en que el sentido irónico que siempre tuvo el poema sea perceptible. Y que quienes creen firmemente, o de forma imaginativa, en estas criaturas no se sientan molestos. De la imagen con la que ilustro el texto no conozco el título ni el autor. Se agradecen pistas. Por el llamativo efecto ocular, me recuerda en parte al monstruo que creó Guillermo del Toro en El laberinto del fauno. Y en parte, también, me parece que podría haberse escapado de una versión surrealista de El cielo sobre Berlín, la película de Wenders en la que un ángel llamado Damiel (Bruno Ganz) sucumbe a la tentación de hacerse humano. En fin, como se ve, demasiados ángeles por todos lados.

martes, 28 de febrero de 2017

El astronauta submarino


Como otras veces, antes de empezar a escribir en él, el cuaderno me dice su nombre. Este resulta evidente a la vista del dibujo de la cubierta, que parece sacado de una novela de Julio Verne: el astronauta submarino. Al valorar casi al peso el presunto oxímoron que surge de juntar las estrellas con el fondo del mar, me doy cuenta de su gran poder metafórico. Y, más aún, de su realidad. He aquí una buena definición para la tarea del escritor, incluso del poeta: la de convertirse en un astronauta submarino (¿o tal vez un buzo espacial?), alguien capaz de explorar arriba y abajo, sin olvidar el interior de la escafandra, con la misma actitud de búsqueda y atento siempre al control de la respiración. Darle vueltas.

(Tiempo contado, 9 de mayo de 2015, sábado

jueves, 23 de febrero de 2017

Polvo y libros


Buscando en los estantes superiores
un ejemplar valioso de Otra casa,
me sale al paso un libro de Juaristi 
y una nube de polvo volandero.

Las pavesas de polvo son semillas
de algodón ya maduro y caen al piso
con un pulso de luz deshilachada.

Polvo y libros: curiosa conjunción,
ceniza encuadernada de la hoguera del tiempo,
imagen elocuente de tanta vana gloria.

Somos carne y palabras. Y habrá un día
en que hasta nuestros sueños serán polvo.

¿Qué queda que dé cuenta en cada cosa?

Imagen de autor desconocido, tomada de aquí.

martes, 14 de febrero de 2017

Lectura en Talavera


Este próximo jueves, 16 de febrero (a las 19:30 h), leeré una selección de mis poemas en el Aula de Poesía «Joaquín Benito de Lucas», de Talavera de la Reina. Me acompañará una muy buena amiga: la escritora y profesora Celia Ruiz. Naturalmente, están invitados todos los huéspedes, transeúntes, visitantes y amigos (y, ya puestos, enemigos, si alguno hubiera u oviesede esta Posada. Prometemos no aburrir.

domingo, 12 de febrero de 2017

Entrevista en Alquibla

En Alquibla, la web que dirige y cuida Eva María Galán Sempere, y cuyo lema es echar «una mirada al mundo de las bibliotecas», se ha publicado esta entrevista (más bien cuestionario) que la propia Eva me remitió hace unas semanas. Gracias por la deferencia. Mis respuestas se acompañan con una foto tomada hace un par de años en el caso viejo de Ourense, junto a la estatua de Eduardo Blanco Amor.


Foto SPM, 2014.

viernes, 10 de febrero de 2017

Celadas



(Celadas de Lezama*)

Palabras de la abuela, palabras de la madre,
la atmósfera del cuarto se llena de presagios
y eres feliz si puedes darle un nombre
al nuevo sentimiento que aún no sabes si existe:
que la vida no sea el miedo de perderla,
que la noche no dure más allá de la noche,
que el reloj no repita sus ritmos renqueantes...
y salir hacia el aire
y respirar sin ansia.
Qué belleza.

Pasas por estas páginas del viejo Paradiso
y mientras se desprenden
como hojas de otro tiempo
ves al trasluz del polvo
y entre los subrayados
al joven que leía lo que ahora lees tú.

Pero nada es lo mismo.
Tan solo la serpiente (¡la sierpe!), la espiral,
el denso olor a almizcle del cuarto de las olas,
el rincón olvidado bajo la carbonera
o la vieja guadaña colgada de la trabe
duran.

Igual que dura la canción:

«Cando estabamos vivos
comiamos d' istes figos.
Ahora que estamos mortos
andamos por istes hortos.»

Las palabras te llegan ¿desde dónde?
como si aún deambularas por el sueño
como si ya vivir
y otras gratas costumbres
fuera anotar las cosas
que nunca han de volver
que nunca han de volver.

Ya casi es primavera**.





