sábado, 31 de diciembre de 2016

Señora del invierno


                                         Señora de lo sueños no soñados
                                         Señora de la lluvia que no moja
                                         Señora de la llama y la llanura
                                         Señora de los niños torbellinos

                                         Señora de los líquenes de luz
                                         Señora del desierto lleno de olas
                                         Señora de la tarde enfebrecida
                                         Señora de las lágrimas mugrientas

                                         Señora sonriente de los circos
                                         Señora de la nieve circuncisa
                                         Señora de los pozos interiores

                                         Señora del soslayo y del respingo
                                         Señora de los dedos y las sienes
                                         Señora de la miel en la alacena


Sirva esta letanía casi improvisada y provisional 
como saludo de fin de año para los visitantes de este blog. 
Y también como homenaje a Juan Eduardo Cirlot
cuyo centenario se ha cumplido en 2016.
Que 2017 sea un buen año.

Imagen: Winter Queen, by Aly Fell.



martes, 27 de diciembre de 2016

Palabras para Henar


Como es bien sabido, y más a medida que van pasando los años, las fechas casi por obligación alegres de la Navidad suelen tener un rastro triste: es el tiempo en que más presente se nos vuelve la ausencia de los que ya no están con nosotros. Y hay un momento especialmente doloroso al sentir esa falta: el de la primera Navidad sin alguien muy querido. Es lo que nos ocurre este año a quienes hemos tenido el privilegio de compartir días, ilusiones, palabras y ternura con Henar González García, amiga muy cercana y esposa de mi hermano Francisco, fallecida el día 16 del pasado noviembre en Valladolid.

Henar, psicóloga de formación, ha sido una persona entregada a su vocación pedagógica, con una intensa dedicación a la orientación de escolares en las etapas cruciales de su aprendizaje, y atenta siempre a las innovaciones que podían mejorar el rendimiento de los estudiantes y su bienestar general. Pero, además de una gran profesional de la educación, Henar fue, y lo será siempre en nuestro recuerdo, una persona alegre, sensible, detallista, llena de entusiasmo. Cualidades que se pusieron de manifiesto hasta límites en verdad admirables durante los tres últimos años de su vida, en los que quienes la conocimos fuimos testigos de cómo plantó cara a su grave enfermedad, con una tenacidad y un coraje que fueron y siguen siendo un ejemplo para todos.

De los diferentes momentos vividos en su compañía, además de algunas celebraciones familiares y de las jornadas compartidas, con ella y con Paco, en su domicilio de Salamanca, recuerdo con especial viveza los magníficos paseos entre los chopos del Duratón, en la casa familiar de Laguna de Contreras, donde varias veces disfrutamos de sus innegables dotes de anfitriona, su gran generosidad y una muy buena mano culinaria, siempre auxiliada por Paco en el apartado de los vinos y los tratos con los hornos pastoriles de los alrededores.

De esos días, por ahí bullen aún las divertidas conversaciones de sobremesa, donde no faltaban las bromas y chanzas propias de quienes han aprendido a tomarse la vida con el necesario, imprescindible, sentido del humor para que todo resulte más llevadero. O sus cálidas y tan útiles conversaciones con mi hija Clara, de la que siempre estuvo tan cerca. O los juegos con Riky –el caniche que la acompaña en la foto que le hizo Sagrario en Laguna– y con Pancho, que en su mundo de disputados olores caninos hicieron buenas migas.

Brilla de forma especial en mi recuerdo una tarde-noche del mes de mayo de hace unos pocos años, tal vez en 2011, en la que compartimos una función del Cirque du Soleil, en Madrid, un espectáculo que si a todos nos fascinó, a Henar le puso un brillo en los ojos de verdad inolvidable. Son todos esos y otros muchos momentos, junto con la gran valentía vital de sus últimos días,  los instantes que no se perderán mientras tengamos capacidad de recordar.

Hoy, 27 de diciembre de 2016, Henar habría cumplido 51 años. Estas palabras, además de una evocación llena de cariño y una forma de encontrar consuelo en la tristeza, quieren ser una señal de reconocimiento y homenaje a una gran mujer. Y van envueltas en un abrazo fraternal para quien hasta el último momento de lucidez supo acompañarla en tan difícil viaje.

Querida Henar: ha sido un privilegio haberte conocido. Gracias por tu valentía y por tu entereza. Descansa en paz más allá de donde se oculta el sol. 

jueves, 22 de diciembre de 2016

Diván de Navidad


Tiene la Navidad su propia luz.
 La propia luz tiene su Navidad.
Tiene la Navidad propia su luz.
Su luz tiene la propia Navidad.
Tiene su Navidad propia la luz.
 La luz tiene su propia Navidad.

                                                                   (Da diván a la Navidad - Navidad diván)


Sirva este dado, que vino a caer sobre el tapete casi sin querer, 
tal si se hubiera desprendido del árbol del invierno, 
como felicitación para estas fiestas, 
en las que tantas formas de diván, 
y para lo más diversos usos, suelen estar presentes. 
Que conste, sin embargo, 
para evitar la fácil interpretación psiquiátrica 
a que pueden inducir estos juegos, 
que el «diván» del título tiene ante todo el valor 
de un género literario 
y que su apuesta principal bien puede formularse así: 
«Que la luz de los días felices no se apague nunca».
  
¡Feliz Navidad!

Imagen: Reconstrucción ideal del salón de lectura de La Posada a la luz del invierno.
Foto tomada de aquí

lunes, 19 de diciembre de 2016

El año en que fui Fidel Uriarte


Acabo de enterarme, por la radio, del fallecimiento de Fidel Uriarte, uno de los mejores jugadores de la historia del Athletic de Bilbao. Junto con José Ángel Iríbar, con el que compartió el día del debut en el primer equipo de San Mamés, fue mi héroe favorito en el club de fútbol del que he sido y sigo siendo forofo. Aunque tengo que recurrir a la memoria en línea para precisar algún detalle, recuerdo bien aquella temporada de 1967-68 (en mis 13 y 14 años) en la que Uriarte, reivindicando la herencia del mítico Telmo Zarra, se convirtió en el máximo goleador, el pichichi, de la Liga española, con 22 tantos, cinco de los cuales los logró en un sólo partido, contra el Betis, el 31 de diciembre de 1967..., en unos días hará 49 años (¡casi na!).

