miércoles, 17 de julio de 2013

Kepleriana

Testigo del sol poniente (c) AJR, 2011
Aunque no siempre podamos descifrarlo y rara vez logremos entenderlo, el universo es un poema que no deja de sonar. La mayor parte de las grandes metáforas que el ingenio y la delicadeza humana han creado no son sino briznas sonoras de ese misterioso acorde intemporal que rueda eternamente y al que grandes poetas físicos, con Kepler a la cabeza, llamaron la música de las esferas. Basta con mirar hacia el cielo estrellado cualquier noche (¡e incluso en pleno día!) para que esa música se nos dé como un milagro que solo pide a cambio una entrega absoluta en la mirada y un asentimiento «a cuanto la sorpresa de vivir nos depare». Los grandes místicos han andado estos caminos por rutas diferentes y nos han ido dejando, en campos muy diversos de la expresión y el silencio, testimonios elocuentes de esa realidad que hace de la vida un acto gratuito de afirmación, prescindible acaso pero irremediable: puesto que hemos de morir, vivimos; porque vivimos, hemos de morir. La única forma de no ser devorado por el monstruo de lo informe que bulle sin descanso en el círculo ausente de la nada es plantarle cara al fantasma de la segura extinción, mirarle a los ojos y decirle: «Te he visto, no eres nadie». Ese heroísmo cotidiano incorporado a la vida en el impulso mismo del respirar es tal vez lo único que puede salvarnos (la urraca blanquinegra y displicente, con sus graznidos en el patio, parece asentir). Eso, y seguir escuchando con todos los sentidos la música de los cuerpos celestiales, así en la Tierra como en el infinito más allá. Amén.

(Tiempo contado, 21, diciembre, 2011)

2 comentarios:

Antonio del Camino dijo...

Así es.

Vuelvo a la lectura, después de diez días de ausencia. No sé si también a la escritura: ya se verá. Por el momento, disfruto de las entregas de estos días, tan bien asentadas y musicales.

Abrazos.

Alfredo J. Ramos dijo...

Gracias, Antonio. También por acá andamos de regreso. Un abrazo.