[* Contexto: El 19 de diciembre de 2010 se cumplen cien años del nacimiento del escritor cubano José Lezama Lima. A su poesía, a algunos de sus ensayos y, de forma muy especial, a su Paradiso, proteica maquinaria verbal que a grandes tramos consigue respirar como un fabuloso ser vivo, le debo dispersos y numerosos momentos de gran placer lector y una revelación aún no agotada. El 18 del mismo mes, mi padre, fallecido en 2002, hubiera cumplido 96 años (nació en una pequeña aldea gallega en 1914). Cuando abrí por primera vez un ejemplar de Paradiso, a finales de 1975 (la edición de Fundamentos en la colección Espiral dirigida por Julián Ríos y con un texto de homenaje de Severo Sarduy), nada más leer las primeras páginas tuve la impresión de que hablaban de una tradición que incluía el viejo y familiar mundo galaico vislumbrado en mi infancia, perseguido después en un impulso que aún dura. Este poema es un intento de unir esos hilos, mientras las hojas de mi viejo ejemplar del libro de Lezama acusan los efectos del paso del tiempo... y de una mala encuadernación. Por fortuna, dispongo de otras ediciones, sin duda mejores, pero... no son lo mismo.]

Foto superior: As maus do inverno 
Soto de castaños en Santiago de Cerreda.
© Antonio Ramos Campos

***
[Rescatado del Baúl de la Posada. 
Primera publicación: 18/12/10 a las 23:59. 
Me he permitido, como única actualización, cambiar la palabra final: 
antes era "Navidad". 
El pasado 6 de febrero de 2017 se cumplieron 15 años de la muerte de mi padre. 
A su memoria sigue dedicado este texto.]  

jueves, 9 de febrero de 2017

Arte y parte


















Es el arte lo único que imparte
una lección segura y verdadera
sobre la vida: sabe que es tan fiera
como la pinta. Sabe que en el arte
de vivir está todo y lo comparte
con todo lo demás... (mas no cualquiera
se suele conformar con la manera
en que, en la vida, el arte es juez y parte). 


José Malhoa: El pintor y la modelo (1893-1894). 


domingo, 29 de enero de 2017

A Goya o a yoga


Con la frase bumerán del título lo que en realidad quiero decir es que me encuentro ante un enorme dilema. ¿La causa?: intentar superar el estado de duda en el que está sumida mi conciencia de espectador a la hora de rellenar, un año más y para que no se pierda la tradición de la Posada, la quiniela de los Goya, que están al caer. Según sostienen todas las opiniones solventes, el de 2016 fue un buen año para el cine español. Lo suscribo. Y con cierto conocimiento de causa, puesto que ha sido una de las temporadas en que más películas locales he visto. Y, además, donde creo que, en este universo tan apantallado, deben seguir viéndose para apreciarlas de verdad: en el cine. Las dudas y es buena noticia poder decirlo vienen por la alta calidad de varios títulos, en especial los que compiten en las categorías más importantes. Así que mi apuesta no es tanto la del que juega al albur de una corazonada que también, como la de quien tira por la calle del medio al no conseguir salir de su asombro. Sin más, me echaré a andar. Aunque aún no sé si en dirección a la gala televisada del próximo sábado 4 de febrero. O hacia el ashram de Danilo, mi antiguo maestro de yoga, conocedor de secretos que ayudan a vivir incluso en estados duramente perplejos. Me barrunto que no superaré los tres o cuatro aciertos. Incluso se me ha pasado por la cabeza la posibilidad de invertir la fuerza de la prueba y jugar a atinar lo menos posible. Naturalmente, una y otra opción no son más que formas sibilinas, a fuer de sinceras, de curarme en salud. 

El estreno como actriz de Ana Belén
en Zampo y yo.
Goya de honor: Ana Belén. Desde Zampo y yo (1966), que ya ha llovido, hasta La reina de España (2016), que apenas ha "mojado" (en la taquilla me refiero), son más de medio centenar las películas y series en las que ha trabajado María del Pilar Cuesta Acosta, la sin par Ana Belén. Hay entre ellas títulos como El amor del capitán Brando (1974), La petición (1976),  La colmena (1982), La corte del Faraón (1985) o Tirano Banderas (1993), por citar sólo algunos títulos que me traen buenos recuerdos al consultar su filmografía. Está claro que méritos y recorrido para la distinción honorífica del año no le faltan. Un justo reconocimiento. 