Aquel año, en el internado de los agustinos de Salamanca, formé parte de uno de los equipos del campeonato interno del colegio. Dentro de la variopinta indumentaria con que solíamos equiparnos, claro antecedente de la marca Desigual, recuerdo que me las apañé para fabricarme, con algún tipo de plástico o tela, un 1 y un 0, quizás de color verde, que cuidadosamente (o como pude) cosí o pegué en la pernera derecha de mi pantalón de deporte, este sí, seguro, de color negro, como el del Athletic.

El gesto era un claro homenaje imitativo del puesto y el número, el 10, con el que solía jugar Uriarte, aunque me parece que en ocasiones puede que él llevara el 8 a la espalda, intercambiando su condición de interior zurdo por la misma posición en el flanco derecho del ataque. Las alineaciones de aquellas y cercanas temporadas lo sitúan en ambos lados, bien integrando el quinteto formado por Argoitia, Estéfano, Arieta II, Uriarte y Rojo o Lavín, bien en la quizás más espectacular delantera compuesta por Argoitia, Uriarte, Arieta II, Clemente y Rojo. Alineación esta última que aún me baila en la memoria, sin duda porque fue la que ganó la Copa del Generalísimo de 1969, frente al Elche de Asensi. Se completaba con Iríbar, Sáez, Echevarría, Aranguren, Igartua y Larrauri.

En todo caso, la huella de aquel 10 en mi pantalón es la más memorable ocasión que recuerdo haber vivido en primera persona en un campo de fútbol.. Quizás sólo comparable a la tarde feliz e irrepetible en la que, para entonces jugando de portero, logré completar lo que las crónicas de la prensa deportiva solían describír como «una muy brillante actuación», incluida la parada de un penalti. Tiempos de gloria deportiva. Que nunca más volvieron. Pero en aquella temporada del 67-68 mi mayor aspiración era la de parecerme a Uriarte. Y supongo que en más de una ocasión me soñaría a mí mismo en alguno de esos gestos prodigiosos con los que el león de Sestao era capaz de cabecear el cuero hacia lugares donde el portero nada podía hacer para evitar el gol.


Haciendo cálculos, caigo en la cuenta de que Uriarte, que ha muerto a la temprana edad de 71 años, tenía sólo 9 años más que yo. Un lapso temporal que, visto ahora, me parece por completo irreal, y que, al tiempo que me estremece, me pone, una vez más, cara a cara frente a la perplejidad: qué extraña materia no será la del tiempo para que tan diferente y relativa nos parezca su naturaleza.

Descanse en paz el admirado deportista, al que le debo un montón de ilusiones y la intensa emoción de un año entero.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Gesto

Cuca Arsuaga: Vuelo de cigüeñas. Acuarela y tinta. Tomada de aquí.
Cortesía de la autora.

                                                          (Hacia el invierno)

Corresponde este gesto a la palabra
que se fue diluyendo
y que no vuelve
cigüeña sobre el mar bajo la lluvia
a posarse en el nido.

No es la melancolía de la noche
ni el hilo que la vida apenas tensa
entre días y horas, pasos, rostros,
la voz que se enmascara. 
                                           
                                               Como antenas
abiertas al espacio aire al aire—,
la mano deja tímidas sus huellas.
Y en un rincón del día que ya ha muerto
la duda está peinando su cadáver.

Estar aquí y alzar a vuelapluma,
esperando el regreso de los pájaros,
el gesto y la canción del resistente.


                                                               (Levedades)

lunes, 12 de diciembre de 2016

La ruta natural (2)


—¡Sé verla al revés, sé verla al revés!
En el asiento trasero, Ana no dejaba de chillar mientras, con los prismáticos dados la vuelta, miraba por la ventanilla el paisaje que se perdía al fondo del barranco, en la orilla opuesta del mar.
La carretera se había ido estrechando y las curvas eran cada vez más cerradas. Tenía la sensación de estar recorriendo un zigzag interminable.
En una de las revueltas, frente a las ruinas de lo que parecía una antigua abadía, vimos a un monje que le estaba dando de comer a una zorra. Parecía arroz. Más adelante, la luna se anuló tras una nube. Del onagro y su órgano, puro brillo imaginario entre las sombras, mejor ni hablar. 
—Juraría que ya hemos pasado por aquí —acerté a decir mientras sentía crecer el vértigo.
Ana, en cambio, cada vez más excitada, no paraba de gritar:
—¡Al revés y sé verla, al revés y sé verla!
Fue entonces cuando comprendí que «La ruta natural» era una trampa sin salida. Pero ya era tarde para emprender otro camino.

Imagen: Dunluce Castle, en Irlanda del Norte. © AJR, 2009.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Apuestillas


En Twitter, donde menudean los tuits con frases de autores célebres, es muy frecuente la publicación de greguerías de Ramón (algunas puede que apócrifas) y de sentencias de Borges. No sé bien por qué, supongo que por algo parecido a aquello que decía McLuhan de que el medio, después de ser mensaje, deviene, indefectiblemente, en masaje, suelo entrar al trapo y a veces me tomo la licencia de tuitear, a modo de apostilla (o apuestilla), un comentario, réplica u ocurrencia a tales frases. He aquí una muestra de estas «ramonadas, ramosnadas y borgesiones», cuyo sentido final, por supuesto, es rendir homenaje a los autores que dan pie.


@GmezDeLaSerna: El libro es un pájaro con más de cien alas para volar.
@lfredojramos: El pájaro, en cambio, para volar no necesita ningún libro.

@GmezDeLaSerna: Los ojos de las estatuas lloran su inmortalidad.
@lfredojramos: «No somos de piedra», parecen decirnos.

@GmezDeLaSerna: En el fondo de los espejos hay un fotógrafo agazapado.
@lfredojramos: ¡Joder, ni ahí puede esconderse uno!

@GmezDeLaSerna: Los bostezos son oes que huyen.
@lfredojramos:  ...en busca de otras bocas. Por eso se contagian.

@GmezDeLaSerna: El farol cubierto por la enredadera hay un momento en que duda si es enredadera o farol.
@lfredojramos: Ocurre justo en el instante previo al amanecer. Y nos pasa a todos: faroles, enredaderas, faroleros, enredados...

@GmezDeLaSerna: Los tábanos son borrones del aire.
@lfredojramos: Pero cuando te  pican todo se llena de estrellas.

@GmezDeLaSerna: No saben lo que es morir ni los muertos.
@lfredojramos: Y ellos menos que nadie. La muerte siempre es cosa de vivos. Y de Otros.

@GmezDeLaSerna: Vejez: ya todas las figuras de mujer las hemos visto otra vez.
@lfredojramos: Menos a una: la del caminito blanco. (¡Qué hija de puta!).

