miércoles, 5 de noviembre de 2014

Mientras nace lo nuevo

Two-Lips on asphalt, de Martha Ortiz.

Entre lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no acaba de nacer se extiende el vasto territorio del presente en fuga, familiar e insidioso como un juguete usado. En la vida hay jalones que de golpe nos echan encima un chaparrón de tiempo, sin que medie siquiera la caridad o la justa precaución de un «¡agua va!» que nos ponga en alerta. Uno recibe la rociada lo más estoicamente que puede, traga saliva, si es menester, y recompone la figura y la sesera lo mejor que le es dado para seguir adelante.

Pero las marcas quedan en el tronco. Son, en realidad, como mudas de piel de la serpiente del alma, que no sabemos en realidad si existe como tal, ni en qué apartado corporal se aloja. Aunque sí que sentimos día a día, y más intenso aun por la noche, su bulto respirando. Qué es si no ese murmullo interior que sin cesar nos acompaña, el leve cosquilleo que no cede.

No hay que ponerse lírico para admitir que el tiempo nos moldea como barro en torno de alfarero. Y de modo tal, que lo más grácil de nuestra figura (si algo así hubo en ella alguna vez) suele acabar convertido en un dibujo de ternura grotesca, útil sin duda para inspirar un cómic o alegrarle la vida a un espejo sin brillo. Pero, a qué engañarse, también muy doloroso.

Y eso contando con que el amor propio no haya ido derivando en cabreo intemporal y carcoma, una metamorfosis muy frecuente cuando el humor banal (el más etéreo de todos los humores, incluida la bilis) tiende a solidificarse y acaba convertido en una especie de cilindro de algún metal extraño que se incrusta en el mismo entrecejo, justamente allí por donde algunos alquimistas y santones (y también reconocidos fisioterapeutas) dicen que ve, o percibe el mundo, el llamado «tercer ojo».

Lo cierto es que así estamos en estos tiempos tan borrosos: esperando a los bárbaros, como en el poema de Cavafis. Y, como en el poema, vemos que se acerca la noche, que las sombras ya cubren el patio delantero de la casa, sin que en el horizonte haya signo alguno de galope salvaje, ni estruendo de masas lanzadas al saqueo, ni siquiera un clamor de cibernautas que se muestre capaz de poner patas arriba el viejo mundo. O al menos de apartar las ruinas más visibles para que puedan crecer sobre el asfalto aquellos tulipanes que pintaba o fingía la ilusión loca de nuestra juventud.


Rescatado de los arcones de la Posada.
Primera publicación: 16/05/2013; 00:00 horas.

4 comentarios:

Antonio del Camino dijo...

"Filosófico estáis...", que diría el clásico. Y hay mucha verdad en tal filosofía, despejada con la lucidez y precisión que siempre abundan en los salones de la posada. Y, en fin, aunque el tiempo no parezca avanzar hacia terrenos más hospitalarios, habrá que apuntar también un algo de luz que nos permite, por ejemplo, precisar el "ahora" y el "mañana" con la clarividencia propia de quien ha vivido. Y como no nos queda otra, 'enga p'alante.

Un abrazo.

Alfredo J. Ramos dijo...

No sé si filosófico, o melancólico simplemente, Antonio. La vida es una cosa rara en la que no siempre encajan los diversos órdenes que se mezclan en nuestra percepción de ella. Además, entre el escribir y el vivir hay un hiato de extrañas proporciones. O será que son cosas de naturaleza tan distinta que solo si se escribe lo que se vive se puede enjugar la distancia. Pero no sé si eso es posible y, sobre todo, soportable. Aquí sí que habría que echar mano de una verdadera filosofía, pero... Un abrazo (y gracias por estar siempre al otro lado).

Pedro Tenorio dijo...

No sé, Alfredo, no sé Antonio, que te has sumado a los comentarios, si banalizo, Alfredo, tu preciosa reflexión. Pero voy a interpretarla, en clave política de inmediato presente, oyendo aún los versos de Cavafis.

Alfredo J Ramos dijo...

Gracias, Pedro. No sólo no banalizas, sino que esa es precisamente la razón por la que he vuelto a publicar este post.