jueves, 19 de junio de 2014

Rey ayer


Quiso el azar, que todo lo puede, que la abdicación real de Juan Carlos I en el Palacio de Oriente coincidiera con el real destronamiento de la selección española sobre la hierba amarga de Maracaná, el mítico estadio convertido en un desnortado laberinto donde los campeones del mundo no lograron encontrar la salida de una pesadilla que parecía irreal, de tan cruel. Favorecidos por esa carambola, los diarios de medio mundo lo han tenido muy fácil a la hora de elegir los titulares para sus portadas, y en casi todas ellas frases como «Fin del reinado de España», «España pierde su corona» o «El rey se despide» juegan con ese doble sentido. Como también lo hace el breve palíndromo que encabeza estas líneas, que hoy cobra una palmaria capacidad definitoria, incluido el lamento interno de ese «ay» solapado que llena de pesadumbre la noche de junio y oscurece nuestros sueños. La verdad es que no lo va a tener nada fácil el ya (desde hace 95 minutos) rey Felipe VI para estrenar con buen pie el «borbón y cuenta nueva», que ya se daba por descontado a costa del fácil fervor popular, y que ahora la inesperada pero inapelable derrota de La Roja amenaza con transformar en un «borrón» deportivo que quedará históricamente asociado al inicio de su reinado. Habrá que tirar de sabiduría calé (ya saben, lo de los hijos y los principios) por ver de enderezar el entuerto de esos negros augurios. Aunque quizás simplemente valga con no mezclar las cosas. Y a eso convendrá aplicarse,  en más de un sentido. Por ejemplo, y por hablar ahora ya sólo de fútbol, bienvenidos sean los análisis críticos del triste espectáculo con que el equipo español, después de tantos triunfos, ha clausurado la mejor etapa de su historia, también de la nuestra como forofos. Hace unos días, fiel a quien tantas alegrías nos ha brindado, le daba desde aquí mismo las gracias a este grupo extraordinario de jugadores por haberme devuelto a tiempos infantiles de seguras derrotas futboleras, en tardes de pan y chocolate. Nunca pensé que la ironía pudiera tener un reverso tan cruel. Hoy, sin dejar de pensar que lo conseguido deportivamente por este equipo es inolvidable, no hay más remedio que proclamar que ha llegado la hora del cambio. Y también la de tener que armarse de paciencia ante las voces carroñeras que, si ya habían empezado a hocicar en las vísceras de la víctima, no van a cejar ahora en sus picotazos hasta ver si logran sacar a algunos de sus casillas. No creo que lo logren, pero nunca se sabe.



2 comentarios:

Pilar dijo...

Hay dictaduras visibles e invisibles. La estructura de poder del fútbol en el mundo es monárquica. Es la monarquía más secreta del mundo: nadie sabe de los secretos de la FIFA, cerrados a siete llaves. Los dirigentes viven en castillos bien resguardados. EDUARDO GALEANO.

Alfredo J. Ramos dijo...

Oportuna reflexión la de Galeano, Pilar, gran sabio en las cosas del balompié. Aunque me atrevería a sugerir la existencia de una tercera clase de dictadura, tal vez más facinerosa que esas dos que discurren a un lado u otro de la luz. ¿No es verdad que vivimos tiempos en los que hay dictaduras que nadie consideraría tales (y por tanto ni invisibles serían) y que sin embargo ejercen un poder omnímodo y, aún más grave, asumido por el común de los mortales? La del teléfono móvil, por ejemplo, y todas sus cada vez más sofisticadas, a la par que burdas, derivas colonizadoras. O la del vaciamiento del significado de las palabras, sin ir más lejos. Habría que sentarse a la sombra para ver despacio el tema. Gracias por tu visita, amiga.