@GmezDeLaSerna: Los violoncelistas siempre están dando azotes a sus violoncelos.
@lfredojramos: Quieren corregirlos para que no tengan celos de los violines. Pero es en vano. Lo llevan en la masa de... su nombre.

@GmezDeLaSerna: El hipopótamo juega a ser submarino.
@lfredojramos: Aunque no tarda en darse cuenta de que no está en el mar.

@GmezDeLaSerna: Al mar le gusta la impunidad y por eso borra toda huella en la playa.
@lfredojramos: Pero siempre se arrepiente y acaba devolviendo a sus ahogados.

@GmezDeLaSerna: Aquella mujer me miró como a un taxi desocupado.
@lfredojramos: Ya ves, tal vez creía que eras un ser libre.

@GmezDeLaSerna: La cebra es el animal que luce por fuera su radiografía interior.
@lfredojramos: Craso error: la que luce es la radiografía exterior. La interior, como todo el mundo, la lleva por dentro.

@cccesssarrr: César Bona: La sandalia es el bozal de los pies. Greguería. R. Gónez de la Serna.
@lfredojramos: Aunque es un bozal de condición muy particular: a veces muerde. 


*****


@BorgesJorgeL: La duda es uno de los nombres de la inteligencia.
@lfredojramos: Otro tal vez sea perplejidad, quién sabe...

@BorgesJorgeL: Ebrio de insomnio y de dialéctica.
@lfredojramos: Entretengo mis noches tratando de comprender la Vía Láctea.

@BorgesJorgeL: Adoleces de irrealidad, te empeñas en jugar con naipes raspados la vida.
@lfredojramos: Los «naipes raspados», propios de un tiempo en que imperaban los albures, están presentes hoy en las numerosas «tomas falsas» de la telerrealidad.

@BorgesJorgeL: Nos hemos acostumbrado a los espejos, pero hay algo de temible en esa duplicación visual de la realidad.
@lfredojramos: ¿Y qué pensar de los palíndromos, esos espejos de la escritura cuya prodigiosa naturaleza reversible parece que nos está señalando la vuelta a casa?

@BorgesJorgeL: Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras.
@lfredojramos: Y al final, en el supremo instante fronterizo, sólo el surco de la respiración.

@BorgesJorgeL: La aurora es el reflejo del ocaso.
@lfredojramos: Por eso, a menudo, al amanecer, la Luna se confunde de casa.

@BorgesJorgeL: Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre.
@lfredojramos: Tal vez por eso él se dedicó, entre otras tareas, a pulir lentes: para perseverar en la spinoza necesidad de ver.

@BorgesJorgeL: «Está científicamente probado» es un exordio que indica que lo que se va a oír es mentira.
@lfredojramos: Ergo, acabamos de leer una ... ¿mentira?

@BorgesJorgeL: La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma.
@lfredojramos: Y, sobre todo, vuelve casi infinita o sempiterna nuestra condición de lectores.

@BorgesJorgeL: La sencillez no es nada sino es una modesta y secreta complejidad.
@lfredojramos: Y en sentido inverso: no hay complejidad digna de tal nombre que no tenga en su interior la pepita de la sencillez.

@BorgesJorgeL: Si el espacio es infinito, estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito, estamos en cualquier punto del tiempo.
@lfredojramos: Y pese a todo, no somos cualquiera. ¿O tal vez sí?

@BorgesJorgeL: ¿Quién soy yo? ¿Quién es cada uno de nosotros? ¿Quiénes somos? Quizá lo sepamos alguna vez. Quizá no...
@lfredojramos: Todo se aclara cuando logramos comprender, James y Amenábar mediante, que estamos destinados a ser Losotros, ese pronombre definitivo.

@BorgesJorgeL: La solución del misterio siempre es inferior al misterio.
@lfredojramos: Y más aún en los misterios importantes: no tienen solución.

@BorgesJorgeL: Lo divino, lo terrible, lo incomprensible es saberse mortal.
@lfredojramos: Y, muy probablemente, saberlo en ese orden.

@BorgesJorgeL: Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres trae el amor o el oro, a mí apenas me deja esta rosa apagada, esta vana madeja de calles.
@lfredojramos: Y las sombras de los cuerpos que van por sus esquinas abriéndoles caminos a la noche.



Imagen: ejemplar de monarca nuquinegro (Hypothymis azurea), 
ave paseriforme que bien pudiera pasar por modelo del icono de Twitter. 


Foto © Alex Vargas.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Dado popsocrático


                              Solo sé que doble o nada.
                              Sé que doble o nada solo.
                              Que doble solo o sé nada.
                              Doble que nada o sé solo.
                              Nada o que solo sé doble.
                              Solo sé que o doble nada.


La frase que mueve el dado es un regalo, vía Twitter, de mi amigo @Al59. El título se inspira en una explicación que hace poco le oí a Luis Alberto de Cuenca, quien se manifestaba conforme con la calificación de «poeta popsocrático» que al parecer le había dedicado su amigo el cineasta José Luis Garci. Todo lo demás corre por cuenta de la música del azar. Y depende, claro está, de los oídos que escuchan el singular e irrepetible roce de los huesos sobre la mesa.

Imagen: Sócrates vagamente warholiano. Tomada de aquí.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Palabras para el Agua

He aquí el texto en que se basó mi presentación del libro El agua siempre encuentra su camino, de Alejandro González Terriza, más conocido como Al59 en las redes sociales. El acto se celebró el sábado 26 en la Fundación Concha de Navalmoral de la Mata y contó con la intervención de El Grupo en Ciernes, que cantó con gran sensibilidad algunos de los poemas del libro. Aquí puede verse una referencia del acto en la prensa local. 

Alejandro durante la lectura de poemas. Foto de Minerva Talaván.

Sermón de las Nueve palabras

Aunque no estamos en semana santa ni esto es Valladolid, me ha parecido oportuno organizar mis impresiones sobre el libro de Alejandro que hoy presentamos bajo la forma de un sermón. Me acogeré, sin más explicaciones, al sentido que el término tiene en su acepción latina (donde sermo  vale por “habla”, “conversación”, “palabra”) y al uso que de él han hecho, entre otros autores, el maestro Agustín García Calvo, para considerarlo no sólo pertinente sino reconfortante. El que el sermón sea de “nueve palabras”, y no de tres o de catorce, obedece a un motivo bien preciso: nueve son las partes o estancias (habitaciones) en que se divide este libro cuya estructura Luis Alberto de Cuenca, en el muy elogioso y ajustado prólogo, define como “eneádica”.  ¿Una palabra por apartado, pues? No exactamente, aunque algo de eso hay. De igual modo que, al fondo de todo esto, con sonrisas burlonas o sólo mohosas, acaso nos estén contemplando las Nueve Musas.