Mejor película: Tarde para la ira Pocas veces ha estado está categoría tan disputada. En mi opinión, si se exceptúa Julieta, el nuevo «quiero pero no sé ya si sé» de Pedro Almódovar, y teniendo en cuenta que no he visto Un monstruo viene a verme, las candidatas son todas favoritas. Tanto la reveladora y magistral crónica en formato thriller que es El hombre de las mil caras, como esa otra notable contribución al nuevo cine policial español una de cuyas características, por cierto, es una marcada extravagancia a la hora de titularllamada, también algo absurdamente, Que Dios nos perdone, podrían alzarse con el gran premio. Pero me decanto por Tarde para la ira porque hay en su factura una gran perfección rítmica, al estilo de un western milimétricamente ejecutado. Y tiene en su centro la que con toda probabilidad ha sido la secuencia más impactante de la temporada, a cargo de Manuel Solo. En este aspecto diferenciador amparo mi decisión.  

Tarde para la ira. Una estética digna del mejor western.
Mejor dirección: Pedro Almodóvar, por Julieta. Aquí a las dudas se suma la extrañeza que siento ante mi propia elección. Yo le daría este Goya a Alberto Rodríguez (El hombre de las mil caras), como primera y muy clara opción, y con Rodrigo Sorogoyen (Que Dios nos perdone) como alternativa . Ahora bien, dado que esto es una jugada de póquer en la que tanto sirve saber ir de farol como lograr adivinar las intenciones del rival, tengo para mí que este año la Academia se va reconciliar definitivamente con Almodóvar, quien, siguiendo la tónica de la elección para los Oscar, podría alzarse con el premio. Que sería el tercero de la categoría en su palmarés, tras Todo sobre mi madre y Volver. Quede constancia, con todo, de que en mi opinión Julieta, además de las dificultades del director manchego para filmar una historia "seria" sin ponerse estupendo, tiene un error clamoroso en la coherencia del guion, un lapsus que pesa como una losa sobre buena parte del relato.  


Un hechizo llamado Bárbara.
Mejor actriz protagonista: Bárbara Lennie, por María y los demás. Apuesto aquí más con el corazón que con la razón, ya que sería el segundo Goya consecutivo para la actriz. Y no es frecuente. Pero siento debilidad por esta chica desde que la descubrí en algunos remotos episodios de Amar en tiempos revueltos, y a la que hace unos meses vi defender con total solvencia, sobre las tablas de los teatros del Canal, un papel dificilísimo en ese intenso monólogo a dos voces que es La clausura del amor, ahora repuesto en el Pavón-Teatro Kamikaze. Corazonadas y azares aparte, mi Pepito Gríllez particular me sopla que esta estatuilla será para Emma Suárez, por Julieta. Y yo pienso que no sería injusto: su interpretación me parece lo más convincente de la película.
    
Eduard Fernández frente a...
    
... Francisco Paesa.
Mejor actor protagonista: Eduard Fernández, 
por El hombre de las mil caras. 
Otro papelón. Y en un doble sentido. Por un lado, el que hace el actor catalán de la sonrisa dulcemente herida en su interpretación del villano Paesa, tan perfecto que no sería extraño que le hubiera creado algún problema de identidad al propio timador de Luis Roldán (con nuestro dinero). Y, por otro, por la dificultad que supone descartar las demás candidaturas: junto al eterno finalista Antonio de la Torre y al menos conocido Luis Callejo, ambos por la misma peli, no hay que olvidar que también entra en liza el muy poderoso Roberto Álamo (Que Dios nos perdone), un muy posible ganador, aunque en mi opinión no consigue llegar a la altura del sublime trabajo teatral que hace unos años nos regaló en Urtain. No hubiera desentonado tampoco en esta categoría la presencia de Álvaro Cervantes, que realiza un extraordinario trabajo en 1898. Los últimos de Filipinas, pero no logró entrar en la recta final.   

Mejor guion original: David Pulido y Raúl Arévalopor Tarde para la ira. No era fácil contar con equilibrio y eficacia esta historia. Lo han conseguido. Desde el abrupto principio hasta el delicado final. Quizás quede algún cabo suelto o alguna decisión no del todo verosímil por parte de algún personaje secundario, pero es un argumento de creciente complejidad, bien desarrollado y con un ritmo perfecto.

Mejor guion adaptado: Alberto Rodríguez y Rafael Cobos, por El hombre de las mil caras. Además del libro de Manuel Cerdán y un amplio trabajo de hemeroteca, parece claro y los guionistas lo han contado y comentado que detrás del perfecto thriller que es esta historia real hay numerosas contribuciones, directas y anónimas, de muchos de los que estuvieron al tanto de un asunto al que cabe atribuirle, por la enorme red de intereses bastardos que en él se aunaron, un papel muy relevante en el clima de corrupción que invadió amplio sectores la política española desde finales de los años 80, tal vez antes. Una página tan ominosa de nuestra historia reciente como reveladora. Tengo para mi, aunque es mera intuición, que el estreno de la película en plena crisis poselectoral de 2016 pudo influir en ciertos comportamientos intempestivos de algunos viejos líderes. 

