domingo, 16 de noviembre de 2014

Hermana Filæ

Las aventuras de esa especie de viejo refrigerador con patas que es la sonda (o módulo de aterrizaje) Filæ, mediohermana de Wall-E y pariente cercana de todos los que a menudo, y mucho más desde que existe Internet, no dejamos de sentir cómo nos crece un alma de dibujo animado, me tienen abducido, supongo que como a muchos de ustedes. Como ya ocurriera con la casi olvidada misión Near-Shoemaker en el asteroide Eros, o con los hipnóticos paseos de la Mars-Pathfinder por Marte, la peripecia de este animalillo robótico sobre la superficie del cometa 67 P/Churymov-Gerasimenko (un esforzado alejandrino), después de un viaje de diez años a bordo de la sonda Rosetta, es toda una epopeya. Además, está llena de tantas expectativas que, por sí sola, puede ser la puerta hacia una nueva dimensión del conocimiento. Dicen las crónicas más impactantes que el objetivo de la misión es nada menos que intentar descifrar el ADN de nuestro planeta recabando información sobre la materia estelar presente en los orígenes de lo que acabaría siendo nuestro mundo. Un viaje en busca del polvo ancestral que pudo originarse hace unos 4.500 millones de años. Da vértigo pensarlo. Pero también da risa, mezclada con lágrimas, si se consideran los afanes en que anda sumida mayoritaria y aparentemente nuestra humanidad. Y más aún si se tiene en cuenta que lo único en verdad cierto es que, según apunta el viejo refrán anunciador del carácter inexorable de la universal alopecia, vivimos años que no son sino el prólogo de la extinción... o de la vida eterna, si prefieren ese relato subjetivo que, además de en las fantasías de muchas creencias, también está en la base del materialismo absoluto. Un prólogo tan largo como se quiera, pero prólogo al fin. Así que, puesto en su justo horizonte el impulso trascendente, de las diversas emociones que me suscita la aventura de Filæ, que a estas horas duerme exhausta a la espera de un poco más de luz, me quedo con la solidaridad de quien se siente formando parte del mismo juego, flotando en el mismo espacio y entregado (cuando es posible) a esa misma calma que ha de preceder a la definitiva "iluminación". Y, sobre todo, divertido al advertir que, por alguna neurona gongorina sembrada en la infancia y cultivada después por amor al arte, estos días anda resonando en mi cabeza la vieja canción que aquí les dejo. Bien podría tomarse como una melodía, o juego de corro, para acompañar el sueño de nuestra hermana espacial mientras llega la hora de volver a la escuela.
... Porque algunas veces
hacemos yo y ella
las bellaquerías
detrás de la puerta.