1. Emboscada. Bajo su muy ligero, incluso algo escuchimizado, si bien elegante aspecto editorial, El agua siempre encuentra su camino es un libro emboscado y un libro-emboscada. Emboscado, porque al adentrarnos en él, alegres y confiados por su aparente poca espesura, y empujados por la cercanía de su lenguaje, no tardamos en percibir que tras los claros se bifurcan senderos en varias direcciones. Que los nudos en las cortezas de los árboles se multiplican. Que a las palabras comienzan a crecerles ramas tupidas. Y que algunos rincones del bosque de signos incluso resultan algo tenebrosos. Entonces nos asalta la sospecha de que el libro pueda ser una emboscada: una trampa bien urdida cuyo fin principal no ha de ser otro que capturar nuestra atención. De hecho, las nueve partes que forman la estructura del libro están estratégicamente dispuestas para lograr ese efecto. Tienen un orden de lógica narrativa que va desde las poéticas iniciales, a modo de pórtico, hasta la televisiva y algo burlona «Carta de ajuste» final, pasando por las evocaciones de la vida familiar, los juegos de la infancia, los senderos del amor y el desamor, los trazos de la canción (pop) y la tradición (folclórica), el homenaje a los maestros («los Vivientes») y un somero repaso a algunos de los más perentorios asuntos de la res publica. Fíjense hasta qué punto no será emboscado el libro, y su propuesta toda una completa emboscada, que cada una de estas partes bien podría ser un libro en sí misma. De hecho, algunas lo son. Y da la impresión de que todas podrían haber crecido más. Estamos, sin duda, ante una obra de largo recorrido.

2. Juego. De esta palabra me ahorro el comentario. Pronunciarla tan sólo es ya poner las cartas sobre la mesa. La ilustraría de buena gana leyendo el poema o conjuro de la brujas, «Epodo». Aunque, por reflejo del naipe, me conformaré con esta copla: «Objeción sobrevenida,/ la experiencia avisa en vano:/ nadie devuelve la mano/ a quien perdió la partida»,

viernes, 25 de noviembre de 2016

Al59 en Navalmoral

Mañana, sábado 26 noviembre, en la Fundación Concha de Navalmoral de la Mata, se presenta el último libro de poemas de Alejandro González Terriza, El agua siempre encuentra su camino. Será un placer acompañar al autor y a otros amigos en darle la bienvenida a este pequeño gran libro, que ya está dejando un rastro de admiración y entusiasmo entre los que van teniendo la suerte de conocerlo. Quien pueda, no se lo pierda. Aquí una muestra:


CONJUGACIONES

Ahora que soy pequeño como el prólogo de un sueño
y mis zapatos húmedos aprenden a volar,
no quieras ya tirar de la costura del recuerdo,
no vayas a quedarte, como el sol, a medio arder.
No hay nada tan urgente que no sea irremediable
caer en que no puedes pronunciarlo sin mentir.
Es la palabra el único tesoro que persiste:
el lápiz con que puedes dibujar cualquier color.

                                                                      AGT




martes, 22 de noviembre de 2016

Cuaderno Ático, la séptima salida


Desde el pasado 20 de este noviembre invernal está en las redes y sus calles laberínticas el número 7 de Cuaderno Ático, revista de creación literaria que edita Juan Manuel Macías, contra viento y marea y con un poco común manejo de las artes tipográficas. Es un número que ofrece varias horas de intensa lectura a través de poemas (sobre todo), notas diarísticas, prosas y miniensayos, aforismos, traducciones y otros textos de una treintena de colaboradores, entre los que tengo el honor de figurar.

De una primera ojeada y hoje@d@», me han llamado la atención la traducción por Aurora Luque de Sintra, poema en dísticos latinos de la humanista taranconense Luisa Sigea (h. 1522-1560); los poemas tan cercanos y luminosos de Antonio Rivero Taravillo; los haikus y tankas de Sergio Berrocal Sánchez; un envolvente y espumoso texto sobre la cerveza y sus modos de consumo, obra de Juan Manuel Villalba. Y las "hilachas" aforísticas sobre poesía del propio anfitrión.

Especial impacto me ha producido el relato La verdad sobre Odiseo, de Helena González Vaquerizo, un texto de contenido iniciático y cariz autobiográfico que me ha hecho añorar, y de qué modo, una tarde ya lejana en la que estuvimos buscando el laberinto entre los riscos cretenses de Górtis.

Hay más traducciones: del griego Costas Reúsis, por Mario Domínguez Parra, y de la británica nacida en Hong Kong Sarah Howe, por Carlos Alcorta. Se incluye asimismo una semblanza de la poeta granadina Elena Martín Vivaldi por Carmen Canet, Y en la sección «Biblioteca», se da noticia de la aparición de los libros No estábamos allí, de Jordi Doce, y Los nuestros, de Juan Carlos Reche, ambos publicados por Pre-Textos.

En suma, 142 páginas de apetecible lectura, muy adecuadas para transitar con buen pie por los fugaces y casi subterráneos días del otoño.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Mr Cohen se despide en otoño

No ha de faltar quien relacione el mutis por el foro que acaba de hacer Leonard Cohen con el triunfo electoral de Trump. Y lo cierto es que no cabe descartar ninguna hipótesis. Aunque bien es verdad que el poeta y cantante canadiense ya había dicho públicamente adiós en una larga y valiente entrevista, que alcanzó una gran resonancia. El elegante y sensible caballero fue un hombre de palabra hasta el final. De hecho, el que puede considerarse su testamento vital y artístico, You want it darker (ver vídeo abajo), explicita con meridiana claridad que ya está listo para emprender el viaje definitivo. En más de un detalle, su despedida me ha traído a la memoria la que hace unos meses hiciera David Bowie con su Lazarus.  De las varias ocasiones en que la figura o la obra de Leonrad Cohen se han asomado a La Posada, rescato ahora, como homenaje más que póstumo intemporal, esta crónica de su actuación en Madrid en el otoño del 2009. Que sigan sonando sus palabras y su música: la íntima e inconfundible forma de decir las primeras, y el singular y sensible modo de convertir la segunda en una de las manifestaciones más creíbles, lúcidas y conmovedoras de la plegaria. Será difícil volver a escuchar ninguna de sus canciones sin que se nos salten, otra vez, las lágrimas. O se nos dibuje, también, una sonrisa. Y, naturalmente, estaremos llorando y riendo por nosotros mismos. Descanse en paz.