Mejor actriz de reparto: Sigourney Weaver, por Un monstruo viene a verme, que obviamente no es ella. Sin embargo, ojo a Emma Suárez, por La próxima piel, pues podría encontrar en esta categoría una compensación, si no gana el premio a la mejor actriz. Creo que, a diferencia de los ocurrido otras veces, esta vez habrá un brindis internacional. O no.

Bayona marcándole el camino a la Weaver.
Mejor actor de reparto: Manolo Solo, por Tarde para la ira. Es uno de los pocos "cabezones", junto con el de director novel, cuya concesión no me causa dudas: su interpretación de la escena central e la película es sencillamente memorable.

Mejor actriz revelación: Anna Castillo, por El olivo. La frescura, algo ingenua pero convincente, de su interpretación es lo más destacado de una película en exceso previsible. Su rival podría ser Sílvia Pérez Cruz...  (de forma egoísta, prefiero que no se lo den a la gran Sílvia sí, con "acento catalán" en la primera i, a ver si le van a entrar dudas sobre su camino profesional y se resiente su dedicación a la música...).

Mejor actor revelación: Ricardo Gómez, por 1898. Los últimos de Filipinas. Es una apuesta táctica. No me parece que su papel sea realmente relevante. Pero tiene cierta lógica que el protagonista de la serie Cuéntame, al que henos visto crecer casi como si fuera un hijo nuestro, sea el favorecido por la decisión de los académicos, que también han de tener por fuerza, y por doblones, un corazoncito amamantado a los pechos de la televisión.
Un momento del rodaje de 1898 Los últimos de Filipinas. Foto: cortesía de Enrique Garrido.
Mejor dirección novel: Raúl Arévalo,  por Tarde para la ira. Uno de los mejores pasos al otro lado de la cámara que se recuerda. Ojalá tenga continuidad. Cualquier otro resultado sería sorprendente. Aunque tiene mucho mérito el notable dominio de recursos y de dirección de equipos que Salvador Calvo exhibe en 1898. Los últimos de Filipinas. Un debut muy maduro el suyo (46 años).

Y en las demás categorías:

Mejor música original: Fernando Vázquez, por  Un monstruo viene a verme.
Mejor canción original: «Ai, ai, ai», de Cerca de tu casa (canta Sílvia Pérez Cruz).
Mejor dirección de producción: Carlos Bernases, por 1898. Los últimos de Filipinas.  
Mejor dirección de fotografía: Álex Catalán, por 
1898. Los últimos de Filipinas. Excelentes trabajo visual sobre los escenarios guineanos en que se rodó la película. 
Mejor dirección artística: Carlos Bodelón, por 1898. Los últimos de Filipinas. Sería uno de los premios que más me alegraría acertar, por cuanto supondría, también, el reconocimiento del trabajo de Enrique Garrido, atrecista de la película y muy querido amigo. Talabricense, por más señas.


Enrique Garrido con Eduard Fernández. y Karra Elejalde, 
en un descanso del rodaje de 1898. Los últimos de Filipinas
Fotos: cortesía de E.G.
Mejor montaje: Ángel Fernández Zoido, por Tarde para la ira.
Mejor diseño de vestuario: Lala Huete, por La reina de España.
Mejor maquillaje y/o peluquería: Marese Langan y David Martí, por Un monstruo viene a verme.
Mejores efectos especiales: Pau Costa y Félix Bergés, por Un monstruo viene a verme.
Mejor sonido: el equipo de Un monstruo viene a verme.
Mejor película de animación: Psiconautas, los niños olvidados. de Alberto Vázquez y Pedro Rivero.
Mejor película documental: 2016. Nacido en Siria, de Hernán Zin
Mejor película iberoamericana: El ciudadano ilustrede Argentina. Me fío de fuentes cercanas, ya que aún no he visto ninguna de las candidatas.
Mejor película europea: Elle, de Paul Verhoeven. A esta perfecta ilustración del «mal francés» (un poco a lo Bataille) le plantará cara la emocionante y directa Yo, Daniel Blake, de Ken Loach. Si bien tampoco cabe descartar a El hijo de Saúl, el muy original filme de László Nemes. Si, finalmente, el premio es para El editor de libros, la bienintencionada pero muy insuficiente historia de Michael Grandage, quizás deba plantearme la continuidad de esta sección.
Mejor corto de ficción: Grafitti, de Luis Quílez Sal.
Mejor corto documental: The Resurrection Club, de Álvaro Corcuera y Guillermo Abril.
Mejor corto de animación: Decorado, de Alberto Vázquez.

Acierto. Aproximación.