martes, 18 de septiembre de 2012

Carrillo, una impresión


El otro nombre del demonio. Cuando yo era niño e incluso adolescente, Carrillo era el otro nombre del demonio. Tal vez solo el de La Pasionaria (siempre con un “La” bien marcado por delante) podía disputarle la primacía en la capacidad de encarnar la maldad absoluta. Incluso diría que ambos nombres solían pronunciarse siempre juntos, con el mismo desprecio e igual temor. Y si me pongo a remover (o a reinventar) los posos más antiguos de mi memoria, hasta es posible que encuentre el sonido de una secuencia Carrillo-la-Pasionaria como denominación completa de algún ser infernal. No tardó en unirse al nombre de Carrillo en mi conciencia el topónimo de Paracuellos, con todo el humo de vidriosos equívocos y medias verdades con que siempre se ha contado (y aún se cuenta) uno de los episodios más trágicos de la guerra civil, tan pródiga en ellos. Un episodio que en los últimos años de mi adolescencia me llegó envuelto en la hagiografía de los mártires agustinos del Escorial, en cuyas filas (las de los  agustinos) yo estudiaba entonces la filosofía que había de dar un viraje completo a mis ideas (aunque quizás fuera más exacto decir: una perspectiva diferente).

Ecos confusos. Ya a principios de los setenta, cuando el velo del templo se rasgó ante mis ojos (o eso creí), y empecé a tener la posibilidad de indagar en la historia por mi cuenta (o eso pensaba), el minucioso maniqueísmo de un solo lado con el que a tantos nos acolcharon la infancia y enlaberintado la adolescencia había cedido.  Pero entonces, por cierta orientación anarcoide de aires jipistas, tampoco el personaje de Carrillo (lo poco que sabía de él) me resultó simpático. Algún hilo suelto acerca de las polémicas que se habían vivido en el interior del Partido Comunista, y noticias más o menos confusas sobre el carácter dictatorial con que, al parecer, el entonces secretario general del partido las había solventado, y, sobre todo, una profunda desconfianza hacia toda organización amasada (y también amansada) en torno a un dogma, debieron de influir poderosamente en que Carrillo siguiera siendo para mí, aunque por motivos ya muy diferentes, una figura antipática.

Lucidez, valentía. Las cosas empezaron a cambiar a raíz del fascinante episodio de la peluca (su regreso clandestinamente pactado a España), la reacción ante la barbarie de Atocha (asesinato de los abogados laboralistas), la sorpresa del sábado santo de 1977 (legalización del PCE), entre otros momentos intensos de una época en la que viví la política con una pasión con que después ya nunca… Y se tornaron en decidida admiración hacia la persona cuando, frente a las despiadadas críticas de muchos que antes le jaleaban, Santiago Carrillo (entonces el apellido ya casi nunca iba solo) contribuyó a hacer posible que la complicada salida de la selva franquista se pudiera hacer de forma pacífica. Es este un tema (reforma vs ruptura) que aún me lleva a la discusión más o menos apasionada con amigos (si bien cada vez menos) y supongo que forma parte de un debate que todavía está lejos de haberse cerrado: las vueltas que da la historia implican también interpretaciones inéditas (e incluso inimaginables) del pasado. Lo cierto es que desde ese momento mi respeto y admiración hacia él no hicieron más que crecer. Su impresionante gesto de valentía en la tarde del 23 F aún me emociona. También el recuerdo de la única vez que lo vi de cerca, hace ya unos años, en la librería Crisol de Juan Bravo, dando una lección de enérgica tolerancia ante un grupo de descerebrados vociferantes, muy mala gente.

La sombra del padre. En los últimos años, creo que no me he perdido ni una de sus intervenciones en el programa «La ventana» de la cadena SER, con contertulios diferentes, aunque me parecieron especialmente lúcidos los diálogos mantenidos con Ernest Lluch y Herrero de Miñón, e incluso, hasta hace bien poco, con Martín Villa. Memorable fue, por diversos motivos, el saludo entre Santiago Carrillo y Manuel Fraga (éste ya en silla de ruedas), hace ahora unos tres años (hablo de memoria): por razones estrictamente personales, me pareció que aquel encuentro también permitía que pactaran en mi interior algunos fantasmas nominales de la infancia y, aunque fuera solo en la pequeña escala de la memoria personal, suponía el cierre pacífico de una larga historia. Ahora don Santiago Carrillo, que era coetáneo de mi padre (se llevaban exactamente un mes), ha muerto mientras dormía la siesta y manteniendo hasta el último momento la lucidez, según le escucho decir a su hijo. La suya es una pérdida histórica, en todos los sentidos. Y nos deja, en mi opinión, una lección de tolerancia, inteligencia y capacidad de adaptación en verdad admirable. Descanse en paz.


Fotografía tomada de esta web.

6 comentarios:

Antonio del Camino dijo...

Alfredo, me identifico con esa visión y recorrido que haces sobre la figura de un político en toda regla.

Seguro que hoy también habrá brindado alguna gente por la muerte de este hombre, y más de uno removerá una vez más lo de Paracuellos...

Por mi parte, con sus luces y sombras, vaya también mi admiración por el papel que desempeñó desde su regreso a España.

Como bien dices, "descanse en paz".

Abrazos,

Navajo dijo...

Lo que nunca he podido perdonar a este hombre, por lo demás admirable, es que haya llegado a la envidiable edad de 97 años sin ceder ni un ápìce en sus hábitos de fumador. ¡Y encima ha muerto mientras dormía ... la siesta!
Posiblemente era a esto, y sólo a esto, a lo que nos referíamos hace ya tanto tiempo cuando gritábamos aquello de ¡Ahí, se ve, la fuerza del P C!
Hemos perdido a un hombre pragmático, devenido sabio y tolerante a la vejez, y cada vez van quedando menos. ¿Hay rescate para eso?

Jose Julio dijo...

La tristeza sobre la muerte de Carrillo hace que me reencuentre contigo, Alfredo. Un saludo, José Julio Sevilla, compañero de milis albaceteñas y amigo en la Literatura.

Alfredo J. Ramos dijo...

Gracias, Antonio. Subrayar ese papel tan decisivo de Carrillo en la transición parece obvio, pero es necesario porque aún se escuchan (y se escribe) muchas barbaridades. Abrazos

Alfredo J. Ramos dijo...

Pues me temo que no, querido Navajo, que para eso no hay rescate... y para casi nada. Y es verdad, qué envidiable esa salud física y mental de don Santiago: ¡quién las pillara! (a su debido tiempo, claro). Por lo demás, me parece que el grito que citas cambiaba levemente el adverbio de lugar: un "aquí" en vez de ese "ahí". Es gratificante recordar estas cosas de nuestra aún vigente juventud, ja ja ja. Saludo indio.

Alfredo J. Ramos dijo...

¡José Julio, cuánto tiempo! Y qué buenos recuerdos. No los del destierro militar albaceteño, pero sí los de algunos trenes de cercanía que nos dieron para amenas conversaciones. En esta misma página tienes mi e-mail; mándame el tuyo, si te apetece, y retomamos el contacto. Un abrazo.