Mr Cohen inaugura el otoño
El verano, que me dejó la luz de la música de Irlanda mezclada con viejos sueños infantiles y las voces de sus poetas dando nombre exacto a muchos presentimientos, se resistía a marcharse y amenazaba con prolongar su sugerencia de vida aplazada, cuando el caballero zen y su grupo de artistas prodigiosos vinieron a poner las cosas en su sitio e inauguraron las armonías e incertidumbres del otoño.

Tuve la suerte de asistir la otra noche al recital que Leonard Cohen dio en Madrid y creí comprender definitivamente por qué las melodías susurradas y de apariencia monótona de este irónico, romántico y elegante poeta tienen tanto peso en la banda sonora de muchas vidas (disculpen el tópico pero creo que es justamente así). Y desde hace tanto tiempo: en la mía desde al menos 30 años.

La razón es sencilla: se llama emoción compartida, capacidad de dibujar con aguda precisión los paisajes cordiales de la mente y sus territorios derruidos, de mantener vivo, pese a todo, el instinto de la alegría y el impulso no domesticado para seguir creyendo que alguna forma de felicidad común es posible. A mi entender, el arte de Leonard Cohen se funda en la emoción que nace de la celebración del encuentro de los cuerpos más allá de las trampas que nos vuelven a todos cazadores y presas en esta jungla de espejismos en que se ha convertido el mundo (si es que alguna vez fue otra cosa).
Aunque, según dicen las crónicas, los motivos inmediatos de la vuelta del artista canadiense estén directamente ligados a los problemas financieros surgidos de una traición (al parecer no sólo económica), el completo y generoso repaso que Cohen hizo de su discografía, en una especie de «concierto total», transformó su presencia ante un público apacible y entregado en una ocasión memorable.

Las canciones y la poesía de Cohen, que brotan de una misma fuente, poseen junto a su precioso ritmo envolvente una gran capacidad narrativa. No sólo enuncian estados de ánimo o formulan opiniones sobre esto o aquello. También, y sobre todo, cuentan historias. Relatan diversos episodios, incluidos los más escabrosos o más mitificados, de una extensa peripecia vital en la que el fulgor del deseo, las delicias y las ruinas de la vida en pareja, los claroscuros del compromiso político, la afirmación del espíritu libre, la denuncia de la estulticia o la mirada compasiva sobre la lucha del ser humano enfrentado a sus limitaciones, entre otras muchas experiencias, se plasman en imágenes y melodías iluminadoras sostenidas por un lenguaje vivaz y un tono meditativo que dejan abierta una puerta para que por ella penetre la chispa del humor o el doble filo de la ironía punzante o tierna pero nunca autocompasiva, de modo que el saldo final siempre cae del lado de la inteligencia.

No hay que olvidar, aunque puede resultar un envoltorio engañoso, el matiz litúrgico, de ceremonia sagrada, con que el artista se entrega a la celebración de un arte en el que la música parece nacer desde el interior de las palabras. Esa marcada apariencia de ritual envuelve su actuación en un clima que lo acerca a una experiencia cuasi religiosa. Una “misa profana”, sin mayor (ni menor) trascendencia que la de poner en juego el esfuerzo por vivir la intensidad de los sentidos. Y es quizás este aspecto, que a veces puede parecer un poco sobreactuado, el que hace de Mr Cohen un caballero audaz, un viejo resistente que se arrodilla ante su público (quién sabe si también ante una divinidad inspiradora: la fuente de su sensibilidad) para mejor decir su arte y mostrar que, pese a los estragos de la edad (desvanecimientos, como el de Valencia, incluidos), conserva intacta la capacidad de conmoverse y conmovernos.

Leonard Cohen, en el otoño pleno y elegante de su vida (hoy mismo cumple 75 años), cerrará esta noche en Barcelona (si todo ha ido bien) una gira veraniega que no ha hecho más que aumentar su leyenda. En Madrid, como supongo que haría en los demás lugares donde ha actuado, agradeció al público el haber mantenido vivas sus canciones durante su larga ausencia de los escenarios. Y aunque eso sea verdad, la recíproca no es menos cierta: sus canciones son un recuento fiel e insustituible del puñado de razones y sentimientos que nos mantiene vivos.

Ahora, además, nos vuelven un poco más capaces de encarar con buen pulso las inevitables mudanzas del otoño.

Foto: By Dominique Isserman (tomada del programa del concierto).




Rescatada de los Arcones de La Posada.
Primera publicación: 21/09/2009 a las 21:12.

lunes, 31 de octubre de 2016

El adiós a Pancho



Octubre, que se va tan a destiempo,
tan sin saberse otoño ya vencido,
se lleva de la mano a un buen amigo:
Pancho Valiente, un alma en ser de perro.


Fueron plenos sus días y fue pleno
el afecto a su lado, siempre vivo,
siempre dispuesto a festejar contigo
o a soportar la espera con sosiego. 

Pancho llegó al final entre el cariño
de la manada que creó en su entorno
y nos dejó el ejemplo de sus días.

Cuánta viveza en forma de ladrido.
Cuánta ternura en su animal de fondo.
Cuánto echamos de menos su alegre compañía.


Pancho murió el pasado 10 de octubre, tras unos días muy difíciles a causa de un progresivo pero veloz deterioro de su salud. Le faltaban poco más de cuatro meses para cumplir 16 años, así que la suya se puede considerar una vida cumplida. Ha sido una suerte compartirla con él. Y aunque ya le estamos echando de menos, nos ha dejado tantas vivencias agradables, que estoy seguro de que su recuerdo no tardará en ser uno de los motivos más gratificantes de complicidad familiar.



domingo, 16 de octubre de 2016

Extraño territorio

                                                                          

                                                                           (Territorio común con el silencio)

Cada palabra nombra el territorio
que desaloja en su caída libre.
Saltan chispas al paso de su vuelo
y el desierto se incendia con sus luces.
Hablar es habitar la tierra extraña
del sentido que fluye en la corriente
del ser común, el agua inagotable
que sin cesar y sin cesar bebemos. 
No hay nada más. Un tiempo sin fisuras,
liso como la piel de la mañana.
Y un rostro roto bajo los cristales
donde, redondo, se refleja el día.
No hay, amor/hermano, nada más. The rest is silence...




Imagen 
Torre vigía capturada en la pantalla del televisor.
(AJR, 2016)



sábado, 1 de octubre de 2016

Del «no» al «nunca más»...


Es tan denigrante y vergonzoso, además de estúpido, el espectáculo que este primer sábado de octubre se está viviendo en Ferraz, en la sede del PSOE, que tengo que hacer grandes esfuerzos para no salir corriendo... hacia allá a soltar, ingenuo de mí, «cuatro verdades». Unos años atrás, quizás no muchos, sin duda lo hubiera hecho. Pero a estas alturas, y después de las aguas que han pasado bajo los puentes, he decidido que  me voy a ir al cine, no sin un punto de inquietud y, sobre todo, meditando si merece la pena dar rienda suelta al cabreo interior y hacer una promesa, eternanamente provisional, similar al sentido de aquella palabra que tan repetida y enfáticamente suena en el famosos poema «The  Raven», de Poe: nunca más. 

Fotografía tomada de eldiario.es



miércoles, 28 de septiembre de 2016

Harakiri o psoeppuku


De forma imprevisible aunque no inesperada
De forma inesperada pero no imaginable
De forma imaginable aunque no impredecible
De forma impredecible pero no comprensible
De forma comprensible pero también absurda...

El PSOE se suicida en presencia de todos.


Imagen:
Grabado que representa al general Akashi Gidayu escribiendo su poema de despedida 
momentos antes de autoinfligirse la muerte
Tomado de aquí.

martes, 27 de septiembre de 2016

Queremos tanto a Aute



Desde que hace unos días, por boca de un amigo que mucho lo admira, me enteré de que Luis Eduardo Aute se encuentra en coma, no he hecho otra cosa, a cada poco, que pensar en él, imaginármelo con dolor en esa especie de limbo del que casi nada sabemos, y desear con todas mis fuerzas que pueda salir de esa gruta cuanto antes. Cuando ese pensamiento me asalta, lo conjuro imaginando que un golpe de fortuna o de magia simpática, o simplemente uno de esos caminos de la física y la química, aún no bien conocidos, que son capaces de incorporar caudales de energía a la vida consciente, le permite regresar a ella para seguir ejerciendo, como hasta ahora, su intensa, melancólica, hermosa y consoladora lucidez. 

Me consta que somos muchos los que queremos a Aute sin restricciones. Quizás porque le debemos mucho. No sólo, entre otras tantas cosas, el himno que nos ayudó a salir de la noche más larga. O el gesto de la resistencia frente al poder y la estulticia. O las mil formas de ponerle al amor nombres que ni el amor conoce. También un montón de belleza en forma de imágenes dibujadas y movidas con singular ligereza, con la armonía que sólo está al alcance de los artistas totales. 

En mi caso en particular, le debo además una tarde de conversación pausada y generosa, junto con un par de amigos, durante la que se produjo, entre otros momentos memorables, un intercambio de entusiasmos por la condición lúdica del lenguaje, y en particular por el mundo de los palíndromos, género y especie de los que Luis Eduardo se declaró un incesante  («Aute, prepárese: será perpetua» [CAR: 4,25]) cultivador. «Hasta el punto recuerdo que nos dijo de que me llega a costar trabajo leer de seguido, sin buscarle la vuelta a las palabras, sobre todo si son grandes titulares». Fue una tarde en la que el artista ta admirado se nos reveló provisto de la gran humanidad que cabía suponerle a quien nos había proporcionado tantas horas gratas y tantas sensaciones nobles. Pero que rara vez tiene uno la posibilidad de comprobarlo de forma tan clara, cercana y, digamos, natural. 

Por todo esto, y más, queremos tanto a Aute y nos unimos a las palabras que alguien le dedicaba recientemente: «Vamos, amigo, ánimo, despiértate, que aún nos espera el mundo y somos muchos los que te queremos».  

jueves, 22 de septiembre de 2016

El Ave vuela cerca de Segovia


Parece inevitable imaginar qué habría sentido don Antonio Machado, sobre la madera de su vagón de tercera, si por la ventanilla, tras el hollín del cristal, hubiera descubierto que en el metálico letrero colgado de cadenas sobre el andén, entre la niebla y la indiferencia de los viajeros, podía leerse que el convoy estaba entrando en la estación de Segovia Guiomar. Sin duda pensaría que era un sueño. Tal vez una alucinación de sus ojos ya no jóvenes, y algo borrosos por lecturas sin fin y amores a deshora. Difícilmente lo tomaría como el augurio de una posteridad que a él, realmente, le importaba muy poco. Aunque lo estuviera esperando. Y, en la misteriosa espiral del tiempo, se encontrara a punto de darle alcance.

Foto: Estación Segovia Guiomar, en la línea del AVE. © AJR, 2015.


miércoles, 14 de septiembre de 2016

Consellos


Qué privilegio poder sorprender al artista en su rincón y robarle un momento de intimidad como éste.  Los consejos de Celso Emilio Ferreiro, tan atinados y pertinentes como fueron la mayoría de los suyos, cobran en la voz y el rasgueo de Amancio Prada una gracia especial. A la vez que alertan la cabeza, alegran el corazón. Nada más necesario para tiempo tan usureros, «cheos de cobiza», como los que vivimos.


Rescatado de los Arcones de la Posada.
Primera publicación: 18/09/2013, 20:00


viernes, 9 de septiembre de 2016

Un Woody antológico

«Mirad, chicos, el timing lo es todo en la vida».
Vaya por delante que cuando afirmo que Café Society, la última película de Woody Allen, es un Woody antológico, lo que quiero decir es que tiene la condición de repertorio de temas, motivos, obsesiones, pasiones, querencias y disidencias, técnicas, tácticas e incluso filosofías —si se toma esta palabra en su sentido más utilitario— de toda la obra del director neoyorkino, que cada otoño cumple con el rito de estrenar, por estos lares, una nueva historia. A veces la misma.

Ya mi amigo Navajo, uno de los críticos de cine y series en los que más confío, al igual que David Trueba o el imprevisible, salvo en algunos extremos, Carlos Boyero, entre otros, han contado en primera persona la serena alegría que esta cita anual con Woody Allen supone para muchos amantes del cine. Lo que tiene de puro gozo por el simple hecho de permitirnos comprobar, además de la propia, la supervivencia de una estilo de arte cinematográfico, con todas las letras, más allá de la opinión que cada película pueda merecerle a cada cual. Y al margen de las frecuentes disensiones respecto al peso y significado que la nueva entrega vaya a tener en la muy dilatada, rica y coherente, además de siempre tan revisitable, filmografía de su autor.

De Café Society, aunque parezca paradójico, lo que más me ha gustado ha sido su carácter por completo previsible. Supone un verdadero placer asistir al reconocimiento de los giros argumentales, comprobar el dominio del ritmo —tal vez la clave maestra del mejor Allen—, anticipar las ajustadas respuestas en los diálogos, volver a saborear la zumba habitual sobre la educación judía, la parodia del despiadado mundo de los gángsteres, el homenaje a los rituales del viejo cine, como exaltación de un tiempo dorado e ido, pero también como forma de resaltar el peso de la imaginación en nuestras vidas.

Y todo ello para contar una nueva historia, que viene a ser la misma crónica cercana y emotiva de los vericuetos azarosos del amor. Y en la que la banda sonora, llena de aciertos, vuelve a convertirse en un personaje más, y ni mucho menos secundario, Y, en fin, donde regresan las hermosas, cuidadísimas, mil veces vistas, pero siempre originales, «postales» de Nueva York, que no hacen sino aumentar hasta extremos insoportables mi nostalgia por la ciudad aún desconocida (¿cómo es posible sentir una nostalgia así?). Todo eso, en una medida justa y en un tono acaso más serio o menos divertido que otras veces, pero siempre con respiros de humor inteligente, está presente en esta historia de amor, azar y vida, de pasiones y crueldades, de cine puro.

Vi la película la semana pasada en los multicines de un centro comercial del Mar Menor, en una cómoda sala de medianas dimensiones, que para mi sorpresa casi se llenó. No es un dato menor, porque en los últimos tiempos, lo habitual es estar en el cine como en familia, rara vez con más de una treintena de espectadores —muchos iluminados por las pantallas de sus móviles— , a menudo incluso en soledad. A medida que iba avanzando la proyección, era una satisfacción, ya digo, ir revisitando los tópicos del octogenario director, como el que pasa las hojas de un libro favorito y comprueba que la expresión no sólo no ha envejecido sino que aún guarda alguna sorpresa, un nuevo destello, un juego maestro.

De pronto, bajo esta sugestión, eché en falta, no sin cierta alarma, un tópico habitual en los filmes de Allen: las largas conversaciones en la calle, esas escenas peripatéticas llenas de gestos y naturalidad, que él ha sabido recrear como nadie y que aquí no aparecían por ningún lado. Pero no había acabado de pensarlo cuando, como si el proyector me hubiera leído el pensamiento, llenaba la pantalla una secuencia, no muy larga, pero suficientemente expresiva, filmada a pie de calle. Y poco después la pareja protagonista «posaba» y charlaba en un rincón inconfundible de Central Park, en lo que a todas luces cabe interpretar como una especie de firma y rúbrica de clara intención. Como si Woody Allen nos estuviera diciendo: «He aquí mi mundo, estos son mis poderes». Y, al otro lado de la pantalla, muchos asentimos.

Concluiré con una nota al margen. Aspecto destacable de Café Society es el buen partido que Woody Allen vuelve a sacar a un actor tan característico como Jesse Eisenberg, con el que ya contó en A Roma con amor. Este chico de pelo ondulado, nariz con marca de fábrica y gestualidad algo desbaratada, me parece un intérprete bien dotado y aquí hace una buena pareja con Kristen Stewart. Aunque he de confesar que también le tengo algo de ojeriza por lo bien que interpretó el papel de Mark Zuckerberg en La Red Social, película excelente y tan dura que, en un mundo comme-il-faut, hubiera supuesto el descrédito inmediato del biografiado y la huida masiva de los usuarios de su criatura vengativa, la famosa red Facebook. Aunque, por lo que se ve, ocurrió justamente lo contrario. Lo cual no viene a ser sino una confirmación de la deriva irracional del mundo. O de cosas peores. Pues bien, el efecto benéfico del rito anual de Woody es tan fuerte que, potenciado por otras influencias que, curioso azar, también me llegan desde Nueva York, puede que me replantee mi rechazo visceral hacia ese club al que está afiliada media humanidad. Puede.

Con Woody en Oviedo, hacia 2008. ©SPM



martes, 6 de septiembre de 2016

Alumno con mula


Al volver sobre mis pasos, siempre encuentro las mismas palabras sonando desde el fondo de un lugar que, a medida que se aleja, cada vez me parece más cercano. Es el pozo que había en mi casa de niño, al que me gustaba tirar piedrecitas, también algún canto gordo, para aguardar el chasquido del agua y los brillos lejanos, y sobre cuyo brocal solía dar voces que no tardaban en regresar cargadas de misterio, como si allí abajo hubiera alguien dormido esperando mis palabras. 

No había ninguna intención extraña en esas niñerías. Tal vez sólo la ilusión de que el mundo no fuera tan tosco ni tan plano como lo que sugería el uso inmediato del agua de aquel pozo, un agua gorda, no muy apta para el consumo humano, tan distinta de la que bebíamos en la aldea gallega, pura delicadeza de frescura y sabor (que el agua se considere insípida, aunque de forma objetiva lo sea, siempre me ha parecido una grosería). 

Ese agua, aparte de para las tan laboriosas tareas higiénicas de entonces, en una sociedad que aún desconocía el uso generalizado de los grifos dentro de las casas, servía para dar de beber al ganado, en concreto a las tres o cuatro decenas de mulas que habitaban las cuadras del gran corralón que se extendía  a lo largo de toda la calle y que eran la ocupación principal de la familia, abuelos, tíos y padre, todos ellos agricultores reconvertidos en tratantes, dedicados al trato de la muletería, actividad que consistía en comprar y vender mulas, incluidos los llamados «machos», también algún caballo o yegua, pero sobre todo caballerías de sexo estéril, aptas para la arada, la trilla, el acarreo y otras tareas propias de aquella sociedad agrícola que ya es pura leyenda. 

Los animales eran traídos desde Galicia, de las ferias de Monterroso y otras, inicialmente en largas caminatas por rutas de trashumancia, con paradas en curros, corrales o establos ya previstos, o en pleno campo abierto. Aunque en los tiempos de los que hablo, lo habitual era el transporte en trenes, estabuladas las acémilas y las demás caballerías en vagones especiales que alguna vez vi descargar en la estación de Eburia.

Al caer la tarde, era habitual que las mulas fueran sacadas de las cuadras en que pasaban la mayor parte del tiempo y en grupos de ocho o diez eran conducidas a la gran pila, alta y alargada, cercana al pozo, que ya había sido llenada de agua y donde era un gusto verlas abrevar, mientras mi padre o mi tío o, más a menudo, uno de aquellos «criados» (así se les llamaba a los mozos de mulas), tan diestros en el manejo de todo lo relacionado con su cuidado, silbaban sin parar una melodía simple y monótona, una especie de gorjeo sostenido que, al parecer, era necesario para que los animales cumplieran de forma más rápida el trámite de saciar su sed. 

De aquellos años aún me llegan a veces, envueltas en imágenes que me sorprenden en el sopor de media tarde o en algún sueño, algunos de aquellos tercos sonidillos que tienen sobre mí, alumno de esas y otras viejas lecciones de un mundo ya desaparecido, el poder de sembrar en mi cabeza una ambigua sensación, extraña mezcla de nostalgia y tristura, de la que sólo consigo librarme bebiendo un gran vaso de agua. Fina y fresca, a ser posible.       

Reata de mulas. Foto de autor desconocido. Tomada de aquí.

lunes, 29 de agosto de 2016

Carne que tiembla


 Los primeros temblores de la carne.
Temblores de la carne los primeros.
Primeros de la carne los temblores.
Carne la de los temblores primeros.
De los temblores primeros la carne.
La carne de los primeros temblores.

*****

Encuentro el primer envite de este «dado» en el artículo que Manuel Vicent dedica a Sílvia Pérez Cruz en la contraportada de El País. He visto desarrollada en este texto, con la brillantez habitual del escritor levantino, una idea o intuición que me acompaña desde la primera vez que oí cantar a la artista catalano-gallega: en la actitud de esta mujer puede que esté latiendo la solución a los conflictos patrióticos que con frecuencia han ensombrecido la convivencia en tierras ibéricas, y a los que tanto cuesta encontrar remedio. La identificación que Vicent hace entre la fuente de la voz de la cantante y el lugar «donde nacen todas las patrias» puede parecer una metáfora demasiado sutil o incluso rebuscada. Pero basta escuchar con atención a Sílvia Pérez Cruz en una cualquiera de sus actuaciones (por ejemplo en esta, casi improvisada, con su padre) para comprender lo atinado y revelador de esas palabras. Tal vez porque, a fin de cuentas, la verdadera patria no es más que el recuerdo de un temblor y de la emoción que lo produjo.

viernes, 19 de agosto de 2016

Capotiana

El escritor Toni Montesinos ha tenido la deferencia de incluirme en la serie de «entrevistas capotianas» que viene publicando en su blog. Ha sido un placer participar en el juego. El resultado puede leerse aquí.

jueves, 18 de agosto de 2016

El viaje a la última Thule


Ningún momento es bueno para recibir la visita de la Vieja Dama. Pero tiene cierta lógica narrativa que Víctor Mora, el creador del Capitán Trueno y otros muchos personajes que llenaron de felicidad y sueños épicos tantas horas de nuestra infancia (y no sólo), haya emprendido su último viaje en pleno mes de agosto. Al fin y al cabo, este es el tiempo en el que, en algún rincón del espacio intemporal, estamos todos entretenidos con las aventuras de sus creaciones, y él puede largarse casi de puntillas, quién sabe si camuflado como polizón en alguno de esos barcos en los que el caballero cruzado y sus amigos viajaban siguiendo los rumbos de nuestra imaginación. Y a bordo de los cuales, en más de una aventura, si no me falla la memoria, surcamos junto a ellos las aguas en dirección al país de Thule, la patria de Sigrid, la rubia vikinga novia del capitán. Ella, junto con el forzudo Goliath y el avispado Crispín, componían un grupo que, sin exagerar, bien puede considerarse que formaba parte de nuestra familia. O, mejor aún, de nuestra pandilla, pues eran personajes que, en mayor o menor grado, todos compartíamos. 

El Capitán Trueno, encarnación hispana del Príncipe Valiente, no fue mi héroe favorito de los tebeos, condición que, como ya he contado aquí alguna vez, correspondía a Tamar, una variante de Tarzán. Pero no creo equivocarme si afirmo que, ya desde su nacimiento,  en 1956, y mucho más a lo largo de al menos las dos décadas siguientes, fue un personaje aparte, el paladín por excelencia de toda la tropa garabateada que coleccionábamos con esfuerzo y leíamos con fruición. 

Andando el tiempo, cuando ya habíamos dejado de seguir sus aventuras, bien avanzados los años setenta, el personaje regresó como héroe del rock urbano, en aquel tema que le dedicaron los chicos de Asfalto (ver video abajo) y que, entre otras canciones de época, formó parte importante de la banda sonora de nuestra juventud. Y, en mi caso, además, de quince meses de servicio militar sufridos, entre aviones de combate y brigadas de raras aficiones, en las inhóspitas llanuras de Albacete (hace solo unos días, curiosamente, volví por allí para comprobar que me he olvidado casi por completo de aquella "aventura"). Esa circunstancia justifica que pueda decir, con toda propiedad y dándole un nuevo uso al viejo chiste, que hice la mili con el Capitán Trueno.

En estos últimos años los retornos de las creaciones de Víctor Mora han sido frecuentes. Todavía en la última Feria del Cómic celebrada en mayo en Barcelona se conmemoró con todos los honores el 60º cumpleaños del héroe. No consuela, pero algo alivia, comprobar que también las criaturas inmortales cumplen años,

Por desgracia (o no, que diría el Supino Rajado), los seres humanos somos perecederos. Y a Víctor Mora, del que después de grandes mixtificaciones y hasta calumnias fuimos conociendo su verdadera e intensa vida, le ha llegado la hora. Un tuit anunciando su muerte me sorprendió esta tarde mientras estaba tratando de entender, leyendo a mis contemporáneos, cuál es el estado actual de la cuestión política, metida en una deriva --qué les voy a contar-- que ni el más capacitado de los héroes sería capaz, no ya de solucionar, sino sólo de entender.

El sentimiento que la triste noticia me produjo fue como un fogonazo de realidad en medio de los espejismos de agosto. Una vieja luz que reconocí de inmediato y bajo cuyo reflejo escribí, al hilo del comentario tuiteado por José Menéndez Zapico, @zapi,  dos tuits, que ahora recupero:

@lfredojramos: Qué tristeza. Gracias por las horas felices, hace ya tanto tiempo, pero que fue ayer mismo. Buen viaje hacia Thule.

Y unos minutos después:

@lfredojramos: Ahora sí que estamos perdidos de verdad.


Y este homenaje del 6 de septiembre:

Crispín: «¡Mirad, mirad!: ahí llega Víctor».
In memoriam, Victor Mora, ya también en el lugar de los sueños.

Fotografía de Victor Mora, de autor desconocido,  tomada de